Pasado un mes, se podría decir que volví a caer en el habito tan humano de la rutina, pero esta vez es diferente. No es en casa, no es mi ciudad, no soy yo de alguna forma. La rutina que se va generando tiene un tono cálido, me agrada salir de clase, tomar la ruta 11 que va al centro, caminar aunque repita las calles, me gusta la sensación de caminar en un centro que se vive de distintas formas, como peatón en mi caso. Andador carranza mi próximo destino, hasta topar el Jardín San Marcos donde esta el señor de siempre, con la mirada triste vendiendo junto a su bicicleta vieja ese chicharrón tan típico de aquí, con la salsa que no huele nada mal. Nunca lo he probado. Y finalmente una calle que simula el desemboque de una rió que se alarga a unas 6 cuadras, está mi ultimo destino.