Tumblr, en su infinita sabiduría, ha decidido que lo que escribo aquí es escandaloso, ofensivo y, probablemente, perjudicial para la moral pública. Consecuentemente, le ha puesto un modo “safe on” que, tras dos meses de mensajes, reportes y ruegos, sigue tan brioso como el primer día impidiendo que quienes llegan aquí y no tengan una cuenta tumbleresca, puedan leer algo.
Como resultado, me mudo de vuelta al bueno y viejo Wordpress, probablemente la única plataforma aun más vintage que esta (preguntad, preguntad a un millenial qué es Tumblr y sentíos viejos): me encontraréis en www.sincasaca.com.
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El pasado sábado 9 de diciembre ha fallecido en México un señor llamado Manuel López González. Tenía 101 años de edad, había nacido en Madrid y era el último piloto de caza de la República española. No se le harán homenajes oficiales, el Ejército del Aire no efectuará un vuelo conmemorativo y nadie inaugurará una placa en su memoria. Recordémoslo aquí y que sirva de homenaje a él y a todos los que le precedieron.
Nacido en Madrid en 1916, como tantos jóvenes de su época quiso volar. Era una actividad reservada, como él mismo definió gráficamente, “a los niños bien”, pero aun así, antes de la guerra, aprendió a volar planeadores en el Club de Vuelo sin Motor de Madrid. Tras el 18 de julio de 1936 se alistó en el ejército republicano y, paradójicamente, fue la guerra la que posibilitó que se cumpliese su sueño. Un día leyó un anuncio en un periódico de trinchera: las nuevas fuerzas aéreas republicanas precisaban aspirantes a piloto, de entre 18 y 21 años de edad. Manuel se presentó, pasó el primer corte en el aeródromo murciano de Los Alcázares y un mes después se embarcaba junto a sus compañeros del II Curso de Caza. Era julio de 1937 y la Unión Soviética formaba a los pilotos republicanos en Azerbaiyán, en la ciudad de Kiovava, lejos del conflicto.
Un I-I5 en vuelo. No hace falta explicar el apelativo de Chato.
La República tuvo que reconstruir sus fuerzas armadas desde cero y la aviación no fue una excepción. Durante los primeros meses el peso del conflicto aéreo lo había soportado un grupo heterogéneo formado por un núcleo de pilotos profesionales que habían permanecido fieles, un grupo de voluntarios de diversas nacionalidades con motivaciones que iban desde el compromiso antifascista (como el caso del uruguayo Luis Tuya) hasta el interés mercenario más duro y una nutrida formación de “asesores” soviéticos, aviadores que lucharon y murieron sobre los cielos de España. A medida que se hizo evidente que el conflicto se haría largo, la República diseñó un proceso formativo para lograr un flujo de pilotos bien formados y para ello contó con los servicios (comprados a precio de oro, literalmente) de la Unión Soviética, el único país -exceptuando a México- con la capacidad y la voluntad de ofrecer ayuda directa a la democracia española.
Cuando volvió, Manuel López se convirtió en uno de esos pilotos que formaron la columna vertebral de la aviación republicana: su montura fue un “Chato”, el apelativo cariñoso del Polikarpov I-I5, un biplano soviético ágil y resistente y, como la mayoría de los aviadores de cualquier fuerza aérea en todo conflicto, jamás derribó un aparato enemigo. Vio, eso sí, la muerte de cerca varias veces: combatió sobre Teruel, Levante, el Segre y la batalla del Ebro. En una ocasión un “Chirri” -Fiat C.R. 32 italiano- le voló el mando de gases y gran parte del plano derecho: salió vivo de milagro y, cuando vio el daño que había soportado su fiel “063″, el aparato que voló durante toda la guerra, rompió a llorar.
Emblema de la 4° Escuadrilla de Chatos. Manuel López combatió en su segunda Patrulla durante todo el conflicto. Como nota curiosa, este fue el emblema que pintaron varios pilotos españoles alistados en la V-VS soviética durante la II Guerra Mundial.
Manuel llegó a jefe de Escuadrilla y, a medida que avanzaba el conflicto, fue testigo de la lenta muerte por asfixia de la aviación republicana, dependiente tanto de los irregulares envíos de repuestos y aparatos por parte de Moscú como de la voluntad francesa (cada vez menos generosa) de dejar que dichos suministros atravesasen la frontera. Mientras, sus oponentes gozaban de un flujo ininterrumpido de ayuda aeronáutica por parte de Italia y Alemania: en los últimos meses de conflicto los anticuados chatos de la escuadrilla de Manuel tuvieron que vérselas con el mejor caza del mundo en aquel momento, el Messersmicht Bf 109 nazi.
Cuando cayó Cataluña, Manuel despegó de Villajuiga, el último aeródromo en manos republicanas, para aterrizar en Toulouse donde, junto a centenares de miles de militares republicanos, fue internado en unas condiciones atroces. Manuel estuvo en recluido en el campo de Gurs -otro lugar del que deberíamos haber oído hablar todos en el colegio- durante año y medio, hasta que, junto con otros compañeros, aprovechó el caos que siguió a la derrota francesa de mayo de 1940 y logró escapar. Esquivando patrullas alemanas, consiguieron llegar al Marruecos francés y ahí, en la Casablanca colaboracionista del capitán Renault y abordar el buque portugués Serpapinto, que zarpó rumbo a México el 9 de septiembre de 1942. No debió ser un viaje fácil, cruzando un Atlántico infestado de submarinos alemanes, pero consiguieron llegar a Veracruz a principios de octubre sanos y salvos.
Si el nuestro fuese un país normal habría plazas, estatuas, calles y parques dedicados a México en cada ciudad y en cada pueblo. La generosidad del pueblo mexicano y de su gobierno para con los refugiados españoles es, para mí, una de las historias de solidaridad más alucinantes y hermosas de todo el siglo XX. Decenas de miles de republicanos encontraron en el país azteca un nuevo hogar, y Manuel no fue una excepción: encontró trabajo en el sector de ventas industriales, se casó y tuvo 5 hijos y 11 nietos. Jubilado en 1990, de vez en cuando volaba con uno de sus hijos, comandante de Aeroméxico.
A la izquierda, Manuel López González en el año 2000. La foto, junto con gran parte de la información de este texto, proviene de esta biografía.
Manuel López González, el último piloto de caza republicano, murió el sábado 9 de diciembre en Ciudad de México, muy lejos de su Madrid natal. Luchó con valentía por la democracia en España y supo rehacer su vida en la emigración: muchas gracias por todo.
Hace unos días Gabriel Pereyra, columnista uruguayo, comentaba así una nota de el diario El País:
Pereyra aprovechaba un informe de UNICEF (que pueden consultar íntegro aquí) para abundar en una tesis que viene defendiendo, tanto en medios como en redes sociales, desde hace un tiempo. Pereyra viene a decir que el movimiento feminista ha "secuestrado" el drama que suponen los asesinatos de menores, olvidándose de los niños asesinados. El artículo, muy comentado, presenta sin embargo una serie de omisiones preocupantes. Pero antes de analizarlo con detalle, sin embargo, merece la pena dar un vistazo al contexto en el que se genera.
Uruguay vive un momento en el que el movimiento feminista recoge cada vez más consensos, incorpora cada vez a más gente y ocupa cada vez más espacio mediático. La violencia machista ha pasado a ocupar un lugar central en el debate público y, a trancas y barrancas, los grandes medios van incorporando perspectivas que hace unos años eran impensables. Como consecuencia se percibe claramente una reacción contraria que abarca un amplio espectro. Este va desde agrupaciones caricaturescas como Varones Unidos hasta columnistas serios como el que nos ocupa. Con matices su estrategia es clara: ante la avalancha de femicidios intentan separar la causa del efecto. Se matan mujeres, vienen a decir, y eso está muy mal, pero también mueren hombres. Secuestran y violan a niñas, pero también hay niños asesinados. El corolario lo da el tuit de Pereyra: "¿Quién marcha por ellos?" dejando en el aire una insinuación clara: las feministas se aprovechan de unas situaciones dramáticas en beneficio propio.
Los tonos varían desde el acoso en redes sociales a cualquier mujer que destaque comunicando - y con mayor intensidad si además tiene un perfil público, como es el caso de Fabiana Goyeneche- hasta artículos como los que nos ocupan. En ellos se usa un tono pretendidamente riguroso para proveer de munición intelectual a quienes disfrazan la preocupación que les causa el ataque a nuestros privilegios como hombres aduciendo que, en el fondo, su cruzada es por la "libertad" frente a una pretendida ofensiva de la "ideología de género", entendida esta como cualquier iniciativa en favor de una igualdad real entre sexos. En el fondo es una vieja técnica: sesgar datos reales para llegar a conclusiones falsas.
Analicemos con detalle: Efectivamente, tres de cada cuatro menores asesinados en Uruguay en 2016 son varones. Lo que se olvida de contar el articulista es que la manera en que se producen esos fallecimientos: en Uruguay, 8 de cada 10 menores varones que son asesinados tienen entre 13 y 17 años. Sus muertes -que ojo, quede claro, son dramáticas y condenables- ocurren en contextos de "altercados, conflictos criminales, hurtos, ajustes de cuentas o rapiñas". Hablamos de adolescentes en contextos vulnerables, atrapados por una dinámica de criminalidad, usados como carne de cañón. Y hablamos de adolescentes varones: 29 víctimas en estas circunstancias comparadas con 2 niñas fallecidas por estos motivos.
Las niñas, en cambio, son asesinadas en otros contextos y otras edades, íntimamente ligadas -según se deduce del informe- a la sexualización propia de una sociedad heteropatriarcal. La siguiente figura -que el bueno de Gabriel también omite comentar, vaya usted a saber por qué- demuestra que en el ámbito familiar las agresiones a niñas se disparan cuando alcanzan la adolescencia. Son agresiones de carácter sexual ocurridas en el ámbito familiar -algo que los varones padecen en un porcentaje mucho menor-.
Por si no hubiera quedado claro, el informe establece taxativamente que 3 de cada 4 menores que sufren violencia sexual son niñas y que 9 de cada 10 agresores son hombres. Es un dato crucial que, sin embargo, Pereyra decide omitir. Y lo hace porque si lo introduce su propia hipótesis queda totalmente invalidada.
No es un olvido casual, sino una elección consciente para legitimizar su discurso -que a estas alturas podemos calificar de francamente machista- escudándose en datos. Los "datos" es algo que encanta al universo machista porque permite reafirmar su superioridad sobre los argumentos feministas, que perciben como irracionales y por lo tanto inferiores. El problema viene de que, lisa y llanamente, manipulan cifras y porcentajes, omitiendo y ajustando a su mejor convenir.
Lo curioso es que Pereyra (y quienes, como él, perciben el feminismo como el enemigo a batir) no admiten abiertamente que defienden una ideología machista. Aducen, indignados, que su preocupación son "todas las muertes" y reclaman, dignos, que se marche por Felipe como se marcha por Brissa o cualquiera de las niñas y mujeres víctimas de la violencia machista en Uruguay. Aparte de que habría que preguntarse por qué no convocan ellos las marchas que consideren necesarias, el hecho es que cualquier marcha por las víctimas de la violencia machista incluye automáticamente a las y los menores víctimas de violencia perpetrada por adultos. Esto es lo que Pereyra y quienes le jalean no pueden comprender: que los mecanismos violentos de dominación, cuya expresión más extrema es la violencia contra niñas y niños, son herramientas de hegemonía masculinas.
Y antes de que alguien se indigne solo hay que pensar en un caso como el que nos ocupa: culpar al movimiento feminista de algo tan execrable como la manipulación de la violencia contra menores es un ejemplo acabado de violencia machista que da argumentos (cargados de falacias) a quienes acosan en redes, a quienes justifican el acoso callejero o a quienes piensan que la violencia de ámbito doméstico es un asunto privado. Y todo disfrazado de periodismo y seriedad.
Termino ya. A mí, como hombre todo esto me da mucha vergüenza. Me da vergüenza irrumpir públicamente en un debate que diariamente plantean mucho mejor, con muchos más argumentos y mucha más valentía un montón de mujeres en Uruguay. Me da vergüenza que por el hecho de ser un tío las hordas de trolls que acosan a compañeras en redes se muestren mucho más sumisas y prudentes: privilegio (cibernético) puro y duro. Pero lo que más me avergüenza es que, en mitad de la catarata de crímenes machistas que afectan a mujeres y a menores haya sectores amplios de la población que piensen, como Pereyra, que el problema es el feminismo. Llegará un día en que releerán sus columnas, sus comentarios y sus tuits y se les caerá la cara de vergüenza. Mientras tanto que tengan claro que cada vez son menos, están más solos y resultan más patéticos en sus intentos de manipular, columnas mediante, la realidad.
Encuentro mucho más interesantes los personajes ambiguos, esos que no encajan bien en su momento histórico y que ya sea por coherencia o por inconsciencia siguen su propio camino. Navegando por el fondo 545, los archivos de la Comintern dedicados a las Brigadas Internacionales que se custodian en Moscú (y que están digitalizados aquí) me he encontrado con un par de historias que merecen la pena ser contadas. No son vidas ejemplares, pero me resultan conmovedoramente humanas en mitad del tifón de la guerra y eso me vale.
1- El compañero Pablo.
Bujaraloz, 1936, el verano indio del anarquismo español. De izquierda a derecha, Vagliasindi junto con la compañera de Lucio Ruano, el propio Ruano, Antonio Caba y Pedro Campón Rodríguez. (Fuente de esta foto aquí)
Entre sus compañeros de la Columna Durruti aquel italiano era conocido simplemente como “Pablo”. Con sus cuarenta y ocho años al principio había sido acogido con sorna: el abuelo quiere hacer la guerra, le dirían al entregarle el maúser y la divisa rojinegra. Sin embargo, a medida que avanzaban por Aragón enfrentándose a la resistencia cada vez más decidida de los sublevados, empezaron a cambiar de opinión. Más que valiente “Pablo” era temerario, con una predilección especial por los golpes de mano. Sabía cómo asaltar las trincheras enemigas durante la noche, formando en grupos pequeños y con un uso liberal de las granadas de mano. Había hecho la guerra, de eso no había duda y, como no abundaban los compañeros con experiencia militar, pronto fue ascendido a un puesto de responsabilidad.
“Pablo”, además, caía bien: extrovertido, cariñoso, coqueto y con un punto de fanfarronería, no dudaba en mezclarse con la abigarrada humanidad que componía la columna. Sin embargo, sus cuidadas manos delataban una ascendencia burguesa de la que nunca hablaba. La única foto de la época, que lo retrata con la chaqueta de cuero de rigueur entre los anarquistas combatientes, refuerzan esa impresión de tipo casi aristocrático. Un buen día es denunciado como “espía fascista”. Registran sus posesiones y se encuentran con un retrato del rey de Italia, Vittorio Emmanuele III dedicada personalmente. Están a punto de fusilarlo, pero intervienen sus compañeros que lo liberan tras una investigación sumaria. Tras la muerte de Durruti, Lucio Ruano queda a cargo de la columna y nombrará a “Pablo” consejero militar (uno de los máximos grados de un ejército, el anarquista, que no reconocía más rangos que el valor y el compromiso).
2 - El sospechoso Pietro Paolo.
El verano anarquista durará hasta mayo de 1937. En plena crisis interna de la República, que estalla en Barcelona con una guerra civil dentro de la guerra civil entre anarquistas y comunistas, un italiano llamado Pietro Paolo Vagliasindi se presenta en la Delegación de las Brigadas Internacionales, situada en la calle Consell del Cent 303. Quiere alistarse y combatir: rellena el formulario correspondiente declarando ser militar de carrera, teniente coronel en el ejército italiano, nada menos. En filiación política se limita a constatar: “antifascista” y, como recomendación, presenta su experiencia con la columna Durruti.
