Málaga, 22 de Diciembre de 1986.
Son las 06:36 de la mañana y bajo a ayudar a mi padre a colocar el equipaje en el maletero de nuestro Citroën BX. A pesar de que es muy temprano y de que apenas he dormido con la emoción del viaje, no pierdo detalle. Me encanta ver a ese superhombre que es tu padre cuando tienes seis años, colocar todos los bultos en el maletero y hacerlos encajar unos con otros hasta llegar a un óptimo aprovechamiento del espacio disponible.
Cuando parece que ya hemos terminado y estamos listos para salir, aparece mi hermana mayor con un maletón desproporcionadamente grande y pregunta: "¿Hay sitio para una más?" Mi padre me guiña un ojo y le responde: "¡Por supuesto!". Ni una mala cara, ni una sola protesta sale de su boca.
Después de vaciar varias veces el maletero y de intentar vencer las leyes de la física, termina cediendo y me dice: "Éste hay que llevarlo dentro".
Coloca el bulto en la parte trasera entre los asientos que ocuparemos mi hermana y yo y dice: "Así no os peleáis". Dicho así, da la impresión de que nuestras peleas sean algo recíproco cuando en realidad los golpes sólo los recibo yo, sobre todo cuando mi hermana se aburre. De ésta forma, estaré protegida al menos mientras estemos en el coche así que ni tan mal.
Entonces, aparece mi madre que se estaba terminando de maquillar para prepararse para un trayecto de 14 horas en coche. Yo no entiendo la necesidad de maquillarse para meterse en el coche con la misma gente con la que convives diariament pero supongo que es una de esas cosas que hacen los adultos a las que no les encuentro el sentido.
De repente, mi madre grita: “¡Los polvorones! Niñas coged las llaves y los bajáis. Están encima de la repisa de la cocina”. Cuando mi hermana Lorea y yo entramos en la cocina, nos damos de bruces con suficientes dulces navideños como para alimentar a toda la República del Congo. En la cabeza de mi madre, polvorones significa cualquier dulce navideño que haya estado disponible así que nos encontramos con un cargamento que incluye polvorones, surtidos de mantecados, alfajores, almendras rellenas de turrón, surtidos de todo tipo de turrones, etc. Me da la sensación de que en el País Vasco también se podrían comprar esos mismos dulces pero no hago preguntas.
Mi hermana Lorea y yo los cargamos como podemos con nuestros pequeños brazos de niñas de 10 y 6 años y los bajamos en el ascensor mientras me pregunto dónde espera mi madre que llevemos todas esas cajas de dulces porque en el Citroën ya no cabe ni un alfiler.
Para mi sorpresa, conseguimos meter cada una de las cajas de dulces en distintas zonas del coche. Mi madre lleva un par de cajas entre las piernas, otro par van en la bandeja que está encima del maletero y el resto sirven para fortificar mis defensas de las hostias de mi hermana. Como soy muy pequeña, no necesito demasiado espacio y me da la sensación de que me ayudará a llegar de una pieza a Ondarroa, provincia de Vizcaya.