Hoy te juro con cada fibra de mi ser que no pienso rendirme a esta despedida. Tus palabras me hieren, sí, pero más me hiere imaginar
un mundo en el que tú no estés conmigo.
No puedo aceptar que llames fracaso a tu lucha, cuando para mí siempre fuiste la prueba de que el amor existe.
Me juras que no sabes amar, y yo te digo: ¡mientes sin querer!
Porque yo ya sentí tu amor en cada detalle, en cada silencio,
en cada vez que, aun rota, intentaste darme lo que no te dabas
ni a ti misma.
Ese gesto, ese intento, ese suspiro… todo eso es amor.
Tu amor. Y es suficiente para que yo lo defienda con mi vida.
Te juro que no me importa tu caos,
ni tus cicatrices, ni tus noches de tormenta.
Quiero todo de ti: lo que brilla
y lo que oscurece,
lo que hiere y lo que cura.
Si estás rota, te juro
que seré tus manos
para juntar tus pedazos.
Si estás perdida, seré tu faro.
Si sientes que no respiras, te juro
que seré el aire que te devuelva la vida.
No me apartes con el pretexto de protegerme:
no necesito que me cuides de ti.
Necesito que me dejes amarte, aunque duela,
aunque sangremos en el camino.
Porque prefiero arder contigo que vivir
en la fría seguridad de un mundo sin ti.
Te juro que mi paciencia no tiene fin.
Que esperaré el tiempo que haga falta,
que me mantendré de pie incluso
en tus silencios, que sostendré tu sombra
hasta que recuerdes tu propia luz.
Yo no quiero otro amor,
no quiero otros labios,
no quiero otra vida.
Eres tú. Siempre tú. Solo tú.
Y si algún día el miedo quiere arrancarte de mis brazos,
que sepa bien que tendrá que arrancarme la vida primero.
Por eso escucha mi juramento, grábalo en tu corazón:
aunque el mundo me niegue, aunque la vida me quiebre,
aunque me duela hasta los huesos, jamás dejaré de amarte.
Porque eres mi destino, mi condena bendita, mi verdad absoluta.
Y si tengo que luchar contra ti para no perderte, lo haré,
porque no existe un universo en el que yo suelte
al amor de mi vida.