¿Recuerdas que te dije alguna vez que te necesitaba tanto como se requiere de la melancolía para poder ser capaz de escribir? ¿Recuerdas que en algún momento te mencioné que te extrañaba en mis insomnios y que a cada madrugada le pedía al dios de los sueños que me transportara al rincón de tu mente, ese que está abrigado en la tinta de lo onírico? ¿Recuerdas que me despedía de ti, invocando a la voluntad de la magia para que nos otorgara un callejón especial donde pudiéramos darnos esos besos, esas caricias y esos abrazos que tanto anhelábamos?
La noche de este lunes sucedió. Caminaba por un sendero recto, tan largo que parecía infinito... y allá, posiblemente al final del mismo, me esperaba la faz sonriente de la luna con el beso brillante de algún planeta añorando alcanzarla. A los costados del camino sólo estaba impresa la nada, un vacío inmenso donde no podía apreciarse más que la no gravedad del color negro, no obstante, a unos metros delante de mí, una chispa fulguraba con sublime ternura en tono rosa que se transformaba de repente en elegantes azules centelleantes, chispas danzantes y embriagadas de entusiasmo.
Yo caminaba a paso acelerado para llegar pronto a mi destino. Estaba experimentando la gracia de un sueño vívido y lo sabía, era consciente de ello. Mis piernas iban ya un poco cansadas, como si ya hubiera recorrido varios kilómetros. Pero te sabía, te percibía, te pensaba... te olía, y en mi mano el calor de la tuya me sostenía, esa energía extraordinaria que destilas, eso de lo que estás hecha niña mía, lo que te compone que es etéreo y que no puedo definir con letras, con palabras, pues sólo soy un hombre que se ha enamorado, un hombre que va fracturado y que de repente lo olvida justamente cuando la efigie de tu bondad y dulzura se esboza delante de mí... es ahí cuando dejo de ser una porción dolorida, una herida no sanada, un sueño incompleto, un hombre de carne y hueso, y me convierto en un entero, en un todo que es tan inmaculado como el todo que emana de la sonrisa de un neonato.
Una flor hecha de pequeñas estrellas yacía solitaria en el sendero. Era la luz que se irradiaba a varios kilómetros a la redonda y pudo guiarme en el trayecto. Esa rosa me pidió llevarla, es así que gentil la tomé con mis manos y me dispuse a seguir mi camino hacia tus brazos. Los pétalos se abrieron como se abren los labios al dejar salir el nombre del ser más amado... como se abren los labios al besar al ser más amado... y en su centro, comenzó a flamear una hermosa llama sonrosada como mis mejillas, que se tornaban tímidas al percibir tu cercanía. El palpitar acelerado del corazón, la agitación de los poros que se dejan ser en el sudor de la pasión, de una pasión no terrenal, no palpable en la materia, libre de lujuria, emancipada de vanidad. A mi memoria arribó tu cuerpo, la esencia de tu piel, el tono de la ropa que cubría tu desnudez aquella primera ocasión en la que nuestras manos se entrelazaron para hacerse el amor, porque el amor se hizo alrededor, debajo y encima de nosotros, en todos los sentidos, en cada hora, minuto y segundo... el amor se engendró cuando tus dedos apretaron los míos, cuando apoyé mi cabeza en tu hombro... cuando pude abrazarte con cándida fuerza hacia mí.
La preciosa llama ascendía, bailaba delante de mí como una artista de ballet, ni siquiera el viento podía hacerla temblar, era tan inmensa como la oscuridad que me rodeaba.
Y la luna seguía esperando... y la noche parecía eterna.
El calor del rosa absorbió el tiempo. No pude percatarme cuánto es que había recorrido ya en el instante en el que algo llamó mi atención. La imagen de un pequeño callejón teñido de fachadas coloridas, el amarillo sobresalía de entre todas ellas. Una callecita que se dejaba iluminar por la delgada sonrisa de la luna... cosquilleaba su alegría en los pequeños ventanales de estilo antiguo, y la rosa estelar, destacaba aún más con espléndido brillo.
Fue entonces que te vi... te vi de pie vestida de princesa. Tus largos cabellos oscilaban perfectos al ritmo del viento, algunos cubrían parte de tu rostro de porcelana. Tu boquita de seda me recibía con fervor. Tus ojos oscuros titilaban como lo hace el sol en la superficie del mar. Magia... no había duda, la magia nos había traído a este lugar. La petición que hice de encontrarnos en un callejón en nuestros sueños, había llegado hoy, estaba aquí por fin. Sólo faltaba abrazarte... sentirte y besarte...
Me acerqué a ti, te entregué la rosa, la tomaste en tus manos y un rayo dorado salió disparado hacia el firmamento que nos observaba, se escuchó el repicar de una campana... No pudiste evitar llorar como yo no pude evitar un nudo en mi garganta. Eras tan pequeña... tan frágil y tan bella, que tomé con cuidado tu cintura... te elevaste en las puntas de tus pies, cerraste tus ojos y alcanzaste mis labios.
No quería soltarte, no querías soltarme.
Estábamos enamorados. Estábamos en ese beso, amándonos. No quería despertar. No quería abandonar ese callejón. No quería que el reloj resucitara... sólo deseaba seguir abrazado en ti con nuestras lenguas entrelazadas, bajo el dorado diluvio estelar, ese que ya nos había bautizado como UNO desde la primera vez que nos volvimos a mirar a los ojos. Sí, nos volvimos a mirar... porque tú y yo somos un alma dividida en dos.
La rosa, que ahora era una línea dorada hacia el infinito firmó nuestro nombre en la placa del callejón y susurró a mi oído: Todos los enamorados guardan en su inconsciente el nombre de la calle etérea donde hicieron el pacto de permanecer juntos en la eternidad.
Miramos con asombro la placa del callejón... había un nombre escrito ahí... sí, no era ni tu nombre ni el mío... era uno que denominaba la unicidad entre los dos. Uno que no recuerdo ya, pero que sé que está ahí en alguna parte de nuestras mentes, oculto, resguardado, protegido de las inclemencias de lo terrenal... y también sé que en ese bautizo, tú eres mía y yo tuyo de forma perpetua.
Es así que el reloj puede avanzar.