Solicitud de ingreso de Pietro Paolo Vagliasindi en las Brigadas Internacionales. Barcelona, 29 de mayo de 1937. RGASPI, f. 545
Por supuesto, esta peculiar biografía activa todas las alarmas. El Servicio de Información Militar republicano, teledirigido por la sección local del NKVD soviético, está en estado de paranoia total y más preocupado por detener troskistas, anarquistas o antifascistas críticos con la URSS que de combatir efectivamente al fascismo. Vagliasindi es detenido inmediatamente y se le somete a un interrogatorio que deja boquiabiertos a los endurecidos responsables del mismo. Su perplejidad resuena aun, a 80 años de distancia, en los documentos de archivo y no es para menos. ¿Quién es Pietro Paolo Vagliasindi, alías compañero Paolo?
3- Héroe de guerra, aviador... y fascista.
Vagliasindi nace en Bérgamo en 1889, en el seno de una familia de la nobleza militar siciliana. Su padre, el general Casimirio Vagliasindi, comandará la 47ª División de Infantería “Bari” durante la I Guerra Mundial. Pietro Paolo sigue los pasos paternos: se alista en 1911 y como oficial combate en la gran guerra. No es un militar al uso, ni mucho menos: gana varias condecoraciones al valor (recordemos el adjetivo “temerario”) y es uno de los fundadores de los “Arditi”, el equivalente italiano de las Sturmtruppen alemanas: un cuerpo de choque concebido para romper el sangriento impasse de la guerra de trincheras mediante golpes de mano llevados a cabo por grupos pequeños de soldados que se infiltran en las líneas enemigas.
Vagliasindi con uniforme de mayor de los Arditi, hacia 1919.
En 1919 Vagliasindi es uno de los primeros fascistas de Italia, en el sentido literal del término: está entre los firmantes del Programa de Sansepolcro, con su extraña mezcla de medidas revolucionarias y fascistas. Acompaña al poeta-aviador Gabriele D´ Annunzio en la aventura de Fiume, la ciudad hasta entonces austriaca que se convierte en un pequeño estado independiente regido por fascistas, futuristas y aventureros. Por gente, en resumen, como Vagliasindi. No todos los pilotos son fascistas, pero si que muchos fascistas son pilotos: tras la I Guerra Mundial la aviación es el epítome del hombre nuevo, el dominador de la tecnología que se alza sobre los sangrientos campos de batalla de Europa como un nuevo caballero andante. Vagliasindi no es una excepción y, tras aprender a pilotar, participará en uno de los innumerables raids de la época: en 1925 parte en un hidro S-55 con Eugenio Casagrande con el objetivo de cruzar el Atlántico. No pasan de Casablanca, pero Vagliasindi se seguirá considerando, sobre todo, piloto, hasta el punto de que en 1937 se definirá en el formulario de ingreso a las Brigadas como “aviador”.
4- El exilio (o no).
Vagliasindi lo tiene todo para convertirse en uno de los magnates del fascio. Conoce personalmente a Mussolini y se relaciona habitualmente con la casa real, además de tener excelentes relaciones en el seno del ejército. Sin embargo, en 1924 da un portazo y se marcha de Italia. Dará como explicación su desacuerdo con el asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti pero es probable que la causa real de su alejamiento tenga que ver con la conversión del fascismo en instrumento de gobierno y su consiguiente burocratización. Vagliasindi pertenece a esa primera hornada de fascistas “románticos”, violentos y bravucones, formados en la guerra y que viven la vida como un parque de atracciones eterno, en el cual los cuatro años de Fiume son el número principal. Vagliasindi quiere acción y, consecuentemente, se marcha a África Oriental como “pionero”. Pasa después a Yemen con un cargamento de armas para los nativos que luchan por su independencia, pero la intervención británica frena también esta aventura. No volverá a Italia. El dossier sobre su caso habla de unas cartas escritas a Mussolini en un “tono muy duro”. Sigue relacionándose con su familia, sobre todo con sus padres y su hermano, que tras dejar el ejército se convierte en directivo de la Banca di Milano. Dos primos suyos se convierten en prebostes fascistas sicilianos, pero él los desprecia. Da la impresión de que Vagliasindi es tolerado por Mussolini como un antiguo camarada excéntrico, excesivo y no demasiado inteligente. Se le sigue pagando su pensión de teniente coronel y durante su estancia en Francia se relaciona con personal de inteligencia de la embajada italiana en París. De hecho, en 1930 es expulsado del país galo acusado de “espionaje”, aunque él se defenderá aduciendo que ha sido víctima de una trampa tendida por la OVRA, la policía política fascista. Tras pasar por Bélgica (donde monta un salón de juego), se instala en Sitges en 1933, llevando una vida retirada, alternando con mujeres y acudiendo una vez al mes al consulado italiano para recoger su pensión. En julio de 1936 se presenta en el centro de reclutamiento de la CNT y se hace miliciano: ¿es un espía? Podría ser. O tal vez, sencillamente, Vagliasindi se aburre y quiere volver a experimentar la adrenalina del combate. En todo caso, cuando le piden que explique con detalle cual es su postura política, su respuesta no puede ser más d´annunziana: “Me ne frego!” (Me importa una mierda, vamos). Tras su vuelta a Barcelona (coincidente con la conversión de las columnas anarquistas en las divisiones 26ª, 27ª y 28ª del Ejército Popular Republicano), monta con un polaco una fábrica de bombas de mano artesanales: Vagliasindi no para quieto.
5- El prisionero Vagliasindi.
Con semejantes antecedentes lo milagroso es que los órganos de seguridad republicanos no fusilen a Vagliasindi allí mismo. Las conclusiones que sacan de su personalidad son reveladoras: “es un hombre valiente, pero no es un buen estratega: no piensa antes de actuar”. “Es fiel, de eso no hay duda: fiel al rey de Italia, fiel a D´Annunzio y ahora fiel a “sus anarquistas”, a los que dice haber cogido cariño”.
Traducción del informe elaborado por el SIM. El original está en alemán, lo que hace suponer que el aparato de seguridad de los Internacionales se tomó muy en serio el asunto (gran parte del servicio de inteligencia de las Brigadas estaba en manos del KPD alemán. Algunos de sus investigadores aplicaron después lo aprendido en la Stasi de la Alemania Oriental). El último párrafo sobre su infidelidad hacia las mujeres en contraste con la que muestra a sus antiguos camaradas es impagable. (RGASPI, Fondo 545)
Propone a los interrogadores del SIM (de verdad, pagaría por ver sus caras en ese momento) montar una unidad de operaciones especiales sobre el modelo de los Arditi. No se toma una decisión definitiva sobre su caso y va pasando de prisión en prisión (Barcelona, Segorbe, Girona). Finalmente, en enero de 1939, con el derrumbamiento del frente de Cataluña, cruza la frontera con un grupo de prisioneros y es liberado en Francia. ¿Qué hace Vagliasindi? Pues ni corto ni perezoso vuelve a cruzar la frontera por Le Perthus y llega hasta Girona, donde, en abril del 39, con la guerra recién terminada y en mitad de una represión feroz, es detenido por las tropas franquistas.
Ahora viene lo raro: hasta este momento todo podría hacer pensar que Vagliasindi es un espía italiano, un tanto excéntrico, pero espía a fin de cuentas. Y como tal lo lógico sería esperar que los vencedores le diesen un trato acorde con ello. Sin embargo ocurre lo contrario: Vagliasindi es sometido a un consejo sumarísimo de guerra, acusado de haber combatido con la columna Durruti y de haber ayudado al esfuerzo de guerra republicano (parece que sus granadas caseras funcionaron bien). No lo condenan a muerte porque es quien es, pero lo sentencian a cadena perpetua, rebajada unos meses después a 20 años de prisión. Es una pena dura frente a la que Mussolini no mueve un dedo. Vagliasindi está preso en la Modelo de Barcelona, Salamanca, Guadalajara y Alcalá de Henares por lo menos hasta 1943. Se escribe regularmente con su padre, el anciano general Casimiro Vagliasindi, que le escribe pulcras tarjetas postales desde su Catania natal. Hay intentos, por parte de círculos militares (ex compañeros de armas suyos y de su padre) para que Mussolini interceda en su liberación, pero estos no dan resultado. Su nombre aparece en la Causa General como uno de los “responsables” de las operaciones militares en Sitges.
Vagliasindi en la pomada desde el primer momento. Causa General (Legajo: 1603 Caja: 1 Exp.: 6 Folio: 65)
6- Final.
El único dato posterior sobre Pietro Paolo Vagliasindi, es que muere en 1961. Podemos suponer que fue liberado tras la caída de Mussolini: su familia, bien conectada con la monarquía, podría haber hecho valer ante el gobierno de Badoglio la condición de antifascista sobrevenido de Pietro Paolo y que el gobierno de Franco, visto el curso que iba tomando la guerra, no se resistiese demasiado a su liberación (y la de otros presos italianos).
Postal de la familia a Vagliasindi versión antifascista prisionero. (De nuevo, original de aquí)
¿ Y qué fue de Vagliasindi en sus últimos años? Lo más lógico sería suponerle una vida tranquila en su Sicilia natal, sobreviviendo cómodamente con su pensión de militar y además con la vitola de antifascista heroico, siempre mujeriego y probablemente excesivo. O no. También es perfectamente posible que Vagliasindi no pudiese adaptarse a la vida tranquila de burgués retirado y que, a pesar de sus cincuenta y bastantes años, decidiese seguir buscando la aventura. ¿Y si emigró a América Latina? ¿Es tan descabellado imaginarse desembarcando en el puerto de Montevideo, a fines de los años cuarenta, un señor italiano alto, fornido, de porte inequívocamente militar, dispuesto a comenzar una nueva vida en L´America?
Todo es posible con un personaje como Vagliasindi: lo mejor y lo peor y eso hace que me resulte simpático, a pesar de todo, así que cerraremos esta historia con un final feliz, como a él le hubiese gustado, desapareciendo mientras pilotaba un avión sobre el Amazonas, con una bella condesa como copiloto, durante una tormenta tropical. No se merece menos.
Uno de los lujos de mi emigración es que puedo ir en bicicleta al trabajo. Si no hay lluvia, tiro por la Rambla y a veces compito heroicamente con los buques que avanzan perezosos por el Río de la Plata, negociando la entrada al puerto. Luego, una vez derrotado, me adentro en la calles del Centro rumbo a la oficina y caigo en que que ya llevo cuatro años y medio aquí. Y entonces me da por hacer listas como esta, tan desordenada como placentera.
1. Montevideo (2013-...)
Al principio Montevideo me costó. Hablaba bien de ella porque apreciaba sus virtudes, pero la verdad es que me retraía lo que percibía como una cierta falta de carácter. Poco a poco comencé a entender que esta es una ciudad bipolar (Río de Janeiro en verano, Pontevedra en invierno) y ciclotímica (melancólica los domingos por la tarde, exuberante en la esquina donde irrumpe la cuerda de carnaval). Es una ciudad discreta y respetuosa, con la que puedes convivir durante años como con un vecino tranquilo al que saludas con educación al cruzarte en el portal, sin llegar a saber mucho más que su nombre.
Montevideo te exige poco, se adapta mucho y, discretamente, te va conquistando. Lo hace con pequeñas cosas: sus calles arboladas, las arquitecturas exquisitas que sorprenden en cada calle, los tremendos atardeceres, sus parques siempre multitudinarios o el olor a asado los domingos por la tarde.Y llega una mañana en que uno se detiene sin motivo, se baja de la bici y se sienta en un banco de la Rambla sintiendo un afecto enorme por esta ciudad, a la que sé que, un día, echaré de menos con lealtad, intensidad y un punto de cariño.
2. Guatemala (2004-2010)
Ciudad de Guatemala es un animal incansable y terrible. En ella vi, por primera vez, qué le hace la muerte a las personas y estuve frente a la mirada ciclópea de una automática que sopesó si sí o no durante diez segundos eternos: ahí gane la lotería de mi vida. En Guate perdí gente y aun así estuvo a punto de convertirse en mi hogar definitivo. Con ella tuve una historia de amor y odio pasional, exigente, agotadora, a veces insoportable. Durante casi seis años disfruté y padecí un viaje interminable en una montaña rusa que al final me dejó, literalmente, fundido. Cuando me marche -sin querer hacerlo- sé que algo mío se quedó en ella, esperándome; también sé que si no me hubiera ido, ahora no sería yo y eso es algo que aterroriza y atrae a partes iguales.
3. Venecia (2001-2002)
Con Venecia, en cambio, el tópico se cumplió: fue un enamoramiento a primera vista. La ciudad de los canales es una amante generosa y fácil de llevar que me sorprendió desde el primer momento que bajé de un direttissimo Milano-Venezia y me siguió dejando estupefacto hasta mi último día en ella. No he caminado tanto en mi vida como en esos once meses y sus fines de semana, dedicados a perderme con una vieja guía Baedecker de principios de siglo y un bocadillo de prosciutto y mozzarella, siguen estando entre los mejores de la historia. En mi año veneciano crucé a tierra firme una sola vez, casi por obligación: no quería separarme de la ciudad ni un minuto y, cuando al final de todo me metí en un avión hacia Londres, no pude contener unos lagrimones del tamaño de sandolinos al ver el atardecer sobre la Laguna. Me juré que volvería y no he sabido hacerlo, incapaz de verme como un turista en unas calles que aun hoy siento como mías.
4. Londres (2002-2003)
Londres fue un desastre, por supuesto. Jamás la entendí y ella no me aceptó nunca. Teníamos ritmos distintos, intereses diversos y yo, en aquel momento, iba con demasiada nostalgia encima como para disfrutar una ciudad rápida, en plena ebullición musical, que vivía de noche y de un materialismo brutal. Nos despedimos como buenos amigos: eso fue todo.
5. Rotterdam (2001)
Rotterdam, en cambio, fue más honesta. Mar se fue a estudiar allí y yo me fui con ella, lo que me dio la oportunidad de vivirla mediante una serie de trabajos improbables para extranjeros sin papa de holandés. La asimilo a los largos caminos en bici hasta el puerto, la parte lúdica de su arquitectura o mi incapacidad de comunicarme con quienes vivían fuera de Rotterdam-Zuid. En ella me hice amigo de nuestros vecinos turcos, prometí no bañarme nunca más en el Mar del Norte y una tarde nos pilló un tiroteo en plena Witte de Witt Strasse, metáfora desagradablemente cercana de la primera grieta de un sueño multicultural que, en el fondo, nunca fue.
6. Pisa (1998-1999)
Mi primera ciudad extranjera, cortesía de una Erasmus, tiene el sanbenito de ser un mero decorado para turistas que caminan indiferentes en busca de su torre inclinada y dejan desiertas y silenciosas calles medievales y plazas renacentistas. También fue el escenario inmejorable de 10 meses de amores eternos, dramas pasajeros, descubrimientos literarios, iglesias románicas y excursiones de bici y vino a pueblecitos tan hermosos que parecían irreales. Pero Pisa, más que su arquitectura, es la gente con la que estuve. Tampoco he vuelto a verla, consciente de que solo una idealización salvaje puede hacerme recordar con una sonrisa la vía Fabio Filzi un lunes a la siete y media de la mañana, contigo mirando desde la ventana como me alejaba en mi bicicleta, aterido y feliz.
