⚠️ Aviso de contenido: Este espacio explora la ficción desde una perspectiva cruda y adulta. Los textos incluyen escenas de violencia, contenido sexual explícito, consumo de drogas, lenguaje fuerte y otro tipo de problemáticas.
Dicho esto, bienvenidos al viaje.
🫀 spanish | oc | multimuse
Solo otro par de contradicciones andantes atrapadas en el abismo del autodesprecio.
Todo esto es, básicamente, un experimento literario para explorar un universo propio donde la psicología de los personajes está al borde del colapso. Un rincón para jugar con la narrativa y meterme en la mente de quien sea que tenga tiempo y ganas de leer lo que se me ocurre.
Muses.
Timeline.
🌐 El entorno donde transcurren mis historias no es el mundo real, sino un universo híbrido construido a partir de la ficción con la que crecí. Para organizarnos de este lado de la pantalla, divido mi mapa en dos capas (nombres que uso a modo pedagógico; jamás los verás dentro del rol):
El Velo: Donde habita la mitología: criaturas, cazadores, demonios y ángeles. Nos servimos directo de la copa más desquiciada de Eric Kripke (Supernatural), con su cinismo, sus criaturas terrenales y la deconstrucción del mito a través del humor negro. Lo que acecha en las noches es real y peligroso, pero la mayoría de la gente lo ignora.
La Superficie: La vereda terrenal y mundana. La faceta del ciudadano común que camina al borde del abismo sin saber qué hay debajo.
🖋️ Aunque imagino que en este mundo existen familias ideales y entornos sanos, me aburre profundamente escribir dinámicas planas o finales felices. Mis historias son sucias y se empapan del ritmo frenético de la marginación y la decadencia. Me inspiran joyitas como Trainspotting o Shameless.
Me interesa mostrar la cotidianidad sumergida en la calle, el crimen, las adicciones y esa desesperación tan propia de la vida real.
En resumen: Un universo híbrido con gente rota intentando sobrevivir en un mundo que se va a la mierda. (Igualmente, me adapto a lo que pida la trama. Tampoco es una dictadura... ¿o sí?).
🧠 Las entradas y escritos se publican como capítulos. La perspectiva de la tercera persona cambia según el personaje de turno.
Aunque algunas tramas parezcan aisladas o ciertos muses no se conozcan entre sí, habitan el mismo mapa y bajo las mismas reglas. En este escenario, todo se conecta.
Gran parte de este viaje no lo recorro en solitario. Coescribo y conecto la mayor parte de la historia con mi partner. Ella maneja sus propios personajes en su propio rincón, pero nuestros universos colisionan y se entrelazan de forma directa. Lo que ocurre de su lado tiene repercusiones inmediatas en el mío, y viceversa.
💬 IMPORTANTE.
Por las temáticas sensibles, el tono crudo y la madurez de las historias, me relaciono y roleo exclusivamente con personas mayores de edad.
La violencia, el cinismo, las decisiones cuestionables o los defectos de mis muses son puramente ficción narrativa y no reflejan mis valores personales. De la misma forma, lo que pase entre personajes se queda en la historia; no tolero ni me presto para dramas fuera de rol.
No me importa la longitud del reply o del starter, ni me fijo en el conteo de palabras o párrafos. Me interesa la calidad, la coherencia y que el texto sirva para hacer avanzar la trama.
Odio perder el tiempo reescribiendo lo que vos ya redactaste solo para mostrarlo desde la perspectiva de mi personaje. Suelo retomar la escena justo donde terminó tu respuesta para empujar la acción hacia adelante.
Para coordinar tramas, ajustar detalles, tirar ideas o simplemente charlar sobre el lore, la puerta siempre está abierta.
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Magnus no apartó las manos de Adelaine. En su lugar, aflojó apenas la tensión de sus brazos, dejando que sus dedos trazaran una caricia lenta en la espalda de su esposa, buscando infundirle esa calma pesada que a él parecía no abandonarlo jamás.
Cuando ella terminó de hablar, Magnus no reaccionó con enfado ni con esa urgencia defensiva de quien necesita ganar una discusión. Se tomó un par de segundos para contemplarla en silencio, estudiándola con esa paciencia infinita y académica que solía desesperarla. Ladeó apenas la cabeza, mirándola a través de sus pestañas con ese gesto tierno y compasivo que Hailey solía decir que lucía como la mueca de perro bonachón, y volvió a hablarle en un susurro grave:
—No estoy mediando a su favor, mi amor. Y sé perfectamente que robar un automóvil no es robar un dulce —dijo, pausadamente—. Mañana va a tener que devolver ese auto, dar la cara y asumir el castigo que le corresponda. No le voy a perdonar el delito, ni voy a justificar cómo te habló. Pero tirarla a los leones a la madrugada mientras está al borde de un colapso no es educarla, es destruirla.
Hizo una pausa y deslizó una de sus manos desde su espalda hasta su nuca, enredando los dedos en su cabello para sostener su cabeza, obligándola suavemente a mantener esa cercanía.
—Es una adolescente, Laine. Y es la hija de Grant —añadió, con la simple objetividad de un hecho incontrovertible—. Sé lo mucho que te duele, aunque no lo digas, porque sé todo lo que has hecho por ella desde que era una niña y porque creo que conozco tu corazón detrás de ese caparazón que te empeñas en ponerle. Pero si nosotros reaccionamos desde el orgullo, le confirmamos exactamente lo que su mente cree: que este lugar no es su hogar, y que nosotros no la queremos.
Las palabras de Magnus hicieron que Adelaine entornara apenas los ojos.
Sí, como si necesitara que alguien se lo recordara...
Había convivido con esa realidad desde el primer día. Sabía de quién era hija Hailey. Lo sabía cada vez que la muchacha sonreía de determinada manera, cuando discutía sin medir las consecuencias o cuando aquella obstinación irracional parecía imponerse incluso al sentido común. No se apartó cuando Magnus enredó los dedos entre su cabello y la atrajo con suavidad desde la nuca. Permaneció donde estaba, aceptando una cercanía que normalmente habría rechazado en medio de una discusión.
Conocía demasiado bien aquel gesto. Conocía el tacto de sus manos y la serenidad deliberada con la que siempre le hablaba cuando sentía que estaba a punto de perder los estribos.
Él no intentaba convencerla. Intentaba calmarla.
Intentaba deshacer, poco a poco, el torbellino que seguía agitándose dentro de ella. Y, por alguna razón, aquello siempre conseguía hacerla sentir un poco absurda. Como si fuera ella quien estaba reaccionando de forma desmedida mientras Magnus permanecía firme, paciente y dueño de sí mismo.
Elevó ambas cejas con una ironía que no hizo el menor esfuerzo por esconder.
—Ah, claro.
Dejó escapar una risa breve, completamente desprovista de humor.
—Entonces, siguiendo esa lógica, deberíamos permitirle hacer lo que le dé la maldita gana porque es una adolescente y no queremos poner en riesgo su estabilidad emocional. No vaya a ser que imponerle un límite haga que piense que no la queremos. Quizá la próxima vez hasta debamos felicitarla. Darle una palmada en la espalda por su espíritu libre y rebelde.
Negó despacio.
—Hailey sabe perfectamente cuánto la queremos. Lo sabe porque jamás le ha faltado una casa a la que regresar. Lo sabe porque siempre encuentra comida en la mesa, ropa limpia, alguien dispuesto a escucharla y dos personas que, por más que renieguen, terminan preocupándose por ella.
Lo miró fijamente.
—Y precisamente porque lo sabe volvió hoy conduciendo un automóvil robado. Porque da por hecho que aquí siempre habrá alguien que resolverá el problema por ella.
Guardó silencio apenas un instante antes de continuar.
—¿Qué sigue ahora, Magnus? Hoy es un automóvil. ¿La próxima semana qué será? ¿Prender fuego a un edificio de la universidad? ¿Y cuál es exactamente el castigo que tienes pensado imponerle para que entienda que no puede seguir comportándose así? No me gusta una mierda cómo piensas manejar a esa mocosa.
Las palabras salieron antes de que pudiera suavizarlas.
—Porque, por mucho que intentemos criarla de otra manera, sigue siendo una copia exacta de su padre. ¿No viste cómo me miró?
La pregunta sonó casi incrédula.
—Era Grant. Exactamente la misma expresión. La misma rabia. La misma necesidad de herir únicamente porque podía hacerlo. Es la jodida hija de su padre. No tengo ninguna duda.
Desvió la mirada unos segundos antes de volver a encontrar la de Magnus. Esta vez la tensión que había sembrado en su cuerpo poco a poco desapareció, dejando que sus manos se relajaran contra el pecho de su esposo. Garabateó distraídamente dibujos sobre la piel con los dedos.
—Quizás no le vendría mal ser arrojada a los leones. Probablemente una buena paliza... aquello era bastante común en Escocia. Oh, si mi padre tan solo... —arrugó la nariz y bufó por lo bajo, acercándose a la boca de Magnus—. No quiero verte dentro de ese maldito auto por la mañana, ¿me oíste?
Magnus escuchó con esa atención serena que solía ser su mayor virtud y, al mismo tiempo, la grieta por donde Adelaine solía perder la paciencia.
Siempre había sido asquerosamente empático e intuitivo hasta el hartazgo, o eso era lo que todos decían. No en vano había terminado por criar y cobijar a más de un niño a lo largo de su vida casi sin proponérselo, entendiendo las dinámicas de las heridas ajenas antes de que los propios implicados pudieran comprenderlas y ponerlas en palabras.
Sin embargo, el tinte de las últimas palabras de Adelaine le dejó un regusto amargo.
Magnus no perdió la compostura, pero la suavidad en sus ojos dio paso a una firmeza cansada y serena. Aflojó despacio el agarre de su nuca, regalándole una última caricia antes de retroceder un paso y romper el abrazo. Caminó sin prisa hacia la mesa de noche y, sin quitarle la mirada de encima, tomó el teléfono móvil, regresó junto a ella con la misma parsimonia y se lo extendió sobre la palma de la mano.
—Tienes razón —dijo Magnus. Su voz no guardaba ira, sino un tono llano, seco y desprovisto de toda calidez, impregnado de un agotamiento profundo—. Tienes toda la razón, cariño. No sé en qué estaba pensando. Soy un ingenuo y un blando que solo sirve para apañar delincuentes y encubrir delitos. Toma el móvil —insistió, manteniendo la mano extendida—. Llama a la policía. Diles que la mocosa acaba de aparcar un vehículo robado en la entrada de nuestra casa. Pídeles que manden un par de patrullas, que la saquen esposada de su habitación a las tres y media de la mañana y que la metan en una celda para que le queden antecedentes penales permanentes y pierda la vacante en la universidad. Si quieres, dale un par de azotes también antes de que se la lleven, así le queda bien claro cómo se resuelven las cosas entre adultos aquí.
Magnus no apartó las manos de Adelaine. En su lugar, aflojó apenas la tensión de sus brazos, dejando que sus dedos trazaran una caricia lenta en la espalda de su esposa, buscando infundirle esa calma pesada que a él parecía no abandonarlo jamás.
Cuando ella terminó de hablar, Magnus no reaccionó con enfado ni con esa urgencia defensiva de quien necesita ganar una discusión. Se tomó un par de segundos para contemplarla en silencio, estudiándola con esa paciencia infinita y académica que solía desesperarla. Ladeó apenas la cabeza, mirándola a través de sus pestañas con ese gesto tierno y compasivo que Hailey solía decir que lucía como la mueca de perro bonachón, y volvió a hablarle en un susurro grave:
—No estoy mediando a su favor, mi amor. Y sé perfectamente que robar un automóvil no es robar un dulce —dijo, pausadamente—. Mañana va a tener que devolver ese auto, dar la cara y asumir el castigo que le corresponda. No le voy a perdonar el delito, ni voy a justificar cómo te habló. Pero tirarla a los leones a la madrugada mientras está al borde de un colapso no es educarla, es destruirla.
Hizo una pausa y deslizó una de sus manos desde su espalda hasta su nuca, enredando los dedos en su cabello para sostener su cabeza, obligándola suavemente a mantener esa cercanía.
—Es una adolescente, Laine. Y es la hija de Grant —añadió, con la simple objetividad de un hecho incontrovertible—. Sé lo mucho que te duele, aunque no lo digas, porque sé todo lo que has hecho por ella desde que era una niña y porque creo que conozco tu corazón detrás de ese caparazón que te empeñas en ponerle. Pero si nosotros reaccionamos desde el orgullo, le confirmamos exactamente lo que su mente cree: que este lugar no es su hogar, y que nosotros no la queremos.
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Si alguna vez alguien le hubiera preguntado en qué momento exacto su vida había comenzado a deformarse, Elaine no habría sabido responder. No porque le faltara memoria. Al contrario. Los cuatrocientos años de inmortalidad le habían otorgado una capacidad casi cruel para recordar.
El tiempo no había borrado los detalles; los había preservado con una nitidez que a veces resultaba insoportable. Recordaba conversaciones completas sostenidas siglos atrás, los rostros de personas cuyos nombres el mundo había olvidado hacía generaciones, el sonido preciso de ciudades que ya no existían y la sensación exacta del aire en lugares desaparecidos de los mapas. Podía reconstruir sin esfuerzo las tardes de té compartidas con la élite francesa, las noches interminables de la Belle Époque o el barro que se acumulaba en las trincheras durante la Segunda Guerra Mundial. Sabía dónde había estado, qué había dicho y qué había pensado en cada uno de aquellos momentos. Ninguno se había perdido.
Sin embargo, cuando intentaba comprender el presente, toda esa claridad se desvanecía. No conseguía identificar el punto preciso en el que su vida había dejado de pertenecerle. Era como si hubiera cruzado una puerta sin advertirlo y, al girarse, el camino anterior hubiera desaparecido por completo. Podía enumerar los acontecimientos, recordar cada decisión tomada y sus consecuencias. Pero entender cómo todas aquellas piezas se habían ensamblado hasta construir la existencia que ahora llevaba era una cuestión distinta.
Todavía le resultaba extraño detenerse unos segundos y aceptar que ya no era la diseñadora reconocida que caminaba por Nueva York entre desfiles, reuniones y portadas de revistas. Aquella mujer persistía en sus recuerdos con la misma intensidad que cualquier otra versión de sí misma, pero la distancia que la separaba de ella parecía mucho mayor que unos pocos años.
Ahora vivía en una casa en Maryland. Incluso dentro de su propia cabeza, la idea seguía sonando ajena.
Irlanda había ocurrido, por supuesto. Era imposible olvidarlo. Ninguna parte de ella podía borrar un período tan cargado de violencia, pérdidas y sangre. Durante mucho tiempo, la idea de que en la oscuridad podía encontrarse un resquicio de luz le había parecido una frase vacía, un consuelo destinado a tragedias ajenas. Con el tiempo, sin embargo, había terminado por admitir que quizá contuviera algo de verdad. Maryland se había convertido, de algún modo, en ese lugar. No porque hubiera olvidado lo anterior —jamás podría hacerlo—, sino porque allí, por primera vez en siglos, había encontrado algo que no necesitaba sobrevivir para conservar.
Magnus, por ejemplo.
Su mente nunca había logrado desprenderse del hombre con el que se había amado en silencio mientras recorrían los pasillos oscuros de aquel burdel en 1921. Ahora despertaba cada mañana a su lado en una casa demasiado grande para alguien que había pasado siglos sin pertenecer a ningún sitio. Llevaba un sencillo listón de oro en el dedo anular, un detalle discreto que todavía, de vez en cuando, la obligaba a detener la mirada unos segundos para comprobar que seguía allí. Y, como si el destino hubiera decidido compensar siglos de pérdidas con una generosidad que aún le costaba aceptar, existía también una pequeña versión de ambos.
Alec Ravenscroft tenía dos años. Era un niño de cabellos rubios y sedosos como los de su padre, que caían en suaves ondas sobre su frente. Sus ojos eran verdes, del mismo tono profundo que compartían Magnus y ella, y brillaban con una curiosidad constante. Sin embargo, si Elaine debía ser sincera, el resto de su rostro pertenecía claramente a ella: la nariz fina, la boca bien dibujada y esa forma particular de fruncir el ceño cuando algo no terminaba de convencerlo. En sus rasgos faciales se reconocía a sí misma con una nitidez que a veces la desarmaba.
En temperamento, Alec era una mezcla extraña y fascinante de ambos. Risueño y curioso, charlaba sin descanso en su propio idioma de sonidos y palabras a medio formar, señalando todo lo que capturaba su atención con un entusiasmo que llenaba la casa. Al mismo tiempo, poseía una tranquilidad poco común para su edad; podía pasar largos ratos observando el movimiento de las hojas en el jardín o el fuego en la chimenea, absorto en un silencio sereno que parecía heredado de Magnus.
Elaine nunca se había imaginado, ni en un millón de años, haber traído un niño al mundo, estar con Magnus y simplemente tener esa vida tranquila que en muchas ocasiones había anhelado y guardado en un cajón porque ya no la veía posible. ¿Cómo había pasado de tener un penthouse en la Gran Manzana a preparar biberones y cambiar pañales en la madrugada? La pregunta cruzaba su mente con frecuencia, pero ya no la inquietaba. Simplemente estaba allí.
Ningún libro de maternidad que hubiera leído durante el embarazo la había preparado para la crisis de los dos años de Alec. De día era un ángel. De noche, en cambio, se convertía en un verdadero banshee. El llanto agudo, desesperado y casi ofendido por la mera existencia de la oscuridad resonaba por toda la casa. Las pataletas contra el suelo, los brazos rígidos, el cuerpo arqueándose con una indignación que parecía imposible de contener en un niño tan pequeño. Nada de lo que había leído —sobre berrinches, límites, paciencia y constancia— se parecía a la realidad que vivía cuando caía la noche.
Lo peor era que Alec la quería solo a ella. La necesitaba solo a ella. Podía estar Magnus sosteniéndolo con toda su paciencia, meciéndolo, hablándole en voz baja, ofreciéndole agua, un cuento o una manta. Bastaba con que el niño advirtiera la ausencia de Elaine para que el llanto regresara, más fuerte y desesperado, como si no verla fuera una injusticia intolerable. Había noches en las que lloraba hasta quedarse sin aliento, con las mejillas húmedas y los puños cerrados, extendiendo los brazos hacia ella con una urgencia que le partía el alma.
Por eso mismo, aquella noche había sido un pequeño milagro. Alec se había dormido casi al instante después de la cena y, lo mejor de todo, había aceptado quedarse en su cuna en lugar de terminar entre los dos en la cama grande. Elaine lo consideró una victoria silenciosa.
En cuanto vio caer al pequeño Goliat en su propia habitación, salió de allí con cuidado extremo. Cerró la puerta con lentitud, dejando solo una rendija, y mantuvo ese mismo ritmo sigiloso hasta llegar a su dormitorio. Entró a paso rápido, cerró la puerta tras de sí y no pudo evitar que una ligera sonrisa se dibujara en sus labios al ver a Magnus en la cama, recostado contra los almohadones, con aquellos malditos lentes de leer y el viejo libro de tapa gastada que devoraba cada noche. Elaine esbozó una pequeña sonrisa. No sabía si la imagen resultaba verdaderamente erótica o si era solo el efecto de meses de celibato forzoso, pero tampoco le importaba.
—Ravenscroft, te recomiendo que por tu propio bien que dejes ese jodido libro a un lado ahora mismo —murmuró, quitándose las botas justo en la entrada y lanzándolas a un costado sin ceremonia—. Llevo semanas con las ganas acumuladas y si no me follas como Dios manda ahora mismo, te juro que voy a enloquecer y quemar toda tu estantería de libros anticuados.
Elaine avanzó hacia la cama y desabotonó la blusa con gestos impacientes, dejándola caer al suelo.
