RINGO: Paul and I ran about seven miles. We just ran and ran so we could stop and have a joint.
sheepfilms

Sade Olutola
🪼
AnasAbdin
DEAR READER

JVL
hello vonnie
wallacepolsom
Game of Thrones Daily
Cosmic Funnies
Lint Roller? I Barely Know Her
Stranger Things
d e v o n
$LAYYYTER
TVSTRANGERTHINGS
NASA
Three Goblin Art
i don't do bad sauce passes

pixel skylines

seen from United States

seen from Ireland
seen from United States
seen from Iceland
seen from Türkiye
seen from United States
seen from Germany

seen from Malaysia
seen from United States
seen from United States

seen from Germany

seen from United States

seen from Germany

seen from Canada

seen from Kenya
seen from United States

seen from Finland

seen from United States

seen from Germany
seen from Vietnam
@objetoa
RINGO: Paul and I ran about seven miles. We just ran and ran so we could stop and have a joint.

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
payphone//maroon 5
11/3/16
todo lo que fui y que ya no soy:
un dolor compartido que por un rato dejó de doler, ya es hora de reconocer las derrotas. Buscando respuestas en el juicio de mi alma que, injustamente, seguro pierdo.
Vuelvo aún así al infierno, para buscarte, en el santo gobierno dentro de mi cabeza en donde se va destapando otra cerveza. Rendirme al futuro, toda mi miseria ya la conoces.
¿Para qué más buscas? más lloras, hay una certeza en saber que alguna vez fui feliz pero también una cabeza que no tiene paz, una canción triste.
Quiero recordarte así, corazón, no tengo remedio.
Rubber Soul
Chapter Five: Think For Yourself
.Takes place in the chaotic Universe of John’s mind and his search for love .Narrated in direct association with the songs on the album Rubber Soul. .Mclennon.
Word Count: 1604
Seguir leyendo
cuando no ataca el sueño y me da por escribir
desde lo que queda de mí y desde el efecto melancolía, decirte que, los fantasmas del pasado ruegan un volver atrás. No me olvides, que estos cielos con tormenta se olvidan de llover.

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
Paul McCartney pointing out the hypocrisy of the press and their ‘Moral Crusades’.
On 17 June 1967, Life Magazine ran an interview with Paul McCartney in which the Beatle admitted to having taken LSD. The UK press immediately seized upon it, and two days later McCartney gave a statement to Independent Television News (ITN).
“como yo, nunca nadie te va a amar”
Antes no entendía el concepto que engloba este cliché, me parecía sumamente egoísta pensar que alguien no iba a recibir cierto monto de cariño después de haberlo dado todo. ¿Cómo van a pensar que después te haber amado no había un después? ¿No somos merecedores?
No, lo que a este pensamiento le faltaba era una sola cosa: experimentar. Creo que poca gente puede llegar a sentir lo que el cliché intenta reflejar, este cólera del corazón que no se puede manifestar de otra manera que no sea esta. No era egoísmo, era conocimiento de lo propio, simple y sencillamente amor, lo real.
Una afirmación innegable que se siente en las entrañas. La certeza de saber el calibre de nuestro amor, sentirlo gigante y aún más, saber que nadie nunca va a sentir como sentimos en ese instante. Llorar por amar demasiado, juntos o no, amamos demasiado.
Te amo tanto, que estoy seguro que a este sentimiento nunca nadie lo sintió jamás. Por eso sé que, como yo, nunca nadie te va a amar.
-
y de repente sentí. Logré sentir comodidad en un lugar inusual, ominoso, en lo familiar y ajeno. Fui a los recovecos de mi alma adolescente penosa y me sentí cómoda. Volví a mi única familia, que es mi cuerpo y los cambalaches que siento con algunas canciones. Fui al núcleo de mi idoneidad, de la prosperidad que encarno hoy y trabajo para mañana. Me sentí cómoda, orgullosa y la novedad fue: la esperanza.