7. Spoleto (2000-2001)
Mi séptima ciudad, en cambio, definió toda mi estancia. Spoleto es un pueblo medieval en mitad de Umbría, protegido por una tremenda montaña que cruza uno de los puentes más irreales y hermosos que he visto en mi vida. Todo en ella parecía de cuento: la mole del castillo medieval construido por un cardenal español poco amante de la diplomacia, un arco romano que surgía de sopetón en mitad de una calle lateral, las fantásticas trufas de la zona convirtiendo cada plato en un festín o la sesión del cine Frau los miércoles a las 22:00h, mientras caía la nieve fuera y que contaba con la única asistencia de un servidor y una vieja señora muy elegante, envuelta en un abrigo de pieles que no se quitó jamás. Spoleto es, por motivos personales, un poco Finlandia y aunque he vuelto no he podido evitar sentir un ramalazo de pena al pasar mi mano por el viejo portón de Vía del Mercato 5, la que fue mi casa (y la que sin duda ha sido el lugar más cargado de historia en el que he vivido, con su torreón medieval desmochado y las paredes de tres metros de grosor), ahora ocupado por otro extranjero que se ilusiona presuponiendo una fidelidad que no existirá jamás.
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(De vez en cuando me da por escribir alguna cosilla para Marea Granate, una organización chula que forma parte de mi emigración).
Retornar es uno de los verbos en los que más pensamos quienes hemos emigrado. Lo conjugamos y nos lo conjugan de todas las maneras posibles: futuro, condicional o imperativo, dependiendo del momento, del ánimo o de la persona que tengamos enfrente. Retornar, descubrimos una vez asentados en nuestra nueva ciudad, da casi tanto miedo como emigrar. ¿Es el retorno equivalente a un fracaso? ¿Retornamos esperando retomar nuestras vidas en España y nos encontramos con una realidad distinta? ¿Seremos las mismas personas que se fueron? No olvidemos que el retorno es reencuentro, pero también implica el cara a cara con el desarraigo: yo, por ejemplo, tras cuatro años en Uruguay, soy un poco montevideano: siento como mía la Rambla que bordea el Río de la Plata, sé que primavera y otoño son los mejores momentos para perderse por la Ciudad Vieja, me duele el maltrato a la ciudad e incluso me alegro (en secreto y sin admitirlo nunca) cuando oigo a mis vecinas gritar exultantes a las cinco de la mañana el infaltable golazo que Uruguay le ha metido a algún improbable equipo asiático en un amistoso dominical.
Al mismo tiempo soy consciente de que, día tras día, se atenúa mi vallisoletanidad. Mis amistades siguen sus recorridos vitales, nuestras experiencias resultan cada vez menos homologables y entonces tiramos del combustible que proporcionan el cariño y los recuerdos compartidos. Es lindo, pero al final se corre el riesgo de que nuestras relaciones acaben como las estrellas muertas, oscuras y silenciosas, aunque sigamos viendo su luz muchos años después de que estas hayan extinguido por completo en una inercia de cariño anquilosado en el tiempo.
Quienes retornan, en resumen, lo hacen —lo haremos— en un equilibrio precario de alegrías y nostalgias, de reencuentros y pérdidas, pasando por la constatación dolorosa de un desarraigo alimentado por nuestra ausencia. Por eso es importante el relato social que se hace de nuestro posible retorno, y es aquí donde entran experiencias como “Volvemos”.
Estas navidades —cumpliendo con el tópico— viajé a España y mi familia, siempre atenta a todo lo que pueda tener que ver con una posible vuelta, me mandó un artículo del periódico local que anunciaba un encuentro de reflexión sobre el “retorno del talento” organizado por la asociación “Volvemos”, con la colaboración del Ayuntamiento de Valladolid, que auguraba, además, la inclusión de una partida para fomentar la vuelta de los “jóvenes vallisoletanos” que habían tenido que salir de la ciudad durante los últimos años.
El evento se hizo en una sala municipal, presidida por una mesa que ocupaban los ponentes. Fue una sensación curiosa, porque en estos cuatro años he tenido la oportunidad de conocer, presencial y virtualmente, a un montón de personas en mi misma situación, residentes en varios países distintos y, sin embargo, ese grupo de cinco señoras y señores no tenían absolutamente nada que ver con nuestra experiencia migratoria.
Durante una hora escuchamos las experiencias de un señor simpaticote, de unos cincuenta años, que trabajaba como expatriado en Arabia Saudí dirigiendo una planta desaladora; las vivencias de una chica, más o menos de mi edad, que llevaba un lustro largo en Bruselas, donde su pareja se había instalado como funcionario de la Unión Europea y que tenía un “emprendimiento” de joyería. Estaba una representante de la Confederación Vallisoletana de Empresarios, que nunca había emigrado a ningún sitio, pero que quería dejarnos muy claro —nos informó— de que estaban “muy ansiosos” de “incorporar jóvenes preparados con idiomas” a sus plantillas, porque al parecer resulta imposible “encontrar a gente que quiera trabajar en hostelería y que hable inglés o alemán”. Además había un señor del ayuntamiento que, con bastante buen criterio, habló más bien poco; y, como moderador, uno de los fundadores del colectivo.
A medida que se sucedían las intervenciones me iba invadiendo la sensación de que estaba asistiendo a un error garrafal: quien más habló fue la representante de los empresarios, que se quejaba de lo mucho que la crisis había afectado “a los emprendedores”. Había que ser competitivos, repetía, se necesitaba el talento de los jóvenes. Una chica levantó la mano, explicó que había emigrado a Alemania y que ahí recibía un sueldo bastante decente: ¿estaban dispuestos los empresarios locales a igualarlo? No, por supuesto, eso no era posible: volver es una inversión, nos explicó con paciencia, y eso implicaba, claro estaba, tener que “adaptarse a la realidad económica española”. Además, si íbamos a vivir con nuestros padres, los gastos que podríamos tener no iban a ser tantos.
De ahí todo fue cuesta abajo y sin frenos: el público se amotinó (nos amotinamos) y la organización cerró, llegada la hora (y con visible alivio) de un turno de intervenciones que era ya una sucesión de reproches. Los emigrantes nos fuimos a nuestras casas y los ponentes, junto con un “panel preseleccionado” se encerraron a deliberar recomendaciones que el ayuntamiento podría implementar para facilitar el retorno de marras. Prefiero no hacer ningún juicio sobre lo democrático del procedimiento o la legitimidad que puedan o no tener las conclusiones a las que llegaron.
En la puerta nos quedamos discutiendo un grupo de gente. Todos estuvimos de acuerdo en que los fundadores de “Volvemos”, emigrantes ellos mismos, no tienen malas intenciones, pero que de buenos propósitos está empedrado el camino al infierno. Su propuesta es la herramienta perfecta para privar a nuestra emigración de un componente esencial: su parte política. Ellos enmarcan el retorno en una lógica de mercado capitalista: no retornan personas, sino que retorna “el talento”. Es la continuación —quiero suponer que inconsciente— de la narrativa de que quienes nos hemos marchado lo hacemos todos por espíritu aventurero, somos todos jóvenes, estamos todas muy preparadas. Así, no retornamos porque sea nuestro derecho hacerlo, o porque las condiciones que han provocado nuestra emigración (la precarización, los recortes sociales, los hachazos a nuestros derechos) hayan cambiado. No: el mensaje perverso que subyace bajo la propuesta de “Volvemos” es que nuestro retorno se justifica en la medida que somos útiles económicamente, que somos un recurso, que nos hemos ido pero que, oye, nos hemos formado, hemos adquirido habilidades y ahora podemos ponerlas en práctica en nuestros lugares de origen.
Esa visión economicista, “emprendedurista” si se quiere, es injusta y peligrosa. Injusta porque simplifica nuestra experiencia migratoria y la descomplejiza: se olvida de quienes no somos tan jóvenes, de quienes tienen saberes que no pasan necesariamente por un título universitario, de quienes han vivido experiencias muy alejadas de lo que nuestra sociedad considera exitoso. Y es peligrosa porque en última instancia expulsa el acto de retornar de la esfera de los derechos para condicionalizarlo, supeditando la intervención de lo público a los anhelos de lo privado: ¿quieren nuestros empresarios locales camareros que hablen alemán? Muy bien, pues con el dinero de todas y de todos subvencionamos mudanzas, exoneramos de impuestos, amortizamos aportaciones a la seguridad social. Liberamos así a las instituciones de su obligación, por ejemplo, de garantizar servicios públicos completando plantillas mediante convocatorias de empleo y les damos la salida fácil de “fomentar el emprendimiento”. Si “volvemos” aceptando esos términos, equivale a “retornará quien se lo merezca” y por ahí —que quede claro desde ya— no vamos a pasar.
Termino; no tengo nada personal con la gente de “Volvemos”. Les reconozco la iniciativa y entiendo que cada uno tiene una visión distinta de las cosas, pero deberían pensar que lo que ellos perciben como una idea positiva e inocente (hacer de puente entre empresas que quieran contratar y emigrantes que quieran volver) contiene más niveles de lectura y acarrea consecuencias para todas y todos: hay caminos de vuelta que no llevan a ninguna parte.
La Ventanilla es una playa desierta, larga y hermosa. También es traicionera: Aura, la esposa de Paco Goldman, encontró la muerte en sus olas apenas dos años después de que nosotros encontrásemos el álbatros canadiense. “Trátenla con respeto”, nos advirtió El Gringo cuando nos dimos la mano para cerrar el alquiler del vochito rojo en Oaxaca. Le habíamos pedido recomendaciones de playas más allá de las muy turísticas San Agustinillo, Mazunte o Zipolite y el tipo, sin pensarlo, señaló La Ventanilla en el mapa. “Además tiene una sorpresa”, nos dijo con una sonrisa en su pesado acento tejano. “Vayan andando hasta el final y encontrarán un álbatros canadiense”. Con esa frase nos entregó las llaves y partimos: era el verano de 2005, Guatemala quedaba lejos y Madrid más aún. P. y yo nos habíamos encontrado en el DF, sin conocernos demasiado. Luego, más tarde, llegaríamos a ser amigos pero en aquel entonces no lo sabíamos: solo queríamos irnos juntos de viaje.
Cruzamos la Sierra Madre del Sur negociando carreteras sinuosas que miraban al abismo de los valles. Tomamos hongos alucinógenos con unos italianos de Brescia que vivían desde hacía treinta años cerca de San José del Pacífico. Llegamos a Puerto Ángel y tras el volante P. cantaba canciones del Buki mientras yo, que no sabía conducir, dormitaba admirando su cabello rubio contra el paisaje de manglares y dunas enmarcando un océano Pacífico totalmente distinto del que conocía. La arena era dorada, el agua de color celeste. Llevábamos dos botellas de tequila y teníamos todo el verano y todo México por delante.
“El álbatros canadiense” quedó como una frase fetiche entre nosotros, una respuesta sarcástica ante cualquier cosa que no supiéramos: ¿qué era ese pájaro que planeaba al atardecer sobre las ruinas de Monte Albán? Un álbatros canadiense. ¿Qué tendría el plato de carne pesadamente condimentada que habíamos comprado en una taquería a las afueras de Santa María Tonameca? Pues álbatros canadiense, seguro. La frase del Gringo solo tomó sentido el segundo día que pasamos, ya instalados en una cabaña de pescadores, en La Ventanilla.
Podríamos haber hecho el paseo en los caballos esqueléticos del ranchito, pero preferimos caminar. Anduvimos durante un par de horas, bañándonos con prudencia de vez en cuando, porque el Pacífico solo tiene eso de nombre. Cuando estábamos ya por dar la vuelta, P. señaló algo en la distancia, algo que brillaba contra el sol. Al acercarnos vimos que era un ala con un motor de hélice que surgía de la arena: un avión enterrado. Y un aparato grande, además: el motor todavía tenía la placa de fábrica: “Wright R-1820-76 Cyclone”. Nos hicimos fotos, descansamos bajo la sombra que proporcionaba el plano del avión y, cuando comenzó el crepúsculo, iniciamos el camino de vuelta admirando un cielo que se había transformado en una tormenta de oro y sangre.
Esa noche cenamos con la familia que nos alojaba corvinas recién pescadas, aderezadas con coco y picante. Aportamos una botella de mezcal, la última buena que nos quedaba y, mientras servían el líquido dorado en los vasos desportillados, P. preguntó por el avión. Siguió un silencio incómodo pero, poco a poco, fuimos reconstruyendo la historia. Había ocurrido en el octubre pasado, una noche sin luna. Los pocos habitantes de La Ventanilla estaban durmiendo cuando oyeron el estruendo de los motores: salieron a escuadriñar el cielo encapotado y vieron la sombra de un gran avión descender hasta posarse en la marea alta, como si fuera un barco. Cuando las hélices dejaron de girar y todo quedó en silencio, oyeron el sonido ensordecedor de un reactor haciendo pasadas sobre la playa, tan cerca, tan bajo que pensaron que los iban a bombardear. Se tiraron al suelo o se refugiaron en el manglar hasta que el avión invisible -probablemente corto de combustible- se alejó.
Con prudencia se acercaron al enorme bimotor. No había ni rastro de la tripulación. No se atrevieron a entrar en la cabina y probablemente hicieron bien: un par de horas después llegaron los todoterrenos, provistos con potentes focos. No eran menos de cuatro y todos estaban llenos de hombres armados. Sombreros tejanos, jeans ajustados, botas de piel de cocodrilo, camisas ceñidas, automáticas al cinto y cuernos de chivo en bandolera: el uniforme estándar del narco a mediados de los dosmiles. Alineados en la playa, mientras el cielo se desgarraba en un amanecer que les pareció especialmente bello, nuestros anfitriones estaban convencidos de que serían ejecutados allí mismo, pero no: los recién llegados entraron en el avión, salieron satisfechos y pidieron a los pescadores que vaciaran inmediatamente la bodega. Lo hicieron cortesmente, pero con esa educación que hace entender que es mejor no negarse. Eran fardos de cinco kilos, impermeabilizados gracias a la cinta adhesiva marrón que los envolvía. El aparato estaba abarrotado de ellos: la bodega de armas, el área de descanso de la tripulación, los pañoles de munición, incluso el pequeño compartimiento con el váter químico estaba hasta arriba de esos paquetes. Y sin embargo consiguieron vaciarlo antes de que llegasen los Federales que, todo hay que decirlo, se tomaron su tiempo. Cuando la ley hizo su aparición no mostró demasiado interés en averiguar qué había sido de la tripulación, aunque nuestro anfitrión nos aseguró que, para él, los habían devorado los cocodrilos del manglar (”malas bestias, un lugar chingado para entrar en la oscuridad y sin conocerlo”). Tampoco interrogaron a los pescadores y eso fue un alivio: cada uno guardaba un billete de cien dólares, nuevecito, que al terminal la faena les había entregado uno de los forasteros, algo mayor que el resto y que todos recordaban por la automática dorada con reservas de treinta balas que llevaba al cinto. “No vayan a hablar con los hijoeputas de los federales, porque ahí si que tendremos que volver”, les recomendó cariñosamente. Los pescadores, por supuesto, no lo hicieron.
El avión quedó abandonado en la playa. Le sacaron todo lo recuperable: la brújula, los instrumentos de vuelo, los cinturones de seguridad, el equipo salvavidas, la radio. Luego los escasos turistas se llevaron todo lo que no estaba atornillado e incluso un alemán loco que vivía en Mazunte vino un día con una burra y una llave inglesa para intentar llevarse la enorme hélice tripala, pero no fue capaz y acabó, añadieron riéndose, rojo como un cangrejo, quemado por un sol implacable.