Todavía riendo por lo bajo, se subió a la cama y gateó lentamente hacia él con la mirada fija. Al llegar, se sentó a horcajadas sobre sus caderas, le apartó el libro con un gesto brusco que lo hizo caer a un lado y, sin darle tiempo a reaccionar, le quitó los lentes con una mano. Con la otra, agarró el borde de su camiseta y se la subió con decisión, obligándolo a incorporarse ligeramente para quitársela del todo.
—Nuestro pequeño demonio se durmió casi solo, ¿puedes creerlo? Me costó la vida, pero se quedó en su cuna como un bendito —dijo, haciendo una pausa, tomando su rostro y propinándole un beso en los labios —. Así que vas a recompensarme por ese rapidito decadente de la semana pasada en el armario de la cocina. Ya sabes… el que duró menos que un suspiro.
Soltó una ligera risa contra su boca, deslizando con lentitud su mano por el pecho de Magnus. Se separó solo unos centímetros de su boca y continuó bajando hasta colarse dentro de sus bóxers, envolviéndolo con decisión.
—Se me ocurren muchas cosas. Quizás podamos retomar esa lección del baño de abajo, profesor, ¿mmh?
Ni bien terminó de pronunciar la última palabra, un fuerte estruendo resonó en la casa, como de vidrio rompiéndose en pedazos. Elaine supo de inmediato, por la cercanía y la dirección del sonido, que había provenido de la misma planta superior, directamente en el pasillo. Apenas un segundo después, Alec estalló en llanto en su habitación, un llanto agudo y desesperado que cortó el aire como una alarma.
Elaine se levantó casi de un salto del regazo de Magnus y de la cama. Sin perder tiempo, abrió la puerta del dormitorio y salió al pasillo con el corazón acelerado. Avanzó unos pasos decididos, pero se detuvo en seco al ver una luz tenue y extraña que provenía de la puerta entreabierta de la habitación de Hailey.
Lo que sintió no fue miedo. Su mente no se perdió en escenarios caóticos de ladrones, asesinos o mapaches irrumpiendo en la casa. Para su mala suerte, ya tenía una idea bastante clara de lo que podía ser aquello. Sin dudar ni un mísero segundo, se dirigió hacia la puerta y la abrió de un empujón.
Allí estaba. No era solo el vidrio de la ventana hecho añicos —eso vendría después—, sino Hailey Grant, de pie en medio de la habitación.
Si Elaine no terminaba de entender cómo su vida lujosa en Nueva York había mutado a lo doméstico en Maryland, aún menos comprendía cómo aquella niña dulce se había convertido en esta joven adulta amargada y universitaria con la que discutía más de lo que le gustaría admitir. Se suponía que debía estar en el campus. ¿Qué demonios había pasado?
Hailey era incorregible. Rebelde hasta la médula, ignoraba sistemáticamente todas las reglas de la casa. Lo que más indignaba a Elaine no era que fuera una mocosa malcriada con aires de grandeza, sino que esos aires se parecieran tanto a los de Logan Grant. No solo eran sus ojos. Era aquella actitud nebulosa y atractiva de quien se negaba a formar parte del sistema y se pasaba las reglas por el culo. La misma niñita que antes la miraba como si fuera lo más fascinante del mundo ahora era una joven desarrollada que disfrutaba recordarle con crueldad que no era su madre.
¿Cómo mierda se atrevía? Después de todo lo que había pasado... ¿cómo mierda se atrevía?
Elaine frunció el ceño con fuerza y levantó las manos en un gesto de absoluta incomprensión, mientras el llanto incesante de Alec desde la otra habitación se sumaba a su irritación.
—¿Ahora lo nuevo es que no uses una puta puerta como una puta persona normal? —soltó con voz tensa—. ¿Se puede saber qué demonios haces aquí y por qué acabas de romper la ventana de tu habitación cuando se supone que deberías estar en la universidad?
Hailey no lucía fastidiada ni enfadada por el caos que había ocasionado, pero tampoco precisamente sorprendida. Lucía, para ser exactos, muy decepcionada de sí misma. La idea original era no despertar a nadie y colarse en silencio, pero por lo que había alcanzado a ver a través del marco antes de que Elaine irrumpiera, hasta la señora Morrison de la casa de al lado se había asomado por la ventana de su alcoba para averiguar qué demonios había sido semejante escándalo.
Al principio, Hailey esbozó una sonrisita tensa dirigida a Elaine. Pero al escucharla quejarse sobre usar la puerta como una persona normal y exigir explicaciones sobre la universidad, soltó un resoplo gigante que pareció vaciarle los pulmones como si hubiera estado aguantando la respiración desde que cometió el desastre.
—¡Oh, mil perdones, vuestra majestad! —arrancó diciendo, acompañando las palabras con una reverencia tan exagerada y torpe que por poco pierde el equilibrio al incorporarse—. Os suplico clemencia por no haber mandado un digno emisario, o una maldita paloma mensajera con el sello real, para anunciar mi humilde llegada a vuestros dominios. Desgraciadamente, se me agotaron las reservas en las caballerizas del palacio, y sabréis que la burocracia para conseguir un mensajero a caballo a estas horas de la noche es jodIDAMENTE IMPOSIBLE!
Le echó una ligera mirada de arriba abajo a Elaine, sosteniéndole la frente con esa mezcla tan Grant de provocación y desgaste. Pero la verdad era que no tenía ganas de embarcarse en otra discusión. La energía se le escapaba por los poros, aplastada por la humillación del día.
—Escucha, Laine, lo siento, ¿de acuerdo? Olvidé mi teléfono y mis llaves en el campus —continuó, con un tono desgastado que no tardó en descarrilar en una verborrea atropellada y ansiosa mientras se apartaba el cabello de la cara de un manotazo—. No tenía forma de llamarte ni de entrar por la puerta como una persona normal. No quería despertar a nadie, sé que es tarde, sé que Magnus trabaja temprano y se que Alec duerme. Pero si quieres saber por qué estoy aquí, pues bien... es lo justo, te lo diré: discutí con Adam. Tenías razón, es un imbécil y, efectivamente, me estaba engañando con Veronica. Nos peleamos. Le grité en la cara, frente a todos, que era un deficiente mental, un producto defectuoso de la endogamia y un infeliz con la masa encefálica de un bagre. Él, por supuesto, no se quedó callado. Me dijo que yo era una egocéntrica psicótica, insoportable, que no me quería ni mi propio padre y que por eso me iba a quedar sola para siempre, porque ni siquiera ustedes me soportaban. Pero no se quedó ahí, no... ¿Sabes qué más dijo? Dijo que probablemente mamá prefería estar muerta antes que seguir aguantando a una hija como yo.
Hailey soltó una risa corta, pero fue una risa curiosa. Una mezcla amarga de ironía y furia que la hizo desviar la mirada unos segundos antes de continuar.
—Por supuesto que todo escaló. Nos empujamos, e Idris, Billie y Jonathan se metieron; supongo que tenían miedo de que nos matáramos a golpes. Le dije que al menos yo sé quiénes son mis padres y que él es un bastardo fruto del incesto entre un primo y una mula. Luego, sí, lo hice: le estampé un puñetazo en la cara, le arrebaté las llaves de su auto y conduje hasta aquí.
Justo en ese instante, al fondo del pasillo, los alaridos desgarradores de Alec cesaron de golpe, reemplazados por un silencio sepulcral que delataba la intervención milagrosa y sigilosa de Magnus en la otra habitación.
En medio de esa repentina calma, Hailey observó la expresión con la que Elaine la miraba.
—¿Qué? —soltó en un susurro audible—. No es para tanto. Adam es de un pueblo de mierda en las profundidades de Alabama donde se casan entre primos y la atracción turística principal es cazar caimanes mientras beben cerveza en lata, Elaine. Un puñetazo no es nada comparado con lo que vive los 4 de Julio en su casa, creeme.
Le dio la espalda para evaluar el desastre de la ventana y, mientras se agachaba con total parsimonia para recoger los primeros pedazos de cristal del suelo, añadió en un murmullo casi reflexivo:
—Probablemente en este momento esté pensando en cómo pedirme matrimonio.
La habitación, el silencio posterior a los llantos de Alec, la presencia de Hailey y ella a medio vestir: nada de aquello ocupaba su atención. Su mente se había cerrado en un solo pensamiento recurrente, el mismo que reservaba exclusivamente para la conducta de su hijastra. Observaba a la joven y se preguntaba, una vez más, de qué modo aquella niña dulce se había convertido en una versión femenina de su padre.
El sarcasmo idéntico, la inclinación del cuerpo como si ocupara un trono, el ceño frustrado que marcaba su rostro. Todo apuntaba a Grant con una precisión que la hacía sentir, en más de una ocasión, que estaba saldando alguna deuda pendiente.
Una parte mínima de ella —tan pequeña que apenas la escuchaba, y que solo afloraba de forma accidental frente a Magnus cuando Hailey mencionaba a su padre— había albergado la esperanza de que la mocosa no siguiera aquellos pasos. Logan Grant podía ser un hijo de puta y un imbécil, sí, pero Elaine sabía también que no era un mal tipo del todo. Por eso se había esforzado, en aquel acuerdo tácito por la custodia, en ofrecerle a Hailey todo aquello de lo que Grant había carecido. Quería evitar que la niña terminara como él.
Ahora resultaba malditamente evidente que era demasiado tarde. Así que hizo lo único que le quedaba: pasar por la verborragia característica de Hailey y esperar la peor parte, porque siempre la había.
Se pasó ambas manos por el rostro con un gesto lento, cansado, y escuchó. Escuchó el relato completo, la justificación del vidrio roto, la explicación de su llegada repentina a la casa. Mientras la voz de Hailey llenaba el aire, Elaine se masajeó los ojos con los nudillos, luego las sienes, con una impaciencia que no intentaba disimular. Cada detalle del monólogo la empujaba un poco más hacia la irritación contenida; cada pausa de la joven parecía invitarla a interrumpir, y sin embargo se contuvo, dejando que el torrente de palabras siguiera su curso.
Al final del relato, sin embargo, experimentó una pizca de satisfacción. Había tenido razón en una sola cosa: ese tal Adam era un idiota. No era alguien para Hailey. Tras semanas de oír el podcast improvisado de la cría sobre su novela amorosa mientras ella misma se ocupaba de los quehaceres, al menos la joven había llegado a la misma conclusión.
Pero entonces Hailey mencionó el auto.
Elaine levantó la vista de inmediato. La impaciencia se transformó en algo más agudo, casi incrédulo.
—¿Qué? ¿Qué mierda hiciste? —preguntó—. ¿Cómo que le robaste el auto a ese tipo?
Se movió de inmediato de su sitio. Con pasos medidos, esquivando los fragmentos de vidrio esparcidos por el suelo, se abrió camino hasta la ventana. Apoyó ambas manos en el alféizar frío y asomó la cabeza por el hueco irregular que su hijastra había abierto minutos atrás. Abajo, justo frente a la entrada de la casa, el automóvil estaba aparcado con una evidencia insultante. No era el suyo. No era el de Magnus. Pertenecía, evidentemente, a alguien más.
Se volvió hacia Hailey.
—Sí, tu exnovio puede ser un imbécil de mierda y tu amiga una zorra —dijo—, pero eso no te da derecho a robarle el auto, convertirte en una puta prófuga y, para colmo, estacionarlo aquí, en la casa de tu familia. ¿En qué mierda estabas pensando, delincuente? ¡Porque algo me dice que no piensas una mierda! Ni una. La policía puede aparecer en cualquier momento si reportan el robo. Magnus puede perder el jodido trabajo si medio vecindario se entera de que tenemos un vehículo robado frente a la puerta. ¿Tienes idea de lo jodido que está siendo todo esto o debo explicártelo de una forma más adecuada? No me jodas, Hailey... ¡Magnus!
Hailey frunció el ceño de una manera tan furiosa que sintió que la punta de sus dos cejas se unían en una contorsión horrible en el centro de su cara.
—¿Magnus? ¿En serio? Ay, por Dios. Eres una exagerada. ¿No me escuchas cuando te hablo? Adam es de Alabama, Elaine. ¡Alabama! Esto es un domingo cualquiera en su familia, no va a denunciarme. No se atrevería. Sabe perfectamente que soy capaz de incendiarle el auto si lo hace, ¿y sabés por qué lo sabe? Porque se lo dije en la cara.
Magnus apareció en el umbral de la puerta justo después de soltar un suspiro tan gigante como la paciencia que la situación requería. Se acomodó detrás de Elaine y le dio un mimo ligero en la espalda, deslizando la mano por encima de la tela de su piyama para intentar rebajar la marea de furia que recorría el cuerpo de su esposa. La había escuchado llamarlo. Es más, había escuchado absolutamente todo.
Antes de hablar, se tomó un segundo para evaluar el panorama con total templanza. Paseó la mirada del marco destrozado de la ventana a las astillas de vidrio en el suelo, y finalmente la fijó en Hailey. Ella le sostenía el contacto visual con los brazos cruzados, desafiante ante cualquier cosa que él pudiera recriminarle.
A diferencia de Elaine, Magnus no veía el fantasma de Grant en la muchacha. No había convivido lo suficiente con el como para buscar paralelismos en sus gestos o en su tono de voz. Cuando Magnus miraba a Hailey en medio de uno de sus desplantes, a quien veía en realidad era a Silas, su primer hijo, el primogénito de su primer matrimonio con Fiona. Hailey, con esa mezcla explosiva de herida abierta y rebeldía sin causa propia de los adolescentes, era la viva imagen de Silas en su peor época.
Sin embargo, había una diferencia sustancial entre ambos. Una que a Magnus le resultaba fascinante: la audacia.
Silas, en sus años más dificiles, solía dar la vuelta, dar un portazo y atrincherarse en su habitación con música a todo volumen. Jamás lo habría enfrentado con semejante desfachatez, sosteniéndole la mirada sin pestañear. Eso era territorio estrictamente femenino.
Magnus estaba convencido de que la audacia era un rasgo propio de las mujeres de su historia porque, si bien Morrigan, su segunda hija, había sido infinitamente más dócil y menos dada a los exabruptos, jamás le había temblado el pulso para plantársele de frente cuando consideraba que la razón la amparaba. Él siempre pensó que Morrigan había heredado ese carácter de Gillian, su abuela.
Gillian era inquebrantable, brillante y de emociones explosivas. Magnus encontraba a Elaine en esa misma clase de mujer, y Hailey, al fin y al cabo, había crecido bajo el ala de Elaine.
La ecuación era ridículamente simple.
—Amenazar con un incendio provocado no suele ser una estrategia legal demasiado sólida, Hailey —dijo Magnus. Su voz brotó pausada, grave y profundamente tranquila, sin la más mínima traza de enojo o alteración.
Hailey bufó.
—Es una estrategia de disuasión —soltó, remarcando la palabra como si fuera un concepto nuevo para Magnus. Lo era para ella. Se lo había escuchado a Bartosz apenas unos días atrás, durante la cena de cumpleaños de su padre—. Se llama guerra psicológica. Si el muy imbécil sabe de lo que soy capaz, va a pensarlo dos veces antes de llamar a la policía.
—O —intervino Magnus, manteniendo la mano apoyada en la espalda de Elaine para transmitirle calma— le das la excusa perfecta para denunciarte por dos delitos en lugar de uno. Robo de vehículo y extorsión con amenaza de daños a la propiedad.
—¡Me engañó con Veronica en la biblioteca! ¡En la sección de historia! —se quejó Hailey, alzando la voz, ansiosa e indignada por el hecho de que ninguno estuviera priorizando la magnitud del agravio moral de lo que había hecho Adam—. Me humilló y se burló de mí. ¡Tiene suerte de que no lo haya incendiado aún!
Magnus alzó de inmediato una mano en el aire con un gesto pausado de la palma hacia abajo, pidiéndole mesura en el volumen, e hizo un suave chasquido con los labios para cortarle el arrebato. Hailey, por supuesto, lo ignoró, sosteniéndole la mirada con la mandíbula apretada.
—Shhh... Alec acaba de dormirse —murmuró, sin perder un ápice de esa paciencia que parecía impenetrable—. Escúchame, cariño... Comprendo perfectamente que estés furiosa. Tienes todo el derecho de estarlo, Adam se comportó como un completo idiota. Pero en el mundo real, eso no te exime de terminar en una celda.
Hailey soltó una risotada ahogada, inclinando la cabeza con un gesto desafiante.
—Por favor... ¿En serio me vas a dar un discurso sobre la legalidad? ¿Justo ustedes dos? Que ridículo. Mírame a los ojos y dime que te importa un carajo la ley.
—La ley me importa un carajo —corrigió Magnus de inmediato, sin perder el eje ni elevar un solo tono de su voz—. Lo único que me importa es conservar la paz en esta casa y que, mientras tanto, no termines en la cárcel por un impulso estúpido. Así que la situación es esta... Me vas a dar las llaves del auto ahora mismo y mañana a primera hora veré cómo resolver todo de la manera menos escandalosa posible.
—No.
—Hailey...
—No.
—Dame las llaves.
—No —repitió Hailey, dando un paso atrás y cerrando el puño alrededor del llavero dentro del bolsillo de su chaqueta, como si temiera que Magnus fuera capaz de teletransportárselo de las manos.
—Hailey, no te estoy pidiendo permiso —insistió él.
—No —insistió ella—. Si se lo devuelvo, pensará que me asusté, que vine corriendo a pedirles ayuda y no voy a darle ese gusto. Antes prefiero que nos lleven en una patrulla a los dos.
—Nadie va a ir en patrulla a ninguna parte —dijo Magnus, dando un paso lento hacia adelante, dejando a Elaine detrás—. Entiendo el orgullo, créeme que lo entiendo mejor de lo que piensas, pero el orgullo no paga una fianza ni te salva del comité de la universidad si esto escala. Estoy seguro de que tu padre está pagando una fortuna en esa matrícula, Hailey, y esa gente no va a dudar ni un segundo en expulsarte si se entera de todos los problemas en los que te has metido este año. Dame la llave.
Adelaine se pasó una mano por el rostro y decidió dejar que Magnus manejara la situación durante unos segundos.
De los dos, él siempre había parecido conservar el control cuando se trataba de Hailey. Ella, en cambio, necesitaba muy poco para sentir que la paciencia empezaba a agotársele. Bastaban unas cuantas palabras dichas con ese tono desafiante tan propio de la adolescencia para que tuviera que recordarse a sí misma que perder los estribos jamás resolvía nada.
Había vivido demasiado como para ignorar que el mundo cambiaba. Había visto reinos caer, fronteras modificarse, guerras empezar y terminar, costumbres desaparecer hasta convertirse en simples anécdotas de los libros de historia. Sabía que cada generación encontraba una forma distinta de desafiar a la anterior y que los adolescentes, sin importar el siglo, parecían compartir la misma capacidad para creer que eran invencibles.
Aun así, había ocasiones en las que no podía evitar pensar en su padre.
Si ella hubiese tenido la brillante idea de contestarle con la mitad del descaro con el que Hailey lo hacía, Duncan Mackenzie ni siquiera le habría dado tiempo a terminar la frase. Primero habría llegado el coscorrón detrás de la cabeza. Si insistía, unos doce azotes en la espalda. Si la insolencia persistía, probablemente habría acabado sentada durante horas con la dignidad hecha trizas después de recibir una paliza que ninguna mujer de las Tierras Altas encontraba extraordinaria para la época. Luego vendría el sermón, largo, severo y pronunciado con esa calma que siempre daba más miedo que los gritos. Y, por si todo aquello no bastaba, su madre se habría encargado de recordarle durante semanas que avergonzar a su padre delante de otros era una estupidez que solo una muchacha sin dos dedos de frente cometería.
Pensándolo bien, Hailey habría sobrevivido exactamente cinco minutos en la Escocia de 1700.
Después pensó en Alec.
