Ex-preso de noche y media. Bienvenida a mi mundo. Verás algunos monstruos por los pasillos, procura no asustarlos, se enamoran al primer suspiro. Te dije. Dime dónde has estado. Cuéntame en pétalos tu alegrÃa. Hazme reir. Tengo cerveza, siéntate o quÃtate la ropa. Pero ponte cómoda. No voy a dejar que te marches. Hace demasiado frÃo como para dormir con ropa, y esto es ya una guerra contra los pijamas. Ok. Me dijiste como quien acepta un reto. Sonriendo. Mirándome la bragueta. Asà que nos hicimos de cosquillas y de adioses, como si tuviéramos en propiedad la noche y la poesÃa. O alquilada mejor, porque nunca nos gustó ser dueños de nada. Mucho menos de nadie. Te pusiste a bailar desnuda para dejarme con la boca abierta. Y mucha sed. Que era como me querÃas. Y te acercaste como si fueras música. Sobre mÃ. Para que te tocara. Como un dedo deslizándose con timidez e increcendo por las teclas de una piano de cola o como un refugio de notas heridas en la cuerda floja donde estábamos los dos. Asfixiados y excitantes, como el sudor y la rebeldÃa. Nos reconocimos al recordarnos, o tal vez al revés, nos emborrachamos y dejamos que la piel hablara su propio idioma y nos contamos tantas cosas y nos hicimos tantas otras que por la mañana la humedad en el colchón era un mapa con la palabra AHORA como única ley de nuestro nuevo mundo. Sudabas. Y estabas preciosa. Asà que te lo volvà a comer a modo de desayuno.












