Me llamo Nerina y me violaron dos veces
Me llamo Nerina, tengo diecinueve años, soy estudiante de abogacía, vivo en Buenos Aires, Argentina y me violaron dos veces.
¿Por qué necesito escribir esto ahora? Probablemente, porque sólo algunas personas lo saben. Tengo miedo. Tengo miedo de escribir esto tal y como lo siento, tal y como pasó, que quede en mí algo más que un estigma o una condena, algo como una marca imborrable… Víctima. Una de las definiciones de la R.A.E para víctima es la siguiente: “Persona que padece las consecuencias dañosas de un delito”. Otra similar es esta: “Persona que padece daño por culpa ajena o causa fortuita”. Nunca se siente correcta, en mi opinión. Claro que estas definiciones se amoldan bien para ciertas víctimas. Víctimas de hurtos o robos, por ejemplo, víctimas de eventos ‘’genuinamente’’ fortuitos y desafortunados, como un atentado. Pero existe una categoría de víctimas fuera de lo ordinario, si nos guiamos por estas definiciones. Existe una clase de víctima que la R.A.E no puede definir. Hay un tipo de víctima que, en el común de la gente, en el imaginario social, no es tan víctima como las otras. Esto es así por dos razones: las circunstancias que la posicionaron en el lugar de víctima y otro aún más determinante, su condición de identidad femenina y/o fuera del espectro binario del género. Estas víctimas, a diferencia de las otras, son apartadas, segregadas y privadas de cualquier tipo de “empatía social”, si es que tal cosa existe. Se las trata como si pertenecieran a un grupo sub-humano, como si se tratara de entes carentes de sentir. Cuando una identidad femenina, sea cis-género o trans, se encuentra en el lugar de una víctima, el tratamiento es radicalmente diferente a las otras víctimas, las “buenas víctimas”. Las identidades femeninas, las identidades trans y no binarias, pasan al círculo de la ‘’mala víctima’’, aquella que merece ser juzgada y denigrada. Hoy, quiero escribir sobre lo único que conozco, que es mi propia experiencia.
Me llamo Nerina, tengo diecinueve años, soy estudiante de abogacía, vivo en Buenos Aires, Argentina y me violaron dos veces. Solamente escribiendo esto, siento sudor frío en el cuerpo y el corazón me late como si quisiera escaparse de mi pecho. Me violaron dos veces y me da mucha vergüenza. Siento una vergüenza aplastante, porque no sólo me paso una, sino dos veces. Uno pensaría, (o al menos eso solía creer yo), que, si algo así te pasa una vez, deberías ser capaz de prevenirlo en el futuro. Me equivoqué. No pude anticiparme, no pude hacer nada. Dos veces, no pude hacer nada. Eso también, me llena de vergüenza. La primera vez, tenía quince años. También fue mi primera vez. El agresor era mi amigo y mi vecino. En ese momento, no tenía en mi vida al feminismo ni otra fuente de información alternativa para entender lo que era un abuso. La idea que tenía de lo que era una violación estaba ampliamente sugestionada por las películas y programas de televisión. Creía que una violación era lo que me mostraban esas ficciones y nada más. Una violación, para mí, sólo podía ser una cosa: un rostro desconocido en una esquina desolada. El agresor, por supuesto, tiene cara de agresor, la cara que los medios asocian y retratan como un agresor, como una especie de lógica lombrosiana. El agresor da miedo sólo con verlo, porque naturalmente, el mal, debe tener un rostro. La víctima, por supuesto, es una “buena víctima”. No usa minifalda, es puritana y mojigata, no usa drogas ni está borracha, tampoco sale de un boliche ni de un hotel alojamiento. Por todo eso, nunca me habría podido imaginar que un amigo, una persona que conocía y en la cual confiaba, me podía violar. Ni siquiera reconocí que lo que me sucedió fue una agresión, hasta que mi psicóloga me lo dijo. Recuerdo que le conté, varios meses después, que me sentía mal por algo, pero que no entendía por qué. Le dije que había tenido sexo y que no me había gustado. Le dije, que había sido en contra de mi voluntad como algo normal, no entendía las implicancias de esas palabras, todavía. Ella me miró estupefacta y abrió mucho los ojos. Me dijo: “Eso no es normal, Nerina”. Yo le respondí: “Ah, ¿no?”.
