Las obligaciones de la druida estaban al orden del día, la manada a la que pertenecía siempre la necesitaba, no solo a ella a su esposo también, pero eso era lo beneficioso de que los dos eran druidas de una sola manada, que Loretta daba ordenes y su marido las ejecutaba o se encargaba de las partes menos agradables ante los ojos de la italiana.
El pretexto perfecto para salir de Florencia aunque solo fuera por unos días, fue el premio que había ganado, así que sin dudarlo, le avisó a su esposo que por supuesto que tomaría aquel viaje, que lo necesitaba y como siempre, su marido había aceptado sin dudarlo lo que Loretta había decidido.
Así que al tomar aquel premio, decidió llevar a su hijo; Conrado, no pensaba dejar a su hijo con nadie que no fuera de su confianza, la druida no confiaba en nadie para hacerse cargo de su hijo, ella debía hacer todo.
La desventaja de haber llevado con ella a Conrado, era el hecho de que no podía ingresar a algunas partes; como las mazmorras, eso la haría ver como una mala madre y la apariencia realmente importaba para la de ojos celestes, así como que su pequeño se encontrara impecable.
Dando una caminata en el muelle, porque era de los pocos lugares que Conrado podía visitar con ella, después de que el pequeño de tres años había empezado a decir que tenía un poco de hambre, Loretta se decidió a darle una galleta que había llevado para el niño, pero el pequeño terminó ensuciándose completamente –¿Por qué eres tan descuidado?- preguntó de mala gana mientras lo limpiaba –Es importante como te ves- le recordó al pequeño, que la miró con sus ojos azules del mismo color que los de ella –Ve y tira esto al bote de basura- le pidió dándole la envoltura y Conrado como cualquier niño, se fue corriendo a donde se encontraba el bote que estaba a escasos pasos de ellos.
–¡No corras! ¿Qué te he dicho de correr? ¡No te alejes mucho ¡Tíralo y no toques el bote!- le gritó al niño que había ido directo a donde ella le había pedido y el pequeño Conrado se giró para ver a su madre –¡Listo, mamá!- gritó con fuerza –¡No grites! ¿Qué te he dicho de gritar?- le preguntó cuando llego a su lado –Podrías estar molestando a una persona- agregó la joven madre tomando la mano del pequeño –Lo siento- dijo dedicando una sonrisa falsa a la persona que estaba cerca de ellos.
Órdenes, órdenes y más órdenes era todo lo que George escuchaba de la mujer junto a él, empezaba a tener un poco de pena por el niño ya que no podía hacer nada “de su edad” porque en seguida venía el reproche de su madre. Y no es que fuera de su incumbencia, pero recuerda algo parecido de su infancia, las madres británicas eran exactamente iguales, todavía recibía quejas de su madre a la edad que tiene.
George está en la espera de su primogénito, aún no tiene ni idea de cómo marcharían las cosas con la llegada de ese pequeño, casi finalizando la carrera de leyes y con tan gran responsabilidad; aquel viaje a Salem lo tomó sin pensarlo, necesitaba algo nuevo en qué distraerse y dejar de pensar qué pasará con su vida de ahora en adelante, debía de asumir la madurez antes de lo que esperaba.
Sentado intentando leer el programa de visitas por Salem, ve correr por encima al pequeño y le hace querer por primera vez en su vida a su propio pequeño, quizás sería igual de regañón que la señora de ojos claros, sin embargo sabe que los niños son inquietos por naturaleza; así que al escuchar al pequeño avisar a su madre su tarea cumplida le hace reír, era muy obediente, pero para su madre no era suficiente al parecer —Descuide, él es pequeño muy educado —hace un gesto con la mano para indicar que no ha sido molestia, y le echa un vistazo al pequeño.