Volví a La Ventanilla cinco años después. P. tenía otra vida y la mía en Guatemala acababa de terminar bruscamente. No era verano y del avión ya no quedaba prácticamente nada: se lo había comido la sal, la marea y el mar. Pero pude reconstruir su historia, la historia del Álbatros canadiense.
2. El avión.
El Grumman Albatross fue un hidroavión bimotor diseñado como resultado de las enseñanzas de la II Guerra Mundial como plataforma de lucha antisubmarina y avión de búsqueda y rescate. Era una bestia poderosa de 20 metros de largo y 30 de envergadura, capaz de llevar a seis tripulantes y diez pasajeros a 4.500 kilómetros. Fue un aparato popular en varias fuerzas aéreas, a las que llegó gracias a los programas de ayuda militar estadounidenses. Y, además de todo, fue un modelo longevo: los últimos ejemplares militares fueron retirados por Grecia en 1995, pero hoy en día se pueden encontrar varios volando en el Caribe y América del Sur. El Albatross de La Ventanilla, eso sí, no era canadiense, sino brasileño. Fue construido en 1950 como 49-074 y vendido a Brasil en 1958, donde permaneció hasta que fue retirado en 1994. Los brasileños lo vendieron a un particular que lo restauró con los colores de la Real Fuerza Aérea Canadiense y, con matrícula N97HU lo voló desde Colorado en diversos festivales aéreos durante los noventa. En 2003, al no poder hacerse cargo de su mantenimiento, lo vendió a un particular mexicano que lo registró al año siguiente como XB-JHH. El 10 de agosto de 2004 fue interceptado en un vuelo nocturno por aviones de la Procuraduría General de la República, probablemente volando desde Colombia, que lo dañaron lo suficiente como para obligarlo a amerizar en La Ventanilla. Reproduzco un artículo de ese mismo día, el único que he podido encontrar:
Obligan dos aeronaves de la PGR a un hidroavión a descender cerca de Puerto Escondido, Oaxaca; se sospecha que transportaba droga
JUCHITÁN, México, ago. 10, 2004.- Un hidroavión que presuntamente sería utilizado para actividades ilícitas, fue obligado a descender sobre el mar en la playa de La Ventanilla, cerca de Puerto Escondido, Oaxaca, por dos aviones interceptores de la Procuraduría General de la República (PGR).“Sí, otros dos aviones venían atrás, cuando se cayó primero en el mar, de ahí del mar salió a la playa, pues se encarreró y de ahí fue donde ya quedó”, comentó Jesús Aragón, un habitante de La Ventanilla.Según testigos, del hidroavión salieron al menos cuatro tripulantes que se dieron a la fuga poco después de amarizar, uno de los cuales fue detenido por elementos del Ejército mexicano y entregado a la PGR. Se identificó como Juan Meza y aseguró ser el mecánico de la aeronave.“Según la persona que declaró, dijo que había aterrizado ahí por causas mecánicas, se está estudiando esto. Estamos viendo las causas por las cuales aterrizó a ver si está cometiendo algún tipo de ilícito”, precisó Edgar Solís, subdelegado de la PGR. La PGR realiza peritajes a la aeronave para determinar si transportaba algún tipo de droga.Mientras tanto, decenas de elementos del Ejército mexicano y la Armada de México custodian la aeronave y realizan patrullajes a lo largo de más de tres kilómetros de playa para tratar de encontrar a las demás personas que se dieron a la fuga.“Estamos investigando la identidad de las personas que iban viajando con esta persona y cuál en si es el motivo del viaje y el acuatizaje, tenemos que esclarecer perfectamente el motivo. Pues al parecer son tres más", agregó el subdelegado de la PGR.“Yo llevé a mis hijos para ver el avión, porque querían ir y los llevé, como 15 metros nada más nos dejaron, que estaba prohibido. Pues los del Ejército”, dijo Pedro Escamilla, habitante de La Ventanilla.En su declaración ministerial, el detenido dijo que trabajaba para una productora de documentales de playa, sin embargo, la PGR no descarta que la aeronave pertenezca a algún importante grupo de delincuentes organizados.La aeronave con matrícula XB-JHH es de bandera canadiense y hasta ahora no se ha podido determinar su lugar de procedencia, ni tampoco su destino final.
Es la noche del 22 de junio de 1937 y un coche se detiene en mitad de la carretera que une Alcalá de Henares con Perales de Tajuña. No se ve un alma; del automóvil descienden cinco hombres que llevan a un sexto cogido de los brazos y se internan en el campo. Pasan unos minutos y se oyen dos detonaciones. El conductor, un francés de origen ruso que, como el resto de los participantes, es un agente del NKVD, memoriza nombres y hechos mientras espera tras el volante: unos días más tarde escribirá una nota breve, apenas dos líneas, contando los últimos momentos de Andreu Nin. Lo han sacado, horas antes, de un chalet que perteneció a Rafael Esparza, un diputado de derechas fusilado en las sacas del otoño anterior. Para engañar a sus custodios (agentes de la policía republicana), se han servido de un subterfugio: el arquitecto Luis Lacasa, disfrazado de capitán, ha mostrado dos órdenes firmadas por el coronel Rojo (falsa) y el coronel Ortega, director de la Dirección General de Seguridad (auténtica). Han montado a Nin en el auto y se han ido dejando dinero franquista, billetes de tren del lado sublevado y papeles varios que servirán para sostener que Nin ha sido, en realidad, “liberado” por la Quinta Columna. Juzik, un hombre de cabello negro, bigotillo fino y que habla español con un acento indefinible, conversa amablemente con Nin. Unos minutos después será el que le ejecute de dos disparos en la nuca. El cuerpo del dirigente del POUM no se encontrará jamás.
“Juzik”, c. 1936
II. MÉXICO, 1940.
Es la noche del 24 de mayo de 1940 y un grupo de hombres corre, maldiciendo, por las calles de la Colonia Coyoacán, en México D.F. Todos van armados y en su mayoría son españoles o, como el Pintor, han combatido en el ejército republicano. El asalto ha salido mal: quién iba a decir que los jóvenes norteamericanos que forman la guardia del Viejo iban a defender la casa con ese tesón. No hay nadie herido, pero los asaltantes saben que han fracasado y maldicen mirando de reojo al gringo, el infiltrado que debía abrirles las puertas y que se ha arrepentido en el último momento. Felipe, el líder del grupo, un tipo de pelo oscuro y bigotillo fino que habla español perfectamente, pero con un acento indefinido, lo arrastra mientras corre, sujetándolo de la cazadora de cuero, camino del cobertizo que ha servido como base operativa. Los demás, encabezados por el Pintor, se suben a dos automóviles y se dan a la fuga. Felipe arrastra al norteamericano hasta el patio de atrás, suena un disparo y después desaparece en la noche. El cuerpo semienterrado de Sheldon Harte será encontrado unos días después por la policía mexicana, que detendrá a varios de los participantes, aunque el Pintor podrá exiliarse en Chile. El fracaso del golpe activa el plan de reserva y tres meses después el Viejo será asesinado por Ramón Mercader. Para entonces Felipe habrá salido del país para establecerse primero en Santiago de Chile y, después, en Montevideo.
III. YUGOSLAVIA, 1953.
Es la noche del 25 de abril de 1953 y el Palacio Blanco de Belgrado está vestido de gala: el mariscal Tito recibe las credenciales diplomáticas de ocho nuevos embajadores ante la República Federal de Yugoslavia. Es una noche importante: tras la ruptura con Stalin (y con el resto del bloque soviético), la Unión Soviética ha intentado aislar a su antiguo aliado. La ceremonia de esta noche es una victoria para Tito y, consecuentemente, se ha cuidado hasta el último detalle. Entre los camareros que recorren la sala con bandejas llenas de copas de champán y las mujeres elegantemente vestidas, uno de los nuevos embajadores se mantiene aparte. Tiene el cabello negro, uno de esos bigotillos finos tan de moda en la época y calibra la escena, apuntando mentalmente las salidas, la distancia hasta las ventanas, el tiempo que le concederán para hablar con Tito y la posibilidad de establecer contacto físico con él. Tal vez pueda hacerse con una aguja llena de veneno, aunque lo más seguro sería dispararle dos veces en la cabeza. En ambos casos, Su Excelencia, D. Teodoro Castro Bonnefil, ministro plenipotenciario de Costa Rica en Yugoslavia y embajador en Italia, sabe que no conseguirá salir vivo. O peor: ha visto (y participado) en demasiados interrogatorios como para hacerse ilusiones de lo que le espera, precisamente, si no lo matan al instante. Morir no le importa tanto como que le hagan hablar, y con una mueca, el embajador Castro concluye que esa noche no se podrá hacer. Unos días después muere Stalin y la operación se detiene. El embajador Castro desaparecerá de improviso junto con su mujer y su hija: jamás volverá a saberse de él.
El mariscal Tito y el embajador de Costa Rica, Teodoro Castro, 1953.
Epílogo.
Estas tres historias son, en realidad, una sola y es real. Juzik, Felipe y Teodoro Castro son, en realidad, la misma persona. Su nombre real era Iósif Grigulevich, pero entre sus colegas del NKVD era más conocido como Griggs. Entre 1933 y 1953 Griggs fue uno de los “operativos especiales” más eficaces de Stalin. Su cometido era la eliminación de “literniks”, individuos condenados a muerte por el dictador y su capacidad para cumplir cualquier labor lo convirtieron en un personaje casi mítico dentro del submundo de los servicios secretos soviéticos.
Grigulevich desempeñó un papel muy importante en la represión estalinista en España. A partir de diciembre de 1936, los agentes del NKVD soviético en zona republicana dejaron de tener como prioridad la lucha contra los sublevados y sus aliados nazifascistas. El objetivo -órdenes de Moscú- pasaron a ser los troskistas, reales o imaginados. Bajo las órdenes de Alexander Orlov (SCHWED), Grigulevich y sus colegas eliminaron a brigadistas internacionales pertenecientes a partidos no estalinistas, a dirigentes anarquistas y, sobre todo, al máximo dirigente del POUM, Andreu Nin. Lo hicieron de espaldas a las autoridades republicanas, apoyándose en militantes del PCE como Lacasa o el coronel Ortega. Respondían solo ante Yehzov (el director del NKVD) y fueron despiadados y eficaces.
Más adelante Grigulevich coordinó el primer intento serio de asesinar al Viejo, como era conocido Trotsky en Moscú. El fracaso del asalto a su casa-fortín de Coyoacán activó el plan de emergencia, consistente en infiltrar a Ramón Mercader en su círculo inmediato. Mercader no fallaría.
Griggs pasó la guerra mundial entre Santiago de Chile y Montevideo, coordinando una red de sabotaje contra intereses nazis en América Latina. Voló, sobre todo, barcos argentinos que llevaban materias primas indispensables a un país neutral que las compraba por cuenta de los nazis: España. En ese periodo consiguió que un militante del Partido Comunista de Costa Rica (hay de todo en este mundo) utilizara su influencia para concederle la nacionalidad de dicho país. Más adelante, instalado en Italia, consiguió ser nombrado embajador en Roma y Belgrado.
El final de la historia de Grigulevich es inesperado: con la muerte de Stalin, junto a decenas de colegas que habían hecho demasiado, es destinado a un retiro dorado. Escribirá 58 libros, sacará un doctorado y será nombrado miembro de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética. Vivirá en Moscú, vecino de Luis Lacasa, hasta su muerte en 1988. Fue enterrado con honores militares y nunca pagó por sus crímenes.
Estoy haciendo biografías en Wikipedia de todos los agentes del NKVD que operaron en España y sus colaboradores bajo las órdenes de Orlov. Los datos salen de los archivos del FSB ruso, citados por Costello y Tsarev en “Deadly Ilusions” y por Boris Volodarsky en “Stalin´s Agent: the life and death of Alexander Orlov”. Si estáis interesados, haced click en cada nombre: sus vidas dan para hacer varias novelas.
De pilotos, princesas y marinos: el Cementerio Británico de Montevideo
Nada más llegar a Guatemala mi amigo Luís, periodista y hombre sabio, estableció que la mejor forma de conocer una ciudad era visitando dos lugares: los mercados y los cementerios. Doy fe de que tenia razón y durante seis años cumplí con una especie de ritual privado en cada pueblo que visitaba, sentándome con una Gallo a ver pasar el mundo en la feria de, no sé, Barillas y visitando después el camposanto de la localidad. Y descubrí sitios imprescindibles, como el fantástico cementerio de Xela, con sus lápidas decaídas de los alemanes, británicos, suizos y holandeses que hicieron de la ciudad una Manaus centroamericana (y de paso casi consiguen independizar el estado de Los Altos, pero esa es ya otra historia).
Así que, desde que emigré a Montevideo, tenía ganas de ver los cementerios de la ciudad empezando por el Británico. Porque los ingleses, hay que reconocérselo, tienen habilidad para crear camposantos interesantes y, habida cuenta de la intensa relación entre Gran Bretaña y este pequeño país durante los últimos dos siglos, raro sería no encontrarse alguna buena historia. Como veréis, intuición plenamente acertada la mía:
1. A los Cementerios se va en bici:
Y por la Rambla, con el Río de la Plata a tu derecha y el viento soplando fuerte, todo recto hasta llegar a Malvín. El cementerio está a dos cuadras del río, en una zona tranquila que desemboca en General Rivera, una de esas inacabables avenidas montevideanas que cambia radicalmente según el sector que atraviese: aquí ya empieza a convertirse en una somnolienta caricatura de si misma, pero sigue teniendo aún un montón de tráfico. Las puertas del camposanto están abiertas. Te da la bienvenida un monolito en honor de la reina Victoria levantado, como no, con motivo de su muerte. Bajo su mirada escéptica, camino con la bici de la mano ,que luego dejaré apoyada en una sombra cualquiera.
2.- Guerras lejanas.
La fortuna del Uruguay mítico que se llamó “la Suiza de América” viene en gran parte del comercio de carne enlatada durante la Gran Guerra. El Frigorífico de Fray Bentos, ahora museo industrial y proximamente Patrimonio de la Humanidad, llegó a convertirse en un lugar mítico para millones de soldados aliados en el Frente Occidental, hasta el punto de bautizar uno de losprimeros tanques con su nombre (y lo de “carne enlatada” aplicado a esas máquinas de aspecto prehistórico y terrible no deja de tener una gracia relativa). La colonia británica en Uruguay mandó también a sus jóvenes a luchar y morir en trincheras lejanas. Encuentro la tumba de George Oldham, que pasó el Océano para hacerse matar con 23 años en agosto de 1918, durante la ofensiva final aliada en Bélgica y Francia. Pronto y lejos: dos de las peores maneras de dejar este mundo, y no puedo evitar un sentimiento de tristeza pensando en la idea de un anglouruguayo agonizando bajo el sol en un verano que no era el suyo.
3.- Tally Ho!
Una de mis aficiones más o menos inconfesables es la aviación. Y en particular, la de la II Guerra Mundial. Y más en particular todavía, la historia de esos pocos que salvaron a tanta gente, que decía Churchill: los pilotos de la RAF británica que, cuando todo parecía perdido, le rompieron los dientes a los nazis durante la Batalla de Inglaterra en el verano de 1940, sirviéndose de sus Spitfires, uno de los aparatos más bellos y terribles creados por el ser humano, cortesía del gran R. J. Mitchell (cuya historia también merecería ser contada, por supuesto). Así que imagínense mi alegría al descubrir la lápida de J.J. Hyland, que con 19 años abandonó su Uruguay natal para alistarse como piloto voluntario, sobreviviendo a cuatro largos años de guerra para volver, contarlo y morir a los 86 años de edad. Hylan no derribó ningún avión enemigo, y lo imagino más bien como uno de esos puntos anónimos y fiables, indispensables para guardar la cola de ases como Clostermann (que también escribía divinamente) o “Sailor” Malan (un sudafricano que se opuso al Apartheid con todas sus fuerzas). Debió hacerlo bien, porque volvió como miembro de la Orden del Imperio Británico al paisito. Vaya historias que debía contar en los asados familiares y que envidia, oigan.
