El mundo no necesita tu empatĂa.
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». (Juan 3:16, Reina-Valera 1960)
«Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas». (Mateo 22:36-40, Reina-Valera 1960)
A ver... Esta idea ha estado dando vueltas en mi cabeza por varios dĂas; la he estado rumiando para darle cierta coherencia y forma. Vamos a los hechos: ÂżquĂ© significa empatĂa? Bien, esta palabrita se define como la capacidad de ponerse en el lugar del otro, comprender sus emociones y sentimientos, y responder con respeto y solidaridad.
Es una capacidad que, en teorĂa, está en todo ser humano. Sospecho. Es normal sentir empatĂa por animales heridos, niños abandonados, ancianos con malestares, mujeres embarazadas, personas caĂdas en desgracia y cualquier otra circunstancia que nos conmueva. Es algo que siempre está en nosotros y eso es genial, porque nos ha llevado a movilizaciones gigantescas para salvar vidas; los ejemplos saltan a la vista. Pero si te propongo empatizar con una persona que piensa totalmente distinto a ti, y que no está en necesidad ni pasando por una situaciĂłn difĂcil... la cosa cambia.
Mi punto aquĂ es que la empatĂa es selectiva. No es que estĂ© mal serlo, sino que elegimos con quiĂ©nes somos empáticos y con quiĂ©nes no.
Mi paĂs (y el mundo en general) está atravesando, de nuevo, por una polaridad extrema que nos ha llevado a tomar partido sĂ o sĂ. Hoy tuve una cita mĂ©dica y la doctora que me atendiĂł me contĂł que, el dĂa anterior, dos mujeres de unos 70 años se pelearon a golpes por sus afiliaciones polĂticas en plena sala de espera. En mi propia casa, sentarnos a hablar sobre polĂtica es muy complicado: no nos escuchamos y alzamos la voz para imponer nuestros puntos, siempre con la intenciĂłn de «evangelizar» al otro sobre por quiĂ©n debe votar, tengamos o no buenos argumentos.
TĂş me dirás: «No es cuestiĂłn de empatĂa. Lo estás confundiendo todo. Se trata de tolerancia. Hay que diferenciar; estás mezclando la polĂtica con algo que no tiene nada que ver». Y sĂ, lo entiendo. La tolerancia es fundamental y la empatĂa tambiĂ©n deberĂa serlo; aquĂ habrĂa que apelar a la historia, a lo que le conviene al paĂs, etcĂ©tera, etcĂ©tera.
La idea de que el mundo no necesita empatĂa nace, precisamente, del temor hacia la violencia que generan este tipo de eventos. Ahora... te invito a pensar en los dos versĂculos bĂblicos que citĂ© al principio. El amor es esa fuerza que hizo que un Padre diera a su Ăşnico Hijo para morir por nosotros, a pesar de que no siempre empaticemos o simpaticemos con lo que Él quiere para nuestras vidas. El amor es el impulso que me hace dejar de pelear con mi mamá y pensar: «Esto no nos puede dividir». El amor es lo que me permite escuchar los puntos de vista de la derecha y entender de dĂłnde nacen, asĂ como las inconformidades de la izquierda. ÂżPor quĂ©? Porque si amo a mi prĂłjimo, estoy actuando bien. El amor es lo que nos permite avanzar hacia la uniĂłn, por más que no logremos comprender al otro.
Por amor es que me callo y escucho las quejas de una doctora; por amor escucho a mi familia; por amor no alzo la voz ni dejo un comentario de rabia en las redes; por amor no peleo... Porque sĂ© que asĂ actuarĂa JesĂşs.
El mundo no necesita de tu empatĂa. El mundo necesita del amor de Dios en nosotros para dar a los demás.
Nos vemos del otro lado de la libertad.















