Me vi enardecida, me vi envuelta en una llamarada insignificante de un amor despreocupado por la fe del otro, y callada ante una tibia voz que se fue desgarrando por la impertinencia dada a la escasez de su alma, que poco a poco fue agolpando, una a una, las sentencias a mi corazón, hasta agotar el umbral donde me postraba cada noche a esperar su soberbia, su loca impaciencia por desnudarme y saciar su sed. Me quebré, me volví sensible por esa pobre y vana pretensión de aquel decoro de sus embrollos, que fueron apuñalando los sentimientos que se agolpaban en los fustes que fueron recolectando, tras las agrias falsedades, la hoguera que me forjaba hasta llegar a un silencioso instante donde comenzaron los incendios dentro de mí: en mis labios, mis ojos, mi corazón, mi yo.
Nadie dijo que amarle sería mi ruina, mi hermoso infierno que destruiría aquello que creí ser. Ahora sé que he vivido atrapada en una jaula, creí que él sería aquel caballero que vendría a rescatarme, pero no fue así. Y es que cuando piensas que por fin sale el sol, el día se torna gris, con el gris vienen los matices claros y oscuros, pero siempre a un paso más de la oscuridad. Mis labios… ¡no!, sus labios, rodeados de falsedad, máscaras y más máscaras que llegan con una inercia en camino hacia la asintótica realidad de su amor, palabras llenas de un derroche que solamente desgarra mi corazón, lo quiebra y lo arroja al fuego donde se consume lentamente.
Tras esa letanía consagrada en sus palabras, fue poco a poco exhaustando mi capacidad de amar. Dudé y lloré por el amor que le di, por ese dolor que me causó la pérdida de mí, en aquella jaula que sigue siendo mi prisión, en la que vivo atada por la ingratitud de mi amor. Se ha vuelto un eco gris en el cual han de pasar días, pero no he de avanzar. He quedado varada en la inmensa soledad de sus desengaños, en un ciclo oscuro que me atormenta y me hunde junto con aquellas palabrerías de su amor. Me duele mi realidad, me pesa y nada me calma. Me duele el alma, me duele mi amor, me duelen los abrazos, los besos, las caricias que le di. Me duele cada noche en que sus manos desnudaron mi cuerpo. Le entregué todo a la traición. Ahora me siento agobiada con cada recuerdo; me perdí en aquel celaje de irrealidad creado por sus manos y sus mentiras. Perdí lo mejor de mí porque lo di todo por ese amor que no entregó nada más que falsedad.
No me entregó más que un deseo que no me dejó más que en profundo sueño de una irrealidad: el eterno sueño de una primavera. Me duelen mis sueños, me duele mi voz, me duele mi canto, me dueles tú, me duele tu amor, me duele repetir cada palabra dicha en los lenguajes de viles falacias llamadas a perpetuidad. Me duelen mis entrañas, me dueles tú: tú, pedacito de soledad, mi pequeña ruina, mi pequeño amor. Me arrojaste a las llamas, me viste arder, arrancaste mi corazón por la espalda, deshiciste mis alas haciéndoles un agujero; me dejaste en la ruina, en la mierda, me dejaste sola y vacía. Provocaste un incendio que me ha costado poco a poco la vida.
-Uriel Hernández
-Bell







