Ayer en el bus de Robledo el conductor se quejaba porque sentía mucha presión en su puesto de trabajo. De los $2.200 pesos que vale el pasaje, $250 pesos son para él y $1.950 son para el dueño del bus (o sea, la plusvalía). Ese conductor se gana el 11% del pasaje y es el que trabaja doce horas al día aguantando el calor que convierte su vehículo en una máquina deshidratadora de cuerpos humanos y debe competir con otros buses para tener más pasajeros, que a su vez son infelices en sus trabajos y ganan salarios que no les alcanzan para nada. Y ahí, en esos buses que se mueven con diesel y nos enferman, pasajeros y conductores vamos todos los días de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, aburridos, renegando, pensando que así es la vida que nos tocó vivir.
De eso hablaba Karl Marx, que ayer cumplió 201 años de haber nacido. A pesar de que no lo leemos y de que en nuestro mundo occidental está satanizado su nombre, hoy vivimos en el mundo que él predijo y nos invitó a repensar. Vale la pena hurgar en sus ideas para ver qué sirve en el horizonte del mundo nuevo que necesitamos inventar. ¿Por qué aguantamos tanto?