Todavía era un niño pequeño, incapaz de quedarse quieto durante demasiado tiempo, siempre curioso y dispuesto a convertir cualquier rincón de la casa en una aventura. Sin embargo, tarde o temprano también crecería. Algún día llegaría esa etapa en la que estaría convencido de saber más que sus padres, discutiría por cualquier cosa y encontraría nuevas maneras de poner a prueba la paciencia de ambos. Solo imaginarlo bastó para hacerle sentir un cansancio anticipado.
Se frotó los ojos con los dedos, intentando aliviar la tensión que comenzaba a instalarse detrás de ellos. Apenas lo hizo, el tono de advertencia en la voz de Magnus llegó a sus oídos y levantó la vista de inmediato.
Frunció ligeramente el ceño. Negó una sola vez con la cabeza. Luego acortó la distancia que los separaba con un par de pasos tranquilos y volvió a negar, dejando que una sonrisa irónica curvara apenas una de las comisuras de sus labios.
—No, claro que no. Tú no vas a resolver ningún puto asunto relacionado con un automóvil robado de la forma menos jodida y escandalosa posible. Eres un maldito profesor, Magnus. Tienes un trabajo estable, una familia a la que perteneces y una vida construida. No eres un jodido delincuente ahora y mucho menos el encargado de ir limpiando los desastres que deja otra delincuente.
Se cruzó de brazos y se encogió ligeramente de hombros antes de volver la vista hacia Hailey.
—Pero claro... ya que has decidido demostrar con tanto empeño que eres una mujer completamente adulta, independiente, rebelde y absolutamente dueña de su vida...
El evidente sarcasmo en su voz hizo innecesario cualquier esfuerzo por ocultarlo.
—...entonces también tendrás que aceptar las responsabilidades de ser adulta. Felicidades, cariño. Son una porquería, pero así funciona la vida. Aunque, si soy completamente sincera... —entornó la mirada, burlona—. Sigo pensando que robar un automóvil porque tu ex decidió acostarse con una imbécil llamada Verónica no me parece precisamente una decisión muy adulta. Más bien como un berrinche propio de una novela adolescente y no de ti, pero oye... está bien, voy a dejar pasar ese pequeñito detalle.
Sin apartar la mirada de Hailey, comenzó a acercarse lentamente. No hubo prisa en sus pasos ni vacilación alguna en su expresión.
—Así que, vas a hacer exactamente lo que hace un adulto cuando comete una estupidez: vas a devolver el maldito automóvil. Porque esto ya dejó de afectarte únicamente a ti, ahora también afecta a todas las personas que vivimos en esta casa porque tuviste la maravillosa idea de traerlo a nuestro garaje y hacernos cómplices de tu ataque histérico.
Se detuvo frente a ella y la señaló con un dedo.
—Y después vas a afrontar las malditas consecuencias como la maldita adulta que tanto insistes en ser.
Su expresión perdió cualquier rastro de ironía. Verse en los ojos de Hailey le provocaban el mismo instinto que cuando solía verse en Grant: la jodida manía de amenazar a alguien que prefería ir por encima de toda regla.
—Porque, si no lo haces, Hailey... y te lo juro por Dios...
Dejó transcurrir apenas un segundo de silencio.
—...seré yo quien tome el maldito teléfono, marque a la policía ahora mismo y denuncie el robo. Tú decidirás cómo demonios termina esto. No me tientes, mocosa. Quizás a tu padre le importe un carajo, probablemente robar un auto sea lo mínimo en lo que puede llegar a dedicarse en un día laborable, pero _a mí_ no. Devuelve el puto auto o pasa una semana detrás de una celda y pierde tu puesto en la universidad.
Hailey ni siquiera parpadeó ante el dedo que la señalaba, ni ante la amenaza de entregarla a la policía.
Si algo había aprendido en sus pocos años de vida, era que la intimidación con Adelaine funcionaba bajo las leyes de la fuerza. Siempre era igual, un choque directo de egos en el que la primera que pestañeaba perdía. Con Adelaine no había misterio, no había una autoridad ni una presencia que la hiciera encogerse como a una niña asustada. Solo había otra mujer intentando marcar su territorio.
Con Magnus, en cambio, la cosa era distinta.
Si él lograba intimidarla (en las raras ocasiones en que lo hacía) no era por miedo a un grito, a una amenaza o a un castigo. Era algo puramente racional. Magnus tenía esa maldita costumbre de empeñarse en comprenderla y en desarmar sus berrinches con una lógica quirúrgica que la hacía sentirse ridículamente pequeña y lo que era peor: estúpida.
Pero al lado de Adelaine, no. Al lado de Adelaine solo sentía una rabia ardiente y concentrada que se volvió peligrosa al escuchar esa risita y la frase sobre el berrinche propio de una novela adolescente.
Las palabras se le clavaron en el pecho como una aguja, pero no por el insulto en sí, sino por la absoluta falta de empatía que revelaban.
Hailey había conducido a toda velocidad por la autopista con las manos temblando sobre el volante y el estallido de la discusión con Adam retumbándole en los oídos, buscando desesperadamente el único lugar que en su cabeza que todavía funcionaba como un refugio. Su hogar. El lugar seguro al que se suponía que podía correr cuando el mundo exterior se volvía una completa mierda y le rompían el corazón en mil pedazos. Y en lugar de refugio, ahí estaba Adelaine, parada a medio vestir en el pasillo, tratándola como a una intrusa que venía a arruinarle la paz.
Qué pedazo de hipócrita, pensó Hailey, apretando los puños dentro de los bolsillos con tanta fuerza que las esquinas metálicas del llavero del auto de Adam se le clavaron en la carne. Porque, maldita sea, si había alguien en esa habitación sin derecho moral para darle lecciones sobre decisiones adultas, madurez o lealtad, era precisamente ella.
Hailey dio un paso al frente, pero antes de que las dos mujeres terminaran de colisionar en lo impredecible, Magnus se cruzó en la trayectoria. Desplazó su cuerpo con una rapidez serena, poniéndose en medio y apoyando una mano firme pero cuidadosa sobre el pecho de Hailey para frenar su avance.
—Hailey, basta —pidió.
Pero Hailey ya no escuchaba. Pasó por alto la presencia de Magnus, inclinando el rostro por encima de su hombro para sostenerle la mirada a Adelaine con desprecio.
—Mi mayor berrinche de novela, como dijiste, fue robarle el auto a un idiota que me engañó —le dijo, con la voz temblando de rabia—. Tú te construiste una jodida vida entera con tus malditos berrinches.
Magnus sintió el impacto de las palabras y ejerció una ligera presión sobre el pecho de la joven, obligándola a dar medio paso atrás, aunque Hailey no le quitaba la vista de encima a Adelaine.
—Hailey, no cruces esa línea —advirtió Magnus, perdiendo la calidez de su tono y volviéndose peligroso—. Estás descargando el golpe contra la persona equivocada.
—¡No estoy descargando una mierda y quítame las manos de encima! —se quejó Hailey, apartando la mano de Magnus de un manotazo frustrado, aunque sin atreverse a empujarlo—. Se llena la boca hablando de mi papá como si fuera un delincuente de poca monta solo para justificarse a sí misma y sus propios berrinces adolescentes. ¡Ella es la última persona en esta casa con derecho a darme discursos de moralidad sobre cómo afrontar las consecuencias! Vete a la mierda, Adelaine. Vete a la mierda tú y toda esta fantasía que te construiste, porque es todo una jodida mentira. Es todo una mierda de cartón piedra. Tú eres una mentira.
Magnus echó un vistazo rápido hacia atrás, evaluando el rostro de Adelaine y midiendo el pulso de la marea antes de volver a fijar sus ojos en la joven. La miró en silencio durante un segundo eterno, con esa agudeza que a Hailey tanto le molestaba porque sentía que le estaba leyendo cada herida abierta.
No pasó mucho antes de que las primeras lágrimas traidoras comenzaran a brotar. Con Hailey nunca había un espectáculo de llanto dramático; a ella la tristeza se le escurría en un goteo silencioso y era la prueba amarga de una batalla encarnizada contra el colapso inminente en la que la angustia siempre terminaba ganando.
Se limpió el rostro con el dorso de la manga en un manotazo brusco, soltando un hipo ahogado de pura impotencia.
Siempre sucedía igual. Hailey terminaba sofocándose en su propio veneno.
Esta vez la marea la superaba por completo. Se sentía estúpida, ridícula por haber confiado en Adam, aplastada por la humillación de una traición que la dejó expuesta frente a todos sus amigos del campus. Y allí, de vuelta en Maryland, el golpe terminaba de hundirla: se sentía una basura, indigna de reclamar un hogar que ni siquiera le pertenecía por completo. Magnus y Adelaine ni siquiera eran sus padres y, aun así, ella se daba el lujo de escupirles rabia y maltratarlos. ¿Para qué? Solo para esconder la paliza del cansancio y ese dolor agudo de saberse profundamente desamparada.
Pero lo que verdaderamente la devoraba por dentro no era la pena, sino la vergüenza: la rabia feroz de verse expuesta, desnuda y vulnerable, justo bajo el escrutinio de ambos.
Magnus soltó un suspiro pesado, cerró los ojos y se refregó el puente de la nariz con dos dedos, intentando sacudirse el embotamiento que comenzaba a acumularse tras sus párpados. La tensión en la casa era físicamente agotadora. En cinco horas sonaría el despertador y le esperaba una jornada interminable en el campus: dictar clases, lidiar con los comités del departamento y fingir ante el mundo académico que su vida era un eje perfecto de compostura y control. Y allí estaba, a la madrugada, sirviendo de muro de contención entre el veneno reprimido de una adolescente y los cuatrocientos años de orgullo de una escocesa.
Lentamente, apartó la mano de la cara y giró la cabeza hacia atrás para buscar los ojos verdes de su esposa.
Fue un cruce de miradas apenas perceptible, pero cargado de un diálogo privado y denso. No había un reproche directo en los ojos de Magnus, pero sí una advertencia clara, el peso aplastante de su propio cansancio y la súplica implícita de que no echara más leña al fuego. Sabía exactamente qué botones de Adelaine acababa de apretar Hailey (especialmente al nombrar a Grant y poner en duda la legitimidad de su hogar), pero también sabía que si Adelaine devolvía el golpe, la fractura sería irreversible y la explosión impredecible.
Volvió a mirar a Hailey.
La severidad en su postura no había desaparecido del todo, pero la nitidez quirúrgica de su tono dio paso a una pesadez mucho más humana, ajada por las horas muertas de la madrugada.
—Estás agotada —dijo, con la voz desgastada y baja—. Voy a decir esto una sola vez y nos iremos a dormir todos. Este es tu hogar, no una trinchera. Y nosotros somos tu familia, no tus enemigos. Ve a darte un baño, llora todo lo que tengas que llorar y duerme. Mañana, con la cabeza fría, nos vamos a sentar a solucionar el desastre de la entrada y lo de Adam y su auto. Hablaré con el para que no presente una denuncia. Dame las llaves y el teléfono. Ahora, Hailey.
Hailey se quedó inmóvil un segundo, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando a un ritmo irregular. La tensión en sus hombros cedió de golpe, desplomándose bajo el peso del agotamiento acumulado. Sin articular palabra, metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó el manojo de llaves junto con el teléfono celular. Escondió el rostro inclinando la cabeza hacia abajo, dejando que la cortina desordenada de su cabello le cubriera las facciones para no mostrar la humillación ni las lágrimas que aún le mojaban las mejillas.
Extendió la mano y depositó las dos cosas sobre la palma abierta de Magnus.
Magnus cerró los dedos alrededor de los objetos y, en lugar de guardarlos de inmediato, acortó la distancia entre ambos. Con una ternura cansada pero infinitamente firme, le plantó un beso sobre la coronilla y le despeinó el cabello con el afecto torpe y cotidiano con el que solía hacerlo cuando ella era apenas una niña.
—Intenta descansar, ¿si? Mañana será otro día.
Sin esperar una respuesta que sabía que ella no estaba en condiciones de dar, Magnus se giró, tomó a Adelaine suavemente por el codo y, con una presión constante, la guio pasillo adentro de regreso a la habitación.
Al cruzar el umbral del dormitorio, el sonido seco de la puerta al cerrarse dejó afuera la penumbra del pasillo, pero no la marejada que Hailey había dejado a su paso.
Magnus no perdió el tiempo en rodeos ni en reproches formales.
Apoyó el teléfono y las llaves sobre la cómoda y, sin romper el silencio, se giró directamente hacia Adelaine. La estudió durante un segundo, con la frente ligeramente ceñida y esos ojos azules atentos que solían desmenuzar textos complejos a cada hora del día, intentando esta vez descifrar el impacto exacto que las palabras de Hailey habían dejado en ella.
Sabía que las acusaciones no eran simplemente un exabrupto adolescente sinsentido. En el fondo, y con una punzada incómoda de lucidez, Magnus reconocía que la chica tenía un punto dolorosamente certero en sus palabras. No era quién para juzgarlo ni era su lugar opinar sobre un pasado que ni siquiera le pertenecía, pero la precisión del golpe lo descolocaba: ¿cómo demonios sabía Hailey tanto sobre lo que había ocurrido en esa época, si apenas era una niña cuando todo eso sucedió? Aun así, conociendo a Adelaine, sabía que su orgullo podía erigirse como una coraza impenetrable ante el mundo, mientras por dentro las palabras de Hailey amenazaban con desatar un incendio silencioso.
Sin pedir permiso, cortó la distancia entre los dos. Enmarcó el rostro de ella entre sus manos, con los dedos largos presionando sus mejillas de un modo casi invasivo pero cargado de un afecto desmedido, obligándola a sostenerle la mirada.
—Mirame —le pidió en un susurro, áspero por el cansancio pero firme—. Vuelve aquí. No te quedes allá con lo que dijo.
Sintió la rigidez en la mandíbula de ella bajo sus palmas y, en un movimiento fluido, la atrajo hacia su pecho. La apretó contra sí con esa calidez desbordante, buscando sofocar cualquier rastro de amargura que Hailey hubiera querido sembrar en ella.
—Solo estaba buscando la forma de sangrar sobre alguien más para no sentir que se desangra sola —dijo, dejando un beso pausado en su cabeza—. No le des el gusto de meterse en tu cabeza.
Nueva York, Estados Unidos | 42 años | Soltero
Exdetective de la NYPD | Cazador
Ubicación actual: Brooklyn, Nueva York.
Curtis Holloman nació y creció en Nueva York, criado únicamente por su madre, Gloria. Sin una figura paterna presente, Curtis aprendió desde muy joven el valor del trabajo duro, la responsabilidad y la dignidad. Creció bajo el amparo de una madre devota que trabajó jornadas dobles en el sistema de salud pública como enfermera para sacarlo adelante, transmitiéndole un orgullo silencioso por sus raíces afroamericanas y una ética de vida intachable. Curtis es hijo único y esa condición moldeó su carácter: aprendió a ser independiente, observador y el protector de su hogar desde pequeño.
Con un talento innato para la deducción y un sentido de la justicia inflexible, ingresó a la Academia de Policía de Nueva York a los diecinueve años para jurar como oficial apenas cumplidos los veintiún años. Ascendió rápidamente en el escalafón hasta convertirse en detective de la División de Casos No Resueltos. Durante más de catorce años, Curtis fue la definición del policía ejemplar: metódico, sobrio y respetado por sus colegas.
Sin embargo, su carrera se estrelló de frente contra el "Archivo 99": un expediente clasificado que acumulaba anomalías sin resolver desde mediados de los años setenta. Lo que comenzó como la investigación de una serie de mutilaciones sin sentido en las profundidades de las líneas obsoletas del metro de Manhattan, pronto tomó la forma de una pesadilla. En las fotos de la morgue y en las grabaciones de las cámaras de seguridad que sus mandos intentaron borrar, no había sospechosos humanos ni explicaciones racionales: eran criaturas, depredadores alimentándose en la sombra de la metrópoli, amparados por un protocolo implacable de encubrimiento que involucraba a la cúpula policial y a funcionarios del ayuntamiento.
Al negarse a firmar el informe oficial —que atribuía los cuerpos masacrados a "colisiones con trenes y violencia entre indigentes"— y presionar para destapar la red que protegía a los monstruos a cambio de mantener el orden en la ciudad, Curtis fue acorralado. La maquinaria del departamento no tardó en triturarlo: confiscaron sus placas, borraron sus accesos y lo expulsaron de la fuerza bajo acusaciones falsas.
Lejos de rendirse, Curtis tuvo que aprender a sobrevivir entre los escombros de su propia vida.
La respuesta del departamento no fue solo expulsarlo, sino destruirlo para asegurarse de que nadie creyera una sola palabra de su historia. Le congelaron las cuentas, le revocaron la pensión tras casi dos décadas de servicio, ensuciaron su nombre en la prensa local como si fuese un loco y lo arrastraron a una espiral de deudas que le costó el embargo de su casa. De la noche a la mañana, el detective ejemplar de la NYPD se encontró sin placa, sin dinero y viviendo en un apartamento diminuto y desgastado en el distrito de Columbia Street, pagado al día con trabajos de poca monta. Pasaba madrugadas enteras en su auto haciendo vigilancias para abogados, cobraba fajos de billetes por hacer barridos de micrófonos en oficinas clandestinas y le sacaba partido a sus viejos contactos para desaparecer fichas policiales antes de que lleguen a la fiscalía.
A pesar de la ruina económica y del golpe demoledor a su orgullo, su prioridad jamás cambió: proteger a su madre que, ya anciana, vive con la convicción de que su hijo renunció por estrés y que hoy trabaja como consultor independiente de seguridad para firmas privadas. Curtis se desvive en la sombra para que a ella no le falte un solo plato de comida ni sus medicamentos, ocultándole cuidadosamente que la pensión que recibe mes a mes sale, en realidad, del tráfico de armas.
El Harbour comenzó siendo una necesidad.
En ese galpón de madera carcomida y olor a salitre que regenteaba Grant, Curtis encontró algo más útil que la empatía: un mercado negro en el que su frialdad policial cotizaba alto. Para la fauna de cazadores que se arrastra por el bar, él no es un colega más, sino el tipo que tiene datos útiles. Curtis utiliza la barra como una comisaría: filtra informes confidenciales antes de que los archiven, y borra huellas en bases de datos del Estado.
A cambio, no pide palmaditas en la espalda, sino lo que necesitaba para vivir: fajos de efectivo.
Curtis convirtió la misma metódica institucional que lo destruyó en su mejor arma para financiar su cruzada y mantenerse a flote.
Syracuse, Nueva York | 17 años Estudiante
Hacker | Cazadora
Ubicación actual: Baltimore, Maryland. Estados Unidos.
Para la administración de la universidad y para cualquiera que la haya conocido tras la traumática muerte de su madre, ella es simplemente Hailey Vance: una adolescente de diecisiete años que pisó la ciudad hace apenas un par de años atrás. Hailey es brillante, tiene una actitud insoportable y una obsesión enfermiza por el cyberpunk, el punk rock de los noventa y la música ruidosa. Sin embargo, detrás de sus audífonos y sus chaquetas militares de segunda mano, arrastra la misma sombra que su progenitor.
Aunque en los papeles legales figure como una chica ordinaria que mata el tiempo en el campus y finge que encaja, por sus venas corre el peso del apellido Grantovsky y, por ende, la condena de ser la hija de Grant.
Esa dualidad entre lo que aparenta y lo que lleva en la sangre define su día a día en Baltimore. Oficialmente, Hailey vive en una zona residencial a las afueras con Adelaine —la exnovia de su padre— y su actual esposo. Cuando la pareja colapsó años atrás, en un impulso de terquedad absoluta, Hailey decidió armar las maletas e irse con Adelaine. Grant, sabiendo que su propia vida era una bomba de tiempo pegada a sus demonios, no se opuso. Prefirió dejarla marchar hacia un hogar estable, aunque eso significara verla convertirse en una distante espectadora de su decadencia.