4.- Corte Sconta, detta Arcana.
El “patio escondido, llamado Arcano” (que el viajero afortunado puede encontrar en Venecia) es el título de una de las mejores aventuras del imprescindible Corto Maltés. En el aparecen señores de la guerra chinos, oficiales zaristas tan leales como condenados a morir, bellas espías bolcheviques y princesas rusas exiliadas. Y una de ellas descansa bajo una lápida elegante con la única cruz ortodoxa de todo el cementerio, condensando en su vida buena parte de la historia del siglo XX. La condesa Thecla Orloff Davidoff hace honor a su impresionante nombre: nacida en 1869, fue la única hija del Baron de Staal, embajador de la Zar de Todas las Rusias ante la corte de St. James entre 1884 y 1902. Exiliada en Uruguay tras la revolución soviética -junto con los papeles privados de su padre, que editaría posteriormente-, podemos imaginarla paseando ya anciana, con un vestido elegante pero pasado de moda, por la rambla de Pocitos conversando en francés (el idioma de rigueur entre la alta nobleza rusa y el elegido para su lápida) con su marido, poseedor de uno de los apellidos más ilustres de la diplomacia europea. Exiliados, a fin de cuentas, y por mucho título rimbombante no muy diferentes en su nostalgia por una patria ya perdida a los miles de republicanos españoles que, por poner un ejemplo, llegaron a Uruguay durante los últimos años de vida de la condesa. Y es que las distancias siempre duelen igual, venga uno de donde venga.
5.- Reyertas de puerto.
Los puertos han sido siempre lugares interesantes…y peligrosos. El Cementerio Británico está lleno de testimonios de ello: marinos ahogados, muertos por fiebre amarilla o simplemente desaparecidos reposan para siempre lejos de las ciudades que los vieron partir. La mayoría de las tumbas fueron levantadas por sus compañeros, como gesto de recuerdo y buena voluntad en una época en la que morir a bordo era una posibilidad relativamente frecuente. La más impresionante de las lápidas en el llamado “Sailors’ Corner“, el rincón de los marinos, es sin embargo mucho más taxativa. Recuerda a un irlandés fallecido a los 41 años, o mejor dicho asesinado. La palabra “murdered” suena casi como a un desafío y resalta violenta e incómoda entre tanta cita de los evangelios o frases de buena voluntad. No he sido capaz de encontrar la historia de Frederick Harte, así que pasemos rápido sobre una reyerta de taberna y el arco plateado que describe el facón antes de herir mortalmente en una calle oscura de la Ciudad Vieja.
6.- El largo viaje de Isaac.
Gavur Izmir, “Esmirna de los infieles”, como era conocida en el Imperio Otomano por su preponderancia de griegos y judíos, era una de esas ciudades crisol que conformaron durante siglos el carácter del Mediterráneo hasta que fueron destruídas en la barbarie del siglo XX. Junto con Salónica, Trieste, Haifa, Alejandría, Orán, Venecia, Génova o Ragusa se articulaban por y para el comercio, en comunidades políglotas que establecían relaciones comerciales con otros puertos situados a miles de kilómetros. Eran ciudades de convivencia pacífica, dependientes de un anciano mar que ya no constituía el centro del mundo, pero que continuaba siendo imprescindible para el comercio entre Europa y Asia. Hoy día el viajero curioso puede paladear ese ambiente multicultural solamente en Gibraltar, y no deja de ser un pálido reflejo de lo que Isaac Samuel conoció durante su infancia y juventud.
La comunidad hebrea de Uruguay ha sido tradicionalmente compacta y potente. Yo vivo en el equivalente al barrio judío de la ciudad, conformado en torno a un par de caros colegios privados en torno a los cuales no es raro ver a hombres jóvenes con la kippa y adolescentes algo desubicados con inquietantes sudaderas de las IDF, el ejército de Israel. Sin embargo, la obsesión por la seguridad no es tan agobiante como en otras comunidades judías y su relación con el resto de la sociedad uruguaya es cordial, sin fanatismos evidentes. Tal vez uno de los primeros en llegar fue Samuel Isaac, que viniendo de Smirna debía hablar bien el griego y tener alma de comerciante. Murió joven, pero tuvo suerte: once años después de su fallecimiento, la gran Esmirna fue devorada por un enorme incendio intencionado tras ser reconquistada por las tropas de Atatürk en 1922. Entre 10.000 y 100.000 habitantes griegos y judíos fueron masacrados, en un episodio de limpieza étnica que se repetiría con alarmante regularidad al menos hasta las guerras de Yugoslavia de principios de los noventa y que constituye uno de los grandes dramas de la nuestra historia contemporánea. Lápidas como esta nos permiten, y es algo importante, no olvidar.
7.- El Cercano Oriente.
Una gran migración desconocida, al menos para mí, es la que llevó a centenares de miles de chinos, japoneses y coreanos desde Extremo Oriente al continente americano en la segunda mitad del XIX y la primera del XX. Su vertiente estadounidense es la más popular, aunque solo sea por las imágenes de los coolies chinos deslomándose en la construcción del ferrocarril transcontinental (o de personajes como Mr. Wu en la fantástica “Deadwood“, otra joya de HBO que ya están tardando en ver) . Una versión posmoderna absolutamente hermosa es la que nos cuenta el gran Wong Kar-Wai en una de sus mejores pelis, Happy Together. Sospecho que la historia de quienes ocupan esta tumba, sin embargo, está lejos de ambos extremos. A diferencia de otras lápidas de familias japonesas situadas en la misma área, esta no está resuelta en español y es decididamente más sobria. Uno casi pensaría que marcial y no se puede menos que imaginar la historia apócrifa de una anciana familia samurai venida a este lugar del mundo después de alguna Restauración Meiji o una guerra perdida, pero si alguien sabe japonés tal vez pueda pensárselo antes de romper la ilusión: la realidad es siempre bastante menos interesante.
8.- Y un pequeño misterio.
El Cementerio Británico, ya lo hemos visto, es políglota: aparte de los súbditos de Su Majestad, hay norteamericanos, alemanes, holandeses, judíos más o menos errantes, rusos, húngaros o japoneses. Sin embargo, este obelisco de granito rojo me dejó con un buen misterio para resolver: ¿en qué lengua está la inscripción que lo adorna? En un principio pensé en el húngaro, pero tras dar un par de vistazos más (ante la mirada llena de sospecha de uno de los guardas, alarmado ante las tres horas largas que llevaba fotografiando tumbas entre exclamaciones de admiración), no lo tengo tan claro. Tal vez se trate de armenio, aunque solo sea porque el estilo me recuerda, bastante arbitrariamente, al monumento que vigila la entrada de la imperdible Fundación Gulbenkian en Lisboa. Quien sabe, y por no romper el encanto, renuncio a guglearlo confiando en que algún amable lector, o lectora, pueda sacarme de las dudas.
.- Epílogo.
Con los cementerios pasa lo mismo que en los museos: tras un par de horas, el observador atento acaba ligeramente mareado, con un pie y medio en un mundo interior y separado de la realidad por el silencio ensordecedor. Y además, en mi caso, con bastante hambre.
Mientras pedaleaba hacia el risotto que, previsoramente, había dejado medio preparado en casa -tan solo falta añadir con cuidado el caldo vegetal sobre el arroz-, el sol, la brisa y el destello del río disipaban a marchas forzadas cualquier resto de melancolía, sustituyéndolo por una certeza eufórica: mola estar vivo. Cada minuto es una maravilla, cada momento resulta totalmente disfrutable. Y no hace falta ser un as de la aviación, un Lord Jim redimido o una atractiva aristócrata exiliada: me conformo con mi condición de emigrante postcrisis en una Montevideo cada vez más familiar y querida.
(Entrada publicada en mi fenecida web allá por 2014).
La historia del sargento Carter, el héroe norteamericano que luchó en Teruel.
Ya hablamos por aquí de Bill Aalto, brigadista, poeta y gay. Hoy toca otro héroe improbable: el gran viaje del sargento Carter.
Edward Carter nace en Los Ángeles en 1916, hijo de dos misioneros metodistas que se trasladan a Shanghai cuando todavía es un bebé. Allí pasará Carter toda su infancia y parte de su adolescencia. Es un buen lugar para hacerlo, porque en los años 20 constituye el escenario perfecto para una aventura de Corto Maltés. La ciudad, con una abrumadora mayoría de población china, está dividida en concesiones internacionales con sus propias leyes, colegios y policías. Además está llena de rusos blancos recién exiliados tras la Revolución de Octubre, comerciantes británicos, aventureros franceses, espías japonesas y, por supuesto, misioneros norteamericanos. A toda esta diáspora se unirán, desde 1933, 30.000 judíos europeos que huyen de la barbarie nazi y que no han sido admitidos en otros países.
Shanghai en 1930. La retícula coloreada son las concesiones internacionales.
El resultado es que Carter aprenderá, desde muy pequeño, a hablar chino mandarín, alemán y el idioma de su madre, hindú. Sus padres, además, lo matriculan en una escuela militar con la esperanza de disciplinar un carácter inquieto, logrando que desde muy joven se interese por todo lo que tiene que ver con la guerra. Por último no hay que olvidar que Shangai es una ciudad ocupada en la que los chinos, sus habitantes originarios, son tratados como ciudadanos de tercera categoría y relegados a limpiar y servir. Carter se convierte en testigo privilegiado de un microcosmos social racista y clasista como pocos, adquiriendo muy pronto una fuerte conciencia social. Él mismo, con su madre originaria de la India y su padre afroamericano, experimenta en primera persona el peso de la discriminación y eso es algo que nunca va ni a olvidar ni a tolerar.
En 1931, con quince años, Carter escapa de su casa para alistarse en el ejército chino, que resiste como puede la agresión japonesa y necesita urgentemente mandos calificados. Cuando está a punto de ser ascendido a teniente sus superiores descubren que es menor de edad y lo devuelven a sus padres. La experiencia le dejará huellas profundas, incluyendo una de carácter espiritual: mucho más tarde contará que una noche, estando de guardia, le visitó un espíritu anunciándole su destino: “serás un gran guerrero, pero no morirás en combate”. Una profecía que se cumplirá a rajatabla, como veremos. Esta espiritualidad marcadamente oriental es fruto de una educación marcada por el contacto constante con la cultura china; permanecerá con él durante toda su vida y será uno de los rasgos más exóticos y característicos de Carter.
En 1936 vuelve a Estados Unidos, ahorrándose ver la conquista de la ciudad que lo ha visto crecer a manos de los japoneses un año después. Encuentra trabajo como marinero, pero el 18 de julio estalla la Guerra Civil española y el eco del conflicto alcanza todos los lugares del globo. El joven Carter, con 20 años recién cumplidos, se alista en las recién creadas Brigadas Internacionales y más concretamente en el Batallón Lincoln. El Lincoln, adscrito a la XV BI, está formado por norteamericanos antifascistas y se distingue por ser la primer unidad militar estadounidense completamente integrada, en la que el color de piel no supone un factor de discriminación y donde los soldados de raza negra pueden ascender a oficiales y tener mando sobre sus compañeros blancos, algo impensable en cualquier otro ejército del mundo. Carter, que ascendió a cabo, debió tomar buena nota de ello.
Soldado norteamericano del Lincoln Battalion en 1938.
Su estancia en España es un misterio. Como tantos otros brigadistas se alistó con un nombre falso que ignoramos. Por lo que contó años después combatió en el frente de Teruel y fue capturado en combate; consiguió fugarse durante un traslado y volver a las líneas republicanas, escapando así de un fusilamiento casi seguro. Abandonó España en 1938, coincidiendo con la decisión de la República de retirar las Brigadas Internacionales, siendo repatriado vía Francia. No iba a ser, ni mucho menos, el final de la lucha de Carter contra el fascismo.
No volvemos a saber de su vida hasta setiembre de 1941, cuando se alista como recluta en el ejército norteamericano. Corren vientos de guerra y tres meses después el ataque japonés a Pearl Harbour supondrá la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. Carter tiene, a estas alturas, una considerable experiencia bélica y eso hace que ascienda con rapidez al rango de sargento. Sin embargo el panorama es muy diferente al que vivió en el Ejército Popular republicano y es que las fuerzas armadas norteamericanas están completamente segregadas. Se organizan en un sistema según el cual los soldados negros son destinados a unidades negras, alejados de sus colegas blancos. Los escasos oficiales de color solo tienen mando sobre soldados de su misma raza y lo normal es que el mando superior esté detentado por oficiales blancos.
Aun peor: el establishment bélico norteamericano en 1941 es, como el conjunto de la sociedad, fundamentalmente racista y parte de la base de que los soldados negros son cobardes por naturaleza, incapaces de combatir bien y con una tendencia natural a la indisciplina y la deserción. Por ello no se asignan unidades negras a las tropas de combate, sino que se las relega a tareas de segunda línea: su guerra es la de los cocineros, los mozos de almacén, los estibadores en los muelles o los conductores de los convoys de avituallamiento. Para un tipo como Carter, que ya llevaba dos guerras a sus espaldas, tuvo que suponer una amarga experiencia.
Su oportunidad, sin embargo, llegaría en 1944 tras la Batalla de las Ardenas, la última ofensiva del ejército nazi. En un momento en el que la guerra parece a punto de terminar y con Alemania casi liquidada el ejército norteamericano se mete, paradójicamente, en serios problemas.
Las bajas de esos últimos meses de conflicto, durante los cuales han combatido a cara de perro contra un enemigo cada vez más fanatizado tanto en Europa como en el Pacífico, sumadas a los cuellos de botella en el proceso de adiestramiento de los nuevos reclutas provocan una grave escasez de hombres en las unidades de primera línea. El comandante supremo aliado, Einseihower, necesita soldados capaces de combatir, y los necesita desesperadamente. Entre otras medida de emergencia se decide recurrir a los soldados de raza negra que llevan relegados toda la guerra: les ofrece ser transferidos a unidades de primera línea con efecto inmediato.
Segregación en el campo de batalla: un oficial (blanco) pasa revista a la tropa (negra) en los últimos meses de guerra. La insignia del búfalo que lleva el primer soldado a la derecha los identifica como miembros de la 92ª División de infantería, que liberó gran parte del noroeste de Italia.
La respuesta es abrumadora y Carter está entre los primeros voluntarios. A cambio tiene que aceptar una doble degradación: le privan de su grado de sargento convirtiéndole en soldado raso (porque, recordemos, un negro no puede en ningún caso dar órdenes a un blanco) y renuncia a su puesto de guardaespaldas del general Patton, uno de los comandantes aliados más despiadados y hábiles del conflicto, que lo había incorporado a su guardia personal impresionado por sus habilidades.
