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El último piloto de la República
El pasado sábado 9 de diciembre ha fallecido en México un señor llamado Manuel López González. Tenía 101 años de edad, había nacido en Madrid y era el último piloto de caza de la República española. No se le harán homenajes oficiales, el Ejército del Aire no efectuará un vuelo conmemorativo y nadie inaugurará una placa en su memoria. Recordémoslo aquí y que sirva de homenaje a él y a todos los que le precedieron.
Nacido en Madrid en 1916, como tantos jóvenes de su época quiso volar. Era una actividad reservada, como él mismo definió gráficamente, “a los niños bien”, pero aun así, antes de la guerra, aprendió a volar planeadores en el Club de Vuelo sin Motor de Madrid. Tras el 18 de julio de 1936 se alistó en el ejército republicano y, paradójicamente, fue la guerra la que posibilitó que se cumpliese su sueño. Un día leyó un anuncio en un periódico de trinchera: las nuevas fuerzas aéreas republicanas precisaban aspirantes a piloto, de entre 18 y 21 años de edad. Manuel se presentó, pasó el primer corte en el aeródromo murciano de Los Alcázares y un mes después se embarcaba junto a sus compañeros del II Curso de Caza. Era julio de 1937 y la Unión Soviética formaba a los pilotos republicanos en Azerbaiyán, en la ciudad de Kiovava, lejos del conflicto.
Un I-I5 en vuelo. No hace falta explicar el apelativo de Chato.
La República tuvo que reconstruir sus fuerzas armadas desde cero y la aviación no fue una excepción. Durante los primeros meses el peso del conflicto aéreo lo había soportado un grupo heterogéneo formado por un núcleo de pilotos profesionales que habían permanecido fieles, un grupo de voluntarios de diversas nacionalidades con motivaciones que iban desde el compromiso antifascista (como el caso del uruguayo Luis Tuya) hasta el interés mercenario más duro y una nutrida formación de “asesores” soviéticos, aviadores que lucharon y murieron sobre los cielos de España. A medida que se hizo evidente que el conflicto se haría largo, la República diseñó un proceso formativo para lograr un flujo de pilotos bien formados y para ello contó con los servicios (comprados a precio de oro, literalmente) de la Unión Soviética, el único país -exceptuando a México- con la capacidad y la voluntad de ofrecer ayuda directa a la democracia española.
Cuando volvió, Manuel López se convirtió en uno de esos pilotos que formaron la columna vertebral de la aviación republicana: su montura fue un “Chato”, el apelativo cariñoso del Polikarpov I-I5, un biplano soviético ágil y resistente y, como la mayoría de los aviadores de cualquier fuerza aérea en todo conflicto, jamás derribó un aparato enemigo. Vio, eso sí, la muerte de cerca varias veces: combatió sobre Teruel, Levante, el Segre y la batalla del Ebro. En una ocasión un “Chirri” -Fiat C.R. 32 italiano- le voló el mando de gases y gran parte del plano derecho: salió vivo de milagro y, cuando vio el daño que había soportado su fiel “063″, el aparato que voló durante toda la guerra, rompió a llorar.
Emblema de la 4° Escuadrilla de Chatos. Manuel López combatió en su segunda Patrulla durante todo el conflicto. Como nota curiosa, este fue el emblema que pintaron varios pilotos españoles alistados en la V-VS soviética durante la II Guerra Mundial.
Manuel llegó a jefe de Escuadrilla y, a medida que avanzaba el conflicto, fue testigo de la lenta muerte por asfixia de la aviación republicana, dependiente tanto de los irregulares envíos de repuestos y aparatos por parte de Moscú como de la voluntad francesa (cada vez menos generosa) de dejar que dichos suministros atravesasen la frontera. Mientras, sus oponentes gozaban de un flujo ininterrumpido de ayuda aeronáutica por parte de Italia y Alemania: en los últimos meses de conflicto los anticuados chatos de la escuadrilla de Manuel tuvieron que vérselas con el mejor caza del mundo en aquel momento, el Messersmicht Bf 109 nazi.
Cuando cayó Cataluña, Manuel despegó de Villajuiga, el último aeródromo en manos republicanas, para aterrizar en Toulouse donde, junto a centenares de miles de militares republicanos, fue internado en unas condiciones atroces. Manuel estuvo en recluido en el campo de Gurs -otro lugar del que deberíamos haber oído hablar todos en el colegio- durante año y medio, hasta que, junto con otros compañeros, aprovechó el caos que siguió a la derrota francesa de mayo de 1940 y logró escapar. Esquivando patrullas alemanas, consiguieron llegar al Marruecos francés y ahí, en la Casablanca colaboracionista del capitán Renault y abordar el buque portugués Serpapinto, que zarpó rumbo a México el 9 de septiembre de 1942. No debió ser un viaje fácil, cruzando un Atlántico infestado de submarinos alemanes, pero consiguieron llegar a Veracruz a principios de octubre sanos y salvos.
Si el nuestro fuese un país normal habría plazas, estatuas, calles y parques dedicados a México en cada ciudad y en cada pueblo. La generosidad del pueblo mexicano y de su gobierno para con los refugiados españoles es, para mí, una de las historias de solidaridad más alucinantes y hermosas de todo el siglo XX. Decenas de miles de republicanos encontraron en el país azteca un nuevo hogar, y Manuel no fue una excepción: encontró trabajo en el sector de ventas industriales, se casó y tuvo 5 hijos y 11 nietos. Jubilado en 1990, de vez en cuando volaba con uno de sus hijos, comandante de Aeroméxico.
A la izquierda, Manuel López González en el año 2000. La foto, junto con gran parte de la información de este texto, proviene de esta biografía.
Manuel López González, el último piloto de caza republicano, murió el sábado 9 de diciembre en Ciudad de México, muy lejos de su Madrid natal. Luchó con valentía por la democracia en España y supo rehacer su vida en la emigración: muchas gracias por todo.

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Who said you can't garden in a NYC apartment.

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She didn't get the memo 📝 that Porkchop is not a real pork chop
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