Pero la tranquilidad de una vida normal nunca fue una opción para ella. En lugar de encauzar su talento informático hacia un futuro en el mercado laboral, Hailey lo utiliza para algo mucho más peligroso: interceptar casos, decodificar archivos policiales y mapear anomalías sobrenaturales. Mientras sus tutores asumen que pasa las noches encerrada en su habitación dibujando o programando, ella monta una red impecable de mentiras para desaparecer. Le miente a Adelaine, engaña a su padrastro y esquiva los intentos de control de su padre para internarse en las sombras a cazar. La mayoría de las veces lo hace sola, confiando únicamente en sus reflejos y en un temperamento despiadado; otras, se adentra en el terreno con pequeños grupos de cazadores jóvenes tan imprudentes e inadaptados como ella.
Por más que Grant intente con todas sus fuerzas mantenerla al margen de las criaturas y del mercado negro, la sangre tira y la terquedad se hereda. Hailey sabe infinitamente más de lo que él imagina. Sabe perfectamente que las listas que él cuelga en la pizarra del Harbour no son para trabajos convencionales de muelle, por lo que usa su dominio de la tecnología para vigilar en secreto cada movimiento del bar. Desde su computadora hackea las cámaras de la zona, intercepta frecuencias de radio policial y rastrea a los cazadores que entran y salen del bar. Para ella, la red clandestina de su padre no es más que un rompecabezas digital que ya aprendió a resolver; y la caza, la única válvula de escape para su rabia.
A ojos del mundo exterior, Hailey Vance no es más que una adolescente zurda, sarcástica e inadaptada con un talento implacable para el arte digital y un problema grave con la autoridad. Pero para quienes conocen la verdadera sombra que proyecta el apellido de su padre, Hailey es exactamente el mismo acero duro e indomable de Grant.
Musmansk, Rusia | 40 años | Soltero
Dueño del bar Harbour | Contrabandista
Locación actual: Brooklyn, Nueva York. Estados Unidos.
Para el mundo, el tipo detrás de la barra en el bar del puerto se llama Thomas Vance.
Thomas es un sujeto de cuarenta años, de pocas pulgas, manos curtidas y una mirada que sugiere que ha visto más mierda de la que le corresponde ver a una sola persona en una sola vida.
Pero la verdad es que Thomas ni si quiera existe.
Thomas no es más que el último disfraz de un hombre que lleva toda la vida cambiando de nombre para sobrevivir.
Este hombre hoy opera desde el puerto de Red Hook, recluido entre los viejos muelles industriales de Brooklyn. Allí regenta un bar decadente, encajado entre galpones oxidados y la niebla densa que asciende del East River. Es su hogar, pero también es un antro decrépito que sirve de refugio a cazadores de paso y como fachada para su verdadero negocio: el contrabando.
Si necesitas sal de roca, munición bañada en plata, rastreadores de grado militar o cualquier reliquia u objeto que ni en el mercado negro sepan nombrar, él es tu hombre. No existe insumo, arma, veneno o secreto para aniquilar criaturas que este tipo no pueda meter en un contenedor y deslizar a través del jodido continente. Si un cazador lo necesita, él lo consigue. Y si a alguno le hace falta un trabajo, dentro del bar cuelga una pizarra repleta de casos listos para asignar.
Pero Thomas Vance apenas lleva unos años en este mundo y no es más que la fachada legal para las autoridades. Para ellos, solo es el dueño de un bar en banca rota que por las mañanas trabaja a medio tiempo en el puerto. Sin embargo, los cazadores más veteranos conocen la verdad. Saben que Thomas no es más que una máscara, y que la verdadera identidad detrás de esa barra, de esa red de contactos y de semejante bagaje le pertenece a Igor Timofeyevich Grantovsky.
Nació en el invierno de 1986 en un rincón helado de la Unión Soviética. Su madre, Oksana, apenas tenía dieciséis años recién cumplidos cuando lo trajo al mundo, fruto de una historia con un hombre del que jamás pronunció una sola palabra. Con apenas seis meses de vida, sus abuelos maternos —Pyotr, un viejo marinero malhumorado, y Sofya— agarraron lo poco que tenían y cruzaron el océano con la muchacha y el bebé en brazos, buscando refugio en la frontera brutal de Dutch Harbor, Alaska.
Allí creció Igor.
En la intimidad de su casa, sus abuelos se aferraban a la tradición de su país con un fervor desesperado, intentando inculcarle un patriotismo que sabían que el niño iría perdiendo con los años. Para ellos, él era Igorek o Garik, el nieto destinado a mantener encendidas las raíces que ellos debieron abandonar. Pero para el pequeño niño, cruzar el umbral de la escuela a los seis años fue como pisar otro planeta.
Para los estadounidenses del pueblo, el trabalenguas de su apellido era una causa perdida y el colegio no tardó en podar el problema por lo sano, rebautizándolo con lo único que les salía fácil al leer la lista de asistencia: Grant.
"Grant" fue la primera mascara americana que usó para encajar, el nombre con el que aprendió a pelear, a emborracharse y a construir una vida.
Para cuando el destino lo empujó al mundo sobrenatural, al tráfico ilegal de armas y, más tarde, a la clandestinidad de convertirse en Thomas al ser acusado de asesinar a su esposa, en el fondo ya era tarde. Entre el niño ruso que nunca terminó de existir del todo y el prófugo sin nombre que es hoy, su verdadera identidad siempre fue esa tierra de nadie llamada Grant.
En sus años jovenes, Grant no era un comerciante, era un cazador de instinto letal y sangre fría. Recorría la ruta hombro a hombro con Olivia, la hija mayor de Victor, su mentor, formando una dupla implacable que no dejaba monstruo en pie. Pero la gloria en la caza siempre dura poco y se cobra un precio muy alto.
Hoy, en la comunidad de cazadores, su nombre no se pronuncia con respeto, sino en susurros cargados de desconfianza. En los bares de carretera se murmura que Grant no es más que el recipiente de un demonio llamado Varkoth. Dicen que aún camina por la tierra, usando el cuerpo de su padre como un simple traje de carne, que el turno de Grant es inevitable y que, cuando él caiga, el demonio también irá a buscar a su hija.
Para los demás, su destino ya está sellado y su violencia desmedida no es humana, sino la sombra de algo mucho más oscuro reclamando su propiedad.
La verdad no está tan lejos del rumor. Grant cayó en un abismo del que pocos regresan: el consumo de sangre demoníaca. Lo que empezó como una medida desesperada para potenciar sus sentidos y sobrevivir la cacería de Varkoth, terminó transformándose en una adicción voraz. Es una sed impura que le quema las entrañas, corrompe su juicio y alimenta la paranoia de la comunidad.
Para los que lo observan desde afuera, no hay duda: tarde o temprano, la sangre de demonio terminará corrompiendo lo que queda de él para ser uno con Varkoth. Pero quienes realmente lo conocen saben la verdad: Grant preferiría pegarse un tiro antes que concederle a un demonio el lujo de manejarlo como a un títere.
Para los que pisan su bar en Red Hook, no es solo un tipo que consigue cosas. Es Grant, el contrabandista: un cazador caído en desgracia, amarrado a sus demonios literales y figurados, que hace negocios en el límite entre este mundo y el Infierno.
Si alguna vez alguien le hubiera preguntado en qué momento exacto su vida había comenzado a deformarse, Elaine no habría sabido responder. No porque le faltara memoria. Al contrario. Los cuatrocientos años de inmortalidad le habían otorgado una capacidad casi cruel para recordar.
El tiempo no había borrado los detalles; los había preservado con una nitidez que a veces resultaba insoportable. Recordaba conversaciones completas sostenidas siglos atrás, los rostros de personas cuyos nombres el mundo había olvidado hacía generaciones, el sonido preciso de ciudades que ya no existían y la sensación exacta del aire en lugares desaparecidos de los mapas. Podía reconstruir sin esfuerzo las tardes de té compartidas con la élite francesa, las noches interminables de la Belle Époque o el barro que se acumulaba en las trincheras durante la Segunda Guerra Mundial. Sabía dónde había estado, qué había dicho y qué había pensado en cada uno de aquellos momentos. Ninguno se había perdido.
Sin embargo, cuando intentaba comprender el presente, toda esa claridad se desvanecía. No conseguía identificar el punto preciso en el que su vida había dejado de pertenecerle. Era como si hubiera cruzado una puerta sin advertirlo y, al girarse, el camino anterior hubiera desaparecido por completo. Podía enumerar los acontecimientos, recordar cada decisión tomada y sus consecuencias. Pero entender cómo todas aquellas piezas se habían ensamblado hasta construir la existencia que ahora llevaba era una cuestión distinta.
Todavía le resultaba extraño detenerse unos segundos y aceptar que ya no era la diseñadora reconocida que caminaba por Nueva York entre desfiles, reuniones y portadas de revistas. Aquella mujer persistía en sus recuerdos con la misma intensidad que cualquier otra versión de sí misma, pero la distancia que la separaba de ella parecía mucho mayor que unos pocos años.
Ahora vivía en una casa en Maryland. Incluso dentro de su propia cabeza, la idea seguía sonando ajena.
Irlanda había ocurrido, por supuesto. Era imposible olvidarlo. Ninguna parte de ella podía borrar un período tan cargado de violencia, pérdidas y sangre. Durante mucho tiempo, la idea de que en la oscuridad podía encontrarse un resquicio de luz le había parecido una frase vacía, un consuelo destinado a tragedias ajenas. Con el tiempo, sin embargo, había terminado por admitir que quizá contuviera algo de verdad. Maryland se había convertido, de algún modo, en ese lugar. No porque hubiera olvidado lo anterior —jamás podría hacerlo—, sino porque allí, por primera vez en siglos, había encontrado algo que no necesitaba sobrevivir para conservar.
Magnus, por ejemplo.
Su mente nunca había logrado desprenderse del hombre con el que se había amado en silencio mientras recorrían los pasillos oscuros de aquel burdel en 1921. Ahora despertaba cada mañana a su lado en una casa demasiado grande para alguien que había pasado siglos sin pertenecer a ningún sitio. Llevaba un sencillo listón de oro en el dedo anular, un detalle discreto que todavía, de vez en cuando, la obligaba a detener la mirada unos segundos para comprobar que seguía allí. Y, como si el destino hubiera decidido compensar siglos de pérdidas con una generosidad que aún le costaba aceptar, existía también una pequeña versión de ambos.
Alec Ravenscroft tenía dos años. Era un niño de cabellos rubios y sedosos como los de su padre, que caían en suaves ondas sobre su frente. Sus ojos eran verdes, del mismo tono profundo que compartían Magnus y ella, y brillaban con una curiosidad constante. Sin embargo, si Elaine debía ser sincera, el resto de su rostro pertenecía claramente a ella: la nariz fina, la boca bien dibujada y esa forma particular de fruncir el ceño cuando algo no terminaba de convencerlo. En sus rasgos faciales se reconocía a sí misma con una nitidez que a veces la desarmaba.
En temperamento, Alec era una mezcla extraña y fascinante de ambos. Risueño y curioso, charlaba sin descanso en su propio idioma de sonidos y palabras a medio formar, señalando todo lo que capturaba su atención con un entusiasmo que llenaba la casa. Al mismo tiempo, poseía una tranquilidad poco común para su edad; podía pasar largos ratos observando el movimiento de las hojas en el jardín o el fuego en la chimenea, absorto en un silencio sereno que parecía heredado de Magnus.
Elaine nunca se había imaginado, ni en un millón de años, haber traído un niño al mundo, estar con Magnus y simplemente tener esa vida tranquila que en muchas ocasiones había anhelado y guardado en un cajón porque ya no la veía posible. ¿Cómo había pasado de tener un penthouse en la Gran Manzana a preparar biberones y cambiar pañales en la madrugada? La pregunta cruzaba su mente con frecuencia, pero ya no la inquietaba. Simplemente estaba allí.
Ningún libro de maternidad que hubiera leído durante el embarazo la había preparado para la crisis de los dos años de Alec. De día era un ángel. De noche, en cambio, se convertía en un verdadero banshee. El llanto agudo, desesperado y casi ofendido por la mera existencia de la oscuridad resonaba por toda la casa. Las pataletas contra el suelo, los brazos rígidos, el cuerpo arqueándose con una indignación que parecía imposible de contener en un niño tan pequeño. Nada de lo que había leído —sobre berrinches, límites, paciencia y constancia— se parecía a la realidad que vivía cuando caía la noche.
Lo peor era que Alec la quería solo a ella. La necesitaba solo a ella. Podía estar Magnus sosteniéndolo con toda su paciencia, meciéndolo, hablándole en voz baja, ofreciéndole agua, un cuento o una manta. Bastaba con que el niño advirtiera la ausencia de Elaine para que el llanto regresara, más fuerte y desesperado, como si no verla fuera una injusticia intolerable. Había noches en las que lloraba hasta quedarse sin aliento, con las mejillas húmedas y los puños cerrados, extendiendo los brazos hacia ella con una urgencia que le partía el alma.
Por eso mismo, aquella noche había sido un pequeño milagro. Alec se había dormido casi al instante después de la cena y, lo mejor de todo, había aceptado quedarse en su cuna en lugar de terminar entre los dos en la cama grande. Elaine lo consideró una victoria silenciosa.
En cuanto vio caer al pequeño Goliat en su propia habitación, salió de allí con cuidado extremo. Cerró la puerta con lentitud, dejando solo una rendija, y mantuvo ese mismo ritmo sigiloso hasta llegar a su dormitorio. Entró a paso rápido, cerró la puerta tras de sí y no pudo evitar que una ligera sonrisa se dibujara en sus labios al ver a Magnus en la cama, recostado contra los almohadones, con aquellos malditos lentes de leer y el viejo libro de tapa gastada que devoraba cada noche. Elaine esbozó una pequeña sonrisa. No sabía si la imagen resultaba verdaderamente erótica o si era solo el efecto de meses de celibato forzoso, pero tampoco le importaba.
—Ravenscroft, te recomiendo que por tu propio bien que dejes ese jodido libro a un lado ahora mismo —murmuró, quitándose las botas justo en la entrada y lanzándolas a un costado sin ceremonia—. Llevo semanas con las ganas acumuladas y si no me follas como Dios manda ahora mismo, te juro que voy a enloquecer y quemar toda tu estantería de libros anticuados.
Elaine avanzó hacia la cama y desabotonó la blusa con gestos impacientes, dejándola caer al suelo.
Todavía riendo por lo bajo, se subió a la cama y gateó lentamente hacia él con la mirada fija. Al llegar, se sentó a horcajadas sobre sus caderas, le apartó el libro con un gesto brusco que lo hizo caer a un lado y, sin darle tiempo a reaccionar, le quitó los lentes con una mano. Con la otra, agarró el borde de su camiseta y se la subió con decisión, obligándolo a incorporarse ligeramente para quitársela del todo.
—Nuestro pequeño demonio se durmió casi solo, ¿puedes creerlo? Me costó la vida, pero se quedó en su cuna como un bendito —dijo, haciendo una pausa, tomando su rostro y propinándole un beso en los labios —. Así que vas a recompensarme por ese rapidito decadente de la semana pasada en el armario de la cocina. Ya sabes… el que duró menos que un suspiro.
Soltó una ligera risa contra su boca, deslizando con lentitud su mano por el pecho de Magnus. Se separó solo unos centímetros de su boca y continuó bajando hasta colarse dentro de sus bóxers, envolviéndolo con decisión.
—Se me ocurren muchas cosas. Quizás podamos retomar esa lección del baño de abajo, profesor, ¿mmh?
Ni bien terminó de pronunciar la última palabra, un fuerte estruendo resonó en la casa, como de vidrio rompiéndose en pedazos. Elaine supo de inmediato, por la cercanía y la dirección del sonido, que había provenido de la misma planta superior, directamente en el pasillo. Apenas un segundo después, Alec estalló en llanto en su habitación, un llanto agudo y desesperado que cortó el aire como una alarma.
Elaine se levantó casi de un salto del regazo de Magnus y de la cama. Sin perder tiempo, abrió la puerta del dormitorio y salió al pasillo con el corazón acelerado. Avanzó unos pasos decididos, pero se detuvo en seco al ver una luz tenue y extraña que provenía de la puerta entreabierta de la habitación de Hailey.
Lo que sintió no fue miedo. Su mente no se perdió en escenarios caóticos de ladrones, asesinos o mapaches irrumpiendo en la casa. Para su mala suerte, ya tenía una idea bastante clara de lo que podía ser aquello. Sin dudar ni un mísero segundo, se dirigió hacia la puerta y la abrió de un empujón.
Allí estaba. No era solo el vidrio de la ventana hecho añicos —eso vendría después—, sino Hailey Grant, de pie en medio de la habitación.
Si Elaine no terminaba de entender cómo su vida lujosa en Nueva York había mutado a lo doméstico en Maryland, aún menos comprendía cómo aquella niña dulce se había convertido en esta joven adulta amargada y universitaria con la que discutía más de lo que le gustaría admitir. Se suponía que debía estar en el campus. ¿Qué demonios había pasado?
Hailey era incorregible. Rebelde hasta la médula, ignoraba sistemáticamente todas las reglas de la casa. Lo que más indignaba a Elaine no era que fuera una mocosa malcriada con aires de grandeza, sino que esos aires se parecieran tanto a los de Logan Grant. No solo eran sus ojos. Era aquella actitud nebulosa y atractiva de quien se negaba a formar parte del sistema y se pasaba las reglas por el culo. La misma niñita que antes la miraba como si fuera lo más fascinante del mundo ahora era una joven desarrollada que disfrutaba recordarle con crueldad que no era su madre.
¿Cómo mierda se atrevía? Después de todo lo que había pasado... ¿cómo mierda se atrevía?
Elaine frunció el ceño con fuerza y levantó las manos en un gesto de absoluta incomprensión, mientras el llanto incesante de Alec desde la otra habitación se sumaba a su irritación.
—¿Ahora lo nuevo es que no uses una puta puerta como una puta persona normal? —soltó con voz tensa—. ¿Se puede saber qué demonios haces aquí y por qué acabas de romper la ventana de tu habitación cuando se supone que deberías estar en la universidad?
Hailey no lucía fastidiada ni enfadada por el caos que había ocasionado, pero tampoco precisamente sorprendida. Lucía, para ser exactos, muy decepcionada de sí misma. La idea original era no despertar a nadie y colarse en silencio, pero por lo que había alcanzado a ver a través del marco antes de que Elaine irrumpiera, hasta la señora Morrison de la casa de al lado se había asomado por la ventana de su alcoba para averiguar qué demonios había sido semejante escándalo.
Al principio, Hailey esbozó una sonrisita tensa dirigida a Elaine. Pero al escucharla quejarse sobre usar la puerta como una persona normal y exigir explicaciones sobre la universidad, soltó un resoplo gigante que pareció vaciarle los pulmones como si hubiera estado aguantando la respiración desde que cometió el desastre.
—¡Oh, mil perdones, vuestra majestad! —arrancó diciendo, acompañando las palabras con una reverencia tan exagerada y torpe que por poco pierde el equilibrio al incorporarse—. Os suplico clemencia por no haber mandado un digno emisario, o una maldita paloma mensajera con el sello real, para anunciar mi humilde llegada a vuestros dominios. Desgraciadamente, se me agotaron las reservas en las caballerizas del palacio, y sabréis que la burocracia para conseguir un mensajero a caballo a estas horas de la noche es jodIDAMENTE IMPOSIBLE!
Le echó una ligera mirada de arriba abajo a Elaine, sosteniéndole la frente con esa mezcla tan Grant de provocación y desgaste. Pero la verdad era que no tenía ganas de embarcarse en otra discusión. La energía se le escapaba por los poros, aplastada por la humillación del día.
