Vivir desde el agradecimiento y con serenidad, en medio de las situaciones más complejas, es la lección diaria que me da mi mamá.
Desde hace un mes y medio nuestra vida cambió. No pretendo generalizar, tampoco es mi intención minimizar cosas ni mucho menos enseñar. Este es un escrito simple y llano sobre una serie de sentimientos y emociones que he tenido guardadas todo este tiempo.
Hoy nos enfrentamos a una pelea y he preferido llamarla de esa manera. Al hospital le digo hotel porque nos espera cada quince días y la enfermedad se convirtió en el bicho.
Desde que nos enteramos del bicho de mi mamá todo ha sido un sube y baja. Una montaña rusa de emociones, una ruleta de pensamientos y un sinfín de preguntas.
Si soy honesta, puedo decirles con absoluta transparencia que me ha costado llanto, dolor, ansiedad, insomnio, ataques de pánico y mucho enojo intentar aceptar.
Mi madre siempre ha sido lo más hermoso e importante en mi vida.
Injusto sí, me parecía sumamente injusto. Incluso llegué a sentir que no quería saber de la felicidad ajena porque tenía una especie de cosa fea y amarga que me estaba atravesando el pecho. Tristeza mucha, llanto como una cascada y un tapón gigante en el corazón que parecía que me iba a dejar sin respiración, como si el aire fuera gotas que se estaban acabando.
Luego de algunos meses y de ver en mi madre esa serenidad que siempre he admirado, he comenzado a aceptar esta nueva vida.
En el hotel hemos conocido a tantas mujeres. Cada una con un bicho y una historia distintas. Mujeres resilientes, luchadoras, con una fuerza que solo parece asemejarse al más grande roble. Madres, hijas, hermanas...
Puedo recordar cada nombre, cada medicamento, cada esquema, cada ciclo, cada color, cada olor. Y he cuestionado tanto al punto de quedarme sin preguntas, sin palabras. Y eso en mí es raro, muy raro.
De esa persona que hacía planes, con sueños, con metas y con objetivos a mediano o largo plazo queda una persona que aprendió a vivir un día a la vez. Tan jodido cuando la ansiedad está de por medio.
He encontrado manos amigas. Esas que no se quedan en el silencio, ni en el mensaje... esas que van y ayudan con sus manos, con su tiempo, con su visita, con su amor. Tanta generosidad.
Benditas manos las que ayudan, las que sostienen, las que cuidan.
Atravesando este viaje también he tenido que afrontar situaciones que rayan en lo absurdo, un médico acosador. Creemos desde nuestra burbuja que en medio de una situación tan compleja encontrararemos profesionales éticos y humanos. La realidad es que el sistema de salud está lleno de personas que se han deshumanizado y ven a las y los pacientes y sus familiares como números, saldos, dinero, mercancía. Y esa realidad duele y golpea.
Lo positivo: mi madre valiente y resiliente, luchando cada día y con Dios sosteniendo su mano... sosteniéndonos a todos, permitiendo que avancemos aún cuando a veces parece imposible. Ese Dios que está en todo y que tiene la última palabra, ese Dios que me ha permitido aumentar mi fe y saber que seremos ese 1%.
Ese 1% de sanación, de victoria.