Porfía
A veces es bueno sangrar un poco de dolor, de pena, de rabia, de cansancio; es solo a través del sangrado que el flujo se coagula y la herida se cierra y cicatriza.
Pero mis plaquetas están bajas.
Y mis heridas todavía no pueden cicatrizar.
De vez en cuando las paso a llevar y vuelven a abrirse. Me vuelven a recordar dónde y qué tan profundos eran los cortes. Los veo y después los coso por fuera.
De vez en cuando las abro yo mismo. Temo dejar olvidado algo en ellas antes de que cierren del todo. Temo tener que volver a sentir el dolor.
Pero abrir la herida hace que los puntos se infectan y supuren. Y todo se va a la mierda. Y tengo que raspar y desinfectar, sacar todo el pus, aplicar alcohol y suturar la carne viva mientras sollozo silenciosamente.
Porque es solo el dolor el que me ha enseñado a llorar.
Hasta que mis plaquetas se reestablecen. La cicatrización comienza de nuevo y la herida pareciera ir camino a la cicatrización determinante.
Y el proceso comienza de nuevo. Y la piel se vuelve más dura. Y la herida más resistente.
Hasta que algo baja las plaquetas.
Hasta que algo rompe los puntos.
Hasta que vuelvo a hurgar en la herida.
Y sangro para sanar.
Y sangro para no olvidar.
Y sangro para dejar de sufrir el dolor, esperando a que esta vez el coágulo sea definitivo, perenne, lo suficientemente fuerte para no volver a abrirse.















