La ropa se me pegaba al cuerpo, hacía mucho que no corría tanto, el corazón me latía demasiado rápido, tan rápido que se sentía como un zumbido.
El viento soplaba recio, insistiendo en despeinarme el cabello, el atardecer teñía de malvas el cielo y los árboles se despedían de la luz del sol.
Todo parecía apacible, quieto, silencioso. Tan silencioso que me provocaba arcadas de los nervios, aunque probablemente fue el aire que tragué al respirar por la boca.
No sabía qué hacer o hacia dónde correr; después de todo, lo que me perseguía iba conmigo, era yo, intentaba huir de mí, y eso, claramente, era imposible.
-Antes de que mis demonios me alcancen.
AmeQuiela
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