Últimamente me he acostumbrado a engañarme a mí mismo, a fingir que puedo con todo, como si tuviera la capacidad de hacer las cosas de una mejor manera, con esas sensaciones de no querer cansarse, sentir demasiado. Simplemente mi vida se basa en esconder lo que realmente soy, en esconder mi verdadero ser, porque sabe que, por más que lo trate hacer, nadie puede entenderme. Hay días en los que mi alma pide un descanso, en los que realmente me gustaría permitirme admitir que para todo no le voy a encontrar una respuesta, que no siempre voy a encontrar una salida con todo lo que puedo llegar a sentir, y quizá justo en ese punto de nuestra vida es donde encontramos la parte más humana de nosotros, permitirnos ser sinceros y aceptar que también debemos permitirnos ser frágiles. Que a medida que pase el tiempo y muchas cosas cambien, no siempre vamos a poder resistir, también nos podremos romper, y detenernos a pensar qué vamos a hacer con las heridas que nos marcaron por completo. Las personas más fuertes que conocí nunca fueron las que más lloraban, siempre fueron las que avanzaron en un camino demasiado ajetreado, y siguieron con su vida, sin avergonzarse de ellas, permitiéndose sentir todo. Porque todos estamos aprendiendo a existir, con todo lo que nos hace únicos, mientras creamos un camino lleno de obstáculos, aprendemos a sobrevivir, y para evolucionar implica totalmente eso, permitirnos sentir, amar con honestidad, y seguir siendo fieles a nuestros valores, porque es todo aquello que nos hace ser la diferencia en un mundo tan vacío.