El panorama que Carter y sus compañeros se van a encontrar no es alentador. A principios de 1945 faltan apenas cinco meses para que Hitler se suicide en su bunker de Berlín y concluya la guerra en Europa. Se combate en Alemania y los nazis, conscientes de que no tienen salida, se defienden con uñas y dientes. Son soldados profesionales, formados y fanatizados en su inmensa mayoría bajo el régimen nacionalsocialista, producto acabado del estado más totalitario de la historia de la humanidad. Desde pequeños los jóvenes alemanes han sido encuadrados en organizaciones paramilitares como las Juventudes Hitlerianas; les han adoctrinado en el paradigma de una sociedad militarista y han sido enseñados a obedecer ciegamente sin cuestionar las órdenes que reciben. Como colofón han pasado por un servicio militar obligatorio de dos años en uno de los ejércitos más eficaces del planeta y, en su mayoría, poseen experiencia de combate tras casi cinco años de conflicto. Por si fuera poco ahora defienden su país y lo hacen, como dirá más adelante un general norteamericano con amarga admiración, “con eficacia, dureza y crueldad”. Nada que ver con los compañeros de Carter, ciudadanos-soldado de una democracia liberal, provenientes de una sociedad relativamente abierta, sin servicio militar obligatorio y que, además, sienten la victoria al alcance de la mano. Las tropas norteamericanas, seguras de su superioridad numérica y su abrumadora supremacía en recursos de todo tipo, se encuentran ante un sentimiento muy comprensible: nadie quiere ser el último en morir en una guerra que ya está casi ganada. Combaten valerosamente, cierto, pero en igualdad de condiciones no son adversario para las endurecidas tropas nazis. Y lo peor es que unos y otros lo saben.
Raymond Bowman fue uno de los últimos soldados norteamericanos caído en Europa. Fue abatido por un francotirador en Leipzig, en abril de 1945, unos días antes del fin del conflicto. Un fotógrafo llamado Robert Capa estaba a su lado y sacó una de las secuencias más duras de toda la guerra.
Lo sabe también Carter, pero él tiene claro que con un fusil en la mano no es inferior a nadie, por muy ario que sea. Lo ha demostrado en China y en España y volverá a hacerlo (y de qué manera) en las frías llanuras del norte de Alemania. Hará historia el 23 de marzo de 1945. Ese día el ex sargento Carter, de 28 años, avanza con el resto de su unidad negra, que ha sido agregada a la 3ª División Acorazada. Lo hacen montados en los carros de combate Sherman cuando, de improviso, reciben una granizada de fuego que detiene la columna en seco y deja varios tanques fuera de combate. Hay niebla, no se ve nada pero hay que averiguar, exactamente, de donde procede el fuego enemigo para poder pedir apoyo aéreo y artillero así que se piden voluntarios. Carter, como es habitual en él, no se lo piensa y junto a tres compañeros se desliza hacia las líneas enemigas. Consiguen localizar el edificio en el que están atrincherados los nazis, una gran nave industrial situada en una posición dominante, pero cuando intentan retirarse para informar su suerte se agota: son descubiertos y reciben una auténtica tormenta de plomo bajo la cual dos de los jóvenes soldados mueren instantáneamente y un tercero resulta herido. Carter, el último de la partida, carga con su compañero llevándolo a toda velocidad hacia un pequeño terraplén y, para protegerlo, atrae el fuego corriendo en zigzag hacia una hondonada situada a unos metros de las posiciones alemanas, desde donde devuelve el fuego. En diez minutos, a base de granadas, deja fuera de combate dos nidos de ametralladoras y una posición de morteros pero a cambio recibe tres balazos en el brazo izquierdo y un cuarto en la pierna. Carter se tumba en el suelo, toma dos pastillas de morfina para controlar el dolor y cuando se incorpora para disparar con su fusil M-1 es alcanzado por una granada que le estalla al lado, metiéndole tres pedazos de metralla en la espalda que le causarán dolores el resto de su vida.
Los alemanes están convencidos, bastante razonablemente, que lo han matado y deciden esperar a que caiga la luz para ir a rematarlo. Durante dos horas Carter, empapado en sangre, se hace el muerto: sabe que si continúan disparándole terminarán por matarle de verdad. Mejor esperar.
Pasa el tiempo y, de pronto, oye ruidos de hombres que avanzan. Los nazis han mandado, por fin, una patrulla de ocho soldados con la orden de traer su cadáver (o de rematarlo en el improbable caso de que continúe vivo). Carter pone con cuidado un cargador nuevo y aferra con su mano intacta el fusil. Cuando siente, con los ojos cerrados, que los soldados enemigos están a unos metros, levanta de improviso el arma y aprieta el gatillo con rapidez. A esa distancia no hay fallo posible: seis alemanes caen muertos en cuestión de segundos y los otros dos tiran sus armas y levantan las manos, en shock por lo que acaba de ocurrir. Carter sabe que, si se mantiene entre los alemanes capturados y el edificio, los nazis no dispararán para no herir a sus propios hombres, así que usa a sus prisioneros como escudo. Arrastrando la pierna ensangrentada los conduce hacia las líneas norteamericanas recogiendo en el camino a su compañero herido previamente y llegan a territorio seguro.
Allí, oficiales y soldados no dan crédito a la escena y alucinan todavía más cuando Carter, casi exánime, se niega a ser evacuado a un hospital hasta poner por escrito todo lo que sabe de la posición enemiga y aun le quedan fuerzas para interrogar, en alemán, a los dos soldados que ha traído consigo. Solo lograrán ponerlo en una camilla cuando se desmaya.
Sus superiores, impresionados, le recomiendan para recibir la condecoración más importante de Estados Unidos, la Medalla de Honor del Congreso. Se concede solo en casos excepcionales pero Carter la merece con creces y eso plantea un problema: es negro y los negros, en 1945, no reciben la Medalla de Honor del Congreso. ¿Motivo? El racismo imperante: ni un solo soldado de color recibirá dicha distinción durante la II Guerra Mundial (sin embargo, siete de ellos la recibieron en la I). Pero el heroísmo de Carter no puede ser disimulado y no queda más remedio que condecorarlo con la segunda medalla más importante, la DSO. Además, cuando termina la guerra, lucirá una Estrella de Bronce, un Corazón Púrpura (concedido a los soldados heridos en combate), la American Defence Service Medal, el Combat Infantry Badge y muchas otras citaciones, que tras sus nombres confirman algo simple: Edward Carter es un héroe.
El sargento Edward Carter tras recuperarse de sus heridas muestra sus medallas.
Y aun así le espera la mayor de las injusticias que sufrirá en su vida: al principio todo va bien. Carter ha recuperado su rango de sargento y tiene todas las papeletas para ver cumplido su sueño: permanecer en el ejército norteamericano, que además se va integrando a pasos agigantados, eliminando progresivamente las barreras racistas que lo dividían. En 1949 solicitará permanecer en las filas, con el plan de convertirse en oficial. Su historial de servicio es impecable y, sin embargo, Carter no sabe que está marcado. Ha defendido, con las armas en la mano, a la República española y ha combatido con el Batallón Lincoln. En el ambiente de histeria anticomunista propio del inicio de la guerra fría eso le convierte automáticamente en sospechoso de traición. Sin ninguna explicación, Carter es dado de baja del ejército: será el momento más amargo de toda su vida.
Sin embargo se rehará. Forma una familia, tiene hijos y consigue hacer una carrera vendiendo repuestos para automóviles. Morirá en 1963, en parte debido a las secuelas provocadas por sus heridas de guerra. Y ahí termina todo. O no.
Tres décadas más tarde, en 1993, el presidente Bill Clinton comienza a leer una lista de nombres en una solemne ceremonia que tiene lugar en el Despacho Oval de la Casa Blanca. El primero es el de Edward Carter. Acto seguido entregará un estuche negro a uno de sus hijos, que lo abre: es la Medalla de Honor del Congreso que Carter debería haber recibido medio siglo antes y que ahora, en un acto de memoria y restitución, el gobierno norteamericano le otorga con una doble disculpa oficial: por un lado, por el racismo que bloqueó su condecoración. Por otro, por la injusticia que supuso su baja en el ejército basándose en que había defendido la democracia y la libertad en España.
En la ceremonia estuvo presente la viuda de Carter, Mildred (de 81 años), pero fue su hijo quien recogió la medalla. Sentado el cuarto por la izquierda, hay que decir que es clavado a su padre.
Concluyo la historia de Edward Carter con un dato amargamente irónico: mientras que Estados Unidos honra su memoria (y la de otros brigadistas), reconociendo su lucha contra el fascismo en nuestro país primero y en la II Guerra Mundial después, España no tiene un solo espacio público que haga lo propio con Carter y sus compañeras y compañeros. Que sirva esto de pequeño homenaje a su memoria.
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En diciembre de 2015, Ana Fernández de Cosa, concejala de Izquierda Unida en Jerez de la Frontera se ganó una querella por decir en público que José María Pemán (tal vez el intelectual de mayor lustre que pudo exhibir el franquismo) era un “fascista, misógino y asesino”.
La denuncia partió de la familia, supuso la imputación -finalmente desestimada- de la concejala y acarreó un tsunami de reacciones por parte de los liberales de guardia. ¡Meterse con don José María! ¡El poeta nacional que, entre otras cumbres inolvidables, le puso letra al himno! ¡Hasta ahí podríamos llegar! ¿Qué será lo siguiente? -se preguntaban desde editoriales, columnas, tribunas, artículos y felípicas radiofónicas-, ¿privar al Vate Inmortal de las calles, plazas y espacios públicos dedicados a su memoria desde la dictadura?. Por supuesto que no: una somera búsqueda en Google Maps nos muestra que la presencia de Pemán en el imaginario público está más que asegurada y ay de aquel que intente cambiar la situación: nuestra prensa está, antorcha en mano, dispuesta a defender la Literatura patria del rojerío resentido.
Pero hace unos días la CIA desclasificó un montón de documentos y los subió a su página web. Si, ya sé que eso, en un país con una Ley de Secretos Oficiales que data de 1968 y que hace imposible el acceso a cualquier documento público, así hayan pasado ochenta años, parece ciencia ficción, pero en los países civilizados ocurre. No solo eso: con entrar en la página de inicio y usar el buscador uno se encuentra cosas curiosas. Cosas curiosas, por ejemplo, sobre José María Pemán.
Fisgando sobre las relaciones del franquismo y las dictaduras del Cono Sur, uno de los informes llamó mi atención: fue redactado el 7 de octubre de 1948 y desclasificado en diciembre de 2016. El título es prometedor: “Actividades de la Falange española en Argentina” y cuenta, en apenas una página, que un grupo de falangistas de renombre, encabezados por José María Pemán, visita el país austral en el marco de una campaña franquista para “estrechar lazos” entre la organización fascista española y sus equivalentes argentinas. El informe comenta que parte de esa campaña incluye hacer “propaganda anti-norteamericana”, que está financiada a través de un personaje vinculado a la Embajada de España en Argentina (ay, esos archivos de Asuntos Exteriores, que juego nos van a dar) y que, de momento, los resultados “no han sido muy satisfactorios”.
Lo interesante es la descripción de la delegación. José María Pemán, el Poeta Ilustre, es definido por la CIA de una manera demoledora:
“Notorio falangista implicado en espionaje pro nazi durante la II Guerra Mundial”. Toma ya. Espía para los nazis, ni más ni menos. Pero la cosa aun mejora al repasar quienes eran sus compañeros de comitiva: don José María iba acompañado - entre otros- por Carlos Ibarguren, “conocido por sus actividades pro nazis durante la II Guerra Mundial”; Rafael Alberto Arrieta, “pro nazi”; Carlos Obligado, “pro nazi” y, como guinda del pastel, un tal Langefelder que, ojo al dato, “trabajó con Goebbels en Alemania”.
Hay que reconocer que tenemos mérito. España es el único país del mundo en el que si lloraste con “La Lista de Schlinder” o te emocionaste con “El niño del pijama de rayas” te puedes luego dar una vuelta por una calle dedicada a un tipo que hizo lo posible porque la peli de marras continuase hasta nuestros días. Qué cojones: si hasta puedes ganar un premio homenajeando al interfecto, alguien que aplaudía el Holocausto con sus compañeros de gira.
En resumen, que le pese a quien le pese Pemán, en plena guerra mundial, no solo fue pro nazi, como el régimen franquista, sino que además, como el régimen franquista, colaboró activamente con la Alemania de Hitler. Y, por si a la Fiscalía le da por ponerse nerviosa, ojo que no lo digo yo: lo dice la CIA.
Camino a menudo por Ciudad Vieja, especialmente los domingos de invierno, cuando sus calles están aun más vacías de lo habitual. Me gusta hacerlo porque disfruto un montón con la arquitectura, un corte estratigráfico perfecto de la historia de Uruguay y sus gentes, contada por los palacios señoriales reconvertidos en museos, los edificios art decó que siguen funcionando como apartamentos o los grandes galpones cercanos al puerto, ahora en su mayoría vacíos y silenciosos.
Hay zonas más propicias que otras para dejarse perder y la calle Piedras es una de mis favoritas. Las bocacalles que salen de ella, formando manzanas cortas que bajan hacia el puerto, tienen el encanto especial de un cierto abandono y sus edificios no suelen ser muy conocidos. Una de ellas, la calle Colón, es un ejemplo paradigmático. Recorriendo sus últimos sesenta metros nos encontramos con un misterioso despacho que ocupa un antiguo edificio de oficinas y junto a él una vieja parrilla que ahora sirve como sede para la empresa de catéring que han montado dos compañeros de emigración españoles. Y, frente a su local, está la casa del armador griego.
Me llamó la atención desde la primera vez que la vi. No tanto por su arquitectura (una hermosa construcción ecléctica montevideana del primer tercio del siglo XX, con un aire inequívocamente francés) como por una figura poco habitual: presidiendo la fachada destaca el busto de una figura masculina vomitando agua por la boca. La casa, en bastante buen estado de conservación, está además cerrada a cal y canto: uno, que fantasea constantemente con la idea de vivir en todo edificio bonito con el que se encuentra, no puede por menos que sentir una punzada de curiosidad urbanística.
Lo primero es preguntar a los vecinos. Tras acechar pacientemente, intercepté a un anciano que bajaba paseando un perro casi tan viejo como él mismo. Fue muy amable y me contó que, efectivamente, la casa estaba deshabitada y que su dueño es un señor judío que posee una tienda un poco más arriba, en esa misma calle . Le di las gracias y, con optimismo, me recorrí Colón dos veces de extremo a extremo pero, como suele ocurrir, fui incapaz de dar con el misterioso propietario.
¿Quién había construido el edificio? Durante la semana siguiente me dediqué a investigar un poco en el catastro municipal. Logré el número de parcela y con él pude acceder a los últimos planos depositados en la Dirección Nacional de Topografía, que tiene un repositorio en línea muy útil para estas pequeñas perversiones:
Este plano nos cuenta dos cosas. En primer lugar, lo evidente: la distribución de la casa, articulada en dos pisos con azotea y entrepiso, pero manteniendo una clara vocación comercial en los dos locales de la planta baja. Es una construcción típica de zona residencial portuaria, con una intención estética clara que incluso hoy, décadas después, transmite prosperidad.
En segundo lugar, el plano nos da información que permite tirar del hilo: nos dice que la última propietaria fue una señora llamada Basilia Sicalos de Elefteriu y que el edificio fue levantado en 1921. Una búsqueda rápida en google no da resultados para ella, pero si para el apellido de su marido y, en última instancia, para comprender el significado de la (para mí) misteriosa figura de la fachada. Pero, para entenderlo, tenemos que viajar atrás en el tiempo:
Estamos en el año 1912 y Europa está metida en una espiral de imperialismo militarista que llevará, en menos de dos años, a una de las mayores carnicerías de la historia de la humanidad. En una pequeña isla del Egeo un hombre joven, llamado Stamatio, se despide entre lágrimas de su familia antes de abordar un buque que, vía Génova y Sevilla, le llevará a un mundo nuevo. Él es griego, pero su isla natal, Quíos, era territorio otomano desde hacía más de tres siglos. Situada a tiro de piedra de la costa turca, Quíos fue el escenario de una masacre tan horrible como olvidada en 1822 y tras esa experiencia la isla había languidecido bajo una ocupación brutal; comprensiblemente una parte importante de su población emigró hacia diferentes puertos del Mediterráneo, así que Stamatio, con su partida, seguía una diáspora secular.