Después de esa sesión, todo fue mucho más oscuro para mí. Quería entender, pero no quería hablar de eso bajo ningún concepto. Nunca contemplé la idea de contárselo a mi familia ni a mis amigos. Varios meses después, se lo pude decir a una amiga, pero seguía sin ser liberador, no podía decir la palabra, se me quedaba atascada en la garganta como una piedra. La palabra sola me mortificaba, me daba miedo, no quería que nadie me mirara con lástima. Era tan difícil para mí hablarlo, que me enredaba y usaba cualquier eufemismo que se me ocurría, entonces no sentía que realmente estaba hablando de eso, sino que era otra forma de evitarlo. Siempre pensé que, por esa razón, el otro quizás no era capaz de procesar la magnitud de lo que yo estaba intentando comunicar. No obstante, los años pasaron y pude hacer grandes avances, pude decir la palabra, pude hablarlo libremente y pude aceptar que me había pasado. No fue un proceso de un día para el otro, por supuesto, ni tampoco estuvo libre de momentos muy dolorosos. Lo que me pasó tuvo un precio para mí, afectó mucho mi forma de entender las relaciones sexuales y mi interacción con los hombres. Sabía que seguía teniendo miedo, pero necesitaba a toda costa mostrarme valiente, corajuda, necesitaba que los demás vean que me la podía bancar. Por dentro, todavía tenía pesadillas interminables donde todo volvía a pasar una y otra vez, todavía tenía recuerdos horribles que me asaltaban cuando tenía relaciones. Todavía tenía mucho miedo y me costó muchísimo volver a sentirme “normal”. Ahora, corremos el telón a mis diecisiete años, estaba a dos meses de cumplir dieciocho y me sentía muy bien. Había terminado el colegio y estaba por arrancar el CBC, tenía trabajo y estaba feliz. Por supuesto, el machismo iba a plantarse ante mí de nuevo, pero yo nunca me habría esperado el desenlace. Un hombre que no conocía empezó a aparecer en mi barrio, siempre muy cerca de mi casa y desde la primera vez que lo noté y quiso agredirme, nunca más me olvidé su rostro. Me interceptó dos veces y la segunda fue peor, quiso tocarme, no quería mi celular ni mi mochila en ninguna ocasión, quería tocarme, llevarme. Esa segunda vez, ya lo había reconocido y pude correr con todas mis fuerzas. A los días, fui a la comisaría a intentar hacer la denuncia. Me dijeron que como no sabía ni su nombre ni donde vivía, podía hacer la denuncia pero que no iba a servir de mucho sin ningún dato. Me fui, decidí que no iba a perder mi tiempo en una denuncia que no me iba a llevar a ningún lado. Estaba dejando la comisaría, en el trayecto hacia mi casa y de repente, escuché una voz masculina que me gritaba: ‘’Eh, flaca’’. Me quedé petrificada y la voz volvió a hablar: ‘’Sí, vos’’. Empecé a correr, pensando que era el hombre que me acosaba, pero cuando miré hacia atrás, vi que era el policía que me había atendido. Me detuve, me explicó que quería mantenerse en contacto, que si necesitaba ayuda me la iba a brindar, a pesar de no hacer la denuncia. Me gustó, lo reconozco, me gustó, por eso, cuando me pidió mi número, no sentí que fuera algo malo. Me parecía atractivo, amable, me había gustado la forma en la que se dirigió a mí, intenté, pero no percibí nada nocivo en él. Confié en mi instinto.