—Escucha, Laine, lo siento, ¿de acuerdo? Olvidé mi teléfono y mis llaves en el campus —continuó, con un tono desgastado que no tardó en descarrilar en una verborrea atropellada y ansiosa mientras se apartaba el cabello de la cara de un manotazo—. No tenía forma de llamarte ni de entrar por la puerta como una persona normal. No quería despertar a nadie, sé que es tarde, sé que Magnus trabaja temprano y se que Alec duerme. Pero si quieres saber por qué estoy aquí, pues bien... es lo justo, te lo diré: discutí con Adam. Tenías razón, es un imbécil y, efectivamente, me estaba engañando con Veronica. Nos peleamos. Le grité en la cara, frente a todos, que era un deficiente mental, un producto defectuoso de la endogamia y un infeliz con la masa encefálica de un bagre. Él, por supuesto, no se quedó callado. Me dijo que yo era una egocéntrica psicótica, insoportable, que no me quería ni mi propio padre y que por eso me iba a quedar sola para siempre, porque ni siquiera ustedes me soportaban. Pero no se quedó ahí, no... ¿Sabes qué más dijo? Dijo que probablemente mamá prefería estar muerta antes que seguir aguantando a una hija como yo.
Hailey soltó una risa corta, pero fue una risa curiosa. Una mezcla amarga de ironía y furia que la hizo desviar la mirada unos segundos antes de continuar.
—Por supuesto que todo escaló. Nos empujamos, e Idris, Billie y Jonathan se metieron; supongo que tenían miedo de que nos matáramos a golpes. Le dije que al menos yo sé quiénes son mis padres y que él es un bastardo fruto del incesto entre un primo y una mula. Luego, sí, lo hice: le estampé un puñetazo en la cara, le arrebaté las llaves de su auto y conduje hasta aquí.
Justo en ese instante, al fondo del pasillo, los alaridos desgarradores de Alec cesaron de golpe, reemplazados por un silencio sepulcral que delataba la intervención milagrosa y sigilosa de Magnus en la otra habitación.
En medio de esa repentina calma, Hailey observó la expresión con la que Elaine la miraba.
—¿Qué? —soltó en un susurro audible—. No es para tanto. Adam es de un pueblo de mierda en las profundidades de Alabama donde se casan entre primos y la atracción turística principal es cazar caimanes mientras beben cerveza en lata, Elaine. Un puñetazo no es nada comparado con lo que vive los 4 de Julio en su casa, creeme.
Le dio la espalda para evaluar el desastre de la ventana y, mientras se agachaba con total parsimonia para recoger los primeros pedazos de cristal del suelo, añadió en un murmullo casi reflexivo:
—Probablemente en este momento esté pensando en cómo pedirme matrimonio.
La habitación, el silencio posterior a los llantos de Alec, la presencia de Hailey y ella a medio vestir: nada de aquello ocupaba su atención. Su mente se había cerrado en un solo pensamiento recurrente, el mismo que reservaba exclusivamente para la conducta de su hijastra. Observaba a la joven y se preguntaba, una vez más, de qué modo aquella niña dulce se había convertido en una versión femenina de su padre.
El sarcasmo idéntico, la inclinación del cuerpo como si ocupara un trono, el ceño frustrado que marcaba su rostro. Todo apuntaba a Grant con una precisión que la hacía sentir, en más de una ocasión, que estaba saldando alguna deuda pendiente.
Una parte mínima de ella —tan pequeña que apenas la escuchaba, y que solo afloraba de forma accidental frente a Magnus cuando Hailey mencionaba a su padre— había albergado la esperanza de que la mocosa no siguiera aquellos pasos. Logan Grant podía ser un hijo de puta y un imbécil, sí, pero Elaine sabía también que no era un mal tipo del todo. Por eso se había esforzado, en aquel acuerdo tácito por la custodia, en ofrecerle a Hailey todo aquello de lo que Grant había carecido. Quería evitar que la niña terminara como él.
Ahora resultaba malditamente evidente que era demasiado tarde. Así que hizo lo único que le quedaba: pasar por la verborragia característica de Hailey y esperar la peor parte, porque siempre la había.
Se pasó ambas manos por el rostro con un gesto lento, cansado, y escuchó. Escuchó el relato completo, la justificación del vidrio roto, la explicación de su llegada repentina a la casa. Mientras la voz de Hailey llenaba el aire, Elaine se masajeó los ojos con los nudillos, luego las sienes, con una impaciencia que no intentaba disimular. Cada detalle del monólogo la empujaba un poco más hacia la irritación contenida; cada pausa de la joven parecía invitarla a interrumpir, y sin embargo se contuvo, dejando que el torrente de palabras siguiera su curso.
Al final del relato, sin embargo, experimentó una pizca de satisfacción. Había tenido razón en una sola cosa: ese tal Adam era un idiota. No era alguien para Hailey. Tras semanas de oír el podcast improvisado de la cría sobre su novela amorosa mientras ella misma se ocupaba de los quehaceres, al menos la joven había llegado a la misma conclusión.
Pero entonces Hailey mencionó el auto.
Elaine levantó la vista de inmediato. La impaciencia se transformó en algo más agudo, casi incrédulo.
—¿Qué? ¿Qué mierda hiciste? —preguntó—. ¿Cómo que le robaste el auto a ese tipo?
Se movió de inmediato de su sitio. Con pasos medidos, esquivando los fragmentos de vidrio esparcidos por el suelo, se abrió camino hasta la ventana. Apoyó ambas manos en el alféizar frío y asomó la cabeza por el hueco irregular que su hijastra había abierto minutos atrás. Abajo, justo frente a la entrada de la casa, el automóvil estaba aparcado con una evidencia insultante. No era el suyo. No era el de Magnus. Pertenecía, evidentemente, a alguien más.
Se volvió hacia Hailey.
—Sí, tu exnovio puede ser un imbécil de mierda y tu amiga una zorra —dijo—, pero eso no te da derecho a robarle el auto, convertirte en una puta prófuga y, para colmo, estacionarlo aquí, en la casa de tu familia. ¿En qué mierda estabas pensando, delincuente? ¡Porque algo me dice que no piensas una mierda! Ni una. La policía puede aparecer en cualquier momento si reportan el robo. Magnus puede perder el jodido trabajo si medio vecindario se entera de que tenemos un vehículo robado frente a la puerta. ¿Tienes idea de lo jodido que está siendo todo esto o debo explicártelo de una forma más adecuada? No me jodas, Hailey... ¡Magnus!
Hailey frunció el ceño de una manera tan furiosa que sintió que la punta de sus dos cejas se unían en una contorsión horrible en el centro de su cara.
—¿Magnus? ¿En serio? Ay, por Dios. Eres una exagerada. ¿No me escuchas cuando te hablo? Adam es de Alabama, Elaine. ¡Alabama! Esto es un domingo cualquiera en su familia, no va a denunciarme. No se atrevería. Sabe perfectamente que soy capaz de incendiarle el auto si lo hace, ¿y sabés por qué lo sabe? Porque se lo dije en la cara.
Magnus apareció en el umbral de la puerta justo después de soltar un suspiro tan gigante como la paciencia que la situación requería. Se acomodó detrás de Elaine y le dio un mimo ligero en la espalda, deslizando la mano por encima de la tela de su piyama para intentar rebajar la marea de furia que recorría el cuerpo de su esposa. La había escuchado llamarlo. Es más, había escuchado absolutamente todo.
Antes de hablar, se tomó un segundo para evaluar el panorama con total templanza. Paseó la mirada del marco destrozado de la ventana a las astillas de vidrio en el suelo, y finalmente la fijó en Hailey. Ella le sostenía el contacto visual con los brazos cruzados, desafiante ante cualquier cosa que él pudiera recriminarle.
A diferencia de Elaine, Magnus no veía el fantasma de Grant en la muchacha. No había convivido lo suficiente con el como para buscar paralelismos en sus gestos o en su tono de voz. Cuando Magnus miraba a Hailey en medio de uno de sus desplantes, a quien veía en realidad era a Silas, su primer hijo, el primogénito de su primer matrimonio con Fiona. Hailey, con esa mezcla explosiva de herida abierta y rebeldía sin causa propia de los adolescentes, era la viva imagen de Silas en su peor época.
Sin embargo, había una diferencia sustancial entre ambos. Una que a Magnus le resultaba fascinante: la audacia.
Silas, en sus años más dificiles, solía dar la vuelta, dar un portazo y atrincherarse en su habitación con música a todo volumen. Jamás lo habría enfrentado con semejante desfachatez, sosteniéndole la mirada sin pestañear. Eso era territorio estrictamente femenino.
Magnus estaba convencido de que la audacia era un rasgo propio de las mujeres de su historia porque, si bien Morrigan, su segunda hija, había sido infinitamente más dócil y menos dada a los exabruptos, jamás le había temblado el pulso para plantársele de frente cuando consideraba que la razón la amparaba. Él siempre pensó que Morrigan había heredado ese carácter de Gillian, su abuela.
Gillian era inquebrantable, brillante y de emociones explosivas. Magnus encontraba a Elaine en esa misma clase de mujer, y Hailey, al fin y al cabo, había crecido bajo el ala de Elaine.
La ecuación era ridículamente simple.
—Amenazar con un incendio provocado no suele ser una estrategia legal demasiado sólida, Hailey —dijo Magnus. Su voz brotó pausada, grave y profundamente tranquila, sin la más mínima traza de enojo o alteración.
Hailey bufó.
—Es una estrategia de disuasión —soltó, remarcando la palabra como si fuera un concepto nuevo para Magnus. Lo era para ella. Se lo había escuchado a Bartosz apenas unos días atrás, durante la cena de cumpleaños de su padre—. Se llama guerra psicológica. Si el muy imbécil sabe de lo que soy capaz, va a pensarlo dos veces antes de llamar a la policía.
—O —intervino Magnus, manteniendo la mano apoyada en la espalda de Elaine para transmitirle calma— le das la excusa perfecta para denunciarte por dos delitos en lugar de uno. Robo de vehículo y extorsión con amenaza de daños a la propiedad.
—¡Me engañó con Veronica en la biblioteca! ¡En la sección de historia! —se quejó Hailey, alzando la voz, ansiosa e indignada por el hecho de que ninguno estuviera priorizando la magnitud del agravio moral de lo que había hecho Adam—. Me humilló y se burló de mí. ¡Tiene suerte de que no lo haya incendiado aún!
Magnus alzó de inmediato una mano en el aire con un gesto pausado de la palma hacia abajo, pidiéndole mesura en el volumen, e hizo un suave chasquido con los labios para cortarle el arrebato. Hailey, por supuesto, lo ignoró, sosteniéndole la mirada con la mandíbula apretada.
—Shhh... Alec acaba de dormirse —murmuró, sin perder un ápice de esa paciencia que parecía impenetrable—. Escúchame, cariño... Comprendo perfectamente que estés furiosa. Tienes todo el derecho de estarlo, Adam se comportó como un completo idiota. Pero en el mundo real, eso no te exime de terminar en una celda.
Hailey soltó una risotada ahogada, inclinando la cabeza con un gesto desafiante.
—Por favor... ¿En serio me vas a dar un discurso sobre la legalidad? ¿Justo ustedes dos? Que ridículo. Mírame a los ojos y dime que te importa un carajo la ley.
—La ley me importa un carajo —corrigió Magnus de inmediato, sin perder el eje ni elevar un solo tono de su voz—. Lo único que me importa es conservar la paz en esta casa y que, mientras tanto, no termines en la cárcel por un impulso estúpido. Así que la situación es esta... Me vas a dar las llaves del auto ahora mismo y mañana a primera hora veré cómo resolver todo de la manera menos escandalosa posible.
—No.
—Hailey...
—No.
—Dame las llaves.
—No —repitió Hailey, dando un paso atrás y cerrando el puño alrededor del llavero dentro del bolsillo de su chaqueta, como si temiera que Magnus fuera capaz de teletransportárselo de las manos.
—Hailey, no te estoy pidiendo permiso —insistió él.
—No —insistió ella—. Si se lo devuelvo, pensará que me asusté, que vine corriendo a pedirles ayuda y no voy a darle ese gusto. Antes prefiero que nos lleven en una patrulla a los dos.
—Nadie va a ir en patrulla a ninguna parte —dijo Magnus, dando un paso lento hacia adelante, dejando a Elaine detrás—. Entiendo el orgullo, créeme que lo entiendo mejor de lo que piensas, pero el orgullo no paga una fianza ni te salva del comité de la universidad si esto escala. Estoy seguro de que tu padre está pagando una fortuna en esa matrícula, Hailey, y esa gente no va a dudar ni un segundo en expulsarte si se entera de todos los problemas en los que te has metido este año. Dame la llave.
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Apodo:
Kowalski, Comandante o tío Bartosz (por los cazadores más jóvenes).
Edad biológica aparente:
40 años.
Edad real:
112 años (Nacido el 26 de julio de 1914 en Bergen, Noruega).
Naturaleza / Especie:
Humano mejorado por Alquimia / Recipiente de un Landvættir.
Estatus:
Cazador activo / Líder de la Red de Resistencia de Vestland.
Filiación:
Ex-Comandante de Milorg.
Actualmente es líder de la Cuadrilla del Puerto (una red independiente de cazadores en Brooklyn) y colaborador informal de la red de cazadores de la Costa Este.
ORIGEN.
Hijo de un marinero polaco y una obrera textil. Bartosz fue un capitán de cuadro intermedio del ejército noruego. Cuando los nazis invadieron sus tierras, no se retiró, sino que organizó a los pescadores y mineros en una red de guerrilla popular.
Durante el invierno de 1944, los nigromantes de la Sociedad Thule capturaron a la compañía de Bartosz en las montañas de Vestland. Los nazis buscaban usar una combinación de alquimia y magia para crear mejores soldados.
Bartosz fue usado como experimento y sometido al ritual. Sin embargo, el suero de la Thule y la esencia del espíritu invocado reaccionaron de manera diferente a lo que ellos esperaban. En lugar de convertirse en un autómata al servicio del enemigo, Bartosz recuperó el control y masacró a los oficiales, destruyó el complejo subterráneo y rescató a sus hombres.
Desde esa noche, su metabolismo, su envejecimiento y sus heridas se congelaron a la edad de 40 años.
APARIENCIA.
Bartosz es un hombre alto (1,90 m) y de espaldas anchas, con una presencia física imponente. No tiene el cuerpo estético ni hiperdefinido de un deportista; su musculatura es densa y tosca. Se nota fuerte —tan fuerte como cuatro hombres juntos— con una contextura de piedra que transmite peligro antes de que siquiera mueva un dedo. Tiene un caminar pesado, firme y pausado.
Su rostro es ancho y de mandíbula pronunciada, encuadrado por el cabello castaño oscuro cortado al rafe, con canas rebeldes en las sienes. Lleva la piel curtida por el frío y cubierta de cicatrices por todos lados. Sus ojos marrones, bajo cejas gruesas, tienen una mirada franca y cansada.
Justo en el centro del pecho, sobre el esternón y cubriendo el área del corazón, lleva una runa grabada como una quemadura a fuego sobre la piel. La cicatriz de la runa es abultada y oscura, pero cuando Bartosz canaliza su fuerza o reacciona ante la magia, la carne marcada brilla desde el interior con un tenue tono cobrizo.
Vestimenta: Práctica, austera y sin florituras. Suele vestir de manera muy sencilla. Chaquetas militares de tela pesada, gastada y descoloridas sin insignias oficiales, franelas oscuras de cuello ancho, pantalones de lona tácticos, jeans, borcegos y botas con punta de acero.
HABILIDADES.
No envejece, no se enferma y es inmune a venenos convencionales.
Posee la fuerza de tres hombres maduros y se cura de cortaduras o disparos en cuestión de horas (aunque las armas bendecidas o la alquimia de la Thule tardan más en sanar).
Siente las perturbaciones en la tierra a kilómetros de distancia (sabe cuándo una criatura, o demonio entra en su dominio).
EL PRESENTE.
Tras décadas recorriendo Europa y limpiando nidos de la Thule, Bartosz se trasladó a los muelles de Nueva York, donde montó un centro de operaciones. Dirige un grupo heterogéneo de cazadores locales:. La mayoría son mecánicos, estibadores, veteranos de guerra y trabajadores portuarios. Operan como un sindicato clandestino; si alguna criatura acecha a la gente en los barrios de NY, la cuadrilla lo arregla en silencio.
Vive y trabaja en un galpón a metros del agua en el puerto de Brooklyn.
A través de viejas conexiones y barcos mercantes que cruzan el Atlántico, Bartosz contrabandea, modifica y distribuye armamento especializado para la red de cazadores de la Costa Este. Mayormente se trata de balas de plata y hierro fundidas en su propio taller, machetes y cuchillos grabados con runas y armas modificadas.
Para los cazadores jóvenes de la zona, Bartosz es la autoridad absoluta. Les da refugio, les arregla los autos, les provee munición y los entrena con disciplina a cambio de que mantengan la lealtad.
Si alguna vez alguien le hubiera preguntado en qué momento exacto su vida había comenzado a deformarse, Elaine no habría sabido responder. No porque le faltara memoria. Al contrario. Los cuatrocientos años de inmortalidad le habían otorgado una capacidad casi cruel para recordar.
El tiempo no había borrado los detalles; los había preservado con una nitidez que a veces resultaba insoportable. Recordaba conversaciones completas sostenidas siglos atrás, los rostros de personas cuyos nombres el mundo había olvidado hacía generaciones, el sonido preciso de ciudades que ya no existían y la sensación exacta del aire en lugares desaparecidos de los mapas. Podía reconstruir sin esfuerzo las tardes de té compartidas con la élite francesa, las noches interminables de la Belle Époque o el barro que se acumulaba en las trincheras durante la Segunda Guerra Mundial. Sabía dónde había estado, qué había dicho y qué había pensado en cada uno de aquellos momentos. Ninguno se había perdido.
Sin embargo, cuando intentaba comprender el presente, toda esa claridad se desvanecía. No conseguía identificar el punto preciso en el que su vida había dejado de pertenecerle. Era como si hubiera cruzado una puerta sin advertirlo y, al girarse, el camino anterior hubiera desaparecido por completo. Podía enumerar los acontecimientos, recordar cada decisión tomada y sus consecuencias. Pero entender cómo todas aquellas piezas se habían ensamblado hasta construir la existencia que ahora llevaba era una cuestión distinta.
Todavía le resultaba extraño detenerse unos segundos y aceptar que ya no era la diseñadora reconocida que caminaba por Nueva York entre desfiles, reuniones y portadas de revistas. Aquella mujer persistía en sus recuerdos con la misma intensidad que cualquier otra versión de sí misma, pero la distancia que la separaba de ella parecía mucho mayor que unos pocos años.
Ahora vivía en una casa en Maryland. Incluso dentro de su propia cabeza, la idea seguía sonando ajena.
Irlanda había ocurrido, por supuesto. Era imposible olvidarlo. Ninguna parte de ella podía borrar un período tan cargado de violencia, pérdidas y sangre. Durante mucho tiempo, la idea de que en la oscuridad podía encontrarse un resquicio de luz le había parecido una frase vacía, un consuelo destinado a tragedias ajenas. Con el tiempo, sin embargo, había terminado por admitir que quizá contuviera algo de verdad. Maryland se había convertido, de algún modo, en ese lugar. No porque hubiera olvidado lo anterior —jamás podría hacerlo—, sino porque allí, por primera vez en siglos, había encontrado algo que no necesitaba sobrevivir para conservar.
Magnus, por ejemplo.
