La otra Catalina
Catalina no puso un pie en México en toda su vida.
Si lo hubiese hecho, probablemente sería porque habría nacido allí. A primeros de marzo de 1901, por ejemplo, en una acomodada casa del barrio de Polanco en el corazón mismo de Ciudad de México.
Si Catalina hubiese nacido en esa ciudad y momento, recordaría una infancia moderamente feliz, con un padre severo pero sensato y una madre de las que se acurrucan contigo en la cama las noches de tormenta y te acarician el pelo hasta que el sueño te gana la partida.
Lo más seguro es que hubiese perdido las tardes de la adolescencia recorriendo las mismas tiendas del Paseo de la Reforma, riendo a todo pulmón como solo sabemos hacer hasta la primera cana y lanzando miradas furtivas con la eficacia de un francotirador.
Y quizás hubiese dado su primer beso el Día de los Muertos de 1918, en una esquina de la Cafetería del Hotel Regis estratégicamente situada para los enamorados furtivos.
Pero no se lo habría dado al abogado que acabaría siendo su marido, sino a un dulce mozo de almacén en El Palacio de Hierro que bebía los vientos por ella aunque nunca sería suficientemente bueno a los ojos de su padre.
Que te obliguen a abandonar al amor de tu vida te parte el corazón incluso en un tiempo y lugar hipotéticos. Por muy figurado que sea el desapasionado reemplazo con el que acaben casándote.
Si Catalina hubiese vivido en México, habría dado a luz dos hijos que crecerían fuertes y heredarían el empuje de su padre pero también ese desdén absoluto por los sentimientos ajenos.
Y escondería en algún lugar de su pecho, muy adentro, la muerte prematura de una niña que se hubiese llamado Clara, como su abuela.
Seguramente habría aprendido a tolerar la falta de amor, la ausencia total de emoción, la negación de todo arrebato.
Los últimos años de su vida se escribirían casi sin hacer ruido, sintiéndose abandonada por todos en una casa demasiado grande y demasiado fría.
Probablemente su último pensamiento lúcido antes de adentrarse en la bruma del olvido, sería la imagen de un mozo de almacén con los ojos grandes y el sabor de un melocotón maduro en los labios.
Pero sabemos a ciencia cierta que Catalina nunca estuvo en México. Ni amó, lloró o rió en ese país.
La historia de Catalina es otra muy diferente.