Empezamos a hablar por WhatsApp, todo transcurría de forma normal, era como cualquier otro chico que hubiera conocido en un bar o en Tinder. Por fin, un día, concertamos lugar y hora para encontrarnos. Fuimos a tomar algo a un bar cerca de mi casa, me sentía feliz, emocionada, intrigada, un poquito nerviosa, lo que se puede sentir cuando se conoce a alguien por primera vez. Conversamos bastante y durante esa charla, ya no me parecía tan intrigante, pero lo seguía viendo muy atractivo y simpático, no vi nada de malo en continuar con la cita, al fin y al cabo, lo estaba pasando bien. Decidimos ir a un hotel. Yo me sentía bien, sentía que estaba en control de la situación, estaba relajada, tranquila, lo que no sabía, es que toda esa sensación de control se iba a evaporar en apenas unos minutos. Él quiso comprarse una petaca en el camino, tenía ganas de seguir bebiendo y de nuevo, yo no le vi nada malo, habíamos tomado uno o dos tragos y todo marchaba perfectamente, no obstante, eso no iba a durar. Tomaba y a cada sorbo de su bebida, su comportamiento comenzaba a tornarse errático, se comportaba arrogante y grosero. En ese tramo hacia el hotel, con un tono que me daba miedo, me dijo que no pensaba usar preservativo y que mejor que estuviera depilada. Me quedé muda al principio, no sabía qué decir. Sin embargo, incluso en ese momento, no sentí que perdiera el control. Claro que no me había gustado lo que dijo, pero no contemplé la opción de irme porque no sabía cómo podía terminar eso, entonces preferí ‘’aguantármela’’ e ir al hotel de todos modos. Pensé que no podía ser peor que un par de comentarios idiotas. Me equivoqué.
Apenas empezamos a tener relaciones, un dolor punzante me recorría todo el cuerpo, cuando se lo manifesté, comenzó a reírse, me dijo que aguante, que me tenía que acostumbrar, que yo era muy ‘’jovencita’’ y por eso me dolía. Esas palabras me sacudieron, me convencí de que tenía razón e inmediatamente empecé a sentir culpa. Era yo la que inhibía el placer de la relación sexual, era mi cuerpo el que no sabía cómo disfrutar y era él el que sí sabía. Sus palabras tenían tanto efecto en mi cuerpo y mente inexpertos que lo único que pude pensar es que, en efecto, él tenía razón. El dolor no se iba y yo no sabía cómo disimular las expresiones de incomodidad que nacían en mi rostro. Él, no se inmutaba para nada, no me prestaba atención, usaba mi cuerpo como si se encontrara en otro mundo ajeno a lo que me pasaba. Traté, con cada fibra de mi cuerpo de resistir, pero no pude, mi cuerpo se estaba rindiendo. Mis extremidades estaban cansadas y doloridas de soportar su peso y el dolor en mis genitales se esparcía como un río por todo mi cuerpo. Una vez más, pese a eso, él no dio señales de percatarse y no quería parar. Me dio la vuelta y me colocó boca abajo en el colchón, se posicionó sobre mí y continuó penetrándome. Yo lloraba, le dije que no aguantaba más, que me dolía demasiado, que por favor paremos. Él…él siguió. Apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el mío y me agarró de los brazos mientras continuaba penetrándome, me decía que siga aguantando, que necesitaba terminar. En ese momento, lo único que pude hacer fue agarrar muy fuerte el borde de la cama y tratar de calmar el pánico que me estaba asaltando. Repetí en mi mente como un mantra: ‘’Lo estoy consintiendo, lo estoy consintiendo, lo estoy consintiendo’’. Inclusive en ese momento, sé que la parte racional de mi ser no se dejó engañar por eso, pero no pudo sobreponerse sobre el miedo que estaba sintiendo. Lo único que podía pensar mientras me violaba, era que no podía vivir conmigo misma sabiendo que había dejado que me pase una, sino dos veces. Me sentí como un objeto descartable, usado, ultrajado y sin valor. Más que el dolor de la violación en sí misma, en ese instante, me dolía mucho más la vergüenza de haber sido violada dos veces. No pude verlo a tiempo, no pude darme cuenta, simplemente no pude y cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, tampoco pude hacer nada, solamente lloré.