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
[1966]
Amor diminuto
Me niego rotundamente a tener un romance de película, lleno de lágrimas que extinguen pupilas y reconciliaciones forzadas bajo la lluvia. No necesitamos que aplaudan nuestros besos. El amor más lindo es diminuto, es secreto, como dejarle chocolates escondidos en la mochila, como cubrirle el pie que siempre saca de abajo de la colcha mientras duerme, como ese día que te diste cuenta de que siempre te da la porción más grande cuando sirve la cena
El amor que se manifiesta diminuto pero que, sin embargo, cala hondo y ensancha el pecho, agiganta.
El dolor psíquico, dolor de amar (Parte 3)
La presencia real del amado en mi inconsciente: una fuerza
El estatuto fantasmatizado del amado toma pues tres formas diferentes que corresponden a las tres dimensiones lacanianas de lo real, lo simbólico y lo imaginario. De las tres, es la presencia real del otro en el inconsciente la que plantea más dificultades conceptuales, porque el calificativo de “real” puede hacer creer que se refiere simplemente a la realidad de la persona del elegido. Ahora bien, “real” no designa a una persona sino a lo que, de esa persona, despierta en mi inconsciente una fuerza que hace que yo sea el que soy y sin la cual no sería consistente. Lo real es lisa y llanamente la vida en el otro, la fuerza de vida que anima y atraviesa su cuerpo. Es muy difícil distinguir nítidamente esta fuerza que emana del cuerpo y del inconsciente del elegido, mientras está vivo y me excita, de esa otra fuerza en mí que arma mi inconsciente. Muy difícil, en la medida en que esas fuerzas no son en verdad sino una sola, e incluso la columna energética, un eje vital e impersonal que no pertenece a ninguno de los dos partenaires. Difícil también porque esa fuerza única no tiene ningún símbolo ni representación que pueda significarla. Ese es el sentido del concepto lacaniano de lo “real”. Lo real es lo irrepresentable, la energía que asegura a la vez la consistencia psíquica de cada uno de los dos partenaires y de su lazo común de amor.
Por último, si tuviéramos que condensar en una palabra qué es el otro real, diríamos que es esa fuerza imperativa y desconocida que da cuerpo a nuestro lazo y a nuestro inconsciente. El otro real no es pues la persona exterior del otro, sino la parte de energía pura, impersonal, que anima su persona. Parte que es también, porque estamos unidos, mi propia parte impersonal, nuestro real común. Sin embargo, para que el otro real exista, para que haya esa fuerza real que no pertenece ni a uno ni al otro, hace falta aún que los cuerpos de ambos estén vivos y estremecidos de deseo.
La presencia simbólica del amado en mi inconsciente: un ritmo
Pero si el estatuto real del elegido es ser una fuerza extraña que enlaza cual un puente de energía a los dos partenaires y arma nuestro inconsciente, el estatuto simbólico del elegido es ser el ritmo de esta fuerza. Sin duda, no hay que imaginarse la irrupción del deseo como un vuelo enceguecido y masivo, sino como un movimiento centrípeto y ritmado por una sucesión más o menos regular de aumentos y de caídas de tensión. Nuestro deseo no es un real puro, sino una fuerza regulada por un ritmo preciso y definido que la hace singular. Ahora bien, ¿qué es el ritmo, sino una estructura simbólica organizada como una serie de tiempos fuertes y tiempos débiles repetidos a intervalos regulares? El ritmo es, en efecto, la expresión simbólica más primitiva del deseo, incluso de la vida, ya que al comienzo la vida no es sino energía palpitante. La fuerza de impulsión deseante es real porque es en sí irrepresentable, pero las variaciones rítmicas de esta fuerza son simbólicas porque son, en cambio, representables. Representables como una alternancia de intensidades fuertes y débiles, de acuerdo con un trazado de picos y caídas.
