El reloj
El reloj marcaba las 17:45 cuando pareció quedarse sin batería, justo cuando el cielo se pinta de acuarela anaranjada y roja, como la tarde de octubre del 2020 cuando Ileana y yo subimos al techo de mi casa para tomar whiskey y ver caer la noche, preparadas para ver las estrellas con mi telescopio. Nos tomamos de las manos para mantenerlas arropadas, su piel era suave como la de una nectarina. Recuerdo que nos besamos después de ver a Saturno y me contó que nunca había visto un planeta tan cerca. Mi noche era perfecta, yo estaba enamorada de ella.
Es nuevamente octubre, ya han pasado cuatro años desde que me dio ese reloj como regalo de cumpleaños. Durante este tiempo lo he llevado conmigo a todas partes, desde Chiapas a los gélidos Andes de Perú, en donde observé por un instante las estrellas y pensé en ella.
Pero el mar en Huatulco se mece gentil y cálido como las hamacas que hay en los jardines de los lugareños, yo lo veía desde la arena, el azul profundo se unía con el cielo entre destellos. Había llegado el momento de dejar la bahía y al buscar la hora con la mirada sólo quedaba un espejo negro, inerte y sin brillo. El agua se había filtrado a través de una grieta.
La sal de mis lágrimas se mezcló con la que dejó el mar sobre mi piel. El reloj era la última pieza tangible que quedaba de la fracción de vida que compartí con ella.
— Jerushalem Dalí










