𝜗𝜚𐙚 igual que un ángel 𐙚𝜗𝜚
La música apenas se filtraba a través de las paredes de tu habitación, un murmullo amortiguado de risas y pasos que, en ese momento, parecía pertenecer a otro mundo. Aquí dentro, el aire estaba cargado de una electricidad diferente, una mezcla de sudor, colonia de madera y la urgencia de dos personas que habían estado conteniéndose por demasiado tiempo.
—Si nena...—susurró él en tu oído.
La voz de Joel, siempre profunda y rasposa, sonó como un rugido contenido contra tu cuello. Sus manos, grandes, callosas y ásperas por años de supervivencia, te apretaban las caderas con una firmeza que te impedía pensar en cualquier otra cosa que no fuera el roce de su piel contra la tuya. El contraste era embriagador. Afuera, Jackson celebraba tu día con pastel y vino barato, ignorando que el hombre que todos respetaban, el "viejo" que rara vez bajaba la guardia, estaba en este preciso instante consumido por una necesidad cruda y absoluta por ti. Estar en esta habitación, el mismo lugar donde durante tantas noches habías dejado volar tu imaginación y albergado tus deseos más prohibidos, se sentía como una confesión silenciosa.
Joel se apartó un poco, lo suficiente para mirarte a los ojos. Su respiración era errática, y podías ver la lucha en sus facciones: la culpa de estar robándose un momento de paz en medio del caos, luchando contra el instinto de protegerte mientras, irónicamente, te reclamaba con cada fibra de su ser.
—Deberíamos estar ahí fuera...—dijiste, aunque sus dedos no se detuvieron, trazando líneas ardientes sobre tu cintura, como si estuviera memorizando cada centímetro de tu cuerpo—. Todos nos están esperando.
Rodeaste su cuello con tus brazos y lo atrajiste de nuevo hacia ti. Sus ojos se oscurecieron, perdiendo cualquier rastro de la duda. Se inclinó, sellando el espacio entre ambos con un beso que sabía a desesperación y a una ternura que él solo te permitía ver en la intimidad de esas cuatro paredes.
—Que esperen—dijo él contra tus labios antes de retomar el ritmo, mientras el mundo exterior se desvanecía por completo, dejando solo el sonido de sus suspiros y el latido desbocado de ambos fundiéndose en uno solo.
La fricción era implacable, un ritmo pesado y constante que te obligaba a arquear la espalda, buscando desesperadamente más de él. Cada embestida era un recordatorio de lo mucho que te deseaba, una posesión que se sentía tan abrumadora como necesaria. Tus uñas se clavaron en sus hombros, sintiendo la tensión de los músculos bajo sus ropas, o lo poco que quedaba de ellas. La habitación, que antes parecía un refugio de fantasías, ahora era un campo de batalla de sensaciones donde solo existía la presión de su cuerpo contra el tuyo. El calor era sofocante, pero no querías que terminara nunca.
Cuando sentiste cómo se expandía aún más dentro de ti, obligándote a abrirte por completo, tu cabeza cayó hacia atrás contra la almohada y tus ojos quedaron en blanco, el placer subiendo por tu columna vertebral como un relámpago. Joel notó tu reacción al instante; se detuvo por un segundo, su pecho subiendo y bajando con fuerza, y te atrapó la mirada, con sus ojos vidriosos de deseo recorriendo tu rostro desencajado.
—¿Te gusta, nena?—dijo él, su voz era un gruñido ronco, cargado de una satisfacción oscura al verte así, rendida ante él.
No podías articular palabras, solo soltaste un gemido ahogado y volviste a tirar de él, obligándolo a continuar. Joel soltó una risa baja, casi un sonido gutural, y hundió su rostro en el hueco de tu hombro, empezando a moverse con una profundidad que te robaba el aliento, marcando un ritmo que no dejaba lugar a dudas sobre cuánto tiempo había estado esperando este momento, oculto a plena vista de todos los demás.