Era un buen momento para irse, además: soplaban vientos de guerra en el Egeo. Los italianos habían ocupado las vecinas islas del Dodecaneso tras invadir Libia (nominalmente bajo soberanía otomana), mientras que, unas semanas después, las tropas del pequeño estado griego desembarcarían en la propia Quíos y la conquistarían tras una batalla breve y brutal. No sabemos si Stamatio partió antes, durante o después de estos eventos, pero las fechas hacen pensar que lo hizo con unas semanas de antelación, ya que Quíos pasó a ser griega en noviembre de 1912 y la temporada de navegación acaba en septiembre-octubre: es probable, por lo tanto, que nuestro protagonista emigrase en primavera o verano.
Stamatio Elefteriu llega a Montevideo ese mismo año y, viniendo de un archipiélago que ha dado marinos y armadores desde la antigüedad, comienza a trabajar en el puerto, probablemente proveyendo servicios marítimos. Y lo hace bien. Tanto que menos de diez años después puede permitirse una casa familiar elegante sin ser ostentosa y muy cercana al puerto en el que hace su fortuna. Además se ha casado con una chica también griega, miembro de la pequeña pero influyente comunidad helénica en el Uruguay. Y para dejar claro de dónde viene y a qué se dedica, Stamatio ordena esculpir un busto en la fachada: una figura masculina echando agua por la boca, la representación clásica del dios griego de los mares. Cuando paseamos por la calle Colón, lo hacemos bajo la mirada de Poseidón.
Es interesante la historia de los griegos que se convierten en orientales: como Stamatio comienzan a aparecer a principios de los años diez y como Stamatio proceden de las zonas más afectadas por la Primera Guerra Balcánica: las islas del Egeo Oriental y, tras la I Guerra Mundial, de las zonas helenizadas de Asia Menor cuya población fue parte de un brutal desplazamiento tras 1922 (destino similar al que sufrieron los turcos asentados desde hacía siglos en determinadas zonas de Grecia).
En 1916 la diáspora griega en Uruguay es lo suficientemente numerosa como para fundar una Colectividad Helénica. La abren muy cerca de la que será la casa de la familia Elefteriu, en Pérez Castellanos 1546 esquina Piedras, de nuevo muy cerca del puerto. Caminando por la zona uno casi puede imaginar la babel de lenguas que hace cien años sonaba en esas calles y entre ellas, destacando con su sonidos secos y precisos, el griego en el que se saludaban Stamatio, Basilia y sus vecinos. La sede ya no está allí; otro conflicto mundial provocó una segunda diáspora griega hacia Uruguay y, con la ayuda de una serie de benefactores entre los que destacó el famoso Onassis, nuestros griegos orientales se mudaron a un magnífico edificio en el Prado, del que cuentan las crónicas de la época “impresiona el magnífico templo de estilo bizantino, dedicado a San Nicolás”. Un día iré a visitarlo.
Stamatio y Basilia tuvieron hijos y fundaron una dinastía con gran presencia en la historia marítima uruguaya hasta nuestros días: armadores y capitanes de buques que, como no podía ser de otra manera, vivían en una casa protegida por la mirada de un Poseidón que ahora me mira a mí, aun impresionante bajo el sol del invierno austral, tan lejos de su Mediterráneo natal.
En la esquina de esa misma manzana hay un restaurante catalán y, a falta de ouzo, le pido al camarero una copa de vino blanco. Con un brindis silencioso, me la bebo a la salud de aquellos marineros que se cruzaron medio mundo con sus dioses antiguos buscando, en el fondo, lo mismo que yo, emigrante de un siglo después: una vida mejor en una ciudad melancólicamente acogedora:
Hace unos meses se presentó un estudio, realizado por la Fundación Polo-Mercosur, sobre los nuevos emigrantes españoles en Uruguay. Además de ser un tema interesante (es significativo que no esté publicado; si a alguien le interesa, se lo paso encantado), estaba financiado por una partida del ministerio de Trabajo y Asuntos sociales español. Era de suponer, por lo tanto, que asistiría algún representante de la embajada de España en Montevideo y uno, que en el fondo es optimista, tenía ciertas esperanzas puestas en el asunto.
Veréis, desde que he llegado he observado una situación curiosa: para nuestra embajada (y digo “nuestra” porque no deja de ser un organismo del estado, que contribuimos a sostener con nuestros impuestos y esas cosas) ha negado sistemáticamente el fenómeno de la nueva emigración.
A pesar de que, solo en 2015, los registros oficiales certifican que 921 personas con nacionalidad española se han establecido en Uruguay -y es una cantidad bastante menor a la real por diferentes motivos- en ningún momento ni embajada ni consulado han hecho un solo esfuerzo por interesarse sobre qué estaba pasando. Lo mínimo hubiera sido generar información práctica y accesible para echarnos una mano (cómo hacer la cédula; qué implica el convenido que permite cotizar a la seguridad social española trabajando acá o, muy importante, cómo hacer todo lo posible para poder votar a pesar de la ley de Voto Rogado). Eso, repito, como mínimo. Lo suyo habría sido generar canales de interlocución: una embajada normal -y quien dice embajada incluye el consulado- habría intentado reunirse con Marea Granate para escuchar críticas y propuestas. Una embajada normal habría incluido a Podemos en la lista de contactos oficiales, de la misma manera que hacen con el PP y con el PSOE. Una embajada normal, finalmente, se habría cuidado muy mucho de no invisibilizar un fenómeno que es real y que existe (la emigración de centenares de miles de compatriotas a causa de la crisis económica) como si fuera un motivo de vergüenza para el país.
Por eso, cuando llegué al Centro Cultural de España, tenía esperanzas de ver un gesto de cambio: tal vez la presencia del cónsul, la oportunidad de un debate posterior, la apertura de un espacio de intercambio. O como mínimo, pensaba mientras esperaba que iniciase la charla, un cierto interés en conocer las cifras y las problemáticas estudiadas, aunque solo sea porque el estudio lo han pagado en parte ellos.
Para mí estaba, claro. Entre la treintena de asistentes solo había una funcionaria administrativa de la Oficina de Empleo y Seguridad Social que, cuando intervino, lo hizo a la defensiva, cuestionando indirectamente el resultado de los focus group del estudio en los que se percibía como “lejana e indiferente” a la administración española en el exterior. Nadie del consulado, ni de la embajada, ni del Centro de Formación, ni de la Oficina Técnica de Cooperación, ni del propio Centro Cultural de España: los nuevos emigrantes no interesamos.
Y no interesamos porque esta embajada -al menos, bajo la gestión del actual embajador- no es la embajada de todos. Ayuda a entender esta situación el perfil del embajador: Roberto Varela no solo es diplomático, sino que además es un hombre del PP. Tiene un claro perfil político (fue conselleiro de Cultura en el primer gobierno de Feijoo, con algún problemilla que otro) y una visión clara de cual es su papel en Uruguay con respecto a la colectividad española: mantener el status quo.
Ese status quo es el de una comunidad de 65.000 personas entre “viejos” emigrantes y descendientes. Una colectividad muy envejecida, con lazos tenues con España, poco consciente de la situación política y social, que se mueve en el terreno del tópico y bastante conservadora. Una comunidad que se nuclea en torno a las antiguas casas regionales y que tiene sus espacios de convivencia en las festividades típicas. Un colectivo al que se trata usando la institucionalidad como herramienta para lanzar mensaje partidista con un objetivo claro: que con ley de Voto Rogado o sin ella, Uruguay siga siendo un granero de votos para el PP (y en menor medida el PSOE), además de proyectar una imagen irreal de nuestro país, basada en que todo va bien, que la crisis ha sido un sustillo que si se cae de la mesa se mata y que no hagan caso, que como España no hay ninguna.
El twitter de la embajada refleja fielmente cual es el nivel: una mezcla de Marca y No-Do a partes iguales. Ahora, información práctica, la justa.
En este universo de saraos con tufo a naftalina, basados en una constante confusión entre la esfera institucional y la esfera política, los nuevos emigrantes sobramos. No nos quieren porque rompemos ese espejismo, porque les jodemos el discurso. Yo les entiendo: con el estudio en la mano, resulta que llegamos gente relativamente joven (menor de 40 años), bastante críticos políticamente, mayoritariamente con estudios superiores y experiencia profesional, un colectivo que cuestiona directamente su relato: si España va tan bien y el partido al que pertenece el señor embajador, o el presidente de la Xunta, o el director general de Migraciones lo hace tan estupendamente...¿cómo es posible que nosotros nos vengamos, reinagurando un flujo migratorio interrumpido hace medio siglo?. Como la única respuesta posible es que no, que su gestión política ha sido una mierda, que la crisis sigue a pesar de brotes verdes y empleos estacionales y que, en definitiva, han usado la embajada y sus dependencias como altavoces de propaganda al servicio de un partido determinado, no les queda otra que ignorarnos: yo, y otras dos mil personas, no existimos. Vivimos de espaldas a ella, acudimos solo cuando no queda otra y tenemos claro que no somos bienvenidos en la vida oficial de la comunidad española “clásica”. Eso nos convierte en migrantes por partida doble: somos españoles sin embajada.
Un día como hoy de hace 72 años la corresponsal de guerra Lee Miller se tomó un baño, el primero en varios días. Había estado documentando el horror, fotografiando el recién liberado campo de concentración de Dachau. Acabó agotada y llena de barro, sangre y ceniza pero logró unas imágenes que han quedado en el imaginario colectivo del siglo XX, bellas y terribles.
Cuando volvió a Münich le ofrecieron visitar el apartamento particular de Hitler en la ciudad. Al ver el baño no se lo pensó dos veces: dejó las botas sucias del lodo de Dachau en el felpudo de Adolf, llenó la bañera y se limpió, como en un exorcismo, de toda la suciedad y el agotamiento, con una foto del monstruo todavía colgada.
Ese mismo día, 30 de abril de 1945, Hitler se suicidó. Hoy hace 72 años de este baño y merece la pena recordar el aniversario como memoria del horror del siglo XX.
*Hace cuatro meses escribí esto para intentar ordenar lo que me provocaba el tercer aniversario de mi llegada al paisito. Luego decidí que no era tan importante: sigue sin serlo, pero hoy me apetece compartirlo.
Mi amor por Montevideo es de tipo matutino. Cada día voy en bici al trabajo: salgo de casa, bajo hasta la Rambla y, durante 10 minutos, pedaleo junto al Río de la Plata hasta llegar al antiguo gasómetro, en el que giro para subir por las calles del Barrio Sur hasta llegar al viejo edificio que alberga, en una oficina de techos altos, mi mesa con el ordenador y la silla un poco coja en la que me siento durante las seis horas siguientes.
Haga buen o mal tiempo, tengamos sol o caiga lluvia (aunque si llueve mucho dejo con pena la bici en casa y espero al 145 sintiéndome un poco miserable, como un oficinista gris cualquiera), esos diez minutos en la Rambla son especiales, sobre todo en los días de primavera o de otoño, esos de cielo azul, temperatura suave y viento leve. Son especiales porque es ahí cuando Montevideo muestra su mejor cara, al menos para mí, que vengo de una ciudad sin mar, que he vivido en ciudades donde el océano era solo una idea lejana -como Pisa, Guatemala o Spoleto- o en las que se intuía como parte de su carácter, cercano pero difícilmente accesible para sus habitantes -en el caso de Rotterdam, Venecia o Londres-. Para los que somos de interior, el mar (por mucho que lo llamen río, el de la Plata es claramente marítimo) despierta una fascinación especial, la misma que siento mientras miro al inmenso buque portacontenedores negociar la entrada del puerto, adelantando limpiamente mi bicicleta (y eso que es roja, de ruedas finas y va como un cohete cuando está de humor para ello).
Este lunes cumplí tres años en Montevideo. Supongo que es de lo que quería hablar desde el principio, pero no puedo evitar asociar la ciudad con esa imagen de Rambla matutina y soleada. Es una sensación muy distinta a la que tuve cuando un cuatro de abril de 2013 salí de la terminal del puerto de la mano de María y arrastrando dos maletas enormes. Era ya de noche, lloviznaba y la rambla portuaria aparecía oscura y deslavazada. Una ciudad gris y desconocida, la certificación de que, ahora si, era oficialmente un emigrante.
Antes no. Antes había sido un estudiante, un becario, un trabajador y, joder que vergüenza admitirlo, un expatriado. En julio de 2008 pisé por primera vez Uruguay precisamente como eso: un expatriado en vacaciones. Montevideo me decepcionó: la ciudad vieja estaba tan desierta como la de Ciudad de Guatemala, donde vivía; en plena Semana del Turismo -la versión laica de la Semana Santa- sus calles estaban vacía y tras unos días deambulando con la prudencia casi psicopática de un centroamericano adoptado, salí pitando hacia la mucho más bulliciosa Buenos Aires. No sabía entonces que Montevideo no te entra con los ojos, sino que hay que aprender a descubrirla y dejarse querer por ella, lentamente y sin pretensiones.
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La vida atormentada de Bill Aalto, brigadista y poeta.
“Bill Aalto, un gigante sentimental y desaliñado que había perdido un brazo en la guerra civil española y que siempre parecía recién salido de una pelea, era un poeta gentil que sufría cruelmente por la infidelidad de su musa (...)” .
Estamos en París, es el año 1951 y así describía Richard Olney en sus memorias, 60 años más tarde, a uno de los héroes olvidados de las Brigadas Internacionales.
Bill Aalto a su llegada a España.
Aalto me resulta atractivo por los contrastes que marcan su vida: criado en el Brooklyn de los años 20 por una madre muy consciente de la importancia de la educación, de adolescente presenta una mezcla de dureza callejera y voracidad lectora. En 1937 se alista como voluntario en las Brigadas Internacionales, pero casi inmediatamente busca la manera de evitar convertirse en carne de cañón e ingresa en el Cuerpo de Guerrilleros. Allí, tras las líneas franquistas, operando con un grupo reducido de compañeros en misiones peligrosísimas de infiltración, emplea su creatividad en los caminos paralelos de la lucha irregular. Aalto es un heterodoxo que no disfruta del combate, y aquí se presenta otra dicotomía interesante: por un lado es el soldado perfecto (inteligente, resistente, disciplinado y políticamente concienciado). Por otro, es demasiado consciente de que sus acciones de sabotaje (sobre todo de puentes y ferrocarriles) desembocan inevitablemente en la muerte de personas, y no solo militares, sino también civiles.
Aalto no presumirá jamás de su historial bélico: cuando alguien le preguntaba por ello, simplemente evitaba el tema y si algún antiguo compañero de armas comenzaba a contar batallitas, se levantaba con cierta torpeza (medía más de dos metros) y se alejaba sin decir palabra. Y eso que tenía mucho para contar, porque Bill Aalto protagoniza una de las acciones más espectaculares de la Guerra Civil: el golpe de mano contra el fuerte de Carchuna, una operación comando extremadamente audaz que se salda con la liberación de 300 presos republicanos empleados como mano de obra esclava en Motril.
