Nico trabaja en su primer laburo freelance desde que renunció a Rebolución. Lo hace en el living de casa mientras yo selecciono fotos sueltas que me gustan y me hacen bien sin preocuparme por la excelencia técnica. La idea es subirlas a un instagram que me represente un poco más, lejos de la tibieza e inseguridad. Son para mi micro historias rescatadas de una de las tantas vueltas de revisada a mi archivo general personal donde pocas veces encuentro algo que me guste más de tres días seguidos.
Entre medio mate, café y castañas de cajú. Algunas cosas más. Nico escribe, escucha música, trabaja y lee el diario. Me lee una nota sobre el elitismo de la educación en Corea del Sur y su desigualdad socioeconómica, tema que salió a la luz este tiempo a partir de la película Parasite. Nos preguntamos qué vamos a almorzar con medio segundo de diferencia sin habernos escuchado el uno al otro pero no por no querer hacerlo, sino porque la puerta del baño nos separa.
Salimos entonces a comprar milanesas y un marco para el primer cuadro de la casa, me olvido la billetera y solo compramos las milanesas.
Yo cocino, siempre con dudas. Todo anda bien. Mientras espero que el calor del horno y la cantidad justa de aceite que tiré cocinen las milanesas prendo un porro. Fumo dos secas y lo giro. Me llega un mensaje preguntando por un proyecto que hice el año pasado del que no tengo noticias muy claras, aún no vi el cortometraje editado ni se cuando es la corrección de color. Hace más de un mes iban a pasármelo y brilló por su ausencia.
Pienso que tengo que volver a escribirle a Lu, insistirle para que me lo pase. Me pregunto por qué no me lo pasó todavía, por qué me comunica tan poco al respecto. Le mando un mensaje.
Las milanesas están riquísimas, aunque no coma mucho pollo y me interese la idea de ser vegetariana. No lo intento realmente como si supiera que no lo lograría, pero tampoco elijo comprarlas sola. Le cuento a Nico sobre algo pasajero que tengo que hacer esa tarde y se transforma en algo gigante porque él no entiende mis palabras. Me mira con los ojos bien abiertos y el cuerpo inclinado hacia delante.
“Hacemos de esto algo gigante porque no te entiendo lo que decís”. Entonces hablo fuerte y modulo, cansada, harta de mí. Entiendo que hago eso porque me da vergüenza, hablo rápido y bajo el volumen de voz hacia el final de la frase. No tengo noción de cuando me criticaron eso por primera vez, es como algo que tengo adherido desde hace muchos años.
En algún momento Nico me pregunta si estoy mambeada, si me desperté así. Le digo que estoy mambeada, pero que no me desperté así, sucedió desde que fumé porro, el porro que él me había dicho un rato atrás que creía que ya no le pegaba.
Entonces le cuento, con una claridad conmigo misma que pocas veces consigo, por qué mi cabeza se enrosca: sobre-análisis de todas las relaciones humanas, inseguridad respecto a lo que hago, como si para cada paso e interacción tuviera que pensar todo muy detalladamente para no volver a confundirme. Pienso que ya me confundí demasiadas veces, que ya no puedo fallar más. Nico me responde que solo tengo 24 años, y que soy muy porteña. Entonces hablamos de otra cosa.