El impacto de sus labios contra tu piel fue repentino y eléctrico. Joel no fue sutil, su mano rodeó tu seno, apretándolo con una posesión que te hizo perder el aliento, mientras su boca encontraba el pezón con una urgencia devoradora. El calor de su lengua te hizo estremecer, pero cuando sentiste el roce afilado de sus dientes tirando de él, un gemido agudo escapó de tu garganta sin que pudieras evitarlo.
Él soltó un gruñido grave, un sonido que vibró contra tu propia piel, como si ese pequeño dolor provocado fuera el combustible que necesitaba para perder el control por completo. Su ritmo cambió, volviéndose más errático y profundo, cada embestida era un reclamo, un golpe seco que te sacudía contra el colchón.
Tus manos se enredaron en su cabello canoso, que tanto te encantaba y te gustaba enredar tus manos en él, tiraste de él para mantenerlo ahí, justo donde querías que estuviera. Ya no importaba lo demás a tu alrededor, no importaba el cumpleaños, ni lo que diría la gente si supiera lo que pasaba detrás de esa puerta. En ese momento, bajo la presión de su cuerpo y el fuego de su boca, solo existía la forma en que Joel Miller te reclamaba, una y otra vez, como si fueras lo único que le quedaba en este mundo roto.
El hombre se apartó un segundo, sus ojos clavados en los tuyos con una intensidad que te dejaba sin aliento, su respiración agitada llenando el pequeño espacio.
—Date la vuelta—ordenó, su voz era un hilo de mando ronco y firme que no admitía réplicas.
Obedeciste sin pensarlo, sintiendo cómo el corazón te martilleaba en el pecho al girarte y apoyarte contra las sábanas, sintiendo el aire fresco de la habitación chocar contra tu piel sudorosa. Apenas terminaste de acomodarte, sentiste sus manos grandes sujetando tus caderas con firmeza, guiándote, como él solo sabía hacerlo, como el profesional que es. El contacto fue diferente esta vez. Joel buscó el ángulo, midiendo la distancia con una precisión que rozaba la tortura. Entonces, con una lentitud deliberada y una delicadeza sorprendente, comenzó a entrar en ti. No fue un embiste brusco, sino un deslizamiento lento, calculadamente profundo, que te obligó a arquear la espalda y soltar un jadeo que se transformó en un sollozo ahogado.
Sentiste cómo te llenaba por completo, cada centímetro de su ser expandiéndose dentro de ti con una sutileza que te hizo sentir vulnerable y, a la vez, increíblemente poderosa. Se quedó ahí un momento, dejándote asimilar su tamaño, su presencia, mientras sus manos bajaban desde tus caderas para trazar líneas de fuego a lo largo de tu columna, enviando escalofríos por todo tu cuerpo.
—Eso es...—murmuró cerca de tu oído, su aliento caliente recorriendo tu nuca—. Quédate quieta ahí un segundo, nena. Déjame sentirte.
Su voz sonaba destrozada, cargada de una devoción que te hizo sentir que, a pesar de todo el dolor que él cargaba, en ese momento, tú eras lo único que le daba paz.
...
El contraste fue un golpe seco al bajar las escaleras. El sudor aún se secaba en tu piel y el eco de su voz en tu habitación todavía resonaba en tu cabeza, pero ahí estabas tú, ajustándote la ropa y adoptando la máscara de "aquí nada ha pasado". Entraste en el salón principal, donde el murmullo de la gente y el olor a comida reemplazaron el calor sofocante de tu cuarto. Tu padre, ajeno por completo al abismo de secretos que escondías tras tu expresión neutra, soltó una carcajada al ver a Joel, su mejor amigo.
—¡Miller!—exclamó tu padre, dándole una palmada en el hombro—. Pensé que te habías quedado patrullando por ahí. ¡Te estaba buscando, hombre! ¿Dónde diablos estabas?
—Por ahí...—respondió, y te dedicó una pequeña sonrisa.
Tú por tu lado, te mantuviste a un lado, sintiendo cómo cada nervio de tu cuerpo seguía vibrando por el recuerdo de sus manos en tu cuerpo, recorriendo cada centímetro de él. De pronto, la viste. Su esposa, ajena a todo, el hombre de Texas se acercó con una sonrisa cálida, y extendió un brazo y la tomó de la cintura, atrayéndola hacia él con una naturalidad que se sintió como una estocada directa al pecho.
