¿Para qué me va a servir eso en la vida?
Recuerdo ser de esas niñas a las que la escuela les gustaba mucho, a pesar de ser muy tímida (me ponía toda roja cuando tenía que hablar en público), era de las que terminaba muy rápido las actividades y andaba buscando qué hacer. Pero una de las cosas que recuerdo mucho es que mi cabeza siempre estaba llena de preguntas. Escuchaba a mis maestros hablar cuando explicaban algún tema y de inmediato las preguntas llegaban, pero nunca me atrevía a externarlas, así que las guardaba para mí. Había muchas cosas que no entendía -¿Por qué tenía que aprender a separar las oraciones en artículo, sujeto, predicado, verbo, adjetivo calificativo?, ¿adverbio?, ¿Qué era un adverbio? ¿A quién se le ocurrió ponerle ese nombre tan complicado? ¿Para qué me servía todo eso? Si cuando hablaba, no hablaba pensando así. Nunca me habían hecho falta esos conocimientos, cuando escribía mis obras de teatro, para darle la bienvenida a mi tía favorita. A ella le encantaban mis obras de teatro, así que debían ser buenas- y así, pasaba el tiempo de la clase y las preguntas llegaban a mi cabeza. En ocasiones le compartía a mi mejor amiga de aquel tiempo algunas de mis preguntas, y me daba cuenta que ella tampoco sabía las respuestas, pero creo que no pensaba mucho en ello, así que nuestras conclusiones eran que las debíamos aprender para sacar buenas calificaciones. Mis papás y mi hermana mayor, tampoco me pudieron responder, todo lo que me decían se resume a que debía aprender todo eso para sacar buenas calificaciones en la escuela y seguir estudiando para tener una carrera. Así que deje de compartir con los demás todas mis preguntas y las guarde para mí. Así transcurrieron mis años escolares, hasta que llegué a la secundaria y me enfrenté a la clase de matemáticas, en donde las cosas ya no eran tan simples como las sumas, restas, divisiones y multiplicaciones. No recuerdo específicamente la clase de ese día, sólo recuerdo que el tema me parecía súper complicado y mi mente se llenó de preguntas. Terminando la clase, aún con todo y mi timidez me armé de valor, me acerqué al profesor y le dije: -Maestro ¿le puedo hacer una pregunta? -¡Claro!- me respondió. Y por fin me atreví a preguntarle a un maestro… -Y todo esto que nos enseñó hoy ¿para qué me va a servir en mi vida?- Se quedó serio, me miró a los ojos y con toda la solemnidad con la que pudo me dijo -Toda esta información, un día te pude salvar la vida- ¡¿QUEEEEEEÉ?! ¿en serio me había dado esa respuesta?, ¡esa respuesta!, ¿salvarme la vida?, ¿Cómo unas operaciones tan complicadas me podrían salvar la vida? Cuando ahora mismo me la estaban complicando, jajajajajajaj, claro no le dije todo eso, solo lo pensé. Sonreí con cortesía y decepción, y le dije -¡Gracias!- Jamás volví a compartir con alguien mis preguntas. Asumí que todo lo que aprendía en la escuela servía solo para sacar buenas calificaciones y yo era buena en eso, mis papás se sentían orgullosos de mí, así que… para que me metía en complicaciones. Comencé a estudiar para ser Maestra en la Escuela Normal y para ese entonces ya había acumulado muchísimas preguntas. Ser maestra era mi sueño desde niña, pero ahora que escribo estas líneas, pienso que quizá ser maestra significaba para mí, de manera inconsciente, encontrar respuestas. Mientras me preparaba para ser maestra, me maravillaba al conocer a todos esos pedagogos que al igual que yo se habían hecho muchas preguntas, pero reconocía en ellos algo diferente, algo que no había logrado ver en mis maestros. Conocí a Vigotsky, quien basó sus estudios en la relación de los aprendizajes y el ambiente en el que vivían sus alumnos. Conocí a María Montessori, quien veía la educación como una oportunidad de darle herramientas a los niños y con ello mejorar el mundo. Conocí a John Dewey quien no creía que los adultos eran los únicos poseedores del conocimiento y la verdad, quien defendió la importancia de vincular la teoría y la práctica. Y más adelante conocí a pedagogas más contemporáneas como Myriam Nemirovsky, Emilia Ferreiro, Nohemi Paymal.













