“¿Quien te dejó entrar, eh?” preguntó con un hilo de voz, extraño en ella, escondiendo su rostro adolorido y su cuerpo aún más en las colchas de su cama, de la cual no había salido desde hacía un día. No había hablado con nadie desde que se había enterado la noticia, desde que la Sociedad misma había dado con los nombres de las víctimas del simulacro. Entre ellos estaba Artemis, su compañero, su esposo, aquel que la acompañó durante seis años y con el que compartió una parte más que importante de su vida. No podía creerlo, ella simplemente… no podía creerlo. Lo primero que sintió fue shock, no podía reaccionar, luego vino la tristeza, las lágrimas, lo gritos… todo le recordaba al día que le habían quitado a su bebé… sus reacciones fueron exactamente las mismas. Solo que cambió algo. No se quedo sentada, no se quedó muda como esa vez… fue hacerle frente a la sociedad, a los asesinos que habían arrebatado tantas vidas, que habían matado a una de las personas que… que más quería. Pero nada de eso resultó bien, su visita a la casa de los jefes de la Sociedad, sus gritos, sus insultos, incluso se atrevió a encarar a los soldados. Sabían que no podían matarla, sabían que eso enloquecería a las personas que vivían allí, más ellos deseaban hacerle daño desde hacía mucho. Arlandria nunca había sido de aquellos que se guardaban las cosas, muchas veces había terminado siendo amenazada, muchas veces se la habían llevado para tener una “charla tranquila”. Esa vez no se contuvieron, se desquitaron, la tomaron y la golpearon hasta que pensaron que ella ya no podía defenderse. Y ahora estaba así, acostada en una cama con un cuerpo tan adolorido que ni siquiera quería intentar moverse, no quería hablar, no quería ver a nadie. Pero obviamente sus reclamos no eran escuchados, porque ahora alguien había entrado a su habitación y la cobriza ni siquiera se volteó a ver quien era. “V-vete, no, no quiero ver a nadie hoy” murmuró nuevamente, apretando con sus manos la tela que la cubría.