Yo estaba, oculto, detrás de un árbol, detrás de millones de máscaras, detrás de una puerta de madera, detrás de una ilusión vítrea. Siempre detrás, nunca a un lado. Recuerdo cuando no me tomaste de la mano en el cine o cuando ni un beso tuyo merecía. Recuerdo esperar ansioso un mensaje mientras lloraban en tu hombro, y yo esperando; recuerdo, mmm, mejor dicho, no recuerdo nunca mi nombre en boca de los tuyos, o que me saludaran mil manos de tus círculos, o que alguno me conociera, nunca existí. Sí recuerdo ser tu escudo, tu almohada, tu hombro, tus oídos, tu boca, tus manos, tu copiloto; creo que sólo servía para acompañar tu soledad mientras conducías. Hasta recuerdo el corazón en el papel del mapa de tu hogar. Pero no recuerdo entrar por tu puerta junto a ti, tampoco caminar en tus calles sin que sintieras miedo o quizás vergüenza, tampoco el poder marcarte sin la preocupación de que escucharán mi llamada en el altavoz de tu carruaje. Otros si podían, yo me conformaba con correr a hurtadillas o salir muy temprano para no ser observado y tú juzgada. Me duele en el alma verme tan disminuido ahora, pero tan ilusionado entonces. No sé si valgan mis lágrimas, pero atesoro la emoción que, iluso, tuve con mensajes en Telegram, claro, para no levantar sospechas en WhatsApp. Y aún así espero el vibrar de mi móvil y tu decisión de no vivir en construcciones ficticias. Hoy soñé con tu voz arengando miles y millones de no más, no más vivir con miedo, no más vivir con tristezas, no más vivir con ficciones y me imaginé, en esas arengas, mi nombre saliendo de tu hermosa boca. Espero que rompas tus cadenas y vivas feliz.