Ahora bien, formulemos la hipótesis de que la presencia simbólica del otro en nuestro inconsciente es un ritmo, un acorde armonioso entre su poder excitante y mi respuesta, entre su papel de objeto y la insatisfacción que siento. Si considero que el elegido es irreemplazable, es porque mi deseo se ha modelado progresivamente a las sinuosidades del flujo vibrante de su propio deseo. Es considerado como insustituible porque ningún otro podría amoldarse tan finamente al ritmo de mi deseo. Como si el elegido fuera ante todo un cuerpo que paulatinamente se aproximara, se posicionara y se ajustara a los latidos de mi ritmo. Como si las pulsaciones de su sensibilidad danzaran con la misma cadencia que mis propias pulsaciones, y como si nuestros cuerpos se excitaran mutuamente. Así, la cadencia de su deseo se armoniza con mi propia cadencia, y cada una de las variaciones de su tensión responde en eco a cada una de las mías. Algunas veces el encuentro es suave y progresivo; otras, violento e inmediata. Si bien es cierto, empero, que los intercambios erógenos pueden ser armoniosos, las satisfacciones que resultan de ellos no dejan de ser, para cada uno de los partenaires, satisfacciones siempre singulares, parciales y discordantes. Discordantes porque se obtienen en momentos diferentes y con intensidades desiguales. Hay armonía en la excitación y desarmonías en la satisfacción.
Queda claro que mi otro elegido no es sólo la persona que tengo frente a mí, como tampoco una fuerza, un excitante, o incluso un objeto de insatisfacción; es todo eso a la vez, condensado en el ritmo de vida de nuestro lazo amoroso. Ahora bien, cuando ya no está, cuando el resplandor de su ser viviente y deseante ya no está, y cuando mi deseo se ve privado de las excitaciones que él sabía despertar tan bien, pierdo por cierto una infinidad de riquezas, pero pierdo sobre todo el armazón de mi deseo, es decir su escansión y su ritmo.
Por lo tanto, la presencia simbólica del amado en el interior de mi inconsciente se traduce por la cadencia con la cual debe regularse el ritmo de mi deseo. En una palabra, el otro simbólico es un ritmo, o incluso una medida o, mejor aún, el metrónomo psíquico que fija el tempo de mi cadencia deseante.
Esta manera que tenemos de concebir el estatuto simbólico del elegido es una reinterpretación del concepto freudiano de represión considerada como la barrera que pone dique al desborde de las tendencias deseantes. Es también una reinterpretación del concepto lacaniano del significante del Nombre-del-padre considerado como el límite que encuadra y otorga consistencia al sistema simbólico. Ya se trate de la represión freudiana o del significante lacaniano del Nombre-del-padre, siempre se trata de un elemento canalizador de las fuerzas del deseo y ordenador de un sistema. Pero justamente, el ser elegido, definido como un metrónomo psíquico, cumple esta función simbólica de constreñir el deseo a seguir el ritmo de nuestro lazo. Por consiguiente, diremos que el elegido, dueño de la medida impuesta a mi deseo, me impide enloquecerme al restringir mi goce. Me protege y me vuelve insatisfecho. El elegido simbólico es, en definitiva, una figura de la represión y la figura más ejemplar del significante del Nombre-del-padre.
La presencia imaginaria del amado en mi inconsciente: un espejo interior
La persona del amado en tanto cuerpo viviente no es sólo fuente de excitación de mi deseo; también es —lo hemos señalado— la silueta animada que será proyectada en mi psiquismo bajo la forma de una imagen interna. El cuerpo del otro se duplica así con una imagen interiorizada. Es precisamente esta imagen interna del amado en mí lo que identificarnos como su presencia imaginaria en el inconsciente.
El otro imaginario es por lo tanto simplemente una imagen, pero una imagen que tiene la particularidad de ser en sí misma una superficie pulida en la cual se reflejan permanentemente mis propias imágenes. Capto las imágenes de mí mismo, reflejadas en ese espejo que es la imagen interiorizada del elegido. Así, esta última tiene el poder de ser simultáneamente imagen del otro y espejo de las mías.
La imagen de mi amado, la que tengo en el inconsciente, no brillará con todo su esplendor, no me devolverá mis imágenes y no suscitará afectos sino cuando encuentra apoyo en el cuerpo viviente del amado. Mi amado debe estar vivo para que el espejo que lo duplica en el inconsciente pueda reflejar imágenes lo suficientemente vivaces como para producir sentimientos. Justamente, las imágenes adquieren esta vivacidad gracias al impulso activo y ritmado del deseo directamente vinculado a la vida del cuerpo del amado. Es la fuerza del deseo la que carga las imágenes de energía, las hace ondular como reflejos en la superficie del agua y las hace capaces de crear sentimientos.
Pero, ¿cuáles son las principales imágenes de mí mismo que me devuelve ese espejo interior? Son imágenes que, no bien percibidas, originan inmediatamente un afecto. A veces percibimos una imagen exaltante de nosotros mismos que refuerza nuestro amor narcisista; otras, una imagen decepcionante que alimenta el odio a nosotros mismos; y, a menudo, una imagen de sometimiento y de dependencia del amado que provoca nuestra angustia.