Apretaste la mandíbula hasta que te dolió. Ver la posesión en el gesto de Joel —esa mano grande descansando en la cintura de ella, la misma mano que minutos antes te había exigido de forma tan cruda— despertó una llamarada de celos y rabia que apenas pudiste sofocar. Te giraste rápidamente, necesitando alejarte antes de que alguien notara el fuego en tus ojos.
La contradicción era insoportable: él era tuyo en la oscuridad, pero en la luz, te obligaba a verlo pertenecer a alguien más. El brindis de tu padre comenzó, y tú solo podías concentrarte en el hecho de que, aunque todos celebraban tu día, te sentías más sola que nunca, viendo desde lo lejos cómo el hombre que te había dejado marcada, reclamaba su lugar en una vida en la que tú solo eras un secreto prohibido.
...
La pantalla de tu teléfono iluminaba la oscuridad de tu cuarto, pero no era suficiente para calmar el fuego que tenías en el pecho. Habías pasado toda la tarde viendo cómo él fingía una vida como si nada, que te dolía por dentro, y ahora, al esperar la respuesta de tus mensajes, sentías que la sangre te hervía por dentro.
*Nena, estoy ocupado, estaba viendo una película con Samantha* escribió él después de 10 minutos en que le enviaste el primer mensaje.
Tu respuesta fue rápida, tajante, cargada de ese veneno que solo alguien que ha sido poseído con tanta intensidad puede sentir:
*Ajá. ¿Y eso te da motivo para demorarte en responder?*
Hubo un silencio eterno. El cursor parpadeaba, burlándose de tu impaciencia, hasta que finalmente aparecieron las letras:
*Nena, entiende, nos sentamos a ver una película, hace tiempo que no lo hacíamos. Mi matrimonio con ella es difícil, lo sabes. Pero...*
Te mordiste el labio inferior, sintiendo una mezcla de desprecio y una posesión feroz dentro de ti. ¿Cómo se atrevía a hablarte de su "difícil" matrimonio cuando apenas unas horas atrás te estaba marcando como si fueras de su propiedad absoluta?
*¿Pero?* escribiste, cortante.
*No lo sé...* respondió él, tras unos segundos que se sintieron como horas.
Sentiste cómo una sonrisa cínica se dibujó en tu rostro, esa que Joel aprendió a reconocer y a temer. Tus dedos se movieron sobre la pantalla, decidiendo que era hora de recordarle exactamente dónde estaba su lealtad, sin importar lo que Samantha pensara o hiciera.
*Pero nadie te hace gemir como lo hago yo, ¿Verdad?* escribiste, apretando el botón de enviar antes de que tu orgullo pudiera detenerte.
El teléfono vibró casi al instante.
*Joder* respondió Joel, y podías imaginarte perfectamente la forma en que su mandíbula se tensó al leer eso, la forma en que sus ojos se habrían oscurecido mientras ella, a su lado, no tenía ni idea de que él estaba a punto de perder la cabeza por tu culpa.
*Me estás torturando, ¿Lo sabes?. Sabes perfectamente que tienes razón. ¿Crees que no me estoy muriendo aquí por escapar y estar contigo?*
*Entonces deja de perder el tiempo y admite lo que es tuyo* tecleaste, con los ojos fijos en la pantalla, sintiendo cómo el desafío en tu mensaje lo dejaba sin defensas.
No lo dudaste, con los dedos temblando por la adrenalina, te subiste la remera hasta el cuello, exponiendo tu piel a la luz tenue de la pantalla de tu móvil. Te tomaste la foto enfocando tus senos, el lugar exacto donde él solía depositar su rostro, donde su barba dura te provocaba escalofríos y donde solía marcarte con esa posesividad que tanto te excitaba.
Presionaste enviar sin pensarlo dos veces.
