Una serie de eventos desafortunados: el triunfo de la irrisión
Por Juan Pablo Duarte
Una serie de eventos desafortunados es uno de los últimos estrenos de Netflix. En su versión televisiva, el fantástico mundo creado por Daniel Handler podría ser la caja de resonancia de una pregunta candente de la escena política actual: ¿Es posible detener el avance de personajes irrisorios? Lanzada en los días previos a la asunción de Donald Trump, la serie producida por Mark Hudis pone en escena el triunfo del grotesco sobre las ruinas circulares de la lógica.
Publicado el jueves 9 de marzo de 2017 en Diario Alfil (Córdoba - Argentina). Versión original disponible en Alfil
“Temer a los huracanes es totalmente racional. Porque pueden ser destructores y funestos. Pero tenerle miedo a los agentes de bienes raíces, o sea ‘personas que ayudan a comprar y vender casas’, sería un miedo irracional. Porque del mercado de bienes raíces nunca ha salido nada funesto”. Lemony Snicket, un investigador obsesionado por la historia de los huérfanos Baudelaire, rompe la cuarta pared y se dirige al espectador con razonamientos de este tipo. Días atrás reví The big short, el premiado film de Adam McKay sobre la crisis inmobiliaria del año 2008. Una stripper insolvente toma préstamos hipotecarios por cinco propiedades de manos de un ex cantinero devenido en vendedor. Este a su vez paga su nuevo BMW con el dinero de la venta de aquella deuda a un banco. Alguien vende una deuda, otro la compra y la vuelve a vender a un precio mayor. De pronto, una enorme burbuja financiera estalla y con ella la economía del mundo globalizado. Conclusión: los vendedores son perfectamente capaces de arruinar más vidas que cualquier huracán, por eso hay que temerles.
Creo que si Una serie de eventos desafortunados no planteara un mundo fantástico, el Conde Olaf podría ser Madoff, algún ejecutivo de Enron, Trump o cualquier pillo con talento para el caos. Junto los freaks que componen su compañía teatral, logra burlar a todo el que se cruce en el camino que lo separa de la fortuna de los huérfanos Baudelaire. Sin demasiadas vueltas, sortea cualquier obstáculo. Es imparable. Los Baudelaire son tres niños que perdieron a sus padres. Están solos, prácticamente en la calle. Sin embargo, su desamparo es menor comparado al de quienes intentan protegerlos.
Pero la astucia y resolución de Olaf pone en evidencia la orfandad de los adultos, no la de los niños. Un banquero fiel a la burocracia, una jueza casada con la ley, un herpetólogo que reduce todo a las disputas del gremio de estudiosos de los reptiles, un bruto empresario y una fóbica obsesionada con la gramática, ellos representan la civilización en el fantástico mundo de Handler. Pero la ley, la ciencia, el trabajo y el lenguaje sirven más a la puesta en escena que al orden. Aunque la herencia sea su objeto preciado, Olaf existe para transformar el mundo aburrido y tautológico de los mayores en un gran escenario que lo tenga como protagonista.
En la grieta que separa a las palabras de su significado, Olaf se divierte haciendo dudar a todos de sus certidumbres. Puede torcer el sentido convencional de las cosas y crear realidades alternativas en cuestión de segundos. Un raro asesor, un ayudante, un pirata y una secretaria sexy se ocupan de mostrar que nadie puede estar demasiado seguro de lo que cree, mucho menos de lo que dice. Todo puede significar otra cosa. Al igual que los agentes de bienes raíces, él es la prueba de que no se necesita demasiado para crear un gran desorden, solo algunas trampas y un buen disfraz.
Con una historia que no apela al realismo. Sin políticos, narcotraficantes, terroristas ni conglomerados económicos, este último lanzamiento de Netflix me hizo reflexionar sobre una pregunta que me resulta candente en la escena política actual: ¿Es posible detener el avance de personajes irrisorios? Lanzada en los días previos a la asunción de Donald Trump, un enfant terrible que toma a su cargo los destinos de la principal potencia de occidente, la serie producida por Mark Hudis pone en escena el triunfo del grotesco sobre las ruinas circulares de la lógica. Trump es uno entre tantos, podría pensarse en Boris Jhonson u otro joker que haya protagonizado alguna travesura de gran envergadura durante los últimos meses. Después de todo, al igual que cualquier persona con dos dedos de frente, ellos dicen que temer a los políticos es totalmente racional. Porque pueden ser destructores y funestos. Pero callan algo importante: no tenerle miedo a alguien que “podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos” podría significar otro comienzo para el mundo, el comienzo de una serie de eventos desafortunados.














