No somos ángeles (Versión Extendida)
La lluvia habĂa empezado como un murmullo, pero ahora golpeaba con fuerza los ventanales del viejo gimnasio donde alguna vez ensayaban juntos. El olor a madera mojada y polvo levantado lo envolvĂa todo.
Él estaba ahĂ. Sentado en el piso, espalda a la pared, como si el mundo le pesara demasiado para sostenerlo de pie y la lluvia solo le recordara todas sus culpas.
Ella llegĂł cinco minutos tarde, algo que jamás hacĂa. EmpujĂł la puerta pesada cuidando de no hacer ruido, aunque sabĂa que Ă©l la habĂa escuchado desde el primer paso.
 Su entrada siempre habĂa tenido ese maldito efecto, presencia inmediata. Cuando la vio, apenas levantĂł la mirada unos segundos, ella sintiĂł ese impacto involuntario: un reconocimiento que dolĂa.
—Llegaste —dijo, sin emoción, sin reproche, sin nada. Ese “nada” fue lo que más la irritó.
—Ya sé la escena —respondió ella mientras dejaba su bolso en una silla. No estaba ahà para ser vulnerable. No otra vez.
Levantó una de las copias del guion—. Página cuarenta y dos, ¿no?
Él asintiĂł, pero no se moviĂł. Como si ponerse de pie, exigiera recuperar una parte de sĂ mismo que todavĂa no habĂa decidido devolverle.
Ella suspirĂł, agotada, y se acercĂł.
—Bueno… empecemos —dijo, intentando sonar profesional, aunque la sola proximidad de él le desordenaba el pulso.
Entonces él abrió el guion, pero no lo miró. La miró a ella.
—Cuando estabas aquà antes…—leyó, pero la frase salió extrañamente sincera. No interpretada, real.
Ella sintiĂł el temblor en la boca del estĂłmago.
—Cuando estuve acá antes… —corrigió, suave, pero sin quitarle la vista de encima—. Cuando yo estuve acá antes, vos ni siquiera me miraste a los ojos.
No estaba actuando. Y lo sabĂa.
—Es que… eras como un ángel —murmurĂł, todavĂa sosteniendo la lĂnea del guion, pero dejándola mezclarse con algo propio, algo que no estaba escrito.
Ella sonriĂł sin una pizca de ternura.
—No soy un ángel —respondió—. Nunca lo fui.
Se cruzĂł de brazos—. Y si alguna vez creĂste eso, era porque era más fácil idealizarme que escucharme.
Él cerró los ojos para ponerse de pie.
—Tu piel… —buscĂł la frase en la hoja, la encontró—. Tu piel me hacĂa llorar.
Ella respirĂł hondo, como si le clavaran una aguja bajo la clavĂcula.
—Mi piel está llena de heridas —añadió—. Heridas viejas. Algunas… tuyas.
Él apretó el guion como si pudiera desarmarse entre sus dedos.
—Flotabas —dijo de golpe—. Siempre parecĂas flotar. Hasta cuando estabas triste. O enojada. Era como si nada pudiera tocarte.
Ella dio un paso adelante. Él, por instinto, no retrocedió.
—Mi corazón pesaba más que mi cuerpo —confesó, bajando apenas la voz—. Pero vos… vos nunca quisiste verlo.
No era parte del diálogo. Aun asĂ, encajaba demasiado bien.
Un silencio tibio y cruel se instalĂł entre ellos.
Él volvió al guion como si necesitara un rescate.
—DesearĂa… —leyó—. DesearĂa haber sido especial para vos.
Ella cerrĂł los ojos un instante. Cuando los abriĂł, tenĂa esa sinceridad peligrosa que siempre lo desarmaba.
—Pero vos sà eras especial —susurró—. El problema es que te empeñaste en no creerlo.
DejĂł caer el guion al piso—. Y yo no podĂa pelear contra algo que vos no querĂas ganar.
—Soy un perdedor —dijo Ă©l, con un hilo de voz que ya no era actuaciĂłn—. Un raro. Nunca supe quĂ© carajo hacĂa acá.
Ella avanzó un poco más. Quedaron tan cerca que él sintió el olor a lluvia en su pelo, a café en su respiración.
—¿Y pensás que yo sĂ lo sabĂa? —dijo ella, tan bajito que la lluvia tuvo que callarse un segundo para escucharla—. Yo tampoco pertenecĂa a ningĂşn lugar… hasta que estuve con vos.
Él levantĂł la cabeza hacia ella. Por fin. Por primera vez desde que habĂan dejado de ser “ellos”.
—DecĂas eso antes —respondiĂł Ă©l—. Y despuĂ©s fuiste la primera en irte.
—Porque vos nunca me pediste que me quedara —soltó ella, con una tristeza sin maquillaje—. Nunca.
Alzó una mano, temblorosa, como si dudara entre tocarlo o empujarlo—. Yo solo necesitaba que no huyeras.
El techo crujió. El viento sacudió las ventanas. El mundo se volvió una metáfora barata, pero real.
Él tomó su muñeca. No fuerte. Apenas un contacto. Una memoria.
—Estoy acá ahora —susurró.
Ella rió, y esa risa sà era dolor puro. —No sé si eso alcanza.
Él bajo la mirada… pero no la soltó.
—Podemos volver a empezar la escena —propuso él, inseguro.
—No, Max. La escena… ya la hicimos.
Respiro hondo—. Lo que no hicimos fue hablar.
Él abrió los labios. Cerró los labios.
Y por primera vez desde que se habĂan reencontrado, pareciĂł listo para decir algo verdadero.
La lluvia golpeĂł los ventanales con una insistencia casi teatral, como si quisiera, obligarlos a quedarse allĂ, uno frente al otro.
Max sostuvo la mirada de ella sin intentar esquivarla, por primera vez desde que el destino los volviĂł a cruzar.
El silencio entre ambos ya no pareciĂł una grieta, sino un puente frágil que podĂa romperse… o salvarlos.
Y en ese instante suspendido, el aire cambiĂł.
Todo lo que venĂa despuĂ©s dejĂł de pertenecer a la escena, al ensayo, al personaje.
Era la vida reclamando su turno.