El "Visto" apareció casi al instante, seguido de un silencio tenso que se sintió como una eternidad. Podías imaginarlo ahí, sentado en el sofá al lado de su esposa, con el corazón acelerado y una lucha interna destrozándole la compostura.
Entonces, el teléfono vibró en tu mano.
*Nena, no envíes eso ahora, haces que se me ponga dura* escribió él.
La crudeza de sus palabras, esa falta total de filtros que siempre reservaba solo para la intimidad contigo, te hizo sonreír con victoria. Lograste tu cometido, sus dedos estaban escribiendo de nuevo, casi sin pausa.
*¿Tienes idea de lo difícil que es para mí fingir que estoy viendo una película con mi esposa, mientras te imagino dentro de mí? escribió él, con un tono cada vez más desesperado.
*Me estás volviendo loco. Estoy ahí sentado, a centímetros de ella, pero mi mente está en tu cama, recordándote desnuda. Si sigues jugando así, no voy a poder aguantar ni un minuto más antes de inventar una excusa y salir corriendo hacia ti*
La pantalla brillaba en la oscuridad de tu habitación, y tu pulso se aceleraba con cada segundo que pasaba. El silencio en tu casa era absoluto, pero en tu cabeza podías escuchar perfectamente la voz de Joel, ese tono ronco que usaba cuando estaba a punto de perder la cabeza.
*Ahora es tu turno* tecleaste, retándolo, dejando que el desafío quedara ahí, flotando en la conversación.
Joel tardó un poco, sabía a lo que te referías. Los segundos pasaron con una lentitud insoportable mientras el indicador de "escribiendo" aparecía y desaparecía, como si él estuviera luchando por contenerse físicamente. Finalmente, una imagen llegó a tu bandeja de entrada. Al abrirla, el aire se escapó de tus pulmones, era él, sin pudor alguno, mostrando la prueba irrefutable de lo que tu foto le había causado.
*Mira esa cosa, está tan grande y dura que parece que va a explotar* escribiste, sin censura, dejando que la lujuria tomara las riendas de tus dedos.
Joel no esperó ni un segundo más. La respuesta llegó cargada de esa autoridad que siempre te hacía temblar, una advertencia que, lejos de asustarte, te encendía aún más.
*Nena, estás buscando que te castigue por ese vocabulario* escribió él.
Seguido de eso, llegó un segundo mensaje al instante:
*Si no estuviera a dos paredes de distancia de mi casa, ya habrías sentido el peso de mi mano en tu boca. Me tienes al límite, y te juro que cuando te tenga delante, no voy a tener ninguna piedad con esa boca tuya. Prepárate, porque voy para allá ahora mismo. No me importa si alguien me ve, soy bueno mintiendo*
Sonreiste con triunfo.
...
El sonido seco de la piedra contra el vidrio fue como un disparo en medio del silencio sepulcral de la madrugada. Te levantaste de un salto, con el corazón martilleando contra tus costillas, y corriste hacia la ventana. Al abrirla, la brisa fría de la noche te golpeó la cara, pero no fue nada comparado con el calor que sentiste al ver su silueta recortada contra la oscuridad de las calles de Jackson.
Joel estaba allí, con los hombros tensos y esa expresión de depredador que solo reservaba para ti. No perdió tiempo en cortesías; escaló con una agilidad sorprendente para su edad y entró en tu habitación, trayendo consigo el aroma a aire fresco y a esa colonia amaderada que te volvía loca.
—Tuve que inventarle una mentira a Samantha para venir—dijo, su voz apenas era un gruñido ronco que cerró la puerta a tus espaldas con un golpe suave pero firme.
Sin decir una palabra más, se llevó las manos a los botones de su camisa. El sonido de la tela separándose fue la señal que tu cuerpo estaba esperando. Sus movimientos eran deliberados, cargados de una urgencia contenida que le hacía temblar las manos. Cuando se quitó la camisa, dejando al descubierto ese pecho firme y las cicatrices que contaban la historia de su vida, se quedó mirándote con una intensidad que te hizo sentir que el oxígeno se agotaba en la habitación.
