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El asunto en general es que Inguk no suele alimentarse de un humano vivo, no al menos desde lo sucedido con su madre y su viaje hasta Corea del Sur, no luego de un par de decaídas, no luego de su falta de control. Entonces al probar la sangre de aquel muchacho, siente como que ha conocido la verdad en su máxima expresión y está seguro que no hay nada en el mundo que se sienta mejor que ese líquido carmesí pasando por sus papilas gustativas y al fin volviéndole poco menos humano. Pero luego, una parte de sí trata de recordarle que no es más que el efecto de aquella tan poderosa droga. Trata de mantenerse en sus sentidos mientras se aleja un paso más del humano y entonces es cuando puede ver que está débil, tiene razón, no faltó mucho para que cualquiera de los dos terminara con su vida “Deberías ir al hospital” dijo cuando al fin pudo reunir las fuerzas necesarias para hablar, cuando pudo controlarse por completo y callar todos esos impulsos que le gritaban que se lanzara contra él y bebiera todo lo posible “O al menos comer algo, necesitas recuperarte” advirtió, no muy seguro de tener la fuerza de voluntad necesaria para seguir ayudándole.
No importa cuán sea lo débil que se esté sintiendo en aquellos momentos, su mente sigue funcionando, aguda y toda su personalidad sigue intacta, perspicaz. Y aunque intenta torcer el gesto el gesto y poner mueca de circunstancias, no puede—. Ah, me debes estar jodiendo —se expresa con palabras, estudiándole. ¿En serio intenta ayudarle? ¡Pero si es él quien luce como si se fuese a desmayar en cualquier momento! Y entonces llega a la resolución de que a él tampoco puede dejarle muriendo de hambre y mucho menos luego de haberle salvado la vida hace apenas unos segundos—. Sólo espera un momento, ¿quieres? —ordena, buscando entre los bolsillos de su gabardina su teléfono móvil. La única opción que le queda es hacer lo que debió hacer un principio, mas no quiso: llamar a quien arrienda el estudio en el primer piso de su domicilio y pedirle una de las bolsas de sangre que le ha dejado su donante mientras se encuentra de viaje. Apela a la solidaridad entre especies y el vampiro acepta, tan bueno de corazón como Jisung mismo—. Ah, mira, es tu día de suerte —comenta, quitándose la correa del bolso y estirándola hacia el vampiro—. A veces pienso que toda tu especie moriría de hambre sin mí. Va, unas cuadras más allá te espera una deliciosa cena.













