Cada uno de nosotros es capaz de ser amable, simpático y buena persona. ¿Tanto cuesta serlo?
Se empieza por algo pequeño, un “gracias”, un “por favor”, un “perdone”, para dirigirse a los demás. Es sencillo, lo mires como lo mires.
Las sonrisas son gratis, y hermosas. Podríamos poner en práctica disfrutar de cada segundo por ser único en toda nuestra vida, pero a veces preferimos amargarnos por sucesos que ya no tienen solución, por cosas que no son tan malas como nos ha parecido al principio o, peor, odiar algo o a alguien el resto de nuestros días por un instante infortunado.
No pensaron lo que dijeron, no dijeron lo que pensaban, se faltaron al respeto el respeto el uno al otro, se hirió el orgullo y ninguno de los dos supo perdonar.
Rencor, amargura, remordimientos, dolor…
Sé que es fácil decirlo, lo sé porque lo estoy diciendo y yo misma he pasado momentos que, creía, iban a detener mi mundo y transformarlo por completo, cambiar todo aquello que conocía para sustituirlo por relaciones y situaciones que no deseaba, que temía, que odiaba. Y que jamás volvería a ser igual, que no me gustaría nada.
Es difícil comerse el orgullo y pedir perdón, reconocer que te has equivocado y perder aquello que te importa por eso.
Es difícil entregar la llave de tu propia “subordinación” sin nada a cambio. Es difícil porque temes que lo usen en tu contra, que te hagan daño, que no cuiden de ti como te gustaría.
Y actúas mal, creyendo que no tienes otra salida, que es lo mejor.
¿Y qué hay de aquellos momentos en los que todo parece ir a mejor porque el otro ha sabido reconocer su fallo y se soluciona? ¿Qué pasa cuando tienes tanto rencor que se lo sigues reprochando? Se va todo al traste, ¿verdad?
Es sencillo en realidad. Tan fácil como valorar lo que importa, lo que DE VERDAD IMPORTA.
Sin trampa ni cartón. Puedo asegurar que soy joven, torpe, ingenua y rencorosa, manipuladora, mala y cotilla. Me equivoco a menudo, más de lo que me gustaría, pero para eso me sirve pararme a pensar. Salgo a dar una vuelta o le doy vueltas a todo desde mi habitación, desde mi cama o sentada en la silla. Pienso en lo peor que puede pasar. ¿Y si no vuelvo a verle? ¿Y si me arrepiento algún día por lo que he dicho? ¿He echado todo por la borda? ¿Y si…?
Caigo en la cuenta de que la vida es demasiado corta, que en realidad no tiene tanta importancia y busco las palabras adecuadas para seguir adelante, aunque sea para sentir que he hecho lo adecuado y que, si la situación o la relación cambia, no será porque yo no lo haya intentado. No porque no haya sabido verlo con perspectiva, no porque no haya reconocido mis errores y haya intentado subsanarlos, no porque yo no haya querido mantener a esa persona a mi lado.
Tal vez parezca que hablo de parejas y que todo se limite al amor, pero no es el único tipo de relación al que se puede aplicar. La amistad de una persona o el amor fraternal, e incluso el paternal, son relaciones como las de pareja. Penden de un hilo muy fino, depende de nuestra determinación, de nuestros propósitos, de lo que queremos y lo que creemos que queremos.
Escribo esto pensando que una persona o ninguna me lee. Ojalá fueran más, creo que no es malo lo que digo, mi forma de pensar. No sé.
Seas quien seas, estés donde estés, por favor, recuerda que la amabilidad, el respeto, la simpatía con los demás se agradece desde lo más hondo del ser.
La vida es dura a veces, tanto para ti como para los demás.