Te tomó por la cintura, atrayéndote con tanta fuerza que tus pies casi se despegaron del suelo. Sus ojos, oscuros y brillantes, recorrieron tu rostro antes de que su boca buscara la tuya con una desesperación que no dejaba lugar a dudas: esta noche no habría juegos, solo el reclamo absoluto de un hombre que ya no podía —ni quería— esconder lo que sentía por ti.
—Me gusta estar disponible solo para ti—susurraste, con la voz cargada de una devoción que pareció romper lo último que le quedaba de autocontrol.
Te soltaste de su agarre solo lo suficiente para girarte y apoyarte en la cama, poniéndote en cuatro. En ese momento, la idea de que tus padres dormían a apenas unos metros de tu habitación, separados solo por una pared delgada, no te causó miedo, sino una oleada de adrenalina que te hizo arquear la espalda ante su cercanía.
Él no perdió un segundo. Se posicionó detrás de ti, y cuando entró, fue con una fuerza que te dejó sin aliento, una embestida brutal y decidida que reclamó cada parte de tu ser. El impacto fue tan fuerte que tus nudillos se clavaron en las sábanas para no colapsar por el impacto.
Joel comenzó a moverse con una violencia controlada, un ritmo salvaje que te obligaba a seguir su paso. Sentías cómo te llenaba con cada estocada, cómo cada golpe de su cuerpo contra el tuyo te recordaba que eras suya, únicamente suya. Cuando un gemido agudo escapó de tus labios, él reaccionó al instante: su mano grande y callosa se cerró sobre tu boca con firmeza, obligándote a silenciar el sonido contra su palma.
Su otra mano se enredó en tu cabello, tirando de ti hacia atrás para obligarte a inclinar la cabeza mientras él seguía embistiendo, sus movimientos volviéndose cada vez más rápidos y profundos.
—Shhh...—gruñó contra tu oído, su aliento caliente erizándote la piel—. Mantén esa boca cerrada y dame todo lo que tienes.
Sus embestidas eran rítmicas, un castigo y una recompensa al mismo tiempo. Cada vez que sentías que estabas a punto de romper tu silencio, él apretaba más su mano sobre tus labios, obligándote a tragar tus gritos mientras tu cuerpo se convulsionaba bajo su peso. Estaba marcando su territorio con una ferocidad que te hacía sentir que el mundo entero se reducía a ese preciso instante de pasión prohibida.
—¿Qué se siente cogerte a la hija de tu mejor amigo?—dijiste de forma desafiante, sintiendo cómo el peligro de la situación solo avivaba el fuego entre ambos.
La pregunta salió de tus labios antes de que pudieras filtrarla, cargada de una mezcla de morbo y desafío. A pesar de la mano de Joel que te silenciaba, el sonido de tu voz llegó a sus oídos, filtrándose en el caos de sus pensamientos. Él mayor se detuvo un instante, su respiración agitada golpeando contra tu nuca. Te dio la vuelta con brusquedad, obligándote a quedar cara a cara, sus manos sujetando tus muñecas con una firmeza que te impedía moverte. La penumbra de la habitación dejaba ver el brillo salvaje en sus ojos, una mirada que mezclaba la culpa con una posesión absoluta.
Joel soltó una carcajada ronca, un sonido seco que no llegó a sus ojos. Te apretó contra el colchón, su cuerpo bloqueando cualquier posible salida, su peso aplastándote de la manera más excitante posible.
—Se siente increíble—respondió él, su voz era un murmullo grave y cargado de una sinceridad brutal que te heló la sangre. Y te miró fijamente, escaneando cada facción de tu rostro, antes de volver a bajar su mano hacia tu rostro para cubrir tu boca de nuevo.—Ahora cállate y disfruta—gruñó, volviendo a hundirse en ti con una profundidad que te hizo ver estrellas, eliminando cualquier espacio entre sus cuerpos.
...
