“¿Por qué alguien querría tatuarse una hoja de marihuana?” Preguntó, metido en la conversación ajena, estirando el cuello para ver el dibujo sin quitar las manos de sus bolsillos.
Tragó saliva, shockeada por la acotación del chino. Había llevado a uno de sus regulares al café para planear su nuevo tatuaje, el cual, al igual que los demás, era... llamativo, en el mejor de los casos. Kae no se quejaba. El tipo pagaba bien. ❝ No tengo idea, pero es la única persona en este pueblo que no regatea tatuajes. ❞ Le dice, entre dientes con las cejas alzadas, al joven, y reza porque su cliente no haya oído. Y porque el chino se callase de una vez.














