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Las Armas serán recordar
No siempre se tiene una posición tomada ante el cambio. No queda claro si las transformaciones siempre son para bien, si las mutaciones están lejos o cerca de ser evolución o si la razón principal de estas no es más que una sencilla necesidad.
El Mosca de Dos Minutos se lo reprochó a Carlos, cuando se vendió al barrio de Lanús. Pablo Lescano no se quedó atrás y al guachín lo crucificó porque a la vagancia, de una, descartó. David Bowie fue un poco más allá y habló en primera persona: “el tiempo podrá cambiarme pero no puedo rastrear el tiempo”. Dargelos, en otra vereda, afirma que cambia todo por el don que hace a las mujeres reír.
Si el cantante punk o el productor de cumbia, traza un paralelismo desde el comienzo a la actualidad de Las Armas, no pondrían la cara. O si, por qué no. La banda cambió. Ya no son los hardcore que, hace casi diez años, buscaban la furia perdida. La furia está… en otro lado y de manera opuesta. Está en encontrar la melodía, en ese cúmulo de ideas y transformaciones y sonar como quieren sonar. El budismo ve a la furia como un efecto positivo en términos de supervivencia. El, ahora, sexteto sobrevivió y, luego de cinco años de duro trabajo, encontró su sonido definitivo.
Actualmente, en la banda son seis músicos. El cantante Sergio “Otaku” Grossi, los guitarristas Sebastian Curi y Ezequiel Escobar, el bajista Jonathan Saladino, el tecladista Leandro Madeo y el baterista Patricio Dellariva. “La banda arranca en el 2005 en el sur del conurbano, nos conocíamos porque todos teníamos otras bandas y de haber armado recis juntos o de ir a vernos cuando tocábamos. En el medio pasaron idas de integrantes, replanteos musicales extremos pero te lo resumo para no aburrir a nadie”, bromea Escobar, uno de los guitarristas que resistió a todos estos cambios.
Otaku, maquinista ferroviario cuyo verdadero nombre es Sergio Grossi y que nació el mismo día que Charles Bronson -como lo remarcaron sus compañeros de banda-, está de espaldas a la gente. Sea en Niceto, un bar de Lomas de Zamora o un galpón de Morón. Te descuidás y de él sólo recordás su inconfudible voz y su espalda. Fue el cantante de Los Años Mueren (quienes se describían como rock emocional y sufrían el flagelo de la “ñ” en Internet), Agitamares y Mis Amigos Muertos (ejercicio solista y acústico mostrando una faceta mucho más indie). Evidentemente, todo fue aprendizaje. Luego de escuchar cada uno de los proyectos musicales, Las Armas es, sin dudas, el punto de conexión entre todos estos.
En 2008, Otaku termina a 3000 kilómetros de Buenos Aires. Las Armas no sobrevive con esta partida, ni con los nuevos y efímeros cantantes que intentaron reemplazarlo. Pero cuando vuelve, el equipo vuelve a ser tal y, desde ese momento, el grupo tuvo una progresión que culmina con esta obra.
“Cualquier creación artística es hija de su tiempo”. Con esta compleja frase comienza el ensayo de Kandinsky que le da nombre -aunque modificado- al album y es atinado adjudicarselo a un disco que tardó tres años en ser compuesto y uno en grabarse. “Fue largo el proceso de creación y tuvimos algunas complicaciones. Pato, el baterista, se quebró la muñeca lo cual nos obligó a parar los ensayos de manera convencional por un buen tiempo”, comentan mientras esperan para subirse al escenario de uno de los shows de presentación de “De lo espiritual en la música”.
En medio de todo este proceso creativo, Grossi tuvo un hijo. Escobar enmarca este hecho en un contexto de conocimiento general y de las muchas cosas que vivieron juntos como banda. “No hacemos la misma música que hacíamos 10 años atrás cuando arrancamos, el cambio es notorio, hacemos lo que nos gusta y eso está buenísimo. Imaginate que desde que estamos juntos nos pasó de todo: desde que nos hayan robado todos los instrumentos en Mar del Plata, nuestra propia separación, hasta el nacimiento del hijo de Otaku. Vivimos muchísimas cosas juntos y ya nos conocemos tanto que sabemos cómo tratarnos entre nosotros, eso no quita que cada tanto haya diferencias, pero nos llevamos bárbaro”, aclara el guitarrista.
El bar Detroit de Morón, ubicado en plena Avenida Rivadavia, tiene un galpón detrás donde no entran ni 100 personas. Allí, el escenario está al ras del piso y los músicos se pierden entre la gente. En pleno “Barretas”, tema que abre el segundo EP “Animales”, un muchacho bastante molesto empuja a Otaku y éste se cae sobre los amplificadores. El cantante se rie y se toma con naturalidad el hecho de casi romperse la cabeza contra los equipos. En vivo, Otaku no sólo se opone al público sino que canta para adentro pero es tanta la potencia que sobrepasa su interior y sale hacia el exterior. Raro para explicar en palabras.
Ezequiel, en la previa al show en Morón, me presenta a dos de sus compañeros y explica: “creo que muchos van a terminar de entenderlo en vivo, lo vamos a tocar mucho y por donde podamos, la idea para este año es esa, mostrarlo por todos lados”. No recuerdo los nombres de sus compañeros y tampoco que me los haya presentado formalmente. La memoria es magnífica para olvidar y esta vez ha sido la mejor de las suyas. En escena, todos se miran y se entienden a la perfección. Cuando no se miran, se entienden igual. Son un reloj suizo.