La tensión en la habitación se había disipado, dejando paso a ese silencio denso y cargado de complicidad que solo existía entre ustedes. El sudor comenzaba a enfriarse, pero la calidez de su cuerpo bajo tus manos seguía siendo una constante reconfortante. Joel estaba recostado con los brazos detrás de la cabeza, su pecho subiendo y bajando con un ritmo que empezaba a normalizarse, aunque sus ojos no se apartaban de ti ni un segundo.
Ya estabas vestida, tenías puesta su camisa cuadrille color gris, con aroma a tabaco y café, te acomodaste encima de sus piernas, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo tus palmas. Con una mano, apartaste tu cabello hacia atrás, dejándole el camino libre para que pudiera admirar cada rincón de tu rostro pecoso.
—¿Sabes?—dijiste, trazando líneas invisibles sobre su pecho velludo, bajando lentamente hacia su abdomen, ese abdomen que tanto te gustaba—. La próxima semana mis amigas me invitaron a una fiesta. Pero honestamente no tengo ganas de ir. Así que estaba pensando en que nos quedáramos en mi casa a ver una película.
Joel soltó una exhalación profunda, un sonido grave que vibró bajo tus manos.
Sus ojos avellana se entrecerraron, esa mirada astuta y depredadora analizando tus intenciones, y con una lentitud deliberada, levantó una mano para acariciar tu mejilla, bajando luego sus dedos por la línea de tu mandíbula con una suavidad que contrastaba con la intensidad de lo que acababan de vivir.
—¿Así que quieres estar conmigo de nuevo?—dijo él, su voz era un susurro ronco, casi un desafío cargado de una satisfacción oculta—. ¿Prefieres quedarte encerrada aquí conmigo antes que ir a celebrar con gente de tu edad?
Te inclinaste un poco más hacia él, sintiendo cómo su pulgar se detenía en tu labio inferior. La complicidad era total, ambos sabían que, al pronunciar esas palabras, estabas sellando un pacto secreto, uno que ponía en riesgo mucho más que la reputación de ambos en el pequeño pueblo, donde todo se sabe.
—No es que quiera estar contigo, Joel —respondiste, bajando la voz hasta que solo él pudiera escucharte—. Es que, después de esto, cualquier otro lugar me parece una pérdida de tiempo.
Él esbozó esa media sonrisa cansada, la que reservaba únicamente para ti, y rodeó tu cintura con sus brazos para atraerte aún más contra su pecho.
—Ya veo—murmuró, acercando su rostro al tuyo—, Pues me parece que vas a tener que inventar una excusa muy buena para tus amigas, porque no creo que me dejes ir a ningún lado la próxima semana.
Trazaste con la punta de tus dedos el contorno de su torso, bajando desde el pecho hacia la línea marcada de sus oblicuos. La piel bajo tus dedos se sentía tensa y dura, curtida por los años y el esfuerzo constante en el trabajo de Joel en la construcción.
—Me gusta tu abdomen—dijiste, deteniéndote en un surco que parecía más definido que la última vez—. Has estado haciendo ejercicio, ¿no?
Joel soltó una carcajada ronca, un sonido que vibró contra tu pecho. Te rodeó con sus brazos, atrayéndote más hacia él, y sintiste su aliento caliente contra tu cuello.
—Solo para que tú lo notes, nena—respondió, su voz bajando un tono, volviéndose más grave y segura—. Porque sé que soy el único con el que te gusta coger. Sé que no puedes evitar buscarme.
Te enderezaste un poco al escuchar esas palabras, clavando tus ojos en los suyos, manteniendo la mirada con una sonrisa juguetona que escondía una chispa de malicia.
—¿Crees que una chica de veinticinco años no ha cogido antes con viejitos de tu edad?—soltaste, observando cómo su expresión se tensaba ligeramente—. No eres el primero, ¿lo sabías?
El silencio que siguió fue electrizante. Joel se quedó inmóvil, pero sus ojos se oscurecieron de inmediato, una chispa de posesividad y orgullo herido cruzando su mirada mientras te sostenía con una firmeza que empezaba a doler un poco, dejando claro que no le había hecho ninguna gracia tu pequeña confesión.
