Los géneros literarios son áreas seguras, plataformas sólidas. Coloco allí un tenue indicio de relato y me ejercito con tranquilo y prudente placer. Mientras tanto, solo espero que mi cerebro se distraiga, falle, y otros de mis yoes, fuera de los márgenes, muchos yoes, se consoliden, me aferren de la mano, y con la escritura comiencen a tirar de mí y llevarme allí adonde temo ir, adonde me duele ir, de donde, si me aventuro más allá, no está claro que luego sepa regresar. Es el momento en que las reglas -aprendidas, aplicadas- ceden y la mano saca del pastel [Oh, I put in my hand & I rummage in the bran pie (Woolf, Diarios)] no lo que no sirve, sino precisamente lo que sale, cada vez más veloz, desequilibrándolo todo. ¿Seguro que esto produce buenos libros? No, no lo creo. Por lo que a mí respecta, al final, a pesar de la sensación de frenética fuerza que esa escritura transmite, no cubre la distancia entre pena y pluma, deja en la página menos de lo que parece haber captado en un primer momento (...) Durante mucho tiempo tuve la sensación de que esa escritura solo era un instrumento de destrucción, un martillo que podría derribar el cerco dentro del que me sentía encerrada. Pero hoy, destruir me parece un objetivo vanguardista más bien ingenuo. Como todas las personas tímidas y cumplidoras, yo tenía la ambición inconfesada e inconfesable de salirme de las formas dadas y dejar que la escritura se desbordase de todas las formas. Después, poco a poco, fui superando esa fase: incluso Samuel Beckett, el extraordinario Samuel Beckett, decía que en literatura y en cualquier otro ámbito de lo único que no podemos prescindir es de la forma. Opté entonces por la tendencia a utilizar estructuras tradicionalmente robustas, que trabajaba con cuidado, esperando con paciencia el momento en que pudiera escribir con la verdad de la que soy capaz, desequilibrando y deformando, para hacerme un hueco con todo el cuerpo. Para mí, la escritura auténtica no es un gesto elegante, estudiado, sino un acto convulsivo. He citado a Beckett con conocimiento de causa (...) [cita un pasaje de El innombrable: soy palabras (...) y que busco como un animal nacido en una jaula de animales nacidos en jaula de animales nacidos en jaula de animales (...) nacidos y muertos en jaula de animales nacidos en jaula, muertos en jaula (...) como un animal digo, dicen ellos, un animal semejante, que busco como un animal semejante, con mis pobres medios, un animal semejante, de cuya especie ya no queda más que el miedo, la rabia, no, la rabia concluyó, solo el miedo] En este fragor ordenado-desordenado producto de un yo hecho exclusivamente de palabras -en este fragor que, de fragmento en fragmento, es reconducido a la imagen de una larguísima cadena de animales enjaulados, motivados únicamente por el miedo- me he reconocido un poco. Antes de topar con él tenía en mente otra imagen, que me venía de mi madre: un torbellino de fragmentos-palabras que me producían malestar, que me aterraban, y que, en mis fantasías, eran pecios de un territorio sumergido por la furia de las aguas. Una frantumaglia, decía mi madre y se asustaba al hablarme de su cabeza, y me asustaba a mí a tal punto que durante mucho tiempo preferí la imagen de la jaula. La jaula tenía al menos unos límites precisos (...)
Elena Ferrante, En los márgenes. Trad. Celia Filipetto




















