Porque ahora lo entiendo todo y de una manera estúpidamente obvia, sé que lo único que me queda por hacer ahora es vivir por ti. Es tomar los aviones que tú ya no tomarás, amar con la intensidad que tú ya no podrás, beber todos esos mezcales a tu salud y cagarme de risa lo más que pueda, mientras imagino que estamos en tu antigua camioneta y vamos en la noche por la ciudad en la búsqueda de una fiesta, unos tacos o simplemente andando sin rumbo, existiendo, sabiendo que entre nosotros no hay máscaras ni falsedades, sino la autenticidad más pura y poco común que existe entre los amigos, pues para ser lo que éramos juntos se necesitó no tener miedo a juzgarnos. Y nunca lo hicimos. Jamás me sentí señalada por ti, claro que sabías siempre decirme tus opiniones como pocas personas lo han hecho: con una copa de vino en mano, mirándome siempre a los ojos, y con las palabras correctas, aun cuando doliera, aun cuando el hecho de ser totalmente franco conmigo implicara romperme el corazón o enfrentarme a mis propios errores con una paciencia única y tierna. Eso ocurría siempre contigo y conmigo: sabíamos ser juntos. Y cómo extraño saber que estás del otro lado del teléfono para que te diga te extraño y tú me contestes “yo a ti, mi amor”; cómo sufro el hecho de que Emilia no te recordará cuando crezca, la posibilidad de que la hicieras reír, fueras a sus pasteles de cumpleaños (ayer le pegó por primera vez a una piñata, a la de Bruno, era de la caricatura de un perrito muy popular que no recuerdo el nombre), que estuvieras ahí para verme cumplir mis sueños, porque si alguien sabía amar y celebrar mi felicidad eras tú; si alguien me deseaba ver contenta y menos quejumbrosa y víctima eras tú; si alguien me decía “para resultados diferentes, haz las cosas de manera diferente” eras tú. Y ahora no sé cómo hacer las cosas diferentes para que no me duela tu ausencia y para que pueda sentirte un poquito más cerca, un poquito menos muerto. Quizá justo cómo empecé este texto, lo que debo hacer es aprender a vivir por ti, porque si alguien sabía vivir eras tú; ir a todos los conciertos a los que quizá hubiéramos ido juntos, escuchar canciones nuevas e imaginar cuáles te habrían gustado, ver películas de terror que probablemente te hubieran dado miedo pero de todos modos hubieras ido conmigo, o beber, en tu honor, un par de vasos de agua de limón con pepino e ir al Félix por unas hamburguesitas de esas que tanto te gustaban. Ahora me descubro a mí misma pensándote y cuestionando si quizá tienes el poder de leer mi mente mientras te pienso y te reclamo por tu ausencia; porque ahora te cuento todo lo que me ocurre en el día, quizá por la culpa de no haber estado contigo todo lo que me hubiera gustado el último año, quizá por haberte dado por sentado y pensar que siempre estarías a mi lado, pero no contaba con que pronto te irías y que él último mensaje que me escribirías sería “mi amor, pronto nos veremos”. Pero ese pronto jamás llegó y ahora me quedo únicamente con fotos, canciones y consejos que me dejan un poquito de lo muchísimo que fuiste y que seguirás siendo, porque para mí, amigo mío, ya eres eterno.
Te extraño de aquí al cielo.