“Mi madre me tiene agarrada”.
La frase parece hablar de una madre, pero el psicoanálisis sospecha de las apariencias: muchas veces quien sostiene el nudo ya no es la madre, sino la versión que el sujeto lleva viviendo dentro de sí. La infancia termina; las identificaciones, no siempre.
Piera Aulagnier escribió que el psiquismo se construye a partir de un “contrato narcisista”: antes de saber quiénes somos, alguien ya nos contó una historia sobre nosotros. El problema comienza cuando esa historia se vuelve una jaula y no un punto de partida.
Donald Meltzer señalaba que crecer implica soportar la incertidumbre de dejar las viejas dependencias. Y ahí aparece el síntoma: no como una cadena impuesta desde afuera, sino como un ingenioso sistema para seguir habitando una casa emocional que hace tiempo dejó de ser hogar.
Lo más curioso es que, en consulta, la madre suele llegar sin haber pedido cita, instalada en frases como: “así soy”, “ella no me deja” o “si hago eso, la decepciono”. A veces la mamá ya vive a cientos de kilómetros, pero su departamento favorito sigue siendo la culpa.
Porque el verdadero trabajo analítico no consiste en soltar a la madre, sino en descubrir quién habla cuando creemos que somos nosotros.
La autonomía no comienza cuando uno deja la casa; comienza cuando deja de pedirle permiso, en silencio, a las voces que ya viven dentro de ella.