Su mente nunca había logrado desprenderse del hombre con el que se había amado en silencio mientras recorrían los pasillos oscuros de aquel burdel en 1921. Ahora despertaba cada mañana a su lado en una casa demasiado grande para alguien que había pasado siglos sin pertenecer a ningún sitio. Llevaba un sencillo listón de oro en el dedo anular, un detalle discreto que todavía, de vez en cuando, la obligaba a detener la mirada unos segundos para comprobar que seguía allí. Y, como si el destino hubiera decidido compensar siglos de pérdidas con una generosidad que aún le costaba aceptar, existía también una pequeña versión de ambos.
Alec Ravenscroft tenía dos años. Era un niño de cabellos rubios y sedosos como los de su padre, que caían en suaves ondas sobre su frente. Sus ojos eran verdes, del mismo tono profundo que compartían Magnus y ella, y brillaban con una curiosidad constante. Sin embargo, si Elaine debía ser sincera, el resto de su rostro pertenecía claramente a ella: la nariz fina, la boca bien dibujada y esa forma particular de fruncir el ceño cuando algo no terminaba de convencerlo. En sus rasgos faciales se reconocía a sí misma con una nitidez que a veces la desarmaba.
En temperamento, Alec era una mezcla extraña y fascinante de ambos. Risueño y curioso, charlaba sin descanso en su propio idioma de sonidos y palabras a medio formar, señalando todo lo que capturaba su atención con un entusiasmo que llenaba la casa. Al mismo tiempo, poseía una tranquilidad poco común para su edad; podía pasar largos ratos observando el movimiento de las hojas en el jardín o el fuego en la chimenea, absorto en un silencio sereno que parecía heredado de Magnus.
Elaine nunca se había imaginado, ni en un millón de años, haber traído un niño al mundo, estar con Magnus y simplemente tener esa vida tranquila que en muchas ocasiones había anhelado y guardado en un cajón porque ya no la veía posible. ¿Cómo había pasado de tener un penthouse en la Gran Manzana a preparar biberones y cambiar pañales en la madrugada? La pregunta cruzaba su mente con frecuencia, pero ya no la inquietaba. Simplemente estaba allí.
Ningún libro de maternidad que hubiera leído durante el embarazo la había preparado para la crisis de los dos años de Alec. De día era un ángel. De noche, en cambio, se convertía en un verdadero banshee. El llanto agudo, desesperado y casi ofendido por la mera existencia de la oscuridad resonaba por toda la casa. Las pataletas contra el suelo, los brazos rígidos, el cuerpo arqueándose con una indignación que parecía imposible de contener en un niño tan pequeño. Nada de lo que había leído —sobre berrinches, límites, paciencia y constancia— se parecía a la realidad que vivía cuando caía la noche.
Lo peor era que Alec la quería solo a ella. La necesitaba solo a ella. Podía estar Magnus sosteniéndolo con toda su paciencia, meciéndolo, hablándole en voz baja, ofreciéndole agua, un cuento o una manta. Bastaba con que el niño advirtiera la ausencia de Elaine para que el llanto regresara, más fuerte y desesperado, como si no verla fuera una injusticia intolerable. Había noches en las que lloraba hasta quedarse sin aliento, con las mejillas húmedas y los puños cerrados, extendiendo los brazos hacia ella con una urgencia que le partía el alma.
Por eso mismo, aquella noche había sido un pequeño milagro. Alec se había dormido casi al instante después de la cena y, lo mejor de todo, había aceptado quedarse en su cuna en lugar de terminar entre los dos en la cama grande. Elaine lo consideró una victoria silenciosa.
En cuanto vio caer al pequeño Goliat en su propia habitación, salió de allí con cuidado extremo. Cerró la puerta con lentitud, dejando solo una rendija, y mantuvo ese mismo ritmo sigiloso hasta llegar a su dormitorio. Entró a paso rápido, cerró la puerta tras de sí y no pudo evitar que una ligera sonrisa se dibujara en sus labios al ver a Magnus en la cama, recostado contra los almohadones, con aquellos malditos lentes de leer y el viejo libro de tapa gastada que devoraba cada noche. Elaine esbozó una pequeña sonrisa. No sabía si la imagen resultaba verdaderamente erótica o si era solo el efecto de meses de celibato forzoso, pero tampoco le importaba.
—Ravenscroft, te recomiendo que por tu propio bien que dejes ese jodido libro a un lado ahora mismo —murmuró, quitándose las botas justo en la entrada y lanzándolas a un costado sin ceremonia—. Llevo semanas con las ganas acumuladas y si no me follas como Dios manda ahora mismo, te juro que voy a enloquecer y quemar toda tu estantería de libros anticuados.
Elaine avanzó hacia la cama y desabotonó la blusa con gestos impacientes, dejándola caer al suelo.
Todavía riendo por lo bajo, se subió a la cama y gateó lentamente hacia él con la mirada fija. Al llegar, se sentó a horcajadas sobre sus caderas, le apartó el libro con un gesto brusco que lo hizo caer a un lado y, sin darle tiempo a reaccionar, le quitó los lentes con una mano. Con la otra, agarró el borde de su camiseta y se la subió con decisión, obligándolo a incorporarse ligeramente para quitársela del todo.
—Nuestro pequeño demonio se durmió casi solo, ¿puedes creerlo? Me costó la vida, pero se quedó en su cuna como un bendito —dijo, haciendo una pausa, tomando su rostro y propinándole un beso en los labios —. Así que vas a recompensarme por ese rapidito decadente de la semana pasada en el armario de la cocina. Ya sabes… el que duró menos que un suspiro.
Soltó una ligera risa contra su boca, deslizando con lentitud su mano por el pecho de Magnus. Se separó solo unos centímetros de su boca y continuó bajando hasta colarse dentro de sus bóxers, envolviéndolo con decisión.
—Se me ocurren muchas cosas. Quizás podamos retomar esa lección del baño de abajo, profesor, ¿mmh?
Ni bien terminó de pronunciar la última palabra, un fuerte estruendo resonó en la casa, como de vidrio rompiéndose en pedazos. Elaine supo de inmediato, por la cercanía y la dirección del sonido, que había provenido de la misma planta superior, directamente en el pasillo. Apenas un segundo después, Alec estalló en llanto en su habitación, un llanto agudo y desesperado que cortó el aire como una alarma.
Elaine se levantó casi de un salto del regazo de Magnus y de la cama. Sin perder tiempo, abrió la puerta del dormitorio y salió al pasillo con el corazón acelerado. Avanzó unos pasos decididos, pero se detuvo en seco al ver una luz tenue y extraña que provenía de la puerta entreabierta de la habitación de Hailey.
Lo que sintió no fue miedo. Su mente no se perdió en escenarios caóticos de ladrones, asesinos o mapaches irrumpiendo en la casa. Para su mala suerte, ya tenía una idea bastante clara de lo que podía ser aquello. Sin dudar ni un mísero segundo, se dirigió hacia la puerta y la abrió de un empujón.
Allí estaba. No era solo el vidrio de la ventana hecho añicos —eso vendría después—, sino Hailey Grant, de pie en medio de la habitación.
Si Elaine no terminaba de entender cómo su vida lujosa en Nueva York había mutado a lo doméstico en Maryland, aún menos comprendía cómo aquella niña dulce se había convertido en esta joven adulta amargada y universitaria con la que discutía más de lo que le gustaría admitir. Se suponía que debía estar en el campus. ¿Qué demonios había pasado?
Hailey era incorregible. Rebelde hasta la médula, ignoraba sistemáticamente todas las reglas de la casa. Lo que más indignaba a Elaine no era que fuera una mocosa malcriada con aires de grandeza, sino que esos aires se parecieran tanto a los de Logan Grant. No solo eran sus ojos. Era aquella actitud nebulosa y atractiva de quien se negaba a formar parte del sistema y se pasaba las reglas por el culo. La misma niñita que antes la miraba como si fuera lo más fascinante del mundo ahora era una joven desarrollada que disfrutaba recordarle con crueldad que no era su madre.
¿Cómo mierda se atrevía? Después de todo lo que había pasado... ¿cómo mierda se atrevía?
Elaine frunció el ceño con fuerza y levantó las manos en un gesto de absoluta incomprensión, mientras el llanto incesante de Alec desde la otra habitación se sumaba a su irritación.
—¿Ahora lo nuevo es que no uses una puta puerta como una puta persona normal? —soltó con voz tensa—. ¿Se puede saber qué demonios haces aquí y por qué acabas de romper la ventana de tu habitación cuando se supone que deberías estar en la universidad?
Hailey no lucía fastidiada ni enfadada por el caos que había ocasionado, pero tampoco precisamente sorprendida. Lucía, para ser exactos, muy decepcionada de sí misma. La idea original era no despertar a nadie y colarse en silencio, pero por lo que había alcanzado a ver a través del marco antes de que Elaine irrumpiera, hasta la señora Morrison de la casa de al lado se había asomado por la ventana de su alcoba para averiguar qué demonios había sido semejante escándalo.
Al principio, Hailey esbozó una sonrisita tensa dirigida a Elaine. Pero al escucharla quejarse sobre usar la puerta como una persona normal y exigir explicaciones sobre la universidad, soltó un resoplo gigante que pareció vaciarle los pulmones como si hubiera estado aguantando la respiración desde que cometió el desastre.
—¡Oh, mil perdones, vuestra majestad! —arrancó diciendo, acompañando las palabras con una reverencia tan exagerada y torpe que por poco pierde el equilibrio al incorporarse—. Os suplico clemencia por no haber mandado un digno emisario, o una maldita paloma mensajera con el sello real, para anunciar mi humilde llegada a vuestros dominios. Desgraciadamente, se me agotaron las reservas en las caballerizas del palacio, y sabréis que la burocracia para conseguir un mensajero a caballo a estas horas de la noche es jodIDAMENTE IMPOSIBLE!
Le echó una ligera mirada de arriba abajo a Elaine, sosteniéndole la frente con esa mezcla tan Grant de provocación y desgaste. Pero la verdad era que no tenía ganas de embarcarse en otra discusión. La energía se le escapaba por los poros, aplastada por la humillación del día.
—Escucha, Laine, lo siento, ¿de acuerdo? Olvidé mi teléfono y mis llaves en el campus —continuó, con un tono desgastado que no tardó en descarrilar en una verborrea atropellada y ansiosa mientras se apartaba el cabello de la cara de un manotazo—. No tenía forma de llamarte ni de entrar por la puerta como una persona normal. No quería despertar a nadie, sé que es tarde, sé que Magnus trabaja temprano y se que Alec duerme. Pero si quieres saber por qué estoy aquí, pues bien... es lo justo, te lo diré: discutí con Adam. Tenías razón, es un imbécil y, efectivamente, me estaba engañando con Veronica. Nos peleamos. Le grité en la cara, frente a todos, que era un deficiente mental, un producto defectuoso de la endogamia y un infeliz con la masa encefálica de un bagre. Él, por supuesto, no se quedó callado. Me dijo que yo era una egocéntrica psicótica, insoportable, que no me quería ni mi propio padre y que por eso me iba a quedar sola para siempre, porque ni siquiera ustedes me soportaban. Pero no se quedó ahí, no... ¿Sabes qué más dijo? Dijo que probablemente mamá prefería estar muerta antes que seguir aguantando a una hija como yo.
Hailey soltó una risa corta, pero fue una risa curiosa. Una mezcla amarga de ironía y furia que la hizo desviar la mirada unos segundos antes de continuar.
—Por supuesto que todo escaló. Nos empujamos, e Idris, Billie y Jonathan se metieron; supongo que tenían miedo de que nos matáramos a golpes. Le dije que al menos yo sé quiénes son mis padres y que él es un bastardo fruto del incesto entre un primo y una mula. Luego, sí, lo hice: le estampé un puñetazo en la cara, le arrebaté las llaves de su auto y conduje hasta aquí.
Justo en ese instante, al fondo del pasillo, los alaridos desgarradores de Alec cesaron de golpe, reemplazados por un silencio sepulcral que delataba la intervención milagrosa y sigilosa de Magnus en la otra habitación.
En medio de esa repentina calma, Hailey observó la expresión con la que Elaine la miraba.
—¿Qué? —soltó en un susurro audible—. No es para tanto. Adam es de un pueblo de mierda en las profundidades de Alabama donde se casan entre primos y la atracción turística principal es cazar caimanes mientras beben cerveza en lata, Elaine. Un puñetazo no es nada comparado con lo que vive los 4 de Julio en su casa, creeme.
Le dio la espalda para evaluar el desastre de la ventana y, mientras se agachaba con total parsimonia para recoger los primeros pedazos de cristal del suelo, añadió en un murmullo casi reflexivo:
—Probablemente en este momento esté pensando en cómo pedirme matrimonio.
Miller no había crecido precisamente en un hogar que reflejara la calidez de La Casa de la Pradera. Por eso aprendió, a los escasos nueve años, como se siente el dolor de un puñetazo en la boca del estómago. También conocía de memoria el pánico de ser acusado de algo que ignoraba, la impotencia de que lo obligaran a confesar cosas que jamás cometió y, sobre todo, la sensación nauseabunda de sentirse un cobarde al romper en llanto, desbordado por el miedo y la confusión.
En ese instante, atrapado bajo las luces destartaladas del sótano que había sido su hogar los últimos dos años, Miller volvía a ser aquel niño asustado de nueve años, solo que en el cuerpo de un hombre de veintitrés.
Sentía el frío cañón de la pistola de Vince hundiéndosele entre las ribetes de las costillas mientras le exigía saber el paradero de Jax.
Encerrado en el baño, Gordo no dejaba de ladrar. Era un pitbull enorme que Miller había rescatado de las vías del tren hacía dos años. Un animal golpeado por la vida al que Miller le había enseñado, a fuerza de paciencia y mucho amor, que las manos humanas también podían ser amables. Escuchar el rascado inútil de sus garras contra la puerta le incrementaba el pánico.
—No lo sé, lo juro... No sé dónde está —susurró, con la voz quebrada por una sinceridad innegable.
Y lo cierto es que, aunque lo supiera, Miller no lo diría. No por malicia, ni porque Jax fuera un santo —de hecho, la culpa de que lo estuvieran golpeando a él la tenía Jax—, sino porque su corazón simplemente no estaba hecho para entregar a nadie al matadero. Sabía que si ese tipo lo encontraba, no se limitaría a una paliza. Y Miller era incapaz de llevar sobre sus hombros el peso de la muerte de un amigo.
—Está bien, te daré un día para pensarlo. Solo un día —dijo Vince, incorporándose despacio.
Miller permaneció inmóvil en la silla, pequeño y vencido. De la nariz o de la boca —ya ni siquiera podía distinguirlo— le escurría una cantidad absurda de sangre que le dejaba un sabor metálico en la garganta.
—¿Pensarlo? No tengo nada que pensar... —insistió, mirándolo con una mezcla de súplica y desamparo—. No he visto a Jax en días. En semanas, lo juro.
—Estarás muy contento de encontrarlo entonces, ¿verdad?
Miller frunció el entrecejo, parpadeando despacio para contener el llanto. El resplandor parpadeante del bombillo le hacía brillar las lágrimas en las pestañas.
Vince lo observó en silencio un segundo. Miller tenía ojos grandes, limpios y marrones como los de un ciervo a punto de ser embestido por una camioneta en una ruta.
Por un instante fugaz, le atravesó el pecho una punzada de lástima. Pensó, también, que Miller transmitía esa rara benevolencia de la gente que no sabe guardar rencor, incluso cuando los están destruyendo.
—Escucha, seré claro contigo, muchacho —dijo, suavizando apenas el tono—. Tu amigo metió las manos donde no debía y, por consecuencia, alguien muy peligroso está furioso. No soy yo. Así que, si esto te parece sucio, no quieres ni imaginarte lo que le hará ella cuando se entere de que no tienes ni idea de dónde está Jackson. Los he estado siguiendo a todos: a ti, a la chica, al niño rico... El único que parece haberselo tragado la tierra es él. A mí me importa un carajo esa mierda de cargamento, pero me parece curioso que, de repente, ninguno se dirija la palabra.
Miller tragó saliva. Su primer impulso, noble e ingenuo, fue intentar explicárselo todo para arreglar el malentendido. Pensó en contarle el lío del grupo, la historia entre Holden y Chloe, el amor tóxico que Jackson sentía por ella y cómo se había roto todo cuando Chloe lo dejó por sus estudios, o para terminar en los brazos de Holden. Quiso explicarle que Miller había intentado sostener los pedazos de esa amistad, que había intentado reconciliarlos a todos porque odiaba verlos peleados, pero se detuvo a tiempo. A ese hombre no le importaba un carajo las penas de amor ni la fragilidad de sus corazones rotos. Solo le importaba Jackson. Y Miller, en medio de su dolor y su miedo, solo pudo bajar la mirada, deseando en silencio que nadie más terminara herido.
—Treinta mil dólares —soltó Vince de pronto, rompiendo el espeso silencio que rodeaba los desesperados ladridos del perro.
Miller volvió a mirarlo, alzando despacio el rostro.
—Eso es lo que valía el cargamento que tu amigo Jax robó —prosiguió Vince, acomodándose la chaqueta con una calma cotidiana—. Sé que consumieron gran parte de los caramelitos, pero a estas alturas creo que ya ni siquiera importa tanto el dinero, sino la acción, ¿sabes? Robar está mal, Miller. La gente honesta no roba.
Amenazar a la gente con un arma o distribuir droga está bastante peor, pensó Miller.
La ironía era tan absurda que casi le dio risa, pero el dolor en el labio rajado y el terror que le recorría las venas se lo impidieron. En lugar de responder, simplemente sorbió la nariz, se limpió la mezcla de sangre y mocos con el dorso del antebrazo y asintió, dándole la razón en un gesto sumiso y dócil que solo buscaba que el hombre se fuera de ahí.
—Hablaré con Holden —murmuró Miller—. Tal vez él sepa algo... Ellos dos son... eran muy unidos.
—Habla con él. Volveré a visitarte mañana —dijo Vince.
Antes de irse, el hombre se detuvo un instante frente a un pequeño espejo manchado que colgaba en el pasillo, justo en el tramo que conectaba la puerta del baño con la salida y se acomodó con parsimonia un par de mechones de cabello rebeldes. Detrás de la madera de la puerta, Gordo dio un embate más fuerte, acompañado de un gruñido grave que hizo retumbar el marco.
Vince frunció el ceño, visiblemente molesto por el ruido. Se giró hacia Miller y señaló la puerta con un leve movimiento de cabeza.
—Intenta conseguir algo, muchacho, porque no tendré tanta paciencia la próxima vez, ¿de acuerdo? Especialmente con el perro. No me gustan los perros violentos. Creo que hay que echarlos a dormir, ¿me entiendes?
A Miller se le congeló el corazón. No le importaba el dolor de sus propias costillas ni el hematoma que mañana le cerraría el ojo, pero la amenaza implícita hacia Gordo penetró en él como un dardo helado.
—Lo haré... Lo encontraré—respondió a toda prisa, alzando las manos en un gesto de súplica instintivo—. Por favor, no le hagas nada. Gordo solo tiene miedo.
Vince lo contempló un segundo más, evaluando la vulnerabilidad absoluta en sus ojos, y luego se limitó a asentir con una sonrisa. Sin decir una palabra más, caminó hacia la puerta de salida y la cerró tras de sí con un chasquido seco.
El silencio que siguió fue casi ensordecedor, roto únicamente por el llanto ahogado de Miller y los rasguños desesperados de Gordo al otro lado de la madera. Temblando, con el cuerpo doliéndole, Miller se arrastró fuera de la silla y fue prácticamente gateando hasta la puerta del baño.
Con los dedos torpes y cubiertos de sangre, logró quitar el pestillo. La puerta se abrió de golpe y la mole del pitbull se abalanzó sobre él, no para atacarlo, sino para cubrirlo de lameduras y sollozos, buscando desesperadamente curarle las heridas con la misma devoción con la que Miller, dos años atrás, lo había salvado.