La tensión en la habitación se volvió espesa, casi palpable. Joel no apartó la mirada ni un segundo de ti, parecía estar comiendo cada rincón de tu alma con esos ojos cansados pero intensamente penetrantes. Su mano, grande y áspera, comenzó un ascenso lento y deliberado por tu pierna, deteniéndose justo donde la piel se volvía más sensible, como si estuviera marcando un territorio que él sabía, muy en el fondo, que solo le pertenecía a él.
—Dime la verdad, nena—insistió, con una voz que era apenas un murmullo grave que te hizo vibrar—. He sido el primero, ¿verdad?
El silencio que siguió fue una confesión en sí misma. Bajaste la mirada con vergüenza, y sentiste cómo el calor subía por tus mejillas, avergonzada por la honestidad que él estaba apunto de hacerte confesar.
—Sí, eres el primero—admitiste finalmente, casi en un susurro—. Lo admito, me gusta coger con hombres de tu edad.
Joel soltó un gruñido bajo, un sonido gutural que mezclaba satisfacción y un deseo renovado. Su mano subió un poco más, y sentiste la firmeza de sus dedos clavándose ligeramente en tu piel, una advertencia silenciosa.
—Lo sabía, me gusta tu sinceridad—dijo él, y una sonrisa de lado, cargada de esa arrogancia masculina que tanto te atraía, apareció en su rostro—. Me gusta saber que siempre terminas buscándome a mi.
Se acercó a tu oído, dejando que su aliento cálido te estremeciera mientras su mano continuaba su recorrido, sin ninguna intención de detenerse.
—Eso me da una ventaja que no pienso desaprovechar, nena—murmuró, su voz volviéndose una orden—. Si tanto te gustan los hombres de mi edad, prepárate, porque voy a enseñarte exactamente por qué no vas a querer volver a probar a nadie más después de mi.
El ambiente en la habitación cambió, volviéndose un poco más pesado, cargado con el peso de la realidad que intentabas ignorar pero que él te recordaba con una confianza aplastante.
—Deberías irte ya...—dijiste, tratando de sonar firme, aunque tu cuerpo aún vibraba por el contacto—. Tu esposa debe estar preocupada por ti.
Joel te miró desde arriba, con una calma que te ponía los nervios de punta. Esa sonrisa traviesa, casi juvenil, cruzó sus labios, ignorando por completo la mención de Samantha.
—¿Qué edad crees que tengo?—preguntó, como si estuviera jugando una partida de póker donde él ya conocía todas sus piezas.
—Mmm, déjame pensar... ¿37?—respondiste con una sonrisa burlona, tratando de seguirle el juego mientras te recostabas un poco más sobre la cama.
Él negó con la cabeza, soltando una risa grave que resonó en tu pecho.
—Cincuenta y dos—dijo con una sencillez absoluta.
En un movimiento rápido, casi un destello de pura fuerza bruta, te tomó de la cintura con una sola mano y te arrastró hacia él. La facilidad con la que te movió te dejó sin aliento, su fuerza era asombrosa, un recordatorio constante de que, bajo esa ropa y esa madurez, Joel seguía siendo el mismo hombre capaz de sobrevivir a lo imposible. En un parpadeo, terminaste debajo de él, atrapada entre el colchón y su cuerpo sólido.
—Me encanta pasar el tiempo contigo, nena—susurró contra tu piel.
Con una destreza que solo él poseía, se escondió junto contigo bajo las sábanas, creando un refugio privado, un rincón de penumbra y calor donde no había esposas, ni padres, ni secretos, solo el sonido de sus respiraciones volviéndose a sincronizar.
Pasaron la noche así, envueltos en el refugio de las sábanas, entre susurros compartidos, caricias furtivas y la sensación embriagadora de estar cometiendo el pecado más perfecto. Fue, sin duda alguna, la mejor noche de tu vida. La quietud de la madrugada solo servía para resaltar la intensidad de tener a Joel solo para ti, consciente de que, aunque el amanecer traería de nuevo la realidad y las máscaras, esa pequeña eternidad bajo las mantas te pertenecía por completo.














