Esbozó una sonrisa y asintió en respuesta a las primeras dos interrogantes. “Y tú eres Olivia Christie, pero te gusta que te digan Liv.” Guardó las manos en los bolsillos del pantalón, viendo de reojo a la mujer. “Solía llevarme con…” Frunció el ceño, negando. Si hubiera podido elegir, no tendría comunicación con ninguno de sus ex compañeros. Para él, bastaba con coincidir en las redes sociales y presumir logros mutuamente. Su plan de escape original fue Chicago, allí compartiría un departamento con su esposa y seguiría nutriendo su carrera. Pero en vista de que hasta las grandes mentes fallan, lo conveniente –y más barato– fue regresar a Beaufort. Se reencontró con Becca en el bufete que lo contrató, antes de independizarse, y Sadie llegó a su despacho en busca de orientación para divorciarse. Estando en el pueblo, difícilmente escaparía de los recuerdos y de sus rostros; ya nada podía hacer. “Conozco a tus amigas Sadie y Rebecca. Y aquí, en la escuela, siempre las vi juntas. A ustedes tres.” Hizo hincapié porque, a través de los años, había sido etiquetado de tantas formas que no necesitaba que añadieran “acosador”.
La voz de su interlocutora volvió a escucharse, a lo que él aguardó en silencio, girándose hacia ella cada tanto en señal de atención. Se encogió de hombros, suspirando profundamente. “Uhm… A veces creo que fui concebido en el ojo de un huracán. Sigo viendo los árboles moverse, ¿sabes a lo que me refiero? El ruido… Las láminas despegándose de las casas… Los espectaculares partiéndose a la mitad… Puedo verlo todo.” Mostró una sonrisa ladina y negó, rompiendo en suaves carcajadas. Nunca admitiría que esos breves reflejos de humanidad eran ciertos, que no eran simples analogías al azar, y que el pasado con sus padres aún molestaba, y que no tenía una puta idea de qué hacer. “Estoy sugestionado por mi trabajo. La evidencia y las escenas del crimen pueden ser…” Negó con la cabeza y ambos brazos al frente. “No entraré en detalles. ¿Tú a qué te dedicas hoy en día?”
No iba a decir que no se sentía un tanto sorprendida por aquello, el hecho de que el contrario supiera su nombre, su nombre completo con apodo y tal era algo que no esperaba pero no le molestaba, de hecho, parecía algo normal. ¿Era normal? Ella jamás prestaba tanta atención a las personas, sobretodo años después de la secundaria, cuando se dio cuenta que darle atención a una sola persona podía significar su propia perdición o al menos estar al bordo de esta. “Sadie y Becca siempre han sido mucho mas sociables que yo” respondió luego, concentrándose nuevamente en su acompañante y las palabras que le decía. Era una especie de excusa, ella se había ido del pueblo y se había concentrado completamente en su trabajo, en sus hijos, en la empresa familiar. ¿Amigos? ¿Ex-compañeros? No entraban en su vida hasta ahora.
“¿Es raro que sienta todo esto... romántico?” soltó una carcajada, terminando al fin el contenido de su copa, casi necesitando de aquello para seguir la noche. “El vivir en el desastre y estar tan acostumbrado que ya no te... preocupas por ver espectaculares volando a tu alrededor, partiéndose y haciendo un escándalo” sonrió ladina, negando un poco más. “¿Eres criminólogo? ¿Detective?” porque podía verlo, casi como el protagonista de alguna nueva serie policiaca atractiva. “Yo... yo hago cosméticos” asintió, pasando sus dedos por entre su cabello, algo extrañada de hablar tan casual sobre su negocio “Eso y ayudo un poco con la compañía de mis padres, ya sabes, el negocio familiar siempre va a ser un peso inevitable” tal vez, pensó, Alan comprendería lo que hablaba, como a pesar de que odiaba las juntas y los eventos de caridad, no podía dejar su puesto, no podía rechazar su herencia, no podía ignorar las peticiones de su madre.