“Cuando eres pequeño, quedar al margen es una cosa terrible. Puede que lo peor… En todos esos años jamás me invitaron a una fiesta de cumpleaños. Jamás me preguntaron si quería quedarme a dormir en casa de un amigo. Ni una vez subí al asiento trasero de un coche para ir a tomar un helado en Friendly. Jamás recibí una llamada por la noche para cotillear sobre el colegio, sobre deportes o sobre quién había besado a quién en el baile de séptimo curso. Nunca jugué en ningún equipo, ni canté en ningún coro ni desfilé en ninguna banda. Ningún viernes por la noche animé en un partido de fútbol americano, ni me puse nunca con timidez un esmoquin mal entallado para ir a un baile. Mi vida era única debido a la ausencia de todas esas pequeñas cosas que constituyen la normalidad de cualquier cosa. Nunca supe qué detestaba más, si el mundo esquivo del que procedía y al que jamás podría incorporarme o el mundo solitario en que estaba obligado a vivir. Solitario exceptuando las voces”
— John Katzenbach (La historia del loco)


