Vincent se había iniciado en la policía exactamente a los veintidós años, luego de casarse con su noviecita de la preparatoria y embarazarla por accidente no de una, sino de dos niñas. Iba los domingos a misa, se involucraba en movimientos de ayuda benéfica y era un fiel admirador de Donald Trump y republicano ortodoxo. Su padre, un veterano de la guerra de Vietnam, le había inculcado todos los valores del prototipo americano: la fe, la patria, el honor hacia el uniforme y la certeza absoluta de que el mundo se dividía en hombres de bien y en la escoria de la sociedad.
Con los años, su rango terminó siendo el de capitán, aunque todo el circo caducó cuando todavía era inspector y patrullaba las noches del condado de Suffolk.
Había conocido a Natasha porque Natasha había querido conocerlo. Era una mujer pequeña, de rulos rojos y una voz rasposa y densa, como si durmiera con un cigarrillo encendido entre los labios. Se le había colado en la patrulla una noche de lluvia de la única manera en que ella sabía hacer las cosas: sin pedir permiso y con la compañía de una pistola por delante.
—No hagas estupideces, Vince. Los dos sabemos que si quisiera matarte, ya te habría salpicado el parabrisas con el cerebro —dijo, apoyando la espalda contra el asiento del acompañante mientras se bajaba la capucha y soltaba un suspiro.
El arma mantenía su pulso firme apuntándole directo al estómago. Vincent, sin embargo, evaluó sus opciones en una fracción de segundo. Había logrado deslizar la mano hasta su propia funda y, escondida en la penumbra del coche, su pistola también la apuntaba a ella.
La muerte estaba a un centímetro de distancia para ambos.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Natasha ni siquiera se molestó en mirar hacia abajo, donde la pistola de Vincent presionaba contra la tela gruesa de su abrigo. Solo sonrió, una curva mínima y seca que no le llegó a los ojos.
—Sé bastante más que tu nombre, Vince. Sé que debés exactamente cuatrocientos doce mil dólares con ochenta centavos en el Chase Bank, y que el aviso de ejecución hipotecaria sobre la casa de la calle Elm ya llegó al buzón, aunque te apurás a juntar el correo antes de que tu esposa lo vea —se acomodó un rulo rojo detrás de la oreja con la mano libre, con una calma que a Vincent le erizó los pelos de la nuca—. Sé que el trimestre de las gemelas en la universidad venció hace dos semanas. Ellas creen que la tarjeta rebotó por un problema del sistema, porque su papá, el gran capitán de la familia, no tiene el valor de decirles que no le alcanza ni para pagarles los libros.
Vincent apretó el agarre en la empuñadura. El sudor frío empezaba a resbalarle por el cuello, atascándose en el cuello rígido de la camisa del uniforme.
—Y sé lo de la chica del departamento en Bay Shore —continuó ella, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro áspero que llenó la patrulla—. Veintiocho años. Sarah. La dulce Sarah. Le dijiste que te ibas a divorciar en cuanto las chicas se graduaran, pero la verdad es que no tienes dónde demonios caerte muerto si tu mujer te saca la mitad de lo poco que te queda en el divorcio.
Vincent apretó el agarre en la empuñadura. El sudor frío empezaba a resbalarle por el cuello, atascándose en el cuello rígido de la camisa del uniforme.
—Y sé lo de la chica del departamento en Bay Shore —continuó ella, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro áspero que llenó la patrulla—. Veintiséis años. Chloe. Le dijiste que te ibas a divorciar en cuanto las chicas se graduaran, pero la verdad es que no tienes dónde caerte muerto si tu mujer te quita la mitad de lo poco que te queda.
El silencio que siguió se sintió tan pesado como el agua que golpeaba el techo del coche. Vincent tenía el gatillo a medio recorrer. Podía dispararle. Podía terminar con esa mierda ahí mismo, alegar legítima defensa y salvar el resto de la dignidad que le quedaba. Pero Natasha lo miró de frente, fija, sosteniéndole la mirada.
—Apaga las luces y escúchame cinco minutos —añadió ella sin pestañear, como si no sintiera la punta del cañón de Vincent enterrándosele en las costillas—. Tengo un negocio para ti. No tienes que firmar nada hoy; te doy cuatro días para que saques cuentas y veas qué te conviene. Si decides que no, está bien, cada uno sigue su camino, fingimos que esto nunca pasó y yo me olvido de todo lo que sé sobre ti.
Esa noche, Natasha simplemente le dejó una tarjeta sobre el tablero y desapareció entre la lluvia como si la oscuridad se la hubiera tragado.
Vince investigó. Mantuvo el asunto en el más absoluto secreto y usó cada recurso, cada favor y cada base de datos a su alcance dentro y fuera del departamento para rastrear el número impreso en la cartulina negra. Pero nadie parecía conocerla. Era un fantasma, un maldito error en la matriz de la ciudad. Natasha no existía en los registros: no había huellas asociadas a la descripción, ni licencias, ni antecedentes que coincidieran con esa voz de laringe quemada por el tabaco. Durante cuarenta y ocho horas pensó que podía estar volviéndose loco, que el estrés de sus deudas le estaba jugando una mala pasada. Pero la tarjeta estaba ahí. Existía. Se lo corroboraba a sí mismo cada minuto que la sostenía entre los dedos, sintiendo los bordes filosos del papel mientras debatía en silencio si marcar o no.
Finalmente, el destino terminó de empujarlo al abismo.
Ocurrió una noche de martes en el departamento de Sarah. Ella enloqueció. La discusión empezó por una estupidez, pero escaló a gritos y llanto en cuestión de minutos. Le dijo que estaba harta, que estaba asqueada de ser el secreto que se escondía en las sombras, que habían pasado dos años enteros desde que él le prometió que se divorciaría y no había movido un solo dedo. Le confesó la tortura diaria que significaba ver las fotos que él subía a redes sociales con su familia, leer los comentarios cariñosos de su esposa, las respuestas de Vince... e incluso le soltó una bomba que le heló la sangre: le confesó que la semana anterior había asistido a una de las clases de yoga de su esposa solo para verla de cerca.
Y antes de que pudiera articular una sola palabra de reclamo por semejante locura, Sarah le lanzó el golpe final:
—Estoy embarazada, Vince. Y no voy a abortar.
La discusión se descontroló en cuestión de segundos. Los gritos escalaron, los insultos volaron y el caos tomó el control completo de la habitación. Sarah, fuera de sí, comenzó a empujarlo, a manotearlo, rasguñarlo, incluso escupirlo, llena de rabia. Vincent intentó sujetarle las muñecas para frenarla, pero en el forcejeo la empujó con demasiada fuerza y Sarah perdió el equilibrio. Cayó hacia atrás y la esquina de mármol de la mesa de centro se estrelló seco contra la base de su nuca.
Así de simple.
Se oyó un chasquido sordo y el silencio absoluto devoró el departamento.
Vince solo recordaba eso. Recordaba que no hubo agonía ni gritos, solo un hilo fino de sangre abriéndose paso sobre el suelo mientras él intentaba despertarla de forma frenética, sosteniéndole la cabeza sobre sus muslos, arrodillado en medio de la sala.
Al final se rindió. Soltó el cuerpo y, tomándose la cabeza con ambas manos, empezó a hiperventilar en medio de un ataque de pánico brutal. Su carrera, su fe, el fantasma exigente de su padre, la mirada decepcionada de su madre, su esposa, sus dos hijas... su vida entera acababa de pulverizarse en esa sala.
Por eso, con los dedos temblándole descontroladamente, sacó la tarjeta negra del bolsillo y marcó el número. No recordaba exactamente qué articuló entre los sollozos, solo recordaba haber llorado y rogado por ayuda como un niño pequeño.
Veinte minutos después, la puerta se abrió y Natasha entró con la tranquilidad de quien va a comprar el periódico.
Vincent estaba hecho un ovillo en el suelo, llorando contra la pared como un chiquillo, abrazándose las piernas junto al cuerpo inerte de Sarah. Natasha caminó despacio hacia él, evaluó la escena en dos segundos y, sin pronunciar palabra, le asestó una cachetada limpia y sonora en plena cara.
El impacto le hizo girar la cabeza y cortar el llanto de golpe.
—Llorar no va a limpiar este piso ni va a resucitar a la chica —dijo Natasha con una frialdad quirúrgica—. Tienes dos opciones: o te quedas ahí sentado esperando a que tus propios compañeros te lleven esposado, o te levantas y hacemos algo al respecto.
La mano de Natasha fue el único salvavidas al que pudo aferrarse esa noche. Por eso, años después, Vincent continuaba siéndole ciegamente fiel. No por lealtad, sino porque ella era la dueña de su libertad.
Por eso mismo, ahora Vince estaba al volante de una patrulla sin insignias, rastreando cada paso de un par de adolescentes. Todo el lío actual había empezado por culpa de un tal Jax, que se había metido en la cueva de Long Island para robarse un cargamento entero perteneciente a la red de Natasha. Era una bolsa repleta de droga que un intermediario llamado Gendry debía recoger esa misma noche para revenderla en New London. Vince ya se había encargado de liberar la zona y coordinar los patrullajes para que el traslado en el ferry fuera completamente limpio hasta su destino.
El plan era perfecto, hasta que Gendry apareció hecho una bola de nervios, sudando y gritando que la bolsa no estaba, que alguien se la había llevado.
Natasha no le creyó una sola palabra. Pensó que intentaba joderla y, sin pestañear, le atravesó la mano de un disparo para hacerlo hablar. Gendry chilló de dolor, rogando por su vida, hasta que Natasha decidió darle el beneficio de la duda. Un beneficio que terminó de confirmarse cuando dos días después el tipo, para salvarse de que le metiera un tiro en la cabeza, presentó la prueba definitiva: la grabación de una cámara de seguridad de una estación de servicio ubicada justo frente a la avenida que conectaba con el bosque donde estaba la cueva.
En la pantalla en blanco y negro se veía con claridad a los responsables del robo. Eran dos personas cruzando la calle: una chica y un chico.
Jackson.
Jax.
Vince contempló el fotograma congelado en la pantalla de su movil y dejó que el humo denso del vapor del café le calentara el rostro. Conocía el tipo de rata que era Jackson, pero para entender el movimiento completo necesitaba diseccionar a todo el entorno que gravitaba a su alrededor. El grupo no era un cartel sofisticado; era un remiendo miserable de piezas sueltas que no debieron haberse cruzado nunca.
Primero estaba Miller. Un vago de mierda sin oficio ni beneficio que malvivía en el sótano infestadamente húmedo de un edificio destartalado en Queens. Era el eslabón débil que cualquier detective con dos dedos de frente quebraría en cinco minutos dentro de una sala de interrogatorios. Luego estaba la chica del video: Chloe. Ella era la que acompañaba a Jax el día de la grabación. Trabajaba sirviendo café y hamburguesas en un diner de comida rápida, viviendo al día, con la ropa oliendo a aceite frito y la mirada desencantada. Era la pieza fácil a la cual llegar.
Y finalmente, la anomalía del grupo: Holden.
Holden era el único que no encajaba en esa ecuación de basura y miseria porque simplemente no tenía necesidad. Venía de una familia acomodada de clase media alta, de esas con casa con jardín en los suburbios, cuentas bancarias holgadas y un futuro servido en bandeja. Iba a la universidad, tenía todo para triunfar, pero jugaba a ser el rebelde. Holden era un niño rico fascinado con el barro de la marginalidad, buscando emociones fuertes y creyendo que meterse en el submundo lo hacía ver interesante.
Vince apagó la pantalla del móvil y bebió más café antes de encender el motor de la patrulla.
Eran cuatro estúpidos: un vago en un sótano, una mesera, un universitario con complejo de mártir y Jax, encabezando el desastre. Ninguno de ellos tenía la más mínima idea del monstruo al que le habían metido la mano en el bolsillo, ni de hasta dónde estaba dispuesto a llegar él para evitar que Natasha perdiera la paciencia.
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Si le preguntaban específicamente a Magnus, las similitudes entre Logan Grant y su hija Hailey eran una lista interminable. Y peor que eso, con el tiempo, se volvían cada vez más evidentes y alarmantes a simple vista. Por consecuencia, eran cada día más jodidas de solventar y, sobre todo, absolutamente imposibles de controlar.
Hailey, esa niñita avispada y asustada que Magnus había conocido en Irlanda, se había transformado en una fuerza de la naturaleza de diecinueve años completamente imparable. Ahora, la niña ya no era una niña. Era una universitaria insufrible, ingobernable y empeñada en dinamitar cada maldito límite que él y Elaine intentaban —porque esa era la palabra exacta, intentaban— establecer.
Y no era solo que la mocosa desafiara las reglas, era que operaba bajo la absoluta y ciega convicción de que las leyes de la física y de la convivencia no aplicaban para ella, moviéndose por la casa como una granada sin seguro a la que nadie, absolutamente nadie, sabía cómo detener.
Elaine fue la primera en notarlo: la mocosa, al igual que su padre, odiaba con toda su alma las restricciones y cualquier atisbo de autoridad. Y aunque parecía difícil de creer, ese no había sido un verdadero dilema en el pasado, cuando era una niña y resultaba sencillo castigarla o imponerle un límite físico. La verdadera pesadilla radicaba en el presente. Ahora, habiendo probado apenas una pizca de lo que podía ser la independencia al vivir en un campus universitario, Hailey se creía completamente intocable. El aire de la universidad le había inflado un ego que ya de por sí era ingobernable y, en las últimas discusiones a los gritos con Elaine, no había dudado en jugar la carta más baja y dolorosa de su repertorio: tú no eres mi maldita madre.
Esa noche marcó apenas la primera o la segunda vez en toda su vida que Magnus realmente se enfureció con ella, al punto de perder los estribos y gritarle que cerrara la boca. Hailey, completamente ajena a la magnitud del enojo de Magnus, se quedó estática, petrificada por la sorpresa mientras lo veía arrancar la puerta del dormitorio directamente de sus bisagras. La madera crujió con un estrépito violento antes de que él la arrojara escaleras abajo, donde impactó contra los escalones con un estruendo seco. Sin siquiera tomar aliento, Magnus se giró de inmediato hacia ella, apuntándole con el dedo para lanzarle una última y fría amenaza: si se le ocurría escaparse por la ventana a mitad de la noche, se arrepentiría.
Como si cuidarla, peinarla, bañarla, vestirla, alimentarla y mantenerla con vida durante los últimos diez años no fuese, de alguna manera, maternar.
Ni Elaine ni Magnus habían pretendido jamás usurpar el lugar de Logan Grant, y mucho menos el de Vanessa. Ambos respetaban las ausencias de Hailey como para intentar borrar sus orígenes. Nadie quería robarse un título que no le pertenecía, ellos simplemente se habían limitado a ocupar el lugar que el destino les había arrojado entre las manos, asumiendo la responsabilidad de mantener en pie a una niña rota. Y lo hacían a diario, a diferencia de ella, sin chistar, tragándose el cansancio y las facturas emocionales en absoluto silencio.
Pero para Hailey, la gratitud era un concepto demasiado abstracto cuando la rabia llamaba a la puerta. Así que, para demostrar que ya era una adulta dueña de sus actos, aquella noche se había escapado de todos modos y se había largado a Nueva Jersey a pasar las vacaciones de primavera con su padre.
Pero tal y como Magnus había anticipado, el plan de emancipación le duró muy poco.
Volvió a los catorce días, terriblemente indignada y echando humo, porque resultó que Grant tenía una nueva novia de veintinueve años: solo diez más que ella. Un detalle que Hailey se empeñó en repetir, enmarcando que era un maldito asco. Pero lo que colmó el vaso, lo que ella consideraba una afrenta personal imperdonable, fue que la dichosa noviecita se había tomado el atrevimiento de prohibirle ir a un nido de djinns en el Bronx.
¿Cómo se atrevía la muy idiota?
Esa noche, tras recibir su llamada de auxilio anunciando que estaba llegando a la ciudad y que no tenía ni un centavo para el taxi, Magnus había ido a buscarla a la terminal de autobuses sin dudarlo un solo segundo.
Ni bien subió a la camioneta, Hailey saludó a Magnus con un abrazo y un beso en la mejilla, se descalzó, y apoyó los calcetines sobre el tablero. Durante los primeros minutos, mantuvieron una charla casual donde la tensión pareció esfumarse por arte de magia, pero la calma duró poco. Casi sin transición, Hailey comenzó a vomitar toda su indignación, devorándose un cigarrillo que le había robado a él mientras el viento cálido entraba por la ventanilla abierta.
No podía quedarse quieta, la rabia la obligaba a removerse en el asiento cada dos frases.
Finalmente, se giró para clavarle la mirada a Magnus.
—No, pero, escúchame… Yo prácticamente nací en esta mierda, Magnus. Tú lo sabes muy bien, ¿de acuerdo? Sé perfectamente cómo meterme en un máldito nido de djinns. ¿Qué sabe ella de mí? ¿Eh?—Se acomodó el cabello de un manotazo, exasperada—. ¿Sabes cómo se inició en la caza? Te lo diré. Hace nueve años, cuando tenía veinte, se cruzo con una madriguera de vampiros. ¿Y ahora se cree la maldita Buffy Summers? No me jodas. Ni siquiera sabe distinguir un espectro de un puto demonio… Maldita novata de mierda… Yo ni siquiera tengo veinte aún y te juro que he visto más demonios que ella penes en toda su vida, y eso que seguro ha visto muchísimos.
—Hailey… —advirtió Magnus.
—Bueno, aunque ahora parece que el de mi papá es el único que le interesa. Es como su… maldita órbita de gravedad, ¿me entiendes?
—Si, pero…
—No, en serio, escúchame, Magnus. Escúcha. Angelina es solo una zorra con un fetiche gerontológico, ¿de acuerdo? Mi papá está viejo, está gordo y está horrendo. El solo la soporta porque sabe que no puede conseguirse algo mejor a esta altura del partido, y porque le da pánico morirse solo y calvo. Y ella solo está con él porque le paga todos sus caprichos. Es patético, Magnus. Es ridículo. Son ridículos. Los dos.
Magnus apretó las manos en el volante.
No veía a Grant desde hacía diez años y su plan de vida incluía no volver a cruzárselo jamás, pero dudaba muchísimo de que el tiempo lo hubiera destrozado tanto porque, incluso en su peor momento, flaco y ojeroso como un muerto, Grant poseía un magnetismo increíble. Tal vez los años le habían sumado canas, tal vez ahora llevaba barba, tal vez estaba más ancho o más cojo o con más cicatrices, pero ese hombre siempre tendría un atractivo capaz de arrastrar a las mujeres a su órbita. Había sucedido con Elaine en el pasado, y sucedería mil veces más. Esta vez, simplemente, era el turno de Angelina.
Pero para Hailey, la realidad era maleable si servía para alimentar su furia.
—Y encima… Oh, me lleva el Diablo. Esto no lo sabes. No te lo conté aún. Escúcha, escúcha… Se ha mudado oficialmente a su departamento y se cree la dueña de todo. De toooodo... —siguió, dejando caer ceniza sobre el tapizado sin importarle en lo más mínimo—. ¿Puedes creer que a mí no me dejaba fumar adentro, pero a él sí lo deja? Te lo digo en serio… Es una ridícula. ¿Qué demonios quiere lograr prohibiéndome fumar? ¿Qué sigue? ¿Eh? ¿Decirme que debo empezar yoga y correr diecisiete kilómetros todas las mañanas en ayunas? ¿Para qué? ¿Para tener una vida sana y pretender que somos una familia normal?
—No creo que…
—Ridículos. A mi madre la asesinó un maldito demonio, todo porque el idiota con el que Angelina se acuesta y al que cree un santo, decidió no usar condon y la embarazó. Ninguna rutina de ejercicio ni ninguna porquería orgánica la habría salvado de eso. Es el puto destino y estamos todos jodidos, ¿qué mierda le importa si fumo?
