Abría cada libro como un cirujano que trepanara un cráneo y, para sorpresa del médico, en lugar de las mismas circunvoluciones y la misma sustancia cenicienta-marrón, irrigada por la arborescencia de los vasos sanguíneos, encontrara algo diferente en cada una de las duramadres desentrañadas: un niño acurrucado, a punto de nacer, una araña gigante, una ciudad en las primeras horas del alba, un pomelo grande y tierno, una cabeza de muñeca con los ojos vueltos hacia el interior. ¡Qué ósmosis tan curiosa se producía entonces entre mi cráneo y el de algún autor antiguo! ¡De qué forma tan extraña se aclaraban entonces nuestras frentes! ¡Cómo se unían nuestras cabezas por la frente, como si fuéramos siameses! ¡Cómo se mezclaba su sustancia cerebral con la mía! Observaba su mente, leía sus pensamientos, podía sentir sus dolores, sus silencios, sus orgasmos. Sus momentos de iluminación. Volcaba mi contenido mental sobre el suyo, tal y como digieren las estrellas de mar un nido de moluscos. Nos uníamos, nos mezclábamos Apollinaire y yo, T. S. Elliot y yo, Valéry y yo, hasta que entre nosotros nacía, holográficamente, un híbrido inverosímil que te provocaba escalofríos: el libro. Los versos, la locura de la fusión en la cisterna de oro líquido de la poesía.