LOS HOMBRES DE MI VIDA
Lo veo acostado en la cama. Despreocupado. En bóxer y playera. La luz de la pantalla se refleja sobre su rostro mientras desliza el dedo por videos que parecen importarle más que el paso del tiempo.
Yo, semidesnuda, recargada contra la pared fría del baño, pienso en los hombres de mi vida.
Para mí, los hombres nunca fueron un tema fácil.
El primero que conocí estaba dispuesto a entregar una parte de su cuerpo por mi vida y por la vida de su amada. Sin embargo, a ella la engañaba y a mí apenas me regalaba tiempo. Nunca comprendió que su manera de amar era también una enseñanza. Día tras día me mostró qué debía esperar del amor.
El segundo era muy joven. Estoy segura de que me amaba con todo el amor que cabía en su corazón, pero sus acciones eran frías. Tan frías que cortaban como puñales. Crecí creyendo que el amor era eso: tiempo lleno de ausencias, compañía sin calor, palabras que dolían pero que parecían justificarse bajo el nombre de la honestidad. Él jamás me habría mentido, ni siquiera para hacerme sentir mejor.
Y así fui creciendo, observando a los hombres a mi alrededor. Todos tan diferentes. Todos tan parecidos.
Después conocí a un ladrón.
De esos que parecen ovejas hasta que muestran los colmillos.
Entre engaños y paciencia me robó la inocencia. A veces recuerdo aquella noche y el estómago se me revuelve. Siento náuseas. Culpa. Rabia.
Con él conocí otro tipo de amor: el amor que te quita, el amor que te lastima, el amor que después te compensa y te pide perdón.
Todavía recuerdo sus palabras:
—Son cosas que hacen las personas que se aman.
Cuando me dejó, repetí muchas de esas cosas con distintos hombres.
Entre ellos apareció uno especial: el amor mentiroso.
Era delicado, paciente, tierno, espontáneo. Y cuando más enamorada estaba descubrí que todo era una mentira. Ya tenía un amor esperándolo en casa, dos en pijama y uno más en camino.
Me partió el corazón en dos.
Pasaron los años. Dejé de querer conocer a nadie. Me hundí en una mezcla extraña de depresión y añoranza.
Entonces llegó el amor tóxico y manipulador.
Apareció con una sonrisa misteriosa. Me envolvió como una boa. Y justo cuando pensé que me estaba abrazando, comprendí que en realidad me estaba robando el aire.
Me asfixiaba con sus celos y su desconfianza.
Hasta que una más ingenua, más ilusa, se cruzó en nuestro camino.
Él nunca dudó.
Se fue en cuanto tuvo la oportunidad.
Y yo me quedé sola. Con la frustración latiéndome en el pecho como una herida abierta.
Después llegó otro hombre.
No era un desconocido.
Pero aquella noche, después de un par de tragos, cuando miré sus ojos, dejó de parecer un hombre.
Se convirtió en un monstruo.
Con el último sorbo de alcohol creció dos metros. Le salieron colmillos. Se volvió diez veces más fuerte.
Y entendí que por más que gritara o luchara sería inútil.
No había quien escuchara.
No había nadie que pudiera salvarme.
Al final, no era la primera vez que me tomaban a la fuerza.
Aparté mi voluntad a un rincón y pensé una sola cosa:
Ojalá sea rápido.
Ojalá el alcohol me permita olvidar esta noche.
Nunca hablé de aquella noche.
Nunca hablé de aquel monstruo.
Cuando creí que ya había pasado lo peor, cuando por fin empezaba a recuperar mi esencia, mi brillo y mi capacidad de perdonar, conocí al amor que abandona.
Insistió tanto en quedarse.
Hizo promesas.
Construyó planes.
En menos de una semana ya conocía a sus amigos y a sus hermanos.
Creí que sería diferente.
Pero el destino volvió a reírse de mí.
Un día se marchó para no regresar jamás.
Y me dejó ahí.
Con una barriga de casi tres meses de embarazo y las manos llenas de promesas vacías.
Gracias a Dios tuve una niña.
Aunque muy en el fondo siempre soñé con un hombrecito.
Entonces me dediqué a ella.
Día a día.
Mes a mes.
Año tras año.
Y hoy, casi seis años después de aquel abandono, conocí a este hombre.
Lo vuelvo a mirar acostado en la cama.
Despreocupado.
Con su celular entre las manos.
Dice que me ama.
Después de todos los hombres que conocí, después de todas las versiones del amor que me rompieron, debería saber reconocer lo que tengo enfrente.
Pero no lo sé.
Porque la niña que fui aprendió demasiadas formas de dolor y muy pocas formas de amor.
Así que lo observo en silencio.
Y me pregunto:
¿Qué tipo de amor voy a descubrir esta vez?
¿Los anteriores fueron realmente amor?
¿O apenas estoy a punto de conocerlo?













