Durante el año, siempre le preguntaba a mis padres cuando llegaría el momento de visitar a mis abuelxs. Esperaba con ansias el verano para ir con mi primo Martín. Aunque me costaba muchísimo alejarme en esos momentos de mi mamá, deseaba tanto ir a ese lugar lleno de sueños y aventuras, de juegos y fantasías para alejarme un poco de esa realidad.
Me fascinaban las mañanas frescas aclimatadas por los desayunos con pan casero de nuestra abuela. Y durante las tardes nos divertíamos trepando árboles, construyendo fuertes o jugando con el poder que nos daba la mermelada de higo que, según nuestro abuelo, nos daba fuerzas.
El lugar donde todo se detenía se llamaba “La Raquel”, en honor a Doña Raquel, la hija del dueño de aquel campo de donde eran caserxs mis abuelxs. Cada tanto ella y su hijo, Juan Azzarola, venían a pasar algún fin de semana, “a descansar”. Siempre me preguntaba cómo descansar en un lugar con tantas cosas nuevas para hacer y aprender. Siempre se referían a algo de la vida en ese otro lugar que llamaban la capital que tardé muchos años en comprender.
El día que la conocí, Raquel tenía 80 años. Era una mujer que no medía más de un metro cincuenta, encorvada y frágil. Hablaba con una cantidad de palabras, gestos y contaba tantas aventuras que con mi primo Martín nos parecía una persona fascinante. Un día la invitamos a jugar con nosotrxs, pero nos respondió que ya no podía porque era grande y jugar era cosas de chicxs; pero que no nos preocupáramos porque ella ya había tenido su tiempo para ello y ahora solo buscaba descansar. Cuando se enteró nuestro abuelo de que le habíamos hecho semejante propuesta a una señora de 80 años, nos puso en penitencia. Nos gritó muy enojado que jugar era para niñxs y esa tarde nos hizo dormir la siesta, que para nosotros era el peor de los castigos.
Cada vez que nos visitaban, traían una cremona para compartir. Y no había nada más rico que comerla junto a los mates amargos y pausados de mi abuelo. Esos días especiales, él cebaba en su mejor mate y su mejor yerba para agasajar a sus patrones. El resto de los días, cebaba mi abuela unos mates dulces con yuyos de la huerta (una huerta que tenía desde plantas de tomates cherrys y unos zapallos dulces enormes, más grandes que dos gallinas juntas según nuestras mediciones, hasta flores de los colores y olores más lindos que vi). Pasamos muchas mañanas limpiando y arreglando esa huerta. Alrededor de las plantas enterrabamos algunas latas que, según mi abuelo, eran para darle hierro. Sin embargo, una tarde nuestra abuela nos susurró que lo que enterraban era una parte del teléfono de lata para poder comunicarse con las plantas. Bastaba con agarrar otra lata, apoyarla sobre la tierra y pegar la oreja para escuchar qué era lo que necesitaban. La mayoría de las veces agua o tierra abonada. Otras, la entonación de algún canto o rezo de mi abuela.
En cambio, de alimentar y cuidar a los animales se encargaba mi abuelo. En “La Raquel”, había cientos de ovejas y gallinas. De vez en cuando, algún corderito quedaba guacho y lo alimentabamos con una mamadera, hasta que crecía y podía hacerlo solo. Alelí fue el nombre que elegimos para una de las ovejas. La vimos crecer durante varixs meses. Nuestro abuelo se enojaba cada vez que nos veía jugar con ella. Repetía constantemene que nos ibamos a encariñar. Y es que, justamente, eso hacíamos y no entendíamos por qué teníamos que impedir que eso sucediera. Hasta que, una tarde, comprendimos a qué se refería. Nuestro abuelo nos llevó cerca del corral de las ovejas para presenciar la escena que quebraría nuestra visión de ese campo por completo. Alelí yacía colgada y sangrante de una soga que unía su pata izquierda con lo alto de una rama de jacarandá. Aún se movía y expiraba un llanto continuo y agudo que jamás olvidaré. Las hojas lilas estaban impregnadas en su piel, producto de la sangre que resaltaba en su blancura. El dolor y la incomprensión se hicieron lágrimas. Mi abuelo nos dijo que ya estábamos grandes y que teníamos que crecer. Esas fueron las únicas palabras que pronunció.
Había noches en las que la inmensidad del campo entraba a la habitación. Esa noche, no fue una excepción. La oscuridad, el miedo y la infinidad de sonidos giraban alrededor de mi cama. Me encontraba hundido bajo unas frazadas que parecían una capa de cemento y presionaban fuerte mi pecho. Y en la inauguración del insomnio que siempre me acompañaría, pensé que tal vez crecer no era solo dejar de jugar como decía Raquel, sino afrontar la insuperable realidad de que, en algún momento, la muerte iba a llegar. Y el terror me sacudió el cuerpo, cuando al fin entendí que, posiblemente, le llegaría también a mi mamá, que, postrada en su cama, no podía superar aquella enfermedad.
Esa noche decidí no volver más a ese lugar.