Existen estrellas en todo el cielo,
unos saben de astronomía, más que otros,
otros solo las ven, y otros ni siquiera las ven.
Unos alucinan con ellas y otros se sienten en sintonía,
unos las disfrutan por el solo hecho de adornar el cielo en la noche
y otros las estudian.
Otros esperan ver algo más, unos esperan estrellas fugaces.
Otros las ven moverse durante la noche,
otros notan el brillo de una más que otras.
Pero, todos las vemos, todos las dejamos de ver.
Todos las observamos, pero no pensamos después en ellas.
Todos pueden saber algo de ellas, pero no buscan sentir algo con ellas.
Y los que sienten, no tienen lógica astronómica.
Nadie tiene la certeza de por qué están ahí,
ni por qué si sales al espacio ya no las ves.
Nadie ha tocado una, ni documentado una de cerca,
nadie sabe si son reflejos internos del planeta
o si son luminarias a años luz del sistema solar.
Pero están ahí, y siguen ahí.
Y son parte de nuestra historia, sin nuestro adorno nocturno,
nuestro reloj, nuestra georeferencia, nuestro camino.
Y tú, niña.
Eres estrella, una luminosa.
Una que siempre estuvo ahí, y que nunca dejó de brillar,
pasó el tiempo y no caíste como una estrella fugaz,
tienes más tiempo para brillar.
Y todos te pueden mirar, observar, admirar, estudiarte, etc.
Pero nadie nunca supo que exististe,
ni que brillaste en el momento que te observé.
Pero al menos sí puedo decir que besé a una estrella y sí toqué una.
Y fue como estar en el cielo.


















