Cuando ya no esté más, el dolor por fin guardará silencio,
y el vacío que hoy ocupo se llenará de un aire más liviano.
Ya no habrá quejas por el costo de mi mente, ni el cansancio
de pagar sesiones para arreglar lo que se rompió hace tanto.
Cuando ya no esté más, se ahorrarán el peso de mis sombras,
los turnos con el psiquiatra y la angustia de mi nombre en la receta;
seré un gasto tachado, una cifra que ya no les asombra,
un alivio en la cuenta y una calma... incompleta.
Cuando ya no esté más, no veré el surco del tiempo en sus manos,
ni el rastro del invierno marchitando sus rostros con la edad;
me habré quedado detenida, lejos de los años humanos,
congelada en el frío de mi propia soledad.
Cuando ya no esté más, las paredes dejarán de vigilarme,
ya no será un insulto mi presencia en la cocina o el pasillo;
no habrá reproches por el espacio que intento arrebatarme,
ni por vivir a oscuras, evitando siempre el brillo.
Cuando ya no esté más, mi puerta cerrada será solo una puerta,
nadie dirá que estoy encerrada perdiendo la vida;
ya no habrá quejas sobre mi ropa, ni sobre la vajilla muerta,
ni sobre la mugre que, según ellos, era mi única salida.
Cuando ya no esté más, cesará el eco de las comparaciones,
el espejo del "debería ser" se romperá en mil pedazos;
no podrán decir que voy atrasada, que perdí las estaciones,
ni juzgar mis pies cansados por no seguir sus pasos.
Cuando ya no esté más, mi desorden será por fin ordenado,
limpiarán los rastros de mi caos con una escoba indiferente;
y entonces verán que el "atraso" de mi mundo abandonado
era solo el cansancio de existir... frente a tanta gente.











