Raíces sin fruto.
El perdón absoluto no existe.
No se puede eliminar el efecto secundario de una fractura que, a causa de su gravedad, cada tanto volverá a doler.
No existe un antídoto que elimine de tu mente aquellas palabras que te destruyeron.
No hay un método para olvidar lo que te rompió.
¿Cómo podrías sacarte del alma lo que se clavó allí para quedarse?
El perdón absoluto no existe.
Porque, teniendo de frente el sitio donde moriste, las lágrimas volverán a surgir.
Porque, en medio de una conversación, una frase te punzará justo donde más duele.
El perdón absoluto no existe.
No puede renacer lo que murió por traición.
No vuelve a crecer el árbol que fue cortado con odio y dolor.
Sus raíces siguen ahí, pero ya no nacen sus hojas y, menos aún, puede dar algún fruto.
No existe el borrón y cuenta nueva.
Cuando se daña la confianza, se destruye el amor. No puede existir una sin el otro.
Y cuando las palabras dejan de significar verdades y solo sostienen mentiras, ya no puedes creer en lo que se dice. Aquellas miradas ya no son cómplices de nada; están marcadas por el resentimiento.
El perdón absoluto es una exigencia de una perfección inexistente en el corazón de un simple ser humano. Porque, tarde o temprano, el juicio resentido aparecerá en tus pensamientos y, desde ahí, descenderá hasta tu corazón para abrir heridas, sin importar si se abrieron por primera vez hace veinte años.
Se acepta una disculpa para sostener la convivencia, pero no siempre se perdona en totalidad.
Si rompes un cuaderno y luego le pides perdón, sus hojas no volverán a reconstruirse.
Si cortas un árbol y después le pides perdón, no volverá a nacer por el simple peso de las palabras, cuando fueron los hechos los que lo arrancaron.












