Magia en Istanbul
Arribar a l’aeroport de la ciutat més gran de Turquia és endinsar-se, d’entrada, en un altre món –sobretot per a aquells qui venim previstos d’una occidentalitat més latent -. A mesura que recorres les carreteres amb un taxi, simplement no pots deixar de contemplar la immensitat d’una ciutat a pont entre dos continents, que alberga, a més, vora catorze milions d’habitants –legals-. Poques paraules poden d’escriure l’essència d’aquesta ciutat i les sensacions que transmet, simplement, costa emmarcar-les en quatre típiques fotos de quatre dies de turisme. Santa Sofía, la Mesquita Blava, el palau de Topkapi, la cisterna de Yerebatan o una nit a Taksim.
Las cuatro recorríamos las calles de Taksim, llovía mucho pero nos importaba poco, estábamos en una de las ciudades más bellas que jamás habíamos conocido. Corríamos aquella zona de bares, un martes por la noche, mojándonos y riendo. Riendo y cambiando de locales. Nos sentíamos en otro mundo, no teníamos miedo a pesar de sabernos la filmografía más actual de Liam Neeson y las últimas peripecias de James Bond… Sí, la noche en Estambul podía ser todo menos acogedora para cuatro veinteañeras “occidentales”; ¡cuánto daño ha hecho la industria cinematográfica hollywoodiense!
Un taxi nos había conducido varios quilómetros desde nuestro pequeño hostal en Santa Sofía, cruzando el Bósforo hasta Taksim. Recuerdo en mi cabeza las luces, el jazz, nuestros bailes animados, también, por unas cuantas cervezas brindadas en el hostal. Los locales, cuanto menos curiosos. Subíamos las escaleras en espiral como intentando alcanzar el paraíso, sin mirar atrás, sin saber qué eran esos lugares, pero es que ni tan siquiera nos lo cuestionábamos. Y nos adentrábamos en ese mundo desconocido con espíritu aventurero, juvenil o simplemente inocente. Y cuando llegábamos al último piso la música te invadía, la noche turca llenaba de una sensación de libertad que no había sentido nunca antes. Esos locales me recordaban a buhardillas parisinas, con ventanas de madera desde las que se podía contemplar el cielo turco, las azoteas de una ciudad inmensa que alcanza dos continentes, desconocida, atractiva y, a la vez, temida. No era real. Todo estaba confuso y poco nos importaba el tiempo. Era magia de una noche en Estambul.
M.S. Maig/Mayo 2013















