No recuerdo cuando mi mente se destruyó. Pero ahora, cuando voy al trabajo, camino mirando el piso y con con mis uñas clavadas en las palmas de mis manos, hago eso para concentrarme en el dolor y no en mis pensamientos. Evito mirar a las personas, para que mi ansiedad no despierte. Canto una canción en mi mente para que el camino se haga mas corto. Cuando llego, al fin puedo respirar otra vez.
¿Cuando se volvió una tortura para mí salir de casa? Tampoco lo recuerdo.
Odio ir a comprar cosas, hablarle a un extraño me hace tartamudear y cuando tengo que pagar, mis manos tiemblan. Lo hacen todo el tiempo.
Algunas noches, mi pecho duele. Me lo agarro con la mano izquierda, porque la derecha esta ocupada tapando mi boca para que mis sollozos no se oigan . El llanto me visita algunas veces y se queda hasta dejarme sin aliento, aunque el día sea bueno, aparece como si fuera mi mejor amigo.
Lo único que me dice que el tiempo sigue avanzando es el sonido de las manecillas del reloj en la sala. Se escuchan hasta mi habitación, tan fuertes, gritando que todo avanza, menos yo.
Deje de odiar al mundo, pero ya no puedo relacionarme con él. Si logro no saltar, intentaré empezar de nuevo. Solo, si al menos una mínima cosa está a mi favor. Cuando duerma una noche entera, sabré que al menos pude dar un paso.
Me siento como un pajaro en una jaula cuya puerta esta abierta, pero no sale, porque nunca aprendió como volar. Mis alas están rotas. Quiero volar alto, quiero saltar, tengo que intentarlo.
Estoy asustada, mi vida es tan vacía. Si logro levantarme de mi cama ¿se llenará?
Si logro apagar el debate en mi cabeza ¿seré feliz?
Esta es mi realidad, perdónenme.