La historia tiene todos los ingredientes de una película bélica: un pequeño grupo de soldados curtidos en operaciones especiales, un desembarco nocturno en la zona franquista, el asalto contra el antiguo fuerte convertido en prisión y la vuelta a la zona republicana sin perder un solo hombre. Aalto jamás hablará de su participación en un episodio único en la Guerra Civil y convenientemente olvidado en las décadas siguientes.
Una célula típica del Cuerpo de Guerrilleros. Bill Aalto es el primero por la izquierda. El segundo es un combatiente español no identificado. Los otros dos son también brigadistas: Alex Kunslicht e Irving Goff. Serán ellos quienes traicionen a Aalto revelando su homosexualidad al ejército norteamericano.
Otro contraste más: Aalto, curtido en peleas callejeras, luchas políticas y una guerra extremadamente cruel, que ha forjado su experiencia vital en ambientes masculinos y machistas (la pandilla, el partido, la partida guerrillera), es homosexual, pecado imperdonable en una época que equipara masculinidad, heterosexualidad y violencia. Será consciente de ello de la manera más dolorosa: después de la guerra civil es traicionado por sus antiguos compañeros de armas, que lo delatan mediante una carta al jefe de la OSS (la organización antecesora de la CIA), donde lucha contra los nazis junto a otros brigadistas de la Lincoln entrenando a los agentes secretos que se infiltran en la Europa ocupada. Sus superiores, que lo valoran profesionalmente, lo intentan retener, pero al final no les queda más remedio que transferirlo como instructor a un campo de entrenamiento en Estados Unidos; será allí donde por fin la muerte le pase rozando con los dedos. Un recluta quita, inadvertidamente, el pasador de seguridad de una granada y la deja caer. Aalto la intercepta pero antes de que pueda arrojarla estalla: perderá la mano y parte del antebrazo.
Aalto, ya lo he dicho, es un tipo inteligente; aprovecha la GI Bill, por la que el gobierno USA paga los estudios universitarios de los veteranos y se inscribe en la Universidad de Columbia, donde estudia Arte e Historia. Demuestra poseer una ironía afilada, cierto desprecio elegante por Hemingway -al que probablemente conoció en España- y una capacidad desarmante para no tomarse demasiado en serio a sí mismo. Mientras estudia y escribe la guerra ha finalizado y no hay motivo para que Bill Aalto no sea feliz. No lo conseguirá.
Por un lado, las heridas psicológicas que siempre deja la guerra se evidencian en accesos de cólera incontrolables cuando bebe. Y Aalto bebe mucho. Bebe para olvidar, bebe para evadirse de una sociedad donde su homosexualidad lo convierte en un paria, bebe para facilitar que fluyan las palabras. En la comunidad de expatriados norteamericanos que viven una vida bohemia en el París de los años cincuenta es conocido como “Big Etna”, por sus erupciones volcánicas en cuanto se toma una botella de vino. Es un grupo de gente joven, inteligente y cruel: a sus espaldas pronto le llamarán “Big Edna” o, más despiadadamente, “Edna”. Sin embargo, Aalto es apreciado -como persona y como escritor- por poetas como W.H Auden, que le ofrecerá un refugio en su retiro italiano. Se dice que fueron amantes, pero Aalto estaba enamorado de otro poeta, James Schuyler, del que fue pareja durante años. Me gusta pensar que hay cartas y poemas hermosos en algún archivo polvoriento de una universidad americana que cuentan su historia, esperando a ser leídos y publicados, pero no es así. La suya fue una historia tormentosa, en la que los fantasmas de Aalto se convertían, frecuentemente, en violencia y maltrato. Schuyler, inevitablemente, acabó por dejarle.
Bill Aalto muere en 1958 de leucemia. Tenía tan solo 43 años y fue enterrado en Long Island, en una tumba de seca lápida de soldado: “William Eric Aalto. Sargento, Segunda Guerra Mundial”. Sospecho que preferiría ser recordado, en cambio, a través de un poema de su antiguo amante, que es triste y directo como el olvido que desdibuja su vida:
“ The last time I
saw him was in the City Center lobby
and he was jolly – if he just
stared at you and the tears began
it was time to cut and run –
and the cancer had made him lose
a lot of weight and he looked
young and handsome as the night
we picked each other up
in Pop Tunick's long-gone gay bar.”
Solo hay dos cosas que no me gustan de Montevideo. Una es cuando sopla el viento del Sur, que viene directamente de la Antártida y barre la ciudad de extremo a extremo, llenándola de un frío polar, húmedo e inmisericorde. La otra es cuando sopla el viento del Sur y yo vago por las calles de la Ciudad Vieja buscando frenéticamente un lugar donde todavía funcione un fax público. Además, soy reincidente: es la segunda vez que me ocurre en tres años, cortesía del gobierno español. Muchas gracias, Mariano.
Me explico: en el momento en el que tú emigras, pierdes derechos. Literalmente. En el caso del millón de españoles (diez mil arriba, diez mil abajo) que nos hemos ido del país desde 2009, te despides concretamente de dos. El primero, el derecho a la sanidad: al “empadronarte” en tu país de acogida (dándote de alta en el Consulado), automáticamente te anulan la tarjeta sanitaria.
El segundo derecho que se pierde es el de voto. Porque aunque exista una Ley de Voto Rogado (aprobada en 2011 por el PSOE con el aplauso del PP, que luego se ha negado sistemáticamente a cambiarla), el hecho es que ejercer el derecho constitucional por excelencia se convierte en el mejor de los casos en un juego de azar. Y en el peor se traduce en tener que buscar un fax desafiando al invierno austral.
La ley de voto rogado implica, como su propio nombre indica, que tienes que “rogar” que te dejen votar. Para ello te inscribes en el Consulado, rellenas un formulario declarando que sí, que quieres votar y te meten en un censo especial, llamado CERA. Cuando llegan las elecciones, la oficina del INE de tu ciudad te manda un segundo formulario para que quede claro que, efectivamente, quieres votar. Dicho formulario se lo tienes que devolver firmado y con una fotocopia de tu DNI. Hasta hace un par de elecciones la manera de devolvérselo era mediante correo o fax algo que, cuando comenzó a ser demasiado escandaloso incluso para los niveles de nuestra administración, fue complementado con la posibilidad de realizarlo por internet. ¿Entrando en una web con tu documento y una firma electrónica? No nos pasemos, debió pensar el subsecretario de turno. Les enviamos una clave personal por carta y que accedan con ella. Así que una vez que el INE recibe el formulario diciendo que si, joder, que si que quieres votar, te mandan –de nuevo por correo postal- las papeletas electorales de tu provincia, que deberás depositar en la urna de la embajada. ¿ Y qué podría salir mal?. Pues prácticamente todo, oigan.
El problema más recurrente es que la documentación para rogar el voto (la clave de internet) no llega, o no llega a tiempo. Es lo que me ha ocurrido a mí (y a un puñado considerable de gente) en esta segunda vuelta electoral. Por motivos que escapan a la comprensión de la inteligencia human, lo que en diciembre llegó sin problemas no ha aparecido en mayo. Y sin el formulario, no hay voto que valga, por lo que he recurrido a descargarme el susodicho papel de la web del INE y proceder a enviarlo por el fax de marras.
Así que sitúense: centro de Montevideo, 8 grados y 2 de sensación térmica, con un vientaco que lleva pingüinos dentro, como dicen por aquí. Entro en la oficina de la compañía de telecomunicaciones local y pregunto, con voz lastimera, si tienen un fax público. Bingo: en el subsuelo hay una mesa de despacho con una máquina de fax pequeñita donde puedo hacer mi envío. Llevo dos horas dando vueltas, así que no pudo evitar que se me acelere el corazón: ¡lo voy a conseguir! ¡Jódete, sistema!, pienso mientras bajo las escaleras de tres en tres, blandiendo el formulario como un poseso.
Sin embargo, no soy el único que tiene que usar el fax esta mañana: una señora de mediana edad está apoyada en el mostrador sosteniendo un fajo de papeles. Un fajo gordo. A ojo de buen cubero, calculo que serán unos 150 folios. Al otro lado de la mesa, una chica con un lunar en una oreja mete parsimoniosamente cada hoja en una especie de teléfono con ranura. Me quito el abrigo mientras observo, con incredulidad, que la máquina tarda sus buenos tres minutos en empezar a devorar la hoja. A mitad de camino, empieza a pitar y la chica del lunar sonríe resignadamente y le dice a la señora: “Volvió a rechazarlo. Pruebo otra vez”. Y vuelve a introducir la hoja en la ranura de marras.
A ese ritmo calculó que tardará unas once horas en atender a la señora de los mil faxes, así que me acercó con mi mejor sonrisa de extranjero en busca de ayuda y, disculpándome, le pregunto si sería tan amable de permitirme mandar un fax de solo dos páginas, porque si no llegaré tarde al laburo y…
”-Otro para las elecciones de España, ¿no?. ¿Le importa, señora?”, me interrumpe la dependiente. La señora asiente no demasiado convencida, deja el fajo de hojas en el mostrador y va a sentarse detrás de mí. Entonces es cuando me fijo. No son documentos en blanco. La señora de mediana edad y ceño fruncido está rogando el voto al menos para doscientas personas. El montón está dividido en carpetitas, cada una con el nombre de una provincia y el número del fax de la oficina del INE correspondiente. Alcanzo a distinguir Ourense, Huelva y Asturias. Cada una de las hojas de ruego está impecablemente “compuesta”: la mitad inferior con el impreso y la mitad superior con el DNI o pasaporte fotocopiado (no como los emigrantes de a pie, que llevamos dos hojas, una con el formulario y la otra con el documento).
Ojo al grosor del taco. Aquí hay más o menos cien solicitudes; la dependiente tenía comprobantes de otro centenar de envíos. Todos realizados por la misma persona.
Me llama la atención otra cosa: los titulares de los tres pasaportes que consigo distinguir son personas mayores. Muy mayores. Una nació en 1935, otra en 1943 y la última en 1929. Saco el teléfono y disimuladamente (hay un cartel enorme que dice “prohibido usar el celular en esta oficina”) intento grabar lo que veo. “Vaya cantidad de trabajo, ¿verdad?”, pregunto lo más casualmente posible a la chica del lunar. “Si, hoy está siendo horrible. Solo en lo que llevamos de mañana he mandado todos estos faxes”, y me enseña un rollo abultado de comprobantes. “Si, una barbaridad”, le contesto con toda la indiferencia de la que soy capaz. “¿Cuántos crees que habrás enviado?”. “Pues unos cien en solo hora y media, y aun me quedan todos estos”, señalando el taco del mostrador. “Voy a estar todo el día”, añade, “porque debe haber doscientos más cómo mínimo”.
Cada formulario estaba ordenado por provincias y con el número de fax del INE correspondiente ya anotado.
En ese momento noto a alguien a mi lado: la señora responsable del mayor ruego masivo de voto por correo de este hemisferio me está mirando con desconfianza. Aparentando normalidad le comento que yo también voy a rogar, pero que lo tengo más fácil, ya que yo solo tengo mi solicitud, “y usted tiene un montón”. “Si”, me responde visiblemente incómoda. “Es que soy de Asturias y la gente de mi barrio lo sabe y me pide que les eche una mano…”, y pone un folio en blanco sobre el montón en espera, como intentando que no se vea mucho de qué se trata.
En este vídeo se observa el montón de peticiones de ruego sobre el mostrador.
Al tercer intento, mi fax se envía correctamente, pago mis 14 pesos y salgo pensativo. La señora, sospecho, pertenece al PP o al PSOE. Ambos partidos tienen sede en Uruguay y es un secreto a voces que se dedican, mayormente, a acarrear vejetes cuando llegan las elecciones: en este país viven 60.000 españoles y descendientes de españoles con derecho a voto, un botín demasiado jugoso en términos electorales como para ignorarlo. La sospecha se confirma un rato más tarde, cuando un amigo reconoce a la señora en un fragmento de uno de los vídeos que he hecho: pertenece a uno de los dos grandes partidos –y no digo a cual para evitarme problemas, baste consignar que su candidato va de guapo por esta vida electoral.
¿Es legal hacer eso?. Pues depende. Imagino que uno puede rogar el voto para toda la gente que quiera. A fin de cuentas, está mandando un formulario firmado por otra persona y una fotocopia de su pasaporte, así que es prácticamente imposible usurpar la identidad de otra persona. Además, los solicitantes recibirán la documentación en sus lugares de residencia y, se supone, elegirán la papeleta que más les guste sin presión de ningún tipo. El problema viene con la gente mayor, o las personas incapacitadas: si en España es evidente que hay un problema con las residencias de mayores, que en algunos casos son acarreados a votar sin saber a quién, la situación puede ser aun peor a 11.000 kilómetros de distancia. Pero aunque no fuese así, es una vergüenza que los dos partidos responsables de que la participación en las elecciones desde el exterior se haya derrumbado (desde un 32% en 2011, cuando se cambió la ley a un 5% en 2015), los que han aprobado y defendido una ley totalmente coercitiva, los que han dado instrucciones a embajadas y consulados para que no se facilite lo más mínimo un derecho básico en cualquier democracia aprovechen su infraestructura en otros países (pagada, recordemos, con dinero público), para saltarse los obstáculos que ellos mismos han puesto al común de los mortales.
Porque, no nos engañemos, para armar todas estas solicitudes de voto, se necesitan medios. Es un trabajo de sede: recopilar los datos, fotocopiar los impresos, fotocopiar los pasaportes, ordenarlos por provincias y buscar los números de fax correspondientes no es algo que surja de la iniciativa de “una señora de Asturias”. Es más: el hecho de que se envíen desde un fax público (desde EL fax público) y no desde la sede correspondiente del PP o del PSOE denota que son conscientes de que lo que hacen es una puta vergüenza.
Pero, que quieren que les diga, tampoco extraña mucho. Son los mismos partidos que en 2011 presentaron “listas blancas” a las elecciones del Consejo de Residentes Españoles (el órgano que representa a los españoles en el país), copándolo –imagino que con este mismo sistema- para no reunirse ni una puta vez en tres años. Y cuando hemos preguntado (y por “hemos” me refiero a la gente que ha llegado en estos últimos años) en el Consulado, misteriosamente han resucitado, no fuera a ser que alguien impugnase el organismo por incumplir el reglamento que obliga a que esté activo. Son los mismos partidos que se dedican a mezclar propaganda partidaria con la labor de la embajada, que no pierden ocasión en proclamar a los cuatro vientos que en España todo va bien, que no hay crisis y que joder, España mola mucho, se come bien y somos campeones de la Champiñons.
Son, en resumen, los mismos partidos que nos han echado de nuestro país, que nos han ignorado cuando hemos llegado aquí y que, estoy seguro, no dudan en forzar la ley al máximo en su propio beneficio con tal de seguir defendiendo el chiringuito. Incluso a 11.000 kilómetros de distancia.
Edit 1: he cambiado las imágenes para difuminar cualquier información personal que se pudiera ver (aunque yo era incapaz de deducir nada vista la calidad de la grabación). Además he pedido disculpas a un señor que escribió a la fanpage de Podemos Uruguay quejándose, con toda la razón del mundo, de que se podían ver sus datos. Hay que tener cuidado con estas cosas y no ser dejado, así que me asumo la parte que me toca.
Edit 2: Imperiales comentarios de señoras que votan al PSOE en Uruguay confirmando sospechas generalizadas. No se pierdan la parte de “nosotros tenemos sedes y ustedes se reúnen en el parque”. Cuanta falta hace un 15M, de verdad:
Ojo, que el posteo estaba (porque luego lo borró) en una página pública de Facebook, así que me permito reproducirlo aquí por ese motivo.