Me interesa hacer aún dos observaciones finales sobre el estatuto imaginario del otro amado. El espejo psíquico que es la imagen del elegido en mi inconsciente no debe ser pensado como la superficie lisa de un espejo, sino como un espejo desmembrado en pequeños fragmentos móviles de vidrio en los que se reflejan, confundidas imágenes del otro e imágenes de mí. Semejante alegoría caleidoscópica tiene la ventaja de mostrarnos que la imagen inconsciente que tenemos del elegido es un espejo fragmentado y que las imágenes que se reflejan en él siempre son parciales y móviles. Pero esta metáfora tiene, con todo, el defecto de sugerirnos que la presencia imaginaria del otro sería totalmente visual, mientras que bien sabemos que una imagen puede ser tanto olfativa, como auditiva, táctil o cinestésica.
La segunda observación se refiere al marco de la imagen inconsciente del amado, es decir la manera como imaginamos al amado, ya no según nuestros afectos sino según nuestros valores. Pienso en los diversos ideales que, sin saber aún, atribuimos a la persona del elegido. Anclamos y desarrollamos nuestro vínculo conservando en el horizonte estos ideales implícitos. Ideales muchas veces exagerados, incluso infantiles, constantemente reajustados por las limitaciones inherentes a las necesidades (cuerpo), a la demanda (neurosis) y al deseo del otro. Ahora bien, ¿cuáles son esos ideales situados en el cruce de lo simbólico y lo imaginario? He aquí los principales:
· Mi elegido debe ser único e irreemplazable.
· Debe permanecer invariable, es decir no cambiar jamás, a menos que lo cambiemos nosotros mismos.
· Debe sobrevivir, inalterado, a la pasión de nuestro amor o de nuestro odio destructor.
· Debe depender de nuestro amor, dejarse poseer y mostrarse siempre disponible para satisfacer nuestros caprichos.
· Pero si también queda sometido, debe poder conservar su autonomía, pese a todo, para evitar estorbarme…
Estos ideales, comparables a los que guían la relación del niño pequeño con su objeto transicional, caracterizan la neurosis del amante y nos dan la medida de sus límites. Expectativas tan excesivas no pueden sino acentuar la distancia entre la satisfacción soñada del deseo y su insatisfacción efectiva.
No hemos podido evitar este largo rodeo para responder a nuestra pregunta sobre la presencia del amado en el inconsciente, y para comprender así lo que verdaderamente perdemos cuando desaparece su persona. El elegido es, ante todo un fantasma que nos habita, regula la intensidad de nuestro deseo (insatisfacción) y nos estructura. No es solamente una persona, sino un fantasma construido con su imagen, espejo de nuestras imágenes (imaginario), atravesado por la fuerza del deseo (real), enmarcado por el ritmo de esa fuerza (simbólico), y apoyado en su cuerpo vivo (real una vez más), fuente de excitación de nuestro deseo y objeto de nuestras proyecciones imaginarias.
Sin embargo, aún hace falta comprender que este fantasma no es sólo la representación de lo que el amado es en nosotros; es también lo que nos sella inextricablemente a su persona viviente. No es sólo una formación intrasubjetiva, sino intersubjetiva. Digámoslo de otro modo: el amado es una parte de nosotros mismos que llamamos “fantasma inconsciente”; pero esa parte no está confinada en el interior de nuestra individualidad, sino que se extiende en el espacio del entre-dos y nos enlaza íntimamente a su ser. Recíprocamente, el amado está él mismo habitado por un fantasma que nos representa en su inconsciente y lo une a nuestro ser. Vemos en qué medida el fantasma es una formación psíquica única y común a los dos partenaires, y cuán inadecuado —aunque necesario— hubiera resultado hablar del fantasma de uno o del fantasma del otro, de “su” inconsciente, o del inconsciente “del otro”. Esto es lo que nos interesaba decir: el fantasma, y de un modo más general el inconsciente que manifiesta, es una construcción psíquica, un edificio complejo que se levanta, invisible, en el espacio del entre-dos y descansa en las bases que son los cuerpos vivos de los partenaires. En consecuencia, cuando nos sucede que perdemos a la persona del elegido, el fantasma se desvanece y se desmorona como un edificio al que se le retiran los pilares. Es entonces cuando aparece el dolor.
