Hay miradas que antes te abrazaban… y un día solo te atraviesan.
No sé en qué momento dejó de verme con los mismos ojos. Un orgullo suave que se notaba incluso cuando no decía nada. Ahora hay juicio. Cansancio. Como si mi presencia le pesara. Como si ya no fuera suficiente para inspirarle cariño, ni siquiera paciencia. Y es duro, porque no te das cuenta de golpe.
Te das cuenta en pequeñas cosas: en cómo desvía la mirada, en cómo responde con desgano, en cómo se le nota que está físicamente, pero ya no emocionalmente contigo.
Lo peor es que te hace sentir culpable. Como si tú hubieras cambiado. Como si tú hubieras dejado de ser esa versión suya favorita. Como si tú hubieras hecho algo para que él dejara de mirarte con amor. Y entonces te desgastas intentando volver a gustarle. Ajustas tu forma de hablar. Evitas conflictos. Te esfuerzas por “ser mejor”. Pero no importa cuánto hagas…porque el problema no es lo que eres. El problema es que él ya decidió dejar de ver lo que vales.
Y esa decisión, aunque nunca la dijo en voz alta, se siente en todo. Y tú ahí, sintiéndote cada vez más pequeña en su mirada, como si fueras tú la que estuviera fallando.
Pero no es culpa tuya si alguien deja de ver lo que antes lo hacía quedarse. No es culpa tuya si alguien elige el desinterés y luego te señala a ti como causa. Hay amores que no se apagan por falta de luz, sino por falta de voluntad.
Y no, no puedes obligar a nadie a mirarte con amor. Pero puedes dejar de mendigar miradas que antes eran tuyas sin pedirlas.



