Hoy, me pregunto, si la violación comenzó cuando le pedí que pare y no lo hizo, o cuando incómoda y presionada cedí, aunque quería irme.
El título de este escrito puede ser confuso, tal vez, da la impresión equivocada, como si las agresiones sexuales que sufrí fueran parte de mi identidad, al igual que mi nombre. Escribo esto porque quiero decir alto y claro: no soy una víctima. Ni todo el dolor, ni toda la vergüenza y la humillación pueden posicionarme en ese lugar. Me llamo Nerina y soy una sobreviviente. Me llamo Nerina y sobreviví todos estos años. Los sobrevivientes no son víctimas, la víctima no es una identidad, no es una característica, no es definitorio de nada, es un estado temporal. En cambio, la supervivencia, la fuerza, sí que es una parte de la identidad. No puedo decir que lo que me pasó no sea parte de quién soy, pero definitivamente, no soy una víctima. Sé que elegí sobrevivir a pesar del miedo cuando resistí de la única forma que me fue posible en ese momento: calmar el terror irrefrenable que sentía, para poder salir viva. Estoy viva.
Tengo miedo escribiendo esto, le temo a los juicios de valor, al machismo, temo que la misoginia pudiera llegar a doblegar mi voluntad. Le temo al calvario que atraviesan los sobrevivientes cuando comparten sus testimonios. Temo que la misoginia, como un monstruo indestructible sea capaz de sumirme en el escarnio y la humillación. Tengo mucho, mucho miedo. Y, de todas formas, me creo valiente, porque la valentía no es la ausencia del miedo, la valentía es hacer lo que es correcto a pesar del miedo. Yo siento que es correcto y necesario que escriba esto, por más que no sea una acusación formal. La interpelación es necesaria, para que los sobrevivientes tengamos una voz. En todo este desastre lleno de violencia y sufrimiento, sigo creyendo que puedo hallar algo parecido a la Justicia, cualquiera que fuera. Pensé que nunca iba a poder hablar sobre lo que me pasó, mucho menos escribirlo y compartirlo con el mundo y acá estoy. Supongo que hay dos factores elementales que me empujaron a abrir mi corazón y exponer mi debilidad y fortaleza de una sola vez. El primero, fue la necesidad de liberación de mi alma. En mi modesto pensamiento, liberar el sufrimiento a través de las necesidades literarias es un acto de revolución y de sanación al mismo tiempo. El segundo, lo descubrí sin querer, cursando en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. No esperaba sentir semejante inspiración y súbitamente, esta persona vino a cambiarme completamente. Tuve a una docente maravillosa, tan maravillosa que me impulsó y me inspiró a escribir esto buscando un sentido de Justicia. Lorena Tocci fue mi segundo pilar y lo agradezco. Me enseñó tantas cosas útiles, pero más importantes que la organización de las Cámaras del Congreso o la parte dogmática de la Constitución Nacional, me enseñó a decir lo que pienso. Lorena es valentía y fuerza, yo la miraba embobada sin creer que semejante seguridad y confianza eran posibles. Lorena, docente comprometida, feminista, me dio la herramienta para poner mi dolor en palabras, me dio valor. Espero que la persona que lea esto, pueda llevarse consigo algo que le sea útil.
Espero haber podido dar una intervención que sea merecedora, espero que contribuya a destruir el mito más horrible que nos afecta a las personas sobrevivientes, que es ser percibidas como víctimas sin nombre. Ser sobreviviente es una parte de nuestra identidad y por eso es necesario reivindicarla, porque ser sobreviviente implica un acto revolucionario en sí mismo: estamos vivos en un sistema que nos quiere silenciados y abstraídos en la vergüenza para siempre. Sobrevivir también es justicia.
Me llamo Nerina y estoy viva.