Se cruzó de brazos con violencia, hundiéndose en el asiento con una mezcla de frustración y un repentino cansancio que, por un bache en su armadura, la hacía parecer un poco menos intocable y un poco más desamparada.
El golpe bajo a la memoria de sus padres había salido sin filtros, disparado con esa misma crueldad y esa terquedad implacable que Magnus le había visto a Grant un centenar de veces en el rancho de Irlanda.
En efecto, Hailey era, hasta la médula, la viva imagen de su padre.
—Primero que nada, el idiota con el que Angelina se acuesta es tu padre. Y creo que… Creo que solo quiere cuidarte, Hailey. Los dos, solo quieren cuidarte.
—¡Pues que se cuiden su propio culo y me dejen en paz!
Magnus exhaló un suspiro lento, midiendo cada una de sus reacciones con esa paciencia infinita que se había obligado a cultivar desde que Hailey se había convertido en una especie de cachorra adoptada. Era un ejercicio diario de contención. A diferencia de Elaine, a quien la rebeldía de la muchacha a veces le sobrepasaba los niveles de tolerancia, Magnus sabía perfectamente qué hilos tocar. Para él, lo primordial era que Hailey no rompiera el cordón umbilical con su padre; eso significaría amputar sus propios orígenes, y Magnus creía firmemente en la importancia de conservar el vínculo con los padres, especialmente cuando ellos hacían el esfuerzo por mantenerse en su vida.
Vanessa ya no estaba y Grant podía ser muchas cosas, pero siempre había velado, a su retorcida manera, por el bienestar de Hailey. Un claro ejemplo de ello había sido ceder su crianza a personas que, a su criterio, podían hacer un mejor trabajo que él.
Magnus lo comprendía, desde luego que lo comprendía, aunque en el fondo sabía que jamás habría sido capaz de hacer algo semejante. Él mismo había sacado adelante a Silas y a Morrigan cuando Fiona murió, y se había negado en redondo a perderse un solo segundo de la vida de Alec cuando se enteró de que Elaine estaba embarazada. Él no sabía ser un padre ausente.
Pero por suerte, el pequeño Alec era otra historia.
Alec era dócil y tranquilo; todo lo dócil y tranquilo que un niño de su edad podía permitirse ser. Y por pura fortuna, Hailey y él se llevaban tan bien y tan mal como si compartieran la misma sangre. No lo hacían, claro. Si se basaban en cuestiones puramente biologicas, Alec era medio hermano de Silas y de Morrigan. Sin embargo, se habían criado juntos y el vínculo que compartían era, en toda regla, el de dos hermanos. Para Magnus y Elaine, verlos pelear a muerte por el control remoto o defenderse mutuamente ante cualquier eventualidad borraba de un plumazo las complejidades de ese árbol genealógico que habían armado a los tropezones.
—Está bien, la novia es una novata, ridícula y metida de mierda —concedió Magnus con tono suave, ganándose una mirada de aprobación inmediata de Hailey mientras esbozaba una sonrisa burlona—. Pero dime. ¿La pelea fue solo con ella o Grant también se metió?
Magnus dobló en una avenida principal, aprovechando la luz roja de un semáforo para mirar de reojo los calcetines de Hailey sobre el tablero.
Ni Magnus ni Elaine mantenían contacto directo con Logan Grant.
Todo lo que sabían de él pertenecía al terreno de la estricta necesidad logística y los reportes de inteligencia de Hailey: sabían que vivía en algún rincón de Nueva Jersey bajo la identidad falsa de Arthur Vance, un tipo de cuarenta y tantos años que trabajaba como supervisor en un sector menor de seguridad del puerto. Era, según las palabras exactas de Hailey, una fachada perfecta y aburrida para pasar desapercibido de las autoridades. Sin embargo, el submundo era chico, y los rumores extraoficiales siempre terminaban flotando: decían que Grant seguía cazando y, lo que era peor, que todavía consumía sangre.
Hailey desvió la vista hacia la ventanilla. La mención de su padre pareció restarle un poco de esa energía furiosa, reemplazándola por una tensión más incómoda.
—No. Papá no se metió —murmuró, dándole otra pitada al cigarrillo—. Se quedó callado. Como si le tuviera miedo, o como si… no sé, como si le diera la razón.
Se dio la vuelta en el asiento, encogiendo las piernas y dejando los calcetines sobre el tapizado para poder ver a Magnus de frente.
—Arthur Vance es un maldito viejo aburrido que se la pasa firmando planillas en el puerto —escupió el nombre falso con desprecio—. Mi papá no es ese tipo, ¿sabes? Todos saben quién es él; tú lo sabes y yo lo sé. No entiendo por qué demonios finge ser alguien más frente a mí.
—¿Y hablaste con él de eso? —preguntó Magnus, manteniendo la voz lo más neutral posible.
Hailey soltó una risotada amarga y seca, desviando la mirada hacia el parabrisas mientras negaba con la cabeza.
—Na. A la mierda con él. Ese es el punto, ¿sabes? Mi papá no estaba ahí; estaba Arthur Vance. Y Arthur Vance está demasiado ocupado interpretando su papel de civil bajo perfil, dejando que su nueva mujer ponga en línea al desastre que tiene por hija —se quejó, dándole una última pitada furiosa al cigarrillo antes de arrojar la colilla por la ventanilla—. Lo intenté, de todas maneras. Bueno… le dije que era un imbécil y que era estúpido que me quisiera mantener lejos de las armas y de la caza, como si ignorar las cosas fuera a hacer que dejen de existir. Ya sabes, lo de siempre. Él sabe mejor que nadie la clase de monstruos que hay ahí afuera. Quiero decir, sí, es peligroso. Lo sé, claro que es peligroso meterse en un nido de djinns en el Bronx, Angelina —continuó, agudizando la voz en un tono teñido de fastidio y burla, imitando los aires de autoridad de la novia—. Pero para personas como nosotros, es muchísimo más peligroso salir a la calle fingiendo que los monstruos no existen. Eso es lo verdaderamente peligroso: la maldita ignorancia. Mila me lo repitió hasta el cansancio.
El nombre de Mila quedó flotando en el aire cargado de un peso que ninguna de las pataletas de Hailey podía igualar. La mención no solo justificaba su lógica implacable, sino que transformaba su rabia en algo mucho más nostálgico y amargo: redención.
El destino de Mila había sido tan espantoso como cualquiera que conociera su historia pudiera haber imaginado.
Sus ultimos días, antes de que los sabuesos del infierno la rastrearan y la despedazaran frente a los ojos de todos de la manera más brutal, habían sido agónicos. El insomnio la consumía, las alucinaciones la devoraban y ya casi no quedaba nada de la Mila de siempre.
Magnus había visto demasiadas muertes en su vida, desde luego. Pero cada vez que pensaba en la violencia que rodeaba a Hailey, no podía evitar una dolorosa certeza: ella había visto muchas menos muertes que él, sí, pero las pocas que le habían tocado presenciar eran de una crueldad tan desmesurada que resultaba imposible competir con eso. A sus diecinueve años, Hailey no tenía cicatrices normales, tenía heridas abiertas que ningún límite doméstico ni ninguna normalidad impuesta iban a lograr sanar nunca.
—Creo que tu papá tiene miedo —dijo Magnus suavemente, rompiendo la atmosfera con cautela—. Pero no a los monstruos, Hailey. Eso sí sería una destrucción de su carácter, y Grant puede ser muchas cosas, pero jamás ha sido un estúpido. Y mucho menos un cobarde.
Hailey soltó un bufido despectivo y torció la boca en una mueca escéptica, cruzándose de brazos con brusquedad.
—Por supuesto, ahora resulta que el gran Logan Grant es una víctima incomprendida —masculló, rodando los ojos.
Magnus no se detuvo a sermonearla por el gesto ni por el tono a la defensiva.
—Tiene miedo de que termines exactamente igual que él porque, tal como se ve el panorama, te estás comportando justo como él lo haría. Y no le sorprende en absoluto —continuó, con una cadencia pausada y solemne—. Tú sabes perfectamente que la vida que llevamos… o, mejor dicho, el camino que eligen los cazadores, rara vez ofrece un final digno. Morir es el escenario más previsible, Hailey. En el mejor de los casos, a todos nos espera el mismo destino tarde o temprano. El verdadero problema nunca ha sido el desenlace, sino el precio que se paga mientras llega. Y el calvario que dejas atrás, las personas...
—¿Y qué te hace pensar que no sé el precio? —interrumpió ella, con la voz un punto más aguda, sintiendo el golpe directo de sus palabras—. No me hables como si fuera una niña que no sabe dónde está parada.
Magnus guardó un breve silencio, dejando que el motor de la camioneta llenara el espacio antes de continuar, sin alterar un ápice su tono pacífico.
—Hailey, sabes que no conozco mucho a tu padre, pero lo traté en el momento más bajo de su vida, donde la gente muestra, sin querer, todo lo que siempre guarda con recelo. Por eso tengo la certeza de que siempre ha tenido pánico a que sufras lo que él sufrió, y te apuesto lo que sea a que se tortura a diario con esa idea. Porque, al final… y lo más terrible para él, es que nadie puede controlarte. Eres dueña de tus decisiones, Hailey, y para él es muy difícil confiar en que tomarás las decisiones correctas cuando te ve jugar al límite. A Elaine le sucede lo mismo, ¿comprendes lo que te digo?
—Wow, qué profundo, Dr. Phil —soltó ella, con una risotada falsa que no logró ocultar la tensión en sus hombros. Se removió en el asiento, incómoda, buscando una distracción en su teléfono para no mirarlo—. Si querías hacerme sentir como una mierda y una estúpida, felicidades, lo lograste. Puedes darte la mano con la zorra de Angelina.
—No, escucha, Hailey —pidió él, tan suave que la obligó a levantar la vista—. Como te dije antes, tu padre no es ningún estúpido, y tú tampoco lo eres. No estoy sugiriendo que vayas a actuar con torpeza y termines muerta por meterte en un nido de djinns, ¿de acuerdo? Lo que digo es que te estás comportando igual que él, y tu padre, a pesar de ser un hombre inteligente, sí que ha tomado decisiones de mierda. Decisiones estúpidas, Hailey. Muchísimas. Nosotros no podemos meterte en una urna de cristal para que nada malo te suceda porque, bueno… Si evitas que el mundo te toque, nada te estará sucediendo en absoluto, y en ese vacío tampoco te pasará nada bueno. Pero no tienes que zambullirte en la mierda por puro capricho, Hailey. No vas a encontrar la redención ahí abajo. Créeme.
Magnus estacionó la camioneta justo frente al garaje de la casa, una construcción clásica de dos pisos enclavada en un barrio residencial donde el silencio de la noche se sentía casi artificial. La luz de la recámara que compartía con Elaine estaba encendida. No le pareció raro. A esas alturas, el insomnio era otro miembro de la familia.
Hailey también miró la ventana iluminada.
El resplandor amarillento le recortó el perfil, apagando por un instante la hostilidad de su mirada. Magnus la estudió un segundo y le dedicó una sonrisa pequeña, de esas que cargaban más complicidad que reproche, y le dio un empujón despacito en su brazo.
—Anda... No seas una mocosa desagradecida, ¿de acuerdo? Entra y saluda. Ha estado preocupada por ti desde que te escapaste.
Hailey soltó un bufido, pero no fue un gesto de desprecio, sino el sonido de su orgullo cediendo. Agarró su mochila del suelo de la camioneta con un movimiento brusco, abrió la puerta y bajó, dejando que el frío de la madrugada barriera el olor a tabaco.
—No soy desagradecida —se quejó, con medio cuerpo afuera mientras tomaba sus borcegos—. Solo tengo razón. Es diferente.
Apoyó los pies descalzos en la grava de la entrada, soltando una maldición entre dientes al sentir las piedras frías a través de los calcetines, y caminó hacia la entrada principal con las botas colgando de una mano.
Magnus la siguió con la mirada hasta que la puerta principal se abrió y la silueta de Elaine se recortó en el umbral. No hubo gritos, ni abrazos dramáticos. Elaine simplemente se hizo a un lado, cruzada de brazos, observándola entrar para luego dedicarle una mirada a Magnus.
Hailey pasó por su lado agachando la cabeza, murmurando algo que pretendía sonar como las buenas noches, y cuando la puerta volvió a cerrarse, Magnus apagó el motor.
Se quedó un momento a solas en la oscuridad del vehículo, sosteniendo el volante con ambas manos.
El silencio que quedaba después de una tormenta de Hailey siempre era denso, poblado por el eco de personas que ya no estaban y el siempre necesitaba un tiempo fuera, literal y figurativamente, para recomponerse de sus embates.
Sin más que hacer por el momento, bajó de la camioneta y miró a su alrededor, absorbiendo la quietud de la noche. Se encendió un cigarrillo y, justo cuando la primera bocanada de humo se disipaba en el aire, el sonido del teléfono rompió el silencio. Sacó el móvil del bolsillo del pantalón, miró la pantalla y, por un segundo, su pulgar se congeló sobre el cristal.
El número no estaba agendado, pero los dígitos eran inconfundibles: pertenecían a una línea de Nueva Jersey.
Sintió una oleada de confusión que le tensó los hombros.
Todo había terminado de la peor manera posible con Logan Grant después del colosal embrollo con Elaine. Las cuentas entre ellos no estaban saldadas, ni lo estarían nunca, y una llamada directa rompía un pacto implícito de distancia que llevaba una década funcionando perfectamente bien.
Sin embargo, Magnus respiró hondo, tragándose el desconcierto y se obligó a recordar quién era el adulto en esa ecuación antes de presionar el botón de aceptar.
—Grant —dijo Magnus, manteniendo la voz en un tono bajo, deliberadamente pausado y maduro.
No había hostilidad en su saludo, pero sí una distancia gélida. Al otro lado de la línea solo se escuchó el rumor estático de una carretera y el siseo de una respiración profunda y pesada.
—Llegó hace cinco minutos al pueblo —soltó la voz de Grant—. Va para la casa. Tengan cuidado, llegó a mitad de la noche y no creo que les haya avisado.
Magnus frunció el ceño, procesando la precisión de la información mientras miraba la silueta de Hailey recortada tras la cortina. La chica apenas llevaba un minuto adentro. No era una adivinanza; era certeza.
Un rastreador. Por supuesto.
Un maldito chip GPS oculto en el tacón o entre el forro de cuero de sus borcegos. Era tan obvio, tan propio de la paranoia enfermiza de un hombre que jamás iba a confiar en el sentido común de su hija, que Magnus estuvo a punto de sonreír. Grant no lo estaba llamando para espiarlo a él, lo llamaba como un aviso de alerta, como quien advierte que un peligro inminente se dirige hacia tu propiedad, ignorando que el "peligro" ya estaba a salvo bajo su techo.
—Lo sé. Me llamó para que fuera a buscarla a la terminal —respondió Magnus, apoyándose contra el capó de la camioneta y manteniendo la vista fija en la ventana del piso de arriba—. Entró hace un momento. Elaine está con ella ahora.
Un silencio denso se instaló entre los dos hombres. Magnus esperó que Grant colgara o soltara alguna de sus típicas respuestas cortantes, pero lo que escuchó a continuación lo tomó completamente por sorpresa.
—Angelina se tragó el cuento de los djinns, pero Hailey iba a robarles —soltó, con una rigidez que delataba una profunda frustración. —Hay un relicario en el nido.
Magnus se quedó con el cigarrillo a medio camino de los labios. De inmediato, todas las piezas encajaron en su cabeza. El silencio de Grant durante la pelea no había sido cobardía ni sumisión ante Angelina; había sido estrategia. Grant, como viejo zorro, había calado perfectamente el engaño de su hija; había dejado que su novia armara el escándalo y lo usó como una cortina de humo perfecta para frenar a Hailey antes de que cometiera una locura en territorio ajeno.
—Quiere meterse en mis asuntos del mercado, ¿me entiendes? —continuó Grant, carraspeando.
Magnus exhaló el humo lentamente, asimilando la astucia de la chica y la gravedad de la advertencia. La rabieta adolescente y la supuesta indignación por la novata metida eran, en realidad, la frustración de un golpe fallido en el mercado negro. Hailey no buscaba una cacería, buscaba la mercancía de contrabando de su padre que casualmente se encontraba en un nido de djinns.
—Entiendo —replicó Magnus, recuperando la compostura y manejando la situación con la madurez que se requería—. Vigilaré que no intente mover ninguna pieza por su cuenta. Ella está a salvo ahora.
—Bien. Buenas noches —dijo la voz al otro lado, justo antes de que la señal se cortara abruptamente.
El silencio que dejó la llamada cortada fue mucho más pesado que el que había antes de que el teléfono sonara.
Magnus se quedó observando la pantalla negra del móvil, con el cigarrillo consumiéndose entre sus dedos hasta que la ceniza, larga y gris, terminó por desprenderse y caer sobre la punta de su zapato.
La astucia de Hailey le resultó, al mismo tiempo, aterradora y fascinante. Había logrado manipular a todos: a Angelina, a su propio padre —o al menos, lo había intentado— y, sobre todo, había orquestado una actuación impecable dentro de la camioneta para que él, Magnus, terminara siendo su involuntario cómplice moral. Ella sabía perfectamente que si le contaba la verdad sobre el relicario, él jamás se lo habría dejado pasar. Magnus confiaba ciegamente en las habilidades de Hailey como cazadora, pero los djinns eran otra historia. Eran criaturas oscuras, seres con un poder antiguo y retorcido que superaba incluso al de los demonios comunes. Era una amenaza que, hasta ese momento, Hailey solo había visto plasmada en las páginas gastadas de los libros de ocultismo de Elaine. ¿Y pretendía robarles?
Al cabo de unos minutos, la puerta principal se abrió nuevamente con un chirrido apenas audible, y el resplandor amarillento del pasillo se vertió sobre el porche.
Elaine salió, envolviéndose en un cárdigan tejido que le quedaba grande, con los hombros tensos y la mirada fija en el punto donde Magnus permanecía inmóvil junto a la camioneta.
Él no se movió hasta que ella estuvo a solo un paso. Entonces, dejó caer la colilla, la pisó con el talón y, con un movimiento fluido, la rodeó por la cintura en un abrazo perezoso, atrayéndola contra su pecho.
—¿Hablaste con ella? —susurró ella contra su piel.
Magnus sintió el teléfono, todavía pesado y caliente en el bolsillo de su chaqueta, como si fuera una brasa que amenazaba con quemarle la pierna.
—Lo intenté —respondió él, dándole un beso ligero en la sien, ocultando la rigidez de su mandíbula bajo una apariencia de calma absoluta—. Sabes cómo se pone cuando le tocan la fibra del orgullo. Cree que tiene el mundo bajo control, y si intento llevarle la contraria, se cierra más rápido que una maldita ostra.
—Tiene el apellido bien puesto —murmuró Elaine, soltando una risa amarga.
Él la apretó un poco más.
—Solo está asustada, Elaine. Intenté explicarle que, a veces, la independencia tiene un costo que ella todavía no está dispuesta a pagar. Y creo que se quedó pensando.
Elaine levantó la vista, escudriñándolo con esos ojos verdes, pero Magnus mantuvo la fachada: el hombre tranquilo, el confidente fiel que solo quería la paz del hogar.
Magnus acarició su espalda, sintiendo los huesos bajo la lana, y por un momento deseó con una desesperación silenciosa que la noche terminara allí.
—Espero que tengas razón —dijo ella, separándose apenas lo suficiente para volver a acomodarse el cardigan.
Él le dedicó una sonrisa suave, casi imperceptible, y le dio un empujón suave hacia la casa.
—Anda. Vamos adentro. Mañana será otro día y, probablemente, la mocosa esté de mejor humor.