[…] Mi sureño número uno, sin embargo, es Cormac McCarthy. Terminé de leer la Trilogía de la frontera —el libro Ciudades de la llanura— en un colectivo en Buenos Aires. Me resultó un final tan injusto que me puse a llorar. No lágrimas elegantes como perlas sobre las mejillas, sino un llanto de boca abierta y mocos. Tuve que bajarme, la gente debía pensar que se me había comunicado una desgracia, y ya se me acercaba a consolar. Pero no, solo no soporté la muerte de John Grady. Sigo sin soportarla. Nunca antes me había pasado, en público, ese no poder contenerme.
Esta época literaria de McCarthy no es la más gótica en el sentido húmedo y negro: es un gótico del desierto. Los primeros años de McCarthy son los faulknerianos, aunque lo mórbido está mucho más presente, y no hay sagas familiares, solo personajes solitarios, aislados de cualquier comunidad. El guardián del vergel tiene como personajes principales a un anciano medio loco que custodia —incluso adora— a un cadáver que ha “caído” en su terreno, al hijo adolescente del muerto, y al asesino. Le siguen otras dos que casi son parodias, pero están tan bien escritas que son excursiones en el espanto. La oscuridad exterior es la historia de una chica que busca a su bebé robado, nacido del incesto con su hermano, y Hijo de dios la protagoniza Lester Ballard, un asesino necrófilo que vive en cuevas subterráneas con sus víctimas. Estas novelas, incluyendo Suttree, que es la “simpática” de esos años, no fueron las que encumbraron a McCarthy ni las que lo pusieron en mi altar. El descalabro fue Meridiano de sangre, una novela sobre la frontera, el espacio liminal recargado de guerra, política y poder, la historia y el mito. La violencia de este lenguaje es portentosa: “Cuando volvía de la barra Brown derramó aguardiente sobre un joven soldado y le prendió fuego con su cigarro. El hombre salió corriendo mudo salvo por el crepitar de las llamas y las llamas eran azul pálido y luego invisibles bajo el sol y él las combatió en la calle como un hombre atacado por abejas o por la locura y después cayó a la calle y se quemó. Para cuando se le acercaron con un balde de agua el hombre se había ennegrecido y achicharrado en el barro como una enorme araña”.
La carretera, novela postapocalíptica con un padre y un hijo en viaje, es el miedo y la falta de futuro puestas en literatura. Es, justamente, una novela sobre el futuro: sobre el amor filial y su grado de egoísmo, sobre para qué crear nuevas existencias, sobre enormes responsabilidades. Hice mi peregrinación McCarthy cuando fui a la Universidad de El Paso, en Texas, donde vivió. Vi la bonita casa donde escribió Meridiano de sangre en un barrio de clase media. Estuve en el hotel Gardner, donde vivió en la habitación 108, y donde está su foto. Lo importante fue ir al Literary Bookshop, la librería que solía frecuentar McCarthy, y que guarda algunos tesoros: no solo ejemplares firmados sino páginas manuscritas. Bill, el dueño, un señor encantador y fan de McCarthy, me mostró todo lo que tenía y se relajó cuando coincidimos en que The Visitor, la última y bastante (mal) criticada novela de McCarthy, era estupenda. En Ciudad Juárez también visité el bar del que era habitual. McCarthy es el Mellville contemporáneo: se atreve a la totalidad, su obra se enfoca al abismo de la divinidad.
Mariana Enríquez, «La isla gótica y sureña», en Archipiélago
McCarthy me hizo llorar mucho. Por lo bello, lo terrible, el miedo y, también, por la ternura. Guardo esto para volver a él cuando sea capaz.