Soy feliz de que existas.
Ahí empieza el miedo.
No sé cómo nombrarnos sin romper la magia.
Le temo al te quiero, le temo al te amo,
a esa costumbre antigua de escupir palabras
para tapar un agujero, por compromiso, por vacío, por las dudas.
Sin embargo, decírtelo ahora me tiembla en los labios,
hay más verdad en mi silencio que juntando todas las palabras de amor que alguna vez pude desbordar por escuchar lo mismo.
De vos no necesito escucharlo tampoco
para sentirme a salvo.
Qué revelación:
darme cuenta tan tarde
de que el querer se siente, no se dice.
No me pedís un título.
No me jurás un futuro.
Ni si quiera me besás con prisa.
Pero en la noche tus brazos
sostienen todas mis esquinas rotas.
Sé que a vos también te quema el miedo.
A veces la duda me muerde y pienso que lo invento,
pero no necesito la jaula del mensaje constante
ni la histeria de extrañarte con locura.
Solo esta certeza limpia:
si decís ven, yo voy.
Si venís, te abro la puerta.
Qué extraño es esto.
No estoy acostumbrada a querer sin sangrar.
Te quiero bien.
Sin exigencias, sin garras.
Solo para admirarte,
para internarme en tu mundo en silencio,
como quien descubre, descalza y con asombro,
un país totalmente nuevo.
Te quiero!
Nath