Este quizás es el paso definitivo para Las Armas pero el necesario fue “Animales”. Un EP con la fuerza sintética y donde dijeron “acá estamos, esto somos ahora y hacia esto vamos”. “Fue como una especie de reencuentro entre los 6, musicalmente la vuelta de Leo en el piano nos dio matices que antes no teníamos, tuvimos que bajar muchísimos cambios para que el piano también pueda ser protagonista y eso fue fundamental. También tuvimos mucha ayuda desde la producción, y eso era algo que nunca habíamos hecho, tener una visión externa a la banda nos sumó mucho”, relata Ezequiel mientras conduce luego de un show en Morón y se exalta al comentar que a ese trabajo lo enviaron a masterizar al mismo lugar donde lo habian hecho Depeche Mode, Bjork y Foals.
Lo interno, paradójicamente, se ve en Las Armas. Sobre el escenario, cada uno está en la suya. Eufóricos, compenetrados, enajenados en su propio mundo y sacándo lo mejor de sí hacia los demás. Ninguno se ve a los ojos. No lo necesitan. Otaku mira a la batería y su vista se funde en el ritmo. Los dos guitarristas se mueven en su lugar y acompañan a la música con desplazamientos indescriptibles. El público no sabe que hacer, sólo se limita a ver hacer.
“De lo espiritual en la música” tiene un eje: la separación, y ellos bien saben de esto. Escobar, quien se sumó a Las Armas luego del primer recital, comenta que “los cambios de integrantes son siempre complicados, tuvimos varios y cada uno de esos cambios requirió de una adaptación que lleva tiempo y de alguna manera es arrancar de nuevo hasta que el nuevo se adapta, pero creo que también cada cambio aportó lo suyo, y que nos fuimos nutriendo de lo que el nuevo integrante aportaba”. Un cantante, otro cantante, dos pruebas que no funcionaron, distintos guitarristas, un violero que pasa a otro instrumento. Las Armas tardó en encontrar su formación actual.
La separación es explícita en todo momento. Al contrario de lo que escribe todo el mundo, la mayoría de los discos post-separación del compositor terminan siendo repulsivos. Canciones sombrías con llanto y poesía para pegarnos bajo. En este caso, Las Armas hablan desde otro costado. Lacan contempló la separación y la alienación en el psicoanálisis. Te lo podría explicar muy lindo pero acá estamos para hablar de música y no de psicología. Todo el disco habla de la ruptura desde un lado mental, espiritual, haciendo hincapié en el duelo interno y no en la pose insólita del destruido que sube canciones de Elliott Smith a su perfil de Facebook.
“Se alejó tu resplandor / me alejó tu resplandor / me alejaste de todo”, le recrimina el emisor en “Sombras”, canción que cierra el disco. Contraria y curiosamente, el EP Animales, anterior trabajo de la banda, culmina con una canción de amor donde un esperanzado vocalista canta “Todos a bordo y a partir / porque aquí tus ojos ven el mundo / es lo que quiero para ti. Porque a tu lado escucho desiertos, y mares, y animales”.
Ya desde el comienzo, utilizando las primera líneas del disco, las letras hablan de un ida y vuelta donde sólo leemos a uno de los participantes. Un reproche eterno, hacia ese “tu” y hacia uno mismo. Platón escribió que todo hombre tocado por el amor se convierte en un poeta. A esa afirmación, se le puede agregar que todo hombre desenamorado se convierte en un mejor poeta.
“Hoy te abrazaba y te recordé enamorada”, canta Otaku con un dejo de resignación en Discordia, segundo tema del disco. Las letras las escribe él pero éstas recién aparecen sobre el final de la composición. “Arrancamos con la música que casi siempre empieza desde los guitarristas quienes llevan alguna idea que tienen y el resto le va dando forma hasta que se convierte en una canción o queda en la nada. Es un proceso colectivo, todos participamos. Después las letras son siempre escritas por Otaku, a medida que vamos armando la canción, él arma la melodía y va mechando la letra”, sinceran desde la banda.
El yo del disco se mueve entre la superación y la búsqueda espiritual con el fin de volver a su naturaleza. Quiere volver a ser él y así no puede, no con todo esto atrás. Cuando no reprocha, este yo se habla, se aconseja y se convence. Por ejemplo, en “El Circulo”, durante toda la canción, mientras las guitarras llegan a su cenit de belleza, se interpela ante un hecho y piensa directamente en caer y desaparecer luego de cerrar un círculo. Todo eso viene acompañado de un Otaku en su mejor momento como cantante, apoderándose sus versos y sintiendo cada una de sus letras.
Bandcamp, sitio en el que se estrenó el disco, comenzó la cruzada para que pagues los discos. Con el lema “Llegó el tiempo de abrir tu corazón/billetera”. Si uno hace click en “No, gracias”, un corazón se rompe y empieza a caer en pedacitos. Nunca algo tan inutil sirvió para continuar un concepto.
Mientras dos amigos charlan sobre una publicidad dantesca que vieron en la televisión, Ezequiel comenta vehemente: “hasta dónde pensamos llegar no lo sabemos muy bien, creo que mientras tengamos ganas de tocar, vamos a seguir. La banda funciona, nos gusta lo que hacemos y nos gusta tocar juntos”. Acto siguiente, se abraza a uno de sus compañeros y se pierde entre la gente.
“El artista, cuyo objetivo no es la imitación de la naturaleza, aunque sea artística, sino que lo que pretende es expresar su mundo interior, ve con envidia cómo hoy este objetivo se alcanza naturalmente y sin dificultad en la música, el arte más abstracto”. (“De lo espiritual en el arte”, Vasili Kandinski)
FOTOS: IVAN PINTO
De lo Espiritual en la Música by Las Armas
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