Osoigo y la mejora de la política
Uno de los recuerdos más curiosos que guardo de mis cuatro años de Diputado en el Congreso fue la visita de los chicos de Osoigo para proponerme colaborar en su idea: una web dedicada a que los cargos públicos (políticos somos todos los ciudadanos, como le gusta insistir a Savater) respondiéramos a preguntas directas sobre nuestro trabajo y nuestras opiniones sobre asuntos de actualidad, normalmente política. Les dije que sí sin pensarlo demasiado: soy un entusiasta de este tipo de herramientas (UPyD no habría nacido sin internet, aunque luego nos haya aplastado la telecracia oligopólica), y estoy seguro de que cambiarán a mejor la forma de hacer política, aunque esto todavía tardará algún tiempo en suceder. Seguimos siendo una sociedad donde cinco minutos en el prime time de una televisión de masas tiene infinitamente más influencia que el mejor debate en internet.
Por otra parte, como mi profesión es la de profesor y no la de político (que no debería entenderse como una profesión aunque sí sea necesario hacer política, un trabajo muy duro y difícil si se hace bien, de modo profesional), y además profesor de filosofía, disfruto explicando cosas y contestando preguntas (con el único requisito de que tengan sentido, no sean retóricas o malintencionadas), y sin son difíciles, mejor. Me cayeron unas cuantas y creo que aprobé con nota.
Lo curioso es que en este caso la tecnología nos devuelve en cierto modo a los orígenes. La democracia nació en Grecia en las plazas públicas o ágora aplicando los principios de igualdad jurídica de los ciudadanos (isonomía) y de igualdad en el uso de la palabra (isegoría) basada en la libre expresión. Naturalmente, ese sistema solo podía funcionar, y con no pocas dificultades, aceptando requisitos como que el conjunto de los ciudadanos fuera un grupo reducido, como mucho de algunas docenas de miles, el caso de Atenas. Hoy en día algo así es imposible, e indeseable por muchas razones, en sociedades con docenas o centenares de millones de ciudadanos que merecen ser escuchados, y deben poder participar y aportar en pie de igualdad a la conversación política.
Pues bien, internet ha abierto puertas que parecían cerradas, como la que abrió Osoigo en España: la posibilidad real y práctica de restablecer la comunicación en línea entre representantes y representados que parece imposible –y se elude cuidadosamente- en las políticas que implican a muchos millones de sujetos. Una comunicación genuina, es decir, no basada en el aplauso y la adhesión que se busca en el mitin o en las tertulias de la telecracia (ese sistema de selección de lo peor y promoción de los peores que está reduciendo la política a mero marketing y espectáculo). Y por comunicación genuina quiero decir sin más filtros que las reglas del respeto mutuo, y aceptando que las preguntas puedan ser incómodas, difíciles e incluso mortificantes; ¡yo he contestado muchas de todos estos tipos!
Debo advertir que no comparto el excesivo optimismo tecnológico de quienes creen en la democracia asamblearia electrónica de plebiscito permanente y cosas así; el debate de una ley corriente exige muchas horas de trabajo y no apretar un botón tras una información superficial (sí, ya sé que eso hacen la mayoría de parlamentarios, ¿pero eso es lo que queremos?). En la prometedora y frustrada Primavera Árabe ya comprobamos todos el enorme potencial de internet para movilizar a las personas y su total impotencia para organizar un gobierno justo que sustituyera al despótico. Y la razón es que comunicar es muy importante, pero no sustituye a estar y decidir en las instituciones donde realmente se gobierna un país.
Eso no significa que debamos renunciar a explorar las ventajas que abren herramientas de diálogo, debate y participación como la de Osoigo. Todo lo contrario. Seguramente estamos en el amanecer de un sistema de cambios propiciado por la comunicación y cooperación en red difícil de prever. No es posible gestionar un país desde una red social, pero sí que las redes sociales pueden hacer mucho más de lo que parecía posible. Por ejemplo, incrementar mucho más allá de los que desean los viejos partidos (y los nuevos que actúan como los viejos) la necesidad de transparencia y gobierno abierto, el acceso a información antes muy restringida (que de todos modos de nada sirve sin ciudadanos educados y exigentes), y la obligación moral de que los cargos elegidos den cuenta de qué están haciendo para gestionar el interés general. Osoigo es una experiencia de retroalimentación y control participativo importante para este propósito. Estoy feliz de haber colaborado con ellos desde el principio, y también estoy seguro de que de esta experiencia saldrán iniciativas aún más innovadoras e interesantes.
Carlos Martínez Gorriarán (Exdiputado en el Congreso por UPyD)