Estrategias de insegurizar: el nuevo rostro del poder masculino en las relaciones heterosexuales.
(Texto largo 😌)
Cada vez más mujeres comparten un mismo desconcierto:
“no me maltrata, pero estoy todo el tiempo insegura”,
“no entiendo qué pasa, un día está presente y al siguiente desaparece”,
“siento que todo el tiempo tengo que demostrar que merezco su atención”,
"tengo que traducirme sobre lo que veo y recibo y la respuesta es la negación o la ridiculización".
No hay gritos ni insultos, pero hay un hilo invisible que nos mantiene en alerta, pendientes, desreguladas.
Eso que tantas mujeres sienten y cuesta tanto nombrar son las estrategias de insegurizar la relación.
Formas sutiles, normalizadas y profundamente eficaces de mantener el poder afectivo dentro de los vínculos heterosexuales.
Se sostienen sobre la ambigüedad, el refuerzo intermitente y el desequilibrio emocional. No necesitan violencia explícita para producir sumisión: basta con generar duda regularmente, prima.
El objetivo no es cuidar el vínculo, sino preservar la posición de superioridad emocional.
Como explica Bell Hooks, el patriarcado enseña a los hombres a confundir el poder con el amor y a temer la vulnerabilidad que implica la verdadera intimidad. Por eso muchos aprenden , conscientemente o no, a insegurizar para dominar.
Estas prácticas no surgen de la nada.
Se apoyan en tres raíces principales:
1. La socialización masculina en el poder y la distancia afectiva.
Desde pequeños, los hombres son educados para asociar la entrega afectiva a otra mujer como pérdida de estatus (madre, hermana, amigas inclusive).
2. La masculinidad tradicional les enseña que “mostrar interés” equivale a “perder poder”. Por tanto, aprenden a vincular el deseo con el control, y no con la reciprocidad.
3. Su lenguaje emocional se construye sobre la lógica de la conquista, la validación y la retirada: dar lo justo para mantener la atención, no lo suficiente para arriesgarse al vínculo profundo.
La maestra Eva Illouz nos cuenta que el capitalismo emocional contemporáneo ha transformado el amor en un mercado donde la escasez genera valor.
Los hombres, socializados para ser el sujeto que desea, descubren que hacer dudar al otro aumenta su poder simbólico.
Insegurizar es, en este sentido, una estrategia de acumulación afectiva: retener el deseo ajeno como fuente de autoestima.
En el fondo, vemos cómo muchas de estas estrategias operan como defensas inconscientes frente al miedo al abandono o la insuficiencia.
Me siento pequeño y no lo asumo ni canalizo.
Desaparecer, ironizar, no definir, no comprometerse, son mecanismos de autoprotección que se disfrazan de autonomía.
Pero el resultado no es libertad, sino dominación: la otra persona asume el coste emocional del miedo que el hombre no puede sostener.
Y esas personas somos nosotras en los vínculos heterosexuales.
Algunas de las estrategias más comunes y desconcertantes son:
Desaparecer emocionalmente justo después de mostrarse disponible. Provoca una descarga de dopamina y luego una retirada que deja a la otra persona en abstinencia emocional.
Usar la comparación. Mencionar a otras mujeres con las que ha intimado mientras va contigo de la mano, idealizar a la ex o coquetear abiertamente para desestabilizar.
Ironizar o ridiculizar la sensibilidad de la pareja. Desvalorizar la emoción femenina, reafirma el control y desplaza la culpa.
Mantener la relación en un terreno indefinido. Evitar poner nombre o comprometerse, pero exigir exclusividad emocional.
O bien, nombrar un gran deseo de vínculo y pareja muy rápido y al ritmo impuesto por su parte sin contar ni respetar la cadencia ajena. "Yo quiero estar contigo, yo quiero estar contigo".
Dar y quitar afecto de forma imprevisible. Reforzar cuando la mujer se acomoda, retirar afecto cuando pide claridad.
Proyectar la responsabilidad de la inseguridad sobre ella. “Tú te lo tomas todo personal”, “tú eres la intensa”.
Usar el lenguaje terapéutico o feminista como disfraz. Hablar de autocuidado, vínculos libres o límites, pero usarlos para justificar la distancia o la falta de implicación. Ay ésto, ésto.
Estas prácticas tienen un efecto profundamente desorganizante: nosotras empezamos a regular nuestra conducta para no perder el poco afecto que recibimos, entrando en un circuito de hipervigilancia y culpa.
Y acomodamiento al abuso.
Como ya sabemos en toda relación desigual quien tiene el poder define lo real. La mujer insegurizada termina cediendo la autoridad sobre su propio sentir.
¿Queremos creer que la mayoría de los hombres no aplican estas estrategias desde una malicia o manipulación deliberada, sino desde una mezcla de aprendizaje cultural y defensa emocional?
Pongámonos en lo menos doloroso.
Algunos las usan de manera estratégica para mantener poder o admiración.
Algunos han perdido o nunca han tenido interiorizada la noción de una mujer como un ser humano, como una igual.
Algún que otro manifiesta clara psicopatía relacional.
Otros lo hacen sin darse cuenta, porque así aprendieron a vincularse: desde la evitación, la intermitencia o la necesidad de control.
En todos los casos, la consecuencia es la misma: una relación emocionalmente asimétrica donde el coste lo asume la mujer.
Insegurizar otorga un tipo de poder profundamente eficaz: el poder afectivo, aquel que se ejerce no por imposición, sino por control del deseo ajeno.
Es el poder de marcar el ritmo emocional: cuándo hay contacto, cuándo silencio, cuándo reconocimiento.
Este poder se nutre de la desigualdad estructural entre hombres y mujeres.
En el cuerpo femenino, esto se siente como ansiedad, duda, disociación. Sufrimiento y búsqueda constante de explicación.
"Me toca y conecta conmigo en casa; cuando estamos con sus amigos ni me mira ni se acerca a mí. Cuando lo nombro me llama posesiva."
La mujer empieza a desconectarse de su percepción para seguir sosteniendo la relación.
Y en estos gestos , tan aprendidos, tan culturales, el patriarcado sigue vivo dentro de los vínculos íntimos.
Nuestros cuerpos buscan coherencia, regulación y seguridad. Si no la encuentran en el otro, intentarán conseguirlas como sea.
Nuestro cerebro necesita estructura y previsibilidad afectiva.
Amiga, hay que nombrar lo que pasa.
Recordar que la confusión no es amor, que la duda no es pasión, que la intensidad no sustituye al cuidado.
Que el carril de la incoherencia entre discurso y prácticas, entre lo que escuchas y lo que ves es pedregoso.
Cada vez que una mujer vuelve a confiar en su percepción, deja de intentar ser suficiente para quien no la mira o la destrata, deja de "confundirse" por sistema y no desacredita su percepción o señalamiento de lo evidente.
Cada vez que una mujer se da cuenta de que todo no puede ser un "malentendido" o una "broma" o una "paranoia" propia, el patriarcado pierde un poco de terreno en el lugar más íntimo: el amor.
Y tú ganas oxigeno y el resto de tu vida.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.