Así, a la pregunta: ¿qué perdemos cuando perdemos a la persona del ser al que amamos?, respondemos: Al perder el cuerpo viviente del otro, perdemos una de las fuentes que nutren la fuerza del deseo sin por ello perder esa fuerza que, por el contrario, perdura, indestructible e inagotable, mientras hay vida en nosotros. También perdemos la figura animada que, como un apoyo, sostenía el espejo interior que reflejaba nuestras imágenes. Pero, al perder a la persona del amado, perdemos también el ritmo bajo el cual vibra la fuerza real del deseo. Perder el ritmo es perder al otro simbólico, el límite que vuelve consistente al inconsciente. En suma, al perder a quien amamos, perdemos una fuente nutricia, el objeto de nuestras proyecciones imaginarias y el ritmo de nuestro deseo común. Es decir que perdemos la cohesión y la textura de un fantasma indispensable para nuestra estructura.
El dolor del enloquecimiento pulsional
Retomemos ahora nuestras definiciones del dolor. El dolor corporal se produce, como veremos, por una lesión situada en la periferia de nuestro ser, es decir en el cuerpo. Pero, de la misma manera que se cree, equivocadamente, que la sensación dolorosa debida a una herida del brazo se localiza en el brazo, se cree también, equivocadamente, que el dolor psíquico se debe a la pérdida de la persona del ser amado. Como si lo que doliera fuera su ausencia. Ahora bien, no es la ausencia del otro lo que duele, sino los efectos en mí de dicha ausencia. Yo no sufro por la falta del otro. Sufro porque la fuerza de mi deseo está privada del excitante que significaba la sensibilidad de su cuerpo vivo; porque el ritmo simbólico de esta fuerza está quebrado por la desaparición del tempo que escandían sus excitaciones; y además porque el espejo psíquico que reflejaba mis imágenes se ha desmoronado por falta del sostén viviente en que se había transformado su cuerpo. La lesión que provoca el dolor psíquico no es, por lo tanto, la desaparición física del ser amado, sino la perturbación interna engendrada por la desarticulación del fantasma del amado.
Ahora podemos precisar mejor y proponer que el dolor es una reacción que tiene lugar no ante una pérdida, sea ésta la que fuere, sino ante la fractura del fantasma que nos unía al otro elegido. La verdadera causa del dolor no es, por lo tanto, la pérdida de la persona amada, es decir el retiro de esas bases que soportaban la construcción del fantasma, sino el desmoronamiento de dicha construcción. La pérdida es una causa desencadenante, y el derrumbamiento la única causa efectiva. Si perdemos a la persona del elegido, el fantasma se deshace y el sujeto sigue entonces entregado sin recurso a una tensión última del deseo, un deseo sin fantasma en el que apoyarse, un deseo en estado de errancia y sin ejes. Afirmar, entonces, que el dolor psíquico resulta del derrumbe del fantasma, es localizar su fuente no en el acontecimiento exterior de una pérdida fáctica, sino en el enfrentamiento del sujeto con su propio interior perturbado. El dolor es aquí una angustia que se me impone inexorablemente cuando descubro que mi deseo es un deseo desnudo, loco y sin objeto. Decíamos que el dolor es el afecto que expresa la autopercepción por parte del yo de la conmoción que lo devasta cuando está privado del ser amado. Ahora que reconocemos la fractura del fantasma como el acontecimiento principal, intrasubjetivo, que sucede a la desaparición de la persona amada, podemos afirmar que el dolor expresa el encuentro brutal e inmediato entre el sujeto y su propio deseo enloquecido.
Es en ese instante de intensas agitaciones pulsionales cuando, como último recurso, nuestro yo intenta salvar la unidad de un fantasma que se derrumba concentrando toda la energía de la que dispone en una parcela de la imagen del otro desaparecido; imagen parcial, fragmento de imagen que se sobresaturará de afecto. Es allí donde el dolor, recién originado en un deseo tumultuoso, en lugar de reducirse, se intensifica. Algunos meses más tarde, una vez iniciado el trabajo del duelo, la hipertrofia de ese fragmento de imagen del desaparecido disminuye, y el dolor que se vinculaba con él se atenúa poco a poco.
Bibliografía: El libro del dolor y el amor -Juan David Nasio
this is cursed and I regret buying it

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
algún día seremos mejor que esto.
Al fin y al cabo, si me preguntan ¿qué es amar? yo contesto que es el inmenso dolor que genera la incertidumbre de no saber cuando te vuelvo a ver