Escuché la conversación de la mesa de al lado.
Dos maestras discuten la posición polÃtica de una coordinadora de la Universidad de San Luis. Entre dientes juzgan su postura y las decisiones de su compañera en esta cafeterÃa escondida, en la esquina de un cauce medianamente limpio.
Resulta que, por burocracia, no salió el pago para Hacienda.
—Ella no lucha por el agua.
Ahora discuten sobre el laboratorio de la CEA. Aparentemente son biólogas. Hablan de la situación del agua, de resultados, de muestras, de permisos.
¿Elogiar laboratorios? ¿Para dar mejores resultados del agua, cuando al final solo debes hacer tu trabajo y entregar los resultados?
—Pero esa muestra salió alta.
—El agua está contaminada de heces, Alejandra.
Lo dicen con una naturalidad inquietante, como quien ha repetido esa frase demasiadas veces.
Las decisiones ni siquiera están en nosotros: solo en los de arriba.
Ellas continúan hablando del agua, de Hacienda, de presupuestos y de laboratorios. Yo sigo pensando en lo fácil que es creer que alguien tiene el control de todo.
Como si una coordinadora pudiera mover Hacienda.
Como si un laboratorio decidiera el resultado de una muestra.
Como si un corte de cabello alcanzara para explicar una vida entera.
En medio de la conversación entró una mujer con la cabeza rapada. Nadie voltea. Yo sÃ.
Pidió un café, esperó su cambio y eligió la única mesa donde nadie pudiera verla de frente.
Pensé que uno nunca sabe si alguien se corta el cabello para empezar una vida o para sobrevivir a la anterior.
La mesa de al lado seguÃa hablando del agua.
como si conociera también las reglas de esa otra cafeterÃa: permanecer en el mismo asiento, no levantarse antes de que el café se enfrÃe y aceptar que el pasado nunca cambia, aunque uno consiga volver a él.
—Las decisiones ni siquiera están en nosotros, solo en los de arriba.
Pienso que quizá todas las cafeterÃas tienen reglas. Algunas están escritas. Otras se descubren escuchando la mesa de al lado.