No vengo a hablar de las 5 lecciones que Papota le dio a la industria musical ni de lo que deberíamos aprender del discurso de Bad Bunny.
Vengo a hablar de algo mucho más chiquito y por ahora de nicho, pero que cuenta muy bien el funcionamiento de TikTok y el eco emotivo que ciertos contenidos pueden tener en audiencias fuera del mainstream y fuera de cualquier "predicción".
Hace unos días se empezó a viralizar lentamente un TikTok que contenía pocos elementos muy simples: una foto de una casa sencilla claramente ubicada en algún punto del conurbano bonaerense, y el audio de una publicidad radial que anunciaba un festival de chamamé. Sobre la foto, un texto que decía algo así: "Llegabas a la casa de tus abuelos y sonaba esta peligrosa en la radio".
Con ojos y oídos porteños, este contenido suena extrañísimo, ajeno, incomprensible. Pero para quienes crecimos específicamente en una parte puntual de zona sur, en hogares donde el chamamé y esas radios se escuchaban cada tanto, a veces voluntariamente y a veces sintonizando contra nuestra voluntad las radios locales de folklore del litoral cuyas frecuencias interrumpían a las FMs famosas, el disparo al recuerdo es inmediato.
Porque si no era en tu casa, era en la de un vecino y se escuchaba de patio a patio. Porque la artística de esos anuncios es inconfundible, espectacular, décadas de desarrollo de una identidad estética que hay que escuchar para poder imitar, las voces engoladas dialogando con los solos de acordeón, las direcciones de los campos y clubes donde se hacían los festejos imposibles de ubicar en Google Maps, las agrupaciones de prestigio desconocido para quien no es del palo son verdaderas estrellas para quien conoce un poco.
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Podría haber quedado todo ahí, pero el trend empezó a prender de a poquito y mucha gente empezó a subir la foto de su casa o de la casa de los abuelos, de sus mates a medio cebar, de elementos cotidianos que llevan la memoria a través de esos acordes cansinos y anuncios rimbombantes de sorteos que a los oídos de una niña de los 90 eran fascinantes: un día una torta, otro día un Taunus con papeles al día, alguna vez un caballo.
A raíz de todo esto, me puse a pensar en que cada uno de nosotros llega a configurar su gusto musical a partir de un equipaje distinto. No es lo mismo ser un pseudopunkito con el acento finito que ser un punk de zona sur que trae toda esta data (u otras). No habrá sido lo mismo, me imagino, escuchar Flema habiendo sido uno y otro. No habrá sido lo mismo el vino, no habrá sido lo mismo la policía, no habrá sido lo mismo la cancha. Y así mil cosas.
Y no hay creativo ni especialista en Marketing ni gurú que hubiera podido, creo, destapar la olla de este nicho espectacular de los que recuerdan estas radios en las casas de sus abuelos.
Hay magia también en los audios de TikTok supongo.



















