Era el último año del siglo XX cuando él se convirtió en un amigo cercano para mi madre; un año después estaban juntos. Él siempre había imaginado su vida dentro de una familia tradicional y para su mala suerte se enamoró de una mujer que además de tener una hija también comenzaba a perder la habilidad de gestar. Por otro lado, su propio cuerpo no producía el esperma necesario para facilitar lo que creyó que era su deber.
Me tomó como un remplazo para su anhelo y sin pensar demasiado se dio el tiempo y la dedicación necesaria para dejar en mí una parte de él mismo. Parecía que podía quedarse con nosotras para imitar una dinámica que lo hacía sentir completo, tanto como para alimentar la ilusión por años.
La tarde en la que pensé que jamás volvería a verlo parecía tranquila aunque nuevamente el nombre de Felipe Calderón encabezaba las notas del periódico y las noticias televisivas. Los ciudadanos de México estaban cansados de la inseguridad y de la violencia, muchos habían puesto su esperanza en otro hombre blanco con problemas de alcoholismo, que como otros hombres dirigentes de la nación, prometía elevar la situación socioeconómica de los habitantes aparte de liberarnos de la corrupción y las redes del narcotráfico.
Pero para mi madre en ese momento se formaba una desesperanza casi tan grande como la de los pobladores. No se trataba de un asunto sobre presidentes, gobernadores y secretarios de Estado, sino sobre una decisión no distribuida y carente de amparo. Ella dejaría al hombre que la había acompañado durante casi dos lustros, mismo que aunque había encontrado una familia de la cual formar parte, se marchaba con el deseo de poder instruir desde su nacimiento a una niña que compartía su carga genética.
En el curso de los siguientes once años no pude evitar suprimir las emociones que ese evento me había causado, resultando en intervalos en donde la tristeza se traducía en comportamientos destructivos y pueriles que desbordaban resentimiento y cólera pero carecian de la ingenuidad del infante. Sentía vergüenza ante el dejavú del abandono por una imagen masculina que me negaba nuevamente.
Se había anunciado el regreso de The Cure a Ciudad de México cuando volvimos a tener contacto, y al compartir la admiración por la música de uno de los íconos mas notorios del new wave británico de los ochentas, decidimos reencontrarnos, rodeados de canciones llenas de nostalgia que me llevaban al día en el que me obsequió un disco pirata que había comprado en el mercado. Y ahí parada entre el cardumen que se mecía como peces al rededor del escenario, intenté contener una respuesta aparentemente inevitable mientras comenzaba a sonar pictures of you.
Es así como finalmente encontré el coraje para dejar ir todo. Esperé poco más de una década para apartar la aversión a mi sentir que el pasado me hacia padecer, así que mientras escuchaba cuidadosamente las palabras de Robert Smith permití que las lágrimas humedecieran mis pómulos. Él se acercó para poder resguardarme en un abrazo que reconocía y empatizaba con el dolor que su partida dejó. Yo lo había disculpado al dejar caer la apariencia evidenciando la autenticidad de mis emociones.
Dicen que las cosas buenas duran poco, y para los tres la convivencia frecuente y amigable continuó únicamente por cuatro años. Fue en la caretera hacia Campeche que él decidió comenzar a cimentar el camino hacia el fin de la amistad que ellos dos mantenían, utilizando la crítica constante que cualquier hombre tiene acerca de las mujeres soberanas, que a diferencia de lo que Pablo Neruda creía, a mi madre y a mí no nos bastaba con las alas de la mediocridad masculina para poder ser las gobernantes de nuestra libertad. Quisiera imaginar que todo sucedió bajo ese eclipse solar para evitar el declive que causaría nuestra ruina como Ícaro al